jueves, 24 de julio de 2014

La palabra teleférica

La ciudad de la penumbra


El autor traza un mapeo del a “luminosa” literatura de un autor que se apagó prematuramente.

 
"El hueso de la memoria", cuadro de Edgar Arandia.
Juan Pablo Piñeiro

Hace 30 años falleció uno de los mayores cuentistas de la literatura boliviana, René Bascopé Aspiazu. Bascopé también escribió novelas y poesías. Estudió Ingeniería. Dictó clases de matemáticas y física en un colegio, y fue director del legendario semanario Aquí después de que su antecesor, Luis Espinal, fuera masacrado por la dictadura de García Meza.
Bascopé murió joven, muy joven. Tenía 33 años y nos dejó anclados por siempre en el auspicioso presentimiento de su futura obra. Parecía que le faltaba mucho por contar. Cuando muere alguien que todavía puede maravillarnos con su literatura, es como si desaparecieran de nuestra biblioteca futura entrañables libros que nunca leeremos.
Lo que queda es otra cosa, queda el misterio. Queda la pregunta. Queda el inicio de una obra que no ha sido acabada porque aquel que conoce sus secretos ha desaparecido del mundo.
La literatura de Bascopé es una literatura paceña y no porque haya escrito los libros aquí, sino porque su narrativa se inscribe en la tradición de mirar el mundo reflejado en una ciudad, en esta ciudad. Bascopé la mira desde uno de sus recintos ocultos, el conventillo.
En La Paz los conventillos han desaparecido o están agonizando. Hace 30 años, cuando Bascopé dejó de escribir, los conventillos todavía refugiaban en su interior a los personajes más fascinantes de la ciudad, sus verdaderos habitantes.
Ejerciendo el derecho que tengo como lector, yo imaginaba al Garaje Romero como el escenario de la obra del cuentista paceño. Y al Garaje Romero, cuando desapareció, me lo imaginé como un elefante cargado de misterio que agonizaba atorado en medio de las nuevas avenidas de la ciudad. Muriendo en él el mundo que recreó la obra de Bascopé.
La tumba Infecunda, la novela con la que ganó el premio Erich Guttentag, comienza con un rasgo que cruza toda su literatura, la premonición: el mayor Constantino Belmonte, ya retirado, sale de su casa y tropieza con un animal muerto.
Este fatal augurio inaugura el destino de este personaje que rememora su vida mientras consigue una tumba para sus huesos. Es una novela corta, muy bien escrita y que posee rasgos que la diferencian de muchas novelas de su época. La tumba se convierte en un espacio metafísico desde donde se puede adivinar el mundo al igual que desde el vientre. Desde esa oscuridad, el mayor Constantino Belmonte, trata de iluminar el recorrido de su vida. Como en toda la obra de Bascopé, la luz y la oscuridad se entrelazan en claroscuros, y quizás ese es el mayor signo de su literatura.
Cuando leí la primera vez el cuento La noche de los turcos no estaba listo para entender todo lo que sucede en la historia. Incluso, como lo leí tan joven, me interesó más la aparición de aquella mancha en el techo donde el personaje mira la cara de la futura fallecida que todos los vejámenes sexuales que se producían en la cama aledaña.
Quizás esa fue la mejor forma de leer a Bascopé, siendo un adolescente. Ya que en sus mejores cuentos, por lo menos los que más me gustan, el personaje principal siempre es un niño o un adolescente. Como ejemplo podemos citar La ventana, Ángela desde su propia oscuridad o la misma La noche de los turcos.
En todos los casos el personaje es un niño o recientemente ha dejado de ser un niño como el joven de La ventana que sale con el abrigo de su abuelo para cumplir el encargo de su madre de entregar una carta a una anciana.
El abrigo le queda largo y por eso el personaje es difícil de definir. Se podría decir que esos intersticios indefinidos de la realidad son los que provocan la aparición de otra dimensión, una dimensión mistérica que irrumpe en el mundo desolado que describe Bascopé.
En Ángela desde su propia oscuridad, el personaje ve el rostro de la niña también en una mancha del techo. La literatura de Bascopé transforma esas manchas en el indicio premonitorio, ya no de lo que puede pasar en el futuro, sino más bien de la existencia de otro orden que rige las cosas. El escenario es un conventillo, pero también es la ciudad de La Paz.
Es sorprendente el manejo narrativo de la luz en los cuentos de Bascopé, en verdad deberíamos hablar de la iluminación. Los escenarios que construye están tramados por la tensión entre la luz y la oscuridad, y esta tensión genera la penumbra, la niebla, que es en donde se abren las puertas a otros recintos de la realidad.
En uno de los párrafos de La ventana está escrito lo siguiente: “Todas las casas de mi calle desprendían una luz mortecina, quizá porque su destino de barrio pobre sólo le permitía utilizar los residuos de la electricidad de la ciudad, o porque los vidrios estaban cubiertos por costras de suciedad cuando no eran reemplazados por cartones o nylons. En cambio hacia adelante, quizá a diez pasos del sauce, empezaba la luminosidad diáfana de dos hileras de postes metálicos, de cuyos extremos inclinados servilmente brotaban rayos de neón al pavimento negro, mojado y brillante”.
El personaje proviene de un lugar oscuro de la ciudad y andando unos cuantos pasos la iluminación cambia y él llega a entregar la carta. La Paz es eso, una cadena de luz y oscuridad que se continúa. Es el efecto de la luz en la ventana el que provoca la ensoñación del personaje. Él solamente ve la silueta de la mujer amada, apoyada en la ventana. Esa mujer, esa sombra, es como la ficción.
Bascopé trabaja la iluminación en sus cuentos para granjearse espacios indefinidos y nebulosos. En La ventana, las ilusiones del adolescente se destrozan cuando descubre que su mujer amada no es más que un maniquí. Un maniquí que por el efecto de la luz se ha transformado en otra cosa.
Así también descubrimos que Ángela, en Ángela desde su propia oscuridad, solo se hace visible para el niño que se esconde en un rincón del conventillo cuando este utiliza las lagañas de su perro. En la literatura de Báscope conviven una cruda realidad social con una imponente dimensión mágica.

Esa es La Paz de Bascopé, la ciudad de la penumbra, la ciudad que perdió a uno de sus mejores escritores cuando este todavía era muy joven. 

Ensayo

En memoria de René Bascopé Aspiazu


Omar Rocha Velasco

René Bascopé Aspiazu fue un escritor que luchó por la democracia; El Basco, como lo llamaban, era una persona absolutamente comprometida con su medio social. A finales de los 70 y principios de los 80 denunció a la dictadura, dirigió el legendario semanario Aquí y tuvo que vivir en el exilio porque su vida corría peligro.
Su apuesta por la literatura era un camino indirecto relacionado con sus ideas, de allí sale el realismo de horror que logra en su escritura. Su lucha política y su escritura son una muestra de cómo el “arte” fue una de las vías más transitadas por esa generación víctima de los regímenes militares más horrendos.
La narrativa de Bascopé se centra en la ciudad de La Paz, esta ciudad se le impone como una exigencia de creación. Bascopé Aspiazu cree que la posibilidad de ser “artista” implica una fusión con la ciudad de La Paz, en otras palabras, ser artista es adscribirse y ceder a los caprichos de la ciudad misma.
Cada cuento y cada una de sus novelas es un pequeño capítulo de una escritura más grande. Cada capítulo es el ingreso a uno de esos cuartos de conventillo donde sitúa su escritura; son fragmentos, escenas, de una gran novela.
Quizá la imagen que mejor expresa este lugar está en el cuento Niebla y retorno, cuando el protagonista recuerda algunas palabras que le dijo su abuela: “Recién ahora entiendo y respeto ese inadvertido acto de sabiduría: ella sabía que mis primeros años no eran sólo ceniza”.
Las particularidades del cuento como género literario hacen que éste sea el campo privilegiado de experimentación de nuevos modos y formas de narrar; es la punta de lanza, el campo de experimentación y configuración de los más diversos y ricos universos narrativos.
Sin embargo, y a pesar de ello, Bascopé desmitifica el texto literario como espacio de búsqueda y experimentación, ofrece pequeños relatos de la cotidianidad, explora los repliegues íntimos de la existencia individual y grupal, hurga en las heridas sin costra de nuestra sociedad.
Los personajes de Bascopé Aspiazu son habitantes de un tercer, cuarto y quinto patios, viven atisbando, escuchando, inventando, (des)conociendo misterios, creando santos, santiguándose, purgando culpas, viven del gemido y el rumor de los demás.
Bascopé Aspiazu transcurre por las orillas, por los fantasmas de la propia ciudad: artilleros, aparapitas y locos, ellos saben que no hay pasión ni libertad sin estar en la miseria, al borde de la muerte, en el basural.
No son precisamente los hechos concretos los que lastiman con más saña, sino los ambientes, las presiones constantes contra el espíritu. Enanos, fetos, borrachos, prostitutas, muertos espiritualmente, (in)acabados, bizarros, son los personajes que posibilitan una opción que tiene su centro en los márgenes, en los bordes de la ciudad.
René Bascopé Aspiazu fue otro de los escritores bolivianos que perdió la vida muy joven, fortuitamente y dejando una incógnita sobre las posibilidades literarias que han quedado frustradas desde su desaparición.
Persiguiendo el misterio que esta muerte acarrea, se puede decir que una intuición rondaba en la cabeza de Bascopé casi todo el tiempo. Cierto apuro en la vida, es un testimonio. Cierto prurito por dar a conocer su producción, da mucho en qué pensar -no es nada casual que la mayoría de sus libros publicados, por no decir todos menos dos, hayan sido presentados a concursos literarios-.
Llama también la atención esa especie de “purificación” que otorgó a sus escritos y que dio lugar a La noche de los turcos, libro en el que el propio autor seleccionó los cuentos que consideraba más dignos de ser publicados.

Él decía, desde mucho antes del suceso que provocó su muerte, que se iba a morir a los 33 años, y así fue. 

Ojo de Vid

Encomio de René Bascopé Aspiazu


En la política, en la literatura, y en el exilio. Crónica y memoria de una amistad con diferentes destinos.



Ramón Rocha Monroy / El Ojo de Vidrio

Con René Bascopé nos iniciamos juntos en la narrativa, gracias a una publicación pionera de la UMSA que titula Seis nuevos narradores. Fue un amigo entrañable y me colaboró como director de Literatura en el Instituto Boliviano de Cultura, que estuvo a mi cargo en 1979.
Juntos hicimos cinco grandes festivales de cultura, en los cuales participaron artistas de renombre y ninguno cobró porque no teníamos un puto peso en el presupuesto. Asimismo pasamos juntos las emergencias del golpe de Natusch, cuando trabajábamos todavía en el IBC.
Recuerdo que recogimos una edición clandestina y antigolpista del semanario Aquí de una imprenta ubicada en la calle Illimani y la llevamos en una combi de la IBC a un domicilio donde estaban Luis Espinal, Xavier Albó y otros voluntarios que doblaron esa edición.
Estábamos en la imprenta cuando se escuchó el silbido de los caimanes, que bajaban hacia el estadio de Miraflores, y entonces apagamos máquinas y luces y esperamos a que pasaran en medio de la mayor tensión, porque nos pillaban y no contábamos el cuento.
Al llevar el semanario teníamos que ir por el cuartel Sucre y allí recuerdo que nos interceptó un conscripto, vio el carro oficial y le dije: Aquí controlando el golpe, y así logramos pasar.
Pocos meses después se precipitó el asesinato de Luis Espinal y el rearme del sector duro de las Fuerzas Armadas que planeaban un golpe cantado. La UDP había ganado las elecciones del 80 y ese 15 de julio los paceños celebraban la verbena de vísperas con una euforia renovada.
René y yo éramos jurados del Premio de Cuento de la UTO, en Oruro, y recuerdo que fui primero a La Paz y no pude pasar en taxi la Pérez Velasco porque estaba llena de gente.
Ingresé al café Verona y allí me lo encontré. Dormí en su casa y lo convencí de que fuéramos a Oruro, donde trabajamos en el jurado todo el 16. Me amanecí con Alberto Guerra Gutiérrez y el 17 nos fuimos al restaurante 312 a comer un fricasé. Nos alcanzó René y cuando saboreábamos el uma jampicu llegó un amigo con el pasaporte bajo el brazo, pues se iba a México, y nos avisó que había estallado un golpe de Estado.
René se levantó de inmediato de la mesa y logró tomar la última flota que salió de Oruro, rumbo a La Paz. Todavía tengo el pasaje en ferrobús de aquel aciago 17 de julio de 1980, que me llevaría a Cochabamba a mediodía.
Justo a esa hora llegó René a La Paz, se encaminó a la reunión de la COB, donde debía estar, pero a media cuadra de su destino lo detuvo un transeúnte y le dijo que la sede había sido asaltada y que se hiciera pepa.
René corrió a las oficinas de Aquí, donde había asumido la dirección tras el asesinato de Espinal, pero poco antes de llegar, la dueña de una pequeña tienda le advirtió que los paramilitares lo estaban esperando, y entonces se asiló en la Embajada de México, donde yo llegaría semanas después.
Allí fundamos el Grupo Charles Baudelaire con Rolando Costa Arduz, Coco Manto, Luis Rico, Alfredo Tarazona, René (que andaba en amores, cuándo no), este servidor y Picasso. No olvido la vez que nos colamos al comedor del embajador, sacamos su mejor vajilla para tomar pernod y pasamos toda la noche susurrando brindis, en los cuales el Basquito destacaba por su extraordinaria vena poética.
Su vida, como la de todos, era azarosa durante la dictadura, y no conocíamos más futuro que el presente, hoy libres, mañana detenidos, torturados, muertos o exiliados, como ocurrió cuando nos expulsaron a México.
Vivimos juntos primero en el hotel Francis y luego en Tlalpan. A diario buscábamos trabajo y siempre íbamos juntos. Mario Guzmán Galarza, ex embajador de Bolivia y muy allegado al PRI, nos recomendó a la directora del Museo del Chopo y del periódico Ovaciones, y fuimos a buscarla.
No podía contratarnos en el Museo ni en Ovaciones, pero nos mandó a una especie de Playboy mexicano, que se llamaba Su otro yo, y que en los siguientes meses nos compró relatos eróticos.
Esa mujer, hermosa, era nada menos que Ángeles Mastretta, ya famosa por sus libros Mujeres de ojos grandes y Arráncame la vida, que con el Basquito decíamos riendo “Arráncamela, vida”, porque se ponía risueño y tenía un humor muy ocurrente.
René ganaba además, semana tras semana, un concurso de cuentos de El Nacional, donde yo también intervenía sin el menor resultado. René me decía que mis cuentos no eran malos, pero para ganar un concurso se necesitaba presentar caballos de carrera.
Él siguió ganando y yo perdiendo. Un tiempo trabajamos juntos como correctores en el Fondo de Cultura Económica, donde conseguimos un amigo de confianza, el escritor Felipe Garrido, gerente del Fondo y hoy Premio Xavier Villaurrutia por una vida dedicada a la literatura.
Luego René se fue a trabajar como redactor de El Día, y allí, Gregorio Selser le brindó su abundante archivo para que escribiera La veta blanca, la primera conexión del poder del Estado con el narcotráfico durante la dictadura de Banzer.
Cuando se fue a México creo que ya militaba en el Partido Socialista 1. Tenía una conciencia superlativa de sí mismo y me reprochaba que fuera escalera de base de un partido político.
Allá en México me hablaba de dos cuadros socialistas de primer orden, que enarbolaban las banderas de Marcelo: Cayetano Llobet y Roger Cortez. El primero murió en las antípodas de su antiguo izquierdismo y del segundo no sé nada, quizás porque vivo en Cochabamba.
El René, Basquito, Travolta, Clark Kent, pertenecía a un grupo que se llamaba con humor Los Iracundos, porque todos eran cortos de vista y usaban lentes de grueso carey, entre ellos Jaime Nisttahuz, Édgar Arandia Quiroga, Alfonso Gumucio Dagron, Manuel Vargas y el propio René, que con lentes parecía el ser más inofensivo, pero se los quitaba, como Clark Kent, y tenía una capacidad innata para seducir a las muchachas que se aventuraban a su vera.
La última vez que lo vi gobernaba la UDP y festejábamos en el Hotel Sheraton el primer aniversario del restablecimiento de relaciones diplomáticas con Cuba. En el banquete había todas las tendencias de la izquierda partidista y sindical de entonces.
En ese escenario, René me confesó que no había dejado la literatura, pese al momento político, y que había presentado una novela al Premio Erich Guttentag que titulaba La tumba infecunda. Le dije sin asomo de lamento que otra vez me ganaría, como lo había hecho en México, pues yo también había presentado una novela, titulada El run run de la calavera.
El jurado fue inclemente, declaró desierto el primer premio y compartimos el segundo con René. Pasaron unas semanas y murió. La editorial se apuró en editar su novela, pero recuerdo que al año publiqué una columna en la cual invitaba a la misa de cabo de año de mi novela, porque todavía no había sido editada.
Recibí de inmediato una llamada de Werner Guttentag y a poco nos entregaron el premio, tan devaluado, que de los mil dólares originales apenas recibimos al cambio alrededor de 37 pesos bolivianos. En realidad, los recibí yo y la viuda de René, nuestra buena amiga Rosmery Guzmán, a quien le pedí que con el importe le comprara al menos flores, si el monto exiguo alcanzaba para un ramo.


Fragmento

La tumba infecunda

Fragmento inicial de la más conocida novela de René Bascopé, que será reeditada en la colección Papeles de Antaño de la revista La Mariposa Mundial.


René Bascopé Aspiazu

I

Si al doblar el último recodo del callejón que lo conducía a su cuarto no hubiera tropezado con un perro muerto, negro, pequeño, cubierto con un nylon sucio del que sobresalían las patas traseras y el hocico, y si las moscas, al espantarse del cuerpo yacente, no hubieran producido un gemido nítido, parecido a un suspiro, ese jueves habría sido uno de los días más gloriosos y rotundos en la vida del mayor Constantino Belmonte.
Varios minutos después, ya dentro de la habitación, la sensación honda y penosa que le produjo el gemido persistía en su pecho, sin que él atinara a explicarla, clasificarla o, al menos, identificarla, como solía hacerlo desde mucho tiempo atrás, cuando era presa de alguna emoción, práctica ésta de su voluntad, de su memoria y de su inteligencia que, además de distraerlo, le concedía el beneficio de la catarsis, pues la implacable soledad en que había vivido los últimos años le había enseñado a encontrar cierta triste voluptuosidad en la anulación de sus pasiones mediante el recurso de la comprobación de que ya las había experimentado alguna vez. Abrumado por esa dificultad inusitada, se sentó al borde de la cama impecablemente tendida, puso las manos sobre los muslos y miró, uno a uno, el medio centenar de retratos suyos, tomados en diversas épocas, que cubrían las paredes en un orden preciso como para que cualquiera que de pronto las viese se sintiera obligado a intuir, repentinamente, la biografía del viejo militar jubilado. Así, en las expresiones y las edades de cada una de las fotografías fue buscando el significado del gemido, con insistencia desesperada, como un marinero extraviado que otea el horizonte para hallar la isla de su salvación. Y lo encontró sólo cuando el sol de la tarde se retiró del cuarto, llevándose los últimos vestigios del polvillo suspendido en el aire y, con él, toda señal de movimiento. Con gran esfuerzo al principio, el mayor Belmonte empezó a recordar uno de los acontecimientos más dramáticos de su niñez, algo así como sesenta años atrás, cuando, en su pueblo, Irupana, había culminado, tal como empezó, abruptamente, su aprendizaje de las artes de la brujería.

Fue en los tiempos del cometa, días en los cuales el pueblo careció de noche, pues el gigantesco astro, con una cola que atravesaba casi la tercera parte del cielo, iluminaba de tal manera que en poco tiempo los animales habían enloquecido, mientras que algunas plantas habían duplicado su tamaño y otras habían florecido, sin que les correspondiera, en búcaros de colores extraños y formas nunca vistas. El mayor Belmonte recordó, con una mezcla de nostalgia y asombro, la desorientación de los gallos que, imposibilitados de percibir ya el amanecer, habían optado por cantar todo el día, hasta que casi todos acabaron por perder la voz, en tanto que los más débiles murieron víctimas de un vómito de sangre producido por sus gargantas reventadas. Esa época, el mayor lo recordaba ahora perfectamente, los pobladores de Irupana se habían visto acometidos por un acceso de lujuria colectiva que había terminado muchas veces trágicamente, y otras emparentando a familias tradicionalmente enemigas, cuando no había consolidado varias uniones maritales incestuosas y contranatura. Él mismo, que entonces bordeaba los  once años de edad, había vivido, gracias a los efectos fantásticos del calor y la luz del cometa clavado en el cielo, su primera experiencia amorosa, que lo habría de marcar por siempre, pues estuvo teñida por dos sentimientos —el dolor y la vergüenza— que al acentuarse en su psicología con los años, lo fueron transformando en el hombre que fue y, ahora, en el viejo que se resistía a ser. Eran los días en los que todavía se hablaba de la sublevación de los indios de Lambate, quienes, incitados por Sócrates Cárdenas, habían intentado reeditar las experiencias del Willca Zárate, aterrorizando a los irupaneños durante tres días y tres noches, sitiando la población y amenazándola con incendiar sus casas y quemar las cosechas de coca; hasta que fueron abatidos por las tropas del gobierno, que mataron a más de cien alzados, en tanto que a Cárdenas, quien además había nacido en Irupana —por lo que era considerado un imperdonable traidor—, se le condenó con el mayor de los rigores a morir arrastrado por una mula gigantesca que, al girar alrededor de la plaza, por una senda preparada con espinas, lo desangró lenta e implacablemente, sin que nadie osara apiadarse.

Memorias

Deschapando un poco a René


Jaime Nisttahuz

    A la memoria del hermano en la comprensión de la incomprensión
(J.N.)
                                        
No fue un amigo de infancia. Ambos ya escribíamos al conocernos.
Él tenía más formación política que yo. Aunque todos somos más o menos animales políticos, en mi caso, más escéptico y anárquico. Y es que los libros sobre política no son agradables, son tediosos y plagados de muletillas y lugares comunes. Carecen de pensamiento y abundan en sociologías.
Felizmente, con René nunca nos agobiamos en discusiones de política. Preferíamos hablar de libros y mujeres. Ahorramos camino comprendiendo que más del cincuenta por ciento de libros están pésimamente escritos, y que en cada mujer hay un mundo por descubrir.
Daba la talla de humanista. Recuerdo que cuando el amigo Isaac Sandóval, lo llamó periodista, porque dirigía el semanario Aquí, René le aclaró que él era escritor y que hacía opinión, no periodismo.
Compartíamos la idea de que el fútbol es el deporte favorito de los mongólicos, y que eso de pasión de multitudes no es más que fabricación de dirigentes y cronistas deportivos, que así medran y hacen sus negocios. Por eso estamos como estamos futbolísticamente. Y no estoy propiciando mayor desempleo.
René tenía vocación de maestro y orientador. Su inconformismo lo llevaba al donjuanismo. Y nada discriminativo: morochas, rubias, plebeyas, riquillas… Y como el amigo era encachado, ellas le aflojaban.
Me demostró su preocupación por las palabras, cuando discutimos en su casa sobre si era mezquinidad o mezquindad. Le pedí el diccionario. No tenía. ¿Por qué? Es que un escritor… Claro, los escritores tenemos el lenguaje en el bolsillo.
La siguiente vez que fui a su casa, me miraba desde la mesa un diccionario Larousse, ya hurgueteado y garabateado por sus hijos.
Jamás lo vi violentarse. Puedo creer que a ratos quería que yo hiciera el trabajo sucio, como cuando me pidió que lo acompañara donde su hermana, a quien tenía amedrentada el marido. Íbamos con ganas de romperle. Afortunadamente el hombrecito había adivinado y había huido.

Recuperándose en la clínica del balazo que acabó con su vida, me dijo, con su estilo elusivo, que cuando estuviera mejor me contaría el affaire. Dicen que el odio como el amor, son inmortales. Benditos los santos. 

Lector al sol

Componer la sal


Parte del texto que el autor leyó durante la presentación del libro La composición de la sal, de Magela Baudoin, hace un par de semanas en La Paz.



Sebastián Antezana

No recuerdo quién fue el que dijo que a partir de cierto momento de nuestras vidas, tal vez cercanos a la vejez, dejamos de tomar decisiones y hacer elecciones y empezamos simplemente a vivir sus consecuencias.
No recuerdo quién lo dijo pero creo encontrar algo de eso en los cuentos de La composición de la sal, el muy buen libro de Magela Baudoin. Y cuando lo encuentro aquí lo hago sin sensación de opresión o de clausura alguna, sino de algo parecido a una tranquila aceptación, al entendimiento de que las pequeñas y grandes alegrías, y los pequeños y grandes daños, podrían ser todos producto de una voluntad no interesada en la retribución sino en el equilibrio, un equilibrio del orden de la naturaleza, por otra parte, capaz de tanta maravilla como de igual crueldad.
Las historias que componen el libro parecen estar habitadas por personajes que han llegado, feliz o infelizmente, en la juventud y en la vejez, precisamente a esta circunstancia, en la que lo que les queda es simplemente vivir las consecuencias de su pasado, hacer como que viven o dejarse llevar por una voluntad que sobrepasa la propia escritura y se concreta quizás de mejor forma en la figura desapegada y sistemática de la formación y degradación mineral.
Pero llegan a estas circunstancias no como víctimas sino como seres conscientes de que en el mundo que les toca habitar, la vida se define por los altibajos químicos de su propia sustancia, por la cadencia inestable de su composición.
Aquí no hay moralismos sino cotidianidad, escenas tiernas, equilibradas y a veces dolorosas que nos presentan el paisaje interior y el día a día de personajes que viven en ciudades como Santa Cruz, La Paz, Buenos Aires o Barcelona.
Por ejemplo en Gourmet, el relato breve y excepcional de una pareja al borde del despeñamiento que es condenada y salvada en el espacio de una hora por la aparición circunstancial de la lluvia.
O Borrasca, cuento en que una chica joven sostiene una batalla muda con su abuela, quien pretende conquistarla a través de la literatura, y quien menciona lo venenosas que “pueden ser las expectativas de la gente que te ama”.
O como en La cinta roja, en que la historia de una violación y un linchamiento es pasada por los filtros del periodismo investigativo y la experiencia personal, y configura así, junto a la crueldad del azar y el vértigo de los ritos comunitarios, una de las piezas narrativas más complejas y poderosas del libro.
Hay más. Una joven que durante la noche sueña o se transporta mirando por la ventana. Una niña pequeña que ante la perspectiva de la muerte se pone a compadecer dulcemente a su padre. Una migrante boliviana en Buenos Aires que anuncia que “es inevitable, hay que vivir con lo feo”.
Otra narradora que recuerda cómo su hermano trataba duramente a su madre fallecida y dice cosas como que “la maldad puede ser infinitamente pura a los once años”. Un viejo que se ahoga en un mar de lágrimas sin sal y otro que junto a un reloj le regala a su nieto algo como un principio de esperanza en un contexto duro, como el de la vida minera, en el que casi no tiene cabida.
En la lectura del libro son claros los aciertos verbales de su autora, su preocupación por la elegancia, su dosificada forma de equilibrar ritmo, trama y forma. Es claro, también, desde los primeros cuentos, que Baudoin tiende al fragmento más que al sistema, que muestra una vocación de alejamiento de las construcciones masivas y privilegia en su lugar la búsqueda de algo más pequeño, si se quiere espiritual, algo como un destello o un grano de sal capaz de iluminar una habitación.
La afición mineral de la autora está presente en todo el libro y es evidente, por ejemplo, en la elección del título, la concreción de una voluntad de búsqueda y nostalgia por lo primordial, una obsesión por la sustancia de los comienzos que en los cuentos se expresa en forma de un incesante mecanismo de la memoria que parece querer recuperar, como dice Cioran a propósito de Roger Callois, “un misterio más lento, más vasto y más grave que esta especie pasajera”.
Remontarse al principio de la historia de los personajes es una tarea que los cuentos no se permiten y, presentando solo los finales o las instancias cercanas a cada final, se la sugiere al lector, quien queda a cargo de volver al principio de las edades, a la historia de las semillas, al estado mineral y puro de la sal que en los relatos llega casi disuelta, bruta o descompuesta en sus partes esenciales.
De la misma forma, como obra de una mineralogista exaltada, el libro muestra verdadero júbilo cuando descubre en un nódulo salino notablemente ligero, además de un desierto de sodio, ruido líquido, agua oculta desde el inicio de los tiempos, agua que es vida y que propicia la disolución y la calma.
La búsqueda de los comienzos, del germen petrificado de una respuesta total, tal vez sea la búsqueda más importante de todas y todos la emprendemos aunque no sea más que a momentos, aunque no sea más que a solas, aunque implique un fracaso inevitable.
De alguna forma, todos somos el producto relativamente fracasado de alguna inspiración mística. Y los cuentos de este libro, en su felicidad, en su crudeza, en su ternura, así nos lo muestran.



jueves, 17 de julio de 2014

Entrevista

Adolfo Cárdenas: “quiero crear distancia entre Periférica Blvd. y mi obra”

Una conversación con el autor paceño, a propósito de la pronta publicación de sus Cuentos completos.

 
El escritor paceño Adolfo Cárdenas (Foto: Willy Camacho)
Martín Zelaya Sánchez

“Si por mí fuera, tal vez hubiera eliminado algunos de mis cuentos”, dice sin reparos Adolfo Cárdenas, sobre sus Cuentos completos que la editorial 3600 publicará en las siguientes semanas, y presentará durante la Feria Internacional del Libro de La Paz.
Al hablar de este autor paceño, se nos ocurren dos cartas de presentación, contundentes y definitivas: es autor de Periférica Blvd., una de las novelas bolivianas más leídas, reeditadas, vendidas y reseñadas en la última década; es un referente en la narrativa nacional actual, no sólo por su prosa de inconfundible sello, sino además por su larga trayectoria como docente de escritura creativa y taller de cuento en la Carrera de Literatura de la UMSA.
Si se nos pide un par de descripciones sobre el autor, casi al azar, se nos ocurren dos (o una con dos alas): que al contrario de su prosa casi barroca, experimental (en algunos casos), coloquial y de generosa descripción, su conversación, sus respuestas -tanto de manera verbal como por correo electrónico- son más bien escuetas, casi incipientes, pero no por ello faltas de contundencia:
“La Paz es para mí una opción narrativa mayor pero no total”, dice, y poco más, cuando se le pide que detalle su relación -desde lo literario, desde su imaginario- con esta urbe y su gente, tan presentes en su obra.
Fastos marginales, Chojcho con audio de rock pesado, El octavo sello, Doce monedas para el barquero y Tres biografías para el olvido son sus cinco libros de relatos, publicados en los últimos 25 años, y que ahora conformarán esta suerte de obra reunida.

- Me imagino que para preparar esta edición releíste todos tus libros. ¿Qué se siente volver a tu obra tantos años después? ¿Te llama a hacer cambios, correcciones?
- De hecho quien se ha encargado de la lectura de todos los relatos, muchos de ellos bastante viejos, es Marcel Ramírez (director de 3600) que tuvo la idea de reeditarlos. Si la iniciativa hubiera sido mía, tal vez, hubiera eliminado algunos.

- Al inicio de tu trayectoria de escritor publicaste sobre todo cuentos, y luego escribiste novelas, sin dejar el cuento. ¿Te sientes más cómodo con un género que con el otro?
- En realidad, me inicié como historietista y desde allí hice un salto pasmoso hacia la novela, aunque no publiqué ninguna por muchos años. El cuento vino después, cuando ya dominaba ciertas técnicas narrativas ensayadas en textos que querían parecerse a novelas primerizas.
Quiero entender ambos géneros como muy parecidos, y que en ese sentido ambos poseen una capacidad mimética. Con ello quiero decir que un cuento puede fácilmente transformarse en una novela o viceversa.

- ¿Con qué cuentistas te identificas más?
- De Bolivia Augusto Céspedes, Óscar Cerruto… de afuera, Onetti; Mc Cullers, Akutagawa, Faulkner entre otros. Nombrarlos a todos es imposible porque me siento más identificado con alguna pieza en particular que hubiesen producido algunos autores, que con los propios autores.

- Tienes una vasta experiencia como docente ¿qué pautas das a tus alumnos sobre cómo se debe escribir cuentos?
- Sobre todo leer la mayor cantidad posible de relatos de largo, mediano o corto aliento y estudiar las técnicas que se han usado para la realización, entre otros soportes tanto teóricos como prácticos.

- Muchos te consideran como un autor que tiene como temática casi exclusiva a La Paz y los paceños…
- La Paz es para mí una opción narrativa mayor pero no total, de hecho mis dos últimos relatos están situados en Potosí y Sucre porque así convenía a los argumentos que me había planteado.
Todo depende del requerimiento argumental; pienso en este momento en una novela corta que  estará situada en regiones próximas al Chaco. La guerra del 32 es para mí un tema fascinante.

- Hablando de temáticas, noto que es importante para ti recuperar la oralidad de diferentes esferas sociales y también lograr un acercamiento a lo popular.  
- Las hablas populares nos acercan más al hombre común o, como dicen los comunicadores, al ciudadano de a pie, porque el lector ideal es precisamente ese y no el lector académico.
Estas prácticas ya fueron desarrolladas por escritores anglosajones y previamente teorizadas por estudiosos soviéticos que acuñaron el término “realismo social”.

- Me es inevitable hablar de Periférica Blvd. Tuvo muchas reediciones, fue muy comentada, fue llevada al cómic e incluso a las tablas. ¿Dado este éxito, te interesa volver a trabajar con los mismos elementos, personajes o realidades? ¿Cuál es tu relación con este libro en particular… es diferente al resto de tu obra?
- Yo diría que Periférica Blvd. es un trabajo con cierta tendencia a la unicidad. Volver a trabajar en algo similar me parecería muy artificial, muy forzado. En cuanto a mi relación con el libro, quisiera crear una distancia entre esta novela y otros trabajos que tengo en mente.

Estas dos últimas preguntas dan pie a un breve vistazo a los libros del autor; sus temas, intereses, estilos y evoluciones en los casi 20 años que van desde Fastos marginales (1989) a Tres biografías para el olvido (2008).
Tanto en el primer libro como en el segundo, Chojcho con audio de rock pesado, (germen de Periférica Blvd. y confirmación de su teoría de que un cuento fácilmente puede devenir en novela) es evidente que Cárdenas se interesó sobremanera en el lenguaje, “las hablas populares” de La Paz.
Esto está claro al revisar un fragmento cualquiera, como este del cuento Damiana (Fastos marginales): “¿será que no l’emos dau bien su mesa a la Pachamama? O que siempre será yo digo porque pareciera que todu’stá en contra de nosotros y que ni don Alico nada siempre puede. Hasta cuándo pss mamita con esto por nuestro atrás. Acaso el animita del Dámaso quere que nos cayéramos muertos nomas…”.
Un cambio notorio en técnica y estilo se nota en su cuarto libro, Doce monedas para el barquero, que muestra una prosa ya no enfocada a reflejar el lenguaje popular, aunque sí aún con rasgos propios de la cotidianidad de ciertas esferas de la sociedad paceña.
Lo interesante en este caso es que los temas se enfocan casi en su totalidad en lo esotérico, macabro, sobrenatural… en la muerte y todo lo que lo rodea, siempre sin perder la referencia de las costumbres y tradiciones locales.
Así se ve en el cuento Hard video: “Remberto trastornado gritó, se revolcó, pataleó, invocó a los dioses, los maldijo, y solo se calmó cuando comprobó que el temblor postrero de su amada se le había contagiado y no le quedó más remedio que conservar por el resto de sus días, y como objeto de culto, el video en cuya caja aparecía en primer plano, por primera y última vez, la figura de la Casandra”.

Solo dos ejemplos como muestra… luego vienen las “autobiografías” y los relatos ambientados en Sucre y Potosí… muestra clara de que, lejos de encasillarse (en La Paz, lo popular, la muerte…), Adolfo Cárdenas escribe, hace literatura, narra, cuenta y disfruta de la “capacidad mimética” que busca-logra imprimir a sus textos.