jueves, 9 de noviembre de 2017

Semblanza de Edmundo Paz Soldán

Edmundo Paz Soldán, desmontando la realidad



Hace varios años Edmundo y Sebastián son compañeros y casi vecinos -el segundo está por terminar su doctorado en la Universidad de Cornell, donde el primero da clases hace ya bastante. Tiempo atrás, ya eran buenos amigos, y mucho antes, los libros del Cochabambino estuvieron entre los que formaron el juicio literario del paceño. Tantas conversaciones casuales y formales, tantas lecturas mutuas y compartidas se traducen en una serie de apuntes con los que Antezana armó una breve semblanza para este dossier especial “pazsoldaniano”.


Sebastián Antezana

En una conversación reciente con Edmundo Paz Soldán, en la que le empezaba preguntando por sus inicios en la escritura, me contaba que sus primeros pasos se dieron un poco por casualidad. Mientras estudiaba relaciones internacionales en una universidad de Buenos Aires, y como respuesta al mayor ambiente cultural que en la capital argentina había respecto a Cochabamba, empezó a escribir una serie de cuentos que nacieron como reacción a diferentes lecturas. “Los cuentos -dice- eran poco más que breves reflexiones críticas de algunas lecturas que por entonces tenía”. Y luego continúa: “Digamos que, si leía Lolita, de Nabokov, después escribía un cuento que se llamaba Dolores en el que había un personaje parecido a Lolita y en el que trataba de darle un giro personal a lo que acababa de leer. Ese fue el inicio”.
Después de ese inicio vino un primer intento de sistematización: “Esos primeros años simplemente escribía, hasta que un día llegué a tener un buen número de textos que formaron un manuscrito que me decidí a mandar a la editorial Los amigos del libro. Entonces el manuscrito se llamaba Cristales en la noche y don Werner Guttentag, después de revisarlo me dijo que le faltaba un poco, que lo corrigiera, que siguiera intentando y que habláramos en un año”.
Pausado, risueño, Paz Soldán, que nació en Cochabamba en 1967, cuenta esto sin el menor dejo de lástima o culpa, como si el temprano fracaso -ante las tempranas ganas de publicar- fuera natural. Y luego sigue: “Volví a leer el manuscrito, me di cuenta de que don Werner tenía razón y me decidí a eliminar gran parte de los textos, darle buena forma al resto y utilizarlos como base de un libro más serio: Las máscaras de la nada (1990)”.
Las máscaras de la nada fue, justamente, uno de los primeros libros que leí de Paz Soldán, allá por un, para mí, lejano 1996 o 1997. Quizás debería aclarar, en este punto, que no he leído todos sus libros (más de 16 o 17, creo; esa es todavía una tarea pendiente), pero sí recuerdo con seguridad los tres primeros libros de cuentos, Las máscaras de la nada, Desapariciones y Dochera y otros cuentos, y luego de un salto temporal más o menos largo Amores imperfectos. Y, en cuanto a novelas, recuerdo con cariño Río fugitivo y luego la que, creo, es su etapa más madura, de consolidación, representada por Los vivos y los muertos, Norte, Iris, y los libros de cuentos Billie Ruth y Las visiones.
Por un lado, en conjunto, la obra de Paz Soldán constituye uno de los puntos importantes de la narrativa boliviana contemporánea. Por otro lado, independientemente, algunos de sus libros de cuento y de sus novelas son instancias en torno a las cuales se van formando olas que podrían ser corrientes importantes en nuestro panorama. Paz Soldán es uno de los escritores importantes de la actualidad nacional, no solo por el carácter internacionalista de su obra -hecho que en sí mismo no significaría mucho si no fuera por la poca resonancia que por lo general tiene nuestra narrativa- sino también por una característica que, año tras año, desde la primera aparición de Las máscaras de la nada hasta Las visiones, se ha ido consolidando: su compromiso literario, su manera particular de construir sentidos.
En esa línea, uno de sus principales intereses -me comenta Edmundo-, a través del cual se revela una especie de horizonte o vocación personal, un deseo antes contenido y ahora liberado sistemáticamente, libro tras libro, tiene que ver con desmontar a través de la ficción el mecanismo del mundo, el mecanismo de la realidad, el mecanismo de todo, puesto que todo es mecanismo, sumas de artificios y estrategias. Es decir que su vocación literaria está ligada a una necesidad de ver por dentro las operaciones que componen lo que conocemos, está ligada a una urgencia por comprendernos o empezar a vislumbrarnos.
Dice Cioran que el hombre se mide únicamente por su capacidad de desacuerdo, por el grado de lucidez que es capaz de alcanzar. Y la campaña literaria de Edmundo, el diseño conjunto de sus libros de cuento y sus novelas, su mapa literario, tiene que ver con eso, con profundizar su capacidad de desacuerdo, con el desmontaje de las estrategias que nos hacen, con tratar de alcanzar cada vez un mayor grado de lucidez y, al hacerlo, con transmitir a sus lectores esa vocación de compromiso con el desafío de desmontaje y construcción de la realidad que es, a fin de cuentas, el mismo de toda buena literatura.

Literatura al 100%
Escritor, profesor universitario, conferencista, bloguero, columnista de periódicos, pareja de una escritora… la vida de Edmundo parece girar exclusivamente en torno al núcleo demandante de la literatura y sus múltiples formas.
Así, su narrativa parece estar motivada igualmente por la esencia y por el accidente (como en Los vivos y los muertos), por lo intemporal y por lo cotidiano (Río Fugitivo), por la mística y la historia (Iris), el sinsentido y los desbalances psicológicos (Norte). El mundo que libro a libro crea es uno constituido por peripecias políticas que se muestran tanto abiertamente (Palacio quemado) como mediante discursos sugeridos (El delirio de Turing), por la fragilidad y madurez de la niñez como por la fragilidad e inmadurez de los adultos (Billie Ruth).
Los personajes de Paz Soldán están entre la adolescencia y la madurez, y pocas veces llegan a la vejez. La suya parece ser una narrativa consagrada a la experimentación, a la experiencia siempre ardua del crecimiento o a la complejidad de las vidas adultas, pero son raras las ocasiones en que la vejez asoma el rostro entre las páginas. Además, a diferencia de lo que pasa con otros escritores, que eligen estilos o estéticas como si se posicionaran en un campo de batalla, la narrativa de Edmundo tiende tanto al fragmento como al sistema, a la experimentación lingüística como a la llaneza verbal, a la construcción compleja -y, en algunos casos, a la densidad formal- como a la búsqueda de algo más pequeño, algo quizás inmaterial, un destello o un pixel, sin embargo, densos como un sol.
No solo eso. Como varios de los nombres importantes de la literatura latinoamericana, Paz Soldán ha construido una ciudad propia en la que transcurre buena parte de su ficción, Río Fugitivo, una especie de trasunto de Cochabamba. A propósito, podría decirse que, muy a grosso modo, su narrativa ha cubierto hasta hoy por lo menos dos etapas, una primera marcada por la nostalgia y los intentos de recuperación de su ciudad natal, o marcada por rasgos y momentos de su ciudad natal vistos desde la distancia (hace más de 20 años que vive en Estados Unidos), una etapa de novelas como Días de papel, Río Fugitivo, La materia del deseo e incluso El deliro de Turing, y otra posterior, más abierta hacia afuera, desapegada del referente inmediato o, por lo menos, de la nostalgia por un referente como Cochabamba, que resultó en Río Fugitivo.
Pese a ello, pese a lo marcado de esta primera etapa, pese a la fuerte impronta de Río Fugitivo en la obra de Paz Soldán, él no es un escritor “de” Cochabamba, a la manera en que, digamos, Jaime Saenz o Adolfo Cárdenas son escritores “de” La Paz. La cochabambinidad de Edmundo, por llamarla de alguna manera, por el momento parece resolverse en el territorio de la memoria, que nunca es el del referente realista puro y que permite, más bien, una apertura parecida a la que Onetti consigue con Santa María, su ciudad inventada.
Y eso, quizás, porque, gracias a su doble labor de escritor de ficción y profesor de literatura, está acostumbrado a cruzar fronteras no solo en sentido metafórico -entre sus dos, digamos, profesiones- sino porque también es una persona cosmopolita. Pese a su intensa vida cotidiana, Paz Soldán consigue leer e interesarse a partes iguales, aunque en diferentes épocas, por la problemática de la migración latina a Estados Unidos, la formación de un corpus de literatura andina, los pormenores de la actualidad de la crítica y la teoría literarias y, digamos, los avances y las problemáticas del desarrollo de géneros como la novela policial y la ciencia ficción no solo en Bolivia, no solo en América Latina y ni siquiera solo en Estados Unidos o Europa, sino en todos los anteriores juntos, en un vendaval de sistematicidad y memoria.

Fruto de esa misma curiosidad, entonces, para terminar y retomar el punto anterior, hace ya bastante Paz Soldán parece haber dejado su Río Fugitivo y haber consolidado su ficción en otros terrenos, como por ejemplo Iris, una isla-planeta de ciencia ficción que sin embargo tiene raíces profundamente asentadas en esta Tierra y que es el escenario de su penúltima novela, del mismo nombre y su último libro de cuentos, Las visiones; y, un poco antes, Estados Unidos, lugar donde transcurren otras novelas y un libro de cuentos. 

Reseña

Graciela Speranza y el tiempo
en el arte de nuestro tiempo




Edmundo Paz Soldán

Alguna vez leía clásicos, ahora no tanto: me inundan las novedades cada vez que ingreso a internet. Alguna vez sentarme a escribir un cuento era precisamente eso, ahora no tanto: suficiente abrir la computadora para descubrir la cantidad de correos que me urge responder, las noticias con las que debo ponerme al día, las polémicas en las redes que me reclaman. Así pasan las horas, incapaz de proyectar el futuro o bucear en el pasado porque el presente me ha agarrado del cuello.
Lo que me ocurre no es la excepción sino la norma, como sugiere la intelectual argentina Graciela Speranza resumiendo un libro de Jonathan Crary: “son muy pocos ya los intervalos significativos de la experiencia humana, a excepción del sueño, que no han sido penetrados o arrebatados como tiempo laboral, tiempo del consumo, tiempo mercantilizado”. Los nuevos medios y las nuevas tecnologías, que venían a liberarnos, nos están ahogando con la urgencia de sus requerimientos.
La cita de Speranza está en su lúcido y potente libro Cronografías: Arte y ficciones de un tiempo sin tiempo (Anagrama), que indaga en las formas en que el arte y la literatura contemporáneos se enfrentan al problema del tiempo a través de la revitalización de sus formas y lenguajes. Cronografías sugiere con convicción que el arte hoy no solo nos puede ayudar a entender nuestra experiencia enloquecida del presente, también es capaz de transformar esa experiencia: contemplar un cuadro, ver una videoinstalación, leer una novela nos desaceleran, nos dan pie para resistir al reloj y su dictadura. Pero esa resistencia debe apuntalar también el camino de la revolución que nos permita recuperar relaciones menos salvajes con el reloj.
Speranza es exhaustiva y recorre todas las artes, pero se detiene sobre todo en la videoinstalación, que en las páginas de su libro aparece como la más adecuada para enfrentarse al problema de la representación del tiempo. De todas las obras analizadas, la central es The Clock (2010), del suizo Christian Marclay (1955). En esta obra que dura 24 horas, Marclay y su equipo arman durante tres años un montaje de clips de películas en las que aparece un reloj marcando cada minuto del día; en The Clock, el tiempo real y el tiempo de la pantalla coinciden, creando una suerte de “ballet de la humanidad registrado en cien años de historia del cine… Las horas no son unidades matemáticas, sino casilleros semánticos… exclusas de la gestualidad”. Por supuesto, no es fácil ver The Clock: solo hay seis copias en diferentes museos del mundo, y no siempre se exhiben. Es una de las aporías del arte experimental: nos dice cosas sugerentes pero no todos pueden acceder a él (en la sección más literaria del libro, Speranza habla de un espectador -que puede ser ella- que hace un viaje especial a Los Ángeles con el único objetivo de ver The Clock en un museo).

Speranza también analiza, entre otros, a Anne Carson, Karl Ove Knausgard, Gabriel Orozco, Liliana Porter, Patricio Pron, W. G. Sebald y Lydia Davis. Todos están unidos por la búsqueda de nuevos registros simbólicos en torno al tiempo que nos permitan desnaturalizarlo y resistir así el culto contemporáneo de la hipervelocidad y la hiperconexión. La crítica recuerda, en su prosa a la vez compleja y transparente -incluso didáctica-, que Walter Benjamin afirmaba que hacia 1840 algunos parisinos salían a pasear tortugas con correa, para enfrentarse a su manera al progreso y “contrariar las urgencias del productivismo capitalista”. Los artistas más necesarios hoy son aquellos que están buscando esas tortugas que nos permitan “abrir el presente a otros tiempos”. El desafío consistirá en encontrar el tiempo para escucharlos. 

viernes, 20 de octubre de 2017

60 años en la literatura boliviana

Un libro marca el cambio de
ritmo de la literatura boliviana



Un río que crece. 60 años en la literatura boliviana, acaba de publicarse a propósito de los 60 años de la Asoban, entidad patrocinadora de este proyecto, en el que siete escritores trazan una descripción crítica y cronológica del acontecer en las letras nacionales entre 1957 y 2017.


Martín Zelaya Sánchez

La publicación casi providencial -por su enorme valor estético- de Cerco de penumbras (1958) y de Los deshabitados (1959), de Óscar Cerruto y Marcelo Quiroga Santa Cruz, respectivamente que, para nadie es desconocido, son dos de los principales hitos de las letras nacionales del siglo XX, se recapitula al inicio de Un río que crece. 60 años en la literatura boliviana, libro de reciente edición en conmemoración del 60 aniversario de la Asociación de Bancos Privados de Bolivia (Asoban), patrocinadora del proyecto.
“…las letras nos han fortalecido, alentado y esperanzado; nos han servido, en suma, para sobrevivir a las adversidades, levantarnos de las caídas y mantener la fe en un mundo mejor”, comenta Mariano Baptista Gumucio al inicio de “La irrupción de la subjetividad (1957-1967)” el capítulo que le corresponde en este trabajo que -acorde al aniversario de la entidad auspiciadora- se propone trazar un repaso exhaustivo, riguroso y crítico de la producción literaria nacional en las seis últimas décadas, sin que ello implique un lenguaje académico y especializado pues esa fue, precisamente, la única premisa que el editor, Gabriel Chávez Casazola, pidió respetar a los coautores.

“Se pidió expresamente a los autores -comenta Chávez en su introducción- que sus textos mantuvieran un tono coloquial y de crónica -sin por ello renunciar al rigor y a la valoración crítica imprescindibles-, ya que este libro tiene fines de divulgación e información para el lector no especializado; pero a la vez, ciertamente, busca despertar interés para que se realicen futuros estudios en profundidad con nuevas visiones, más amplias y menos enfocadas solo en una parte o visión del país y de su historia, como ocurría hasta hace poco; reduccionismo que los coautores de este libro -con los textos aquí recogidos, pero sobre todo, varios de ellos, con su propia obra- han demostrado que puede y debe terminar, ahora que nuestra literatura se torna multipolar y se expande geográfica y temáticamente como un río que crece…”.

Este libro tiene fines de divulgación, comenta el poeta, también autor del concepto de esta obra, y es ahí donde a modo de valorar el aporte de Asoban, hay que pecar de ambiciosos y pedirles que además de la bella edición de lujo lanzada en días pasados en el acto de celebración de su aniversario (formato de 30 x 25 cm, papel couché, tapa dura) es imprescindible una pronta edición popular para que el trabajo esté al alcance de la mayoría.
Vamos al contenido. Dividida en seis partes, una por cada decenio entre 1957 y 2017, Un río que crece cuenta con las firmas de Baptista Gumucio, Edmundo Paz Soldán (que analizó el periodo 67-77), Mónica Velásquez (77-87), Magela Baudoin (87-97), Martín Zelaya (97-07) y Giovanna Rivero (07-17).
Más allá de cierto riesgo de extrema heterogeneidad, la total libertad que los coautores tuvieron para desarrollar sus ensayos, permite contar con un corpus diverso, ecuánime y desprovisto de cualquier sesgo académico o de otro tinte. La mayoría, dadas las claras condiciones, optó por una lógica recapitulación cronológica de títulos publicados, lo que además de indagar en la obra como tal, da pie a una referenciación valorativa del autor.
Después de Cerruto y Quiroga Santa Cruz, Baptista Gumucio hace especial hincapié en otras dos obras cruciales de su periodo: Historia de la Villa Imperial de Potosí, de Bartolomé Arzáns, cuya edición definitiva la propició Gunnar Mendoza en 1965; y El Loco, de Arturo Borda, monumental como complejo texto de 1.676 páginas en tres volúmenes.
Más adelante, al concluir “Turbulencia y escritura (1967-1977)” en la que pasa revista a obras emblemáticos como Matías, el apóstol suplente, de Julio de la Vega y Tirinea, de Jesús Urzagasti, Edmundo Paz Soldán escribe:

“La década produjo algunos textos que hoy son considerados clásicos. Desde una posición muy precaria, los escritores nacionales habían escrito sin simplificaciones sobre esos años, buscando una renovación formal que se dio tanto en la poesía como en la narrativa, y también habían logrado articular algunos de los temas que serían fundamentales en el debate acerca del tipo de sociedad que aspiraba a ser la boliviana (el lugar de la mujer, la proyección identitaria, la incorporación de culturas tradicionalmente excluidas, etc.). El fin del siglo XX vería los intentos de resolver los temas articulados durante esa década”.

A continuación viene “Sobresaltos entre el silencio  (1977-1987)”, un trabajo en el que haciendo uso de un admirable estilo en primer persona, Mónica Velásquez escribe:

“Corrió 1977. Cesaron: la risa de Chaplin, la guitarra de Hendrix; Nabokov, autor de Lolita. Un excéntrico John Travolta enseña a bailar los sábados por la noche. La dictadura sigue campeando por el continente y es cada vez más difícil respirar. Todavía duelen en los ojos las marchas que, según se dice, harán cada jueves las madres de la Plaza de Mayo en Buenos Aires, buscando a sus desaparecidos, ¿los tenemos nosotros?
Este diciembre la huelga de mujeres mineras a la cabeza de Domitila Chungara no deja de exigirnos una palabra, un acto. Todavía andando con un aparatito que inventaron en el norte, llamado walkman, en el bolsillo, tratando de averiguar qué es eso de llevarse la música a otra parte. Todavía preguntando, la democracia qué será. Todavía con el Hijo de opa de Gaby Vallejo, el Guano maldito de Aguirre Lavayén, toda la colección que se mandaron Juan José Coy y Josep Barnadas, el Manchay Puyto de Taboada Terán, la poesía de Humberto Quino que, en su segundo libro, ya personal, arremete con todo el lenguaje de la calle y la protesta. Todavía en Navidad rezando por las causas Albó, Espinal, y las minas y las calles y el “nunca se sabe”, a diario. Todavía asombrados andan los de la academia con los ensayos de Roberto Prudencio y la incursión de un semiólogo que promete renovar nuestra crítica literaria, don Luis H. Antezana. Año nuevo que mientras retrocede en conteo de uvas, nos deja un sabor agridulce de la esperanza que esperamos y aún no llega. Y, a pesar de todo, retornan a su España: Alberti, Guillén y Aleixandre, ¿habrá patria para los que quieran volver?...”.

Y es que claro, otra característica fundamental del libro es la contextualización del quehacer de las letras bolivianas con la historia, la cotidianidad política y social, llena de sobresaltos y avatares, no pocas veces menos verosímiles que la mejor de las ficciones.
Completan Un río que crece: “Años de transformación (1987-1997)”, de Magela Baudoin; “Cambio de ritmo (1997-2007)”, de Martín Zelaya y “Descorriendo el tupido velo de la mediterraneidad (2007-2017)”, texto donde Giovanna Rivero concluye:

“…En definitiva, el compromiso con lo literario como la más cuidada prioridad es el cambio de paradigma que tanto nos hacía falta para seguir madurando. La personalidad literaria boliviana está tejida de heridas, complejos, sueños, insatisfacciones y una imaginación infinita que seguramente será la nave para surcar esos mares, aparentemente inalcanzables, que merecemos y que seguramente nos esperan”.





jueves, 19 de octubre de 2017

La nueva novela de Maximiliano Barrientos

La violencia total: primeros
apuntes de En el cuerpo una voz


El próximo número de la revista literaria 88 grados -ya a punto de entrar a imprenta- incluye un amplio dossier sobre Maximiliano Barrientos, a propósito de su nueva novela editada por El Cuervo y que mañana viernes 20 se presentará en La Paz. Va un brevísimo adelanto para animar a la gente a asistir al lanzamiento y comprar este excelente libro.



Martín Zelaya Sánchez

¿Santa Cruz apocalíptica? Algo pasó y ya no hay Estado ni civilización tal como los conocemos. Grupos armados -“brigadas” de forajidos-, controlan la ciudad y las provincias y la población está a merced de sus disputas, saqueos e inimaginables caprichos.
Dos hermanos -Rodolfo, quien lleva la voz narrativa, y Pancho, que está malherido- huyen de El General y su turba. Tras leer “Fuselaje”, la primera de seis partes de En el cuerpo una voz (El Cuervo, 2017), la nueva novela de Maximiliano Barrientos, me es imposible no remitirme a La Carretera de Cormac McCarthy: hambre, devastación, miseria humana, violencia total.
La atmósfera de desasosiego e incertidumbre se respira en cada párrafo, no solo por lo que el narrador protagonista cuenta; sino por el diseño mismo de la novela, por las acciones, por la habilidad del autor para relatarlas, por las palabras elegidas, su orden y engranaje en frases y oraciones tan necesarias e imprescindibles una como otra en el universo concebido no solo de “Fuselaje”, también de “Churrascos”, la segunda parte, relatada ya por un narrador externo.
Cuando la lucha diaria es, en verdad, por seguir vivos -en medio de escasez total, hambruna, masacres y canibalismo- muy pocos se resisten a la vorágine, muy pocos pueden mantenerse dentro de los códigos de la civilización.

Cuenta Rodolfo:
“No sabía ninguna canción, ningún rezo, nada que decir o hacer en una ocasión como aquella. Bebí y callé. Permanecí allí, pensando en el sueño, tratando de darle voz a mi madre, pero su voz había desaparecido. Tras la muerte de mi hermano, ella se convirtió en una mujer que nunca fue madre de ningún hijo, se convirtió en un nombre que no me ligaba a nada que hubiera perdido, a ningún lugar al que añorara volver.
Me puse de pie y bebí otro trago más hasta sentí que la garganta se cerraba. Todo era monte alrededor, por donde fuera que mirara la vegetación era la misma.
Ruidos de aves, insectos, animales que a esas horas salían a cazar.
Entre todos esos ruidos, otros: pisadas, voces.
Me interné en el monte, ya sin miedo, con algo que no era solo mi hermano en la cabeza, pensando en el sabor de la salchicha derritiéndose en la boca. Recreaba el sabor porque sabía que si no me mataban en unas horas más volvería a sentirlo bajo la lengua y en el paladar, expandiéndose por la garganta, hasta extinguir la rabia, hasta extinguirla por unos minutos…”.

En una parte de un diálogo de largo aliento, Maxi habla de esta su obra:

- Se me ocurren algunas palabras y términos que se impregnan a lo largo de esta novela: transgresión, instinto-naturaleza humana, trauma, cicatrices, memoria…

--Tenía ganas de escribir una historia de venganza, tema que había aparecido en la primera parte de La desaparición del paisaje, y en el cuento “Sara”, de Una casa en llamas. Tenía esas ganas pero no tenía nada más y con esa idea no podía ponerme a escribir, hasta que una tarde, mientras iba en un micro por Los Pozos, vi a la gente amontonada en las calles y se me vino esta imagen: una tamborita tocando para unos soldados mientras hacen un churrasco, con la diferencia de que en vez de carne de vaca habían seres humanos descuartizados, echados sobre las parrillas. Pensé en una tarde calurosa y en ese ambienta de fiesta típico de los carnavales. Ese fue el detonante. Ahora sólo tenía que ver cómo podía unir la idea de la venganza con esa escena. Era poco pero al menos era un principio. El resto fue una cuestión de resolver la estructura y la novela se fue escribiendo sola. Me costó, ya que escribí la primera parte y luego me quedé corto. Pensé en dejarla como un cuento largo, pero cuando resolví ciertas cuestiones de estructuras que atañen a la temporalidad, lo otro fue surgiendo. Leonora, la editora de Eterna Cadencia -que sacará la novela en febrero-, me comentó tras leer el manuscrito lo siguiente: “la novela trabaja la naturalización de la violencia”. Creo que eso es acertado. La violencia no es el conflicto, es un escenario, es el medio donde sucede lo otro. 

jueves, 14 de septiembre de 2017

Yuri Herrera en Bolivia

El correr de los ríos subterráneos



Sobre Señales que precederán el fin del mundo, la estupenda novela de Yuri herrera reditada ahora para Bolivia en un no menos estupendo trabajo de La Perra Gráfica y Oscar Zalles.


Mauricio Murillo

Uno de los desafíos de la literatura contemporánea tiene que ver con la manera en que se narra o se ficcionaliza algo que se ha contado muchas veces. Es difícil escapar al cliché. Son pocos los libros que reelaboran el pasado y el presente de manera no solo nueva, si no también hermosa. Esto es más difícil sobre todo si la ficción que se escribe gira en torno a un tema del que se ha dicho mucho y, además, se supone que existen las maneras correctas y acabadas de entender un suceso social. Entre muchos de sus méritos, Yuri Herrera elabora con Señales que precederán al fin del mundo una novela que no cae en la mirada trillada de la violencia del norte mexicano y, además, tampoco simplifica un conflicto tan complejo y duro como es el de la frontera entre México y Estados Unidos.
Señales que precederán al fin del mundo relata el viaje de Makina, quien parte de su pueblo en Hidalgo para recalar en EEUU, pasando por el DF y, algo ineludible, por la frontera. El término “viaje” en la novela de Herrera implica distintas maneras de entender el desplazamiento de Makina. Entonces, en la novela va a ser importante el dilema del movimiento y del estarse. La personaje va en busca de su hermano, quien emigró años antes. Una búsqueda. Como ella, muchas otras personas tienen la pulsión del movimiento hacia el norte.
En dos momentos de la novela le preguntan que cómo está Cora, su madre. “Está, nomás”, ella responde. El estarse de la madre se opone violentamente al desplazamiento de Makina que es un buscar pero también un alejarse. Así como le inquieren sobre la madre, le preguntan a ella varias veces si va a cruzar: “¿Vas a cruzar?”. Pregunta que luego se convierte en una afirmación. Cora se está y Makina cruza. Un conflicto del movimiento y de la quietud. “No podía detenerse, debía seguir caminando aunque no supiera cómo iba a regresar. Era el ritmo, era su cuerpo sin lastre, era el leve sonido de su resuello lo que la impulsaba”, dice el narrador. Es la ilusión de estar de paso, de moverse un rato para volver a la quietud, al pueblo propio. Pero es una ilusión. Un personaje, ya del lado gringo, le dice a Cora: “Yo aquí nomás estoy de paso”. Luego le cuenta que ya son 50 años. En el movimiento, el tiempo es relativo. O distinto.
El desplazamiento es esencial para cruzar la frontera. Se cruza la frontera al cruzar un río. El río que es, justo, una metáfora clásica de lo que no vuelve, de lo que no se queda quieto. Ahí esta eso que amenaza a Makina y la hace “viajar”, “el correr de los ríos subterráneos”, como se lee en el libro. Al final el movimiento ya no será horizontal, sino vertical. Un movimiento descendente, que lleva a Makina hacia lo subterráneo, hacia lo oscuro.
Yuri Herrera consigue con Señales que precederán al fin del mundo producir una escritura sobre un tema tan arduo como frecuentado. Al hacerlo, podemos entender que sobre ciertas cosas es mejor escribir ficción, que eso nos dice mucho más sobre la violencia, la desigualdad, la pena que miradas cerradas en busca de respuestas. Así, otro de los grandes picos de la novela (además de lo ya mencionado y del simbolismo y del ritmo) es el lenguaje. Como ya lo demostró con su primer libro, Trabajos del reino, Herrera es un artesano de la palabra. Su cadencia, su sintaxis, sus oraciones, sus diálogos son irrepetibles. Pocos escritores en castellano esculpen el lenguaje como él. Así se puede relatar el horror desde la belleza, sin simplificar dicho horror.

Esta escritura depurada está acompañada por las espléndidas ilustraciones de Oscar Zalles en una edición para Bolivia preparada por La Perra Gráfica. Si los lectores bolivianos no han leído a Yuri Herrera, esta es una oportunidad que deberían aprovechar. Una novela sobresaliente que ahora aparece en una edición imperdible.

miércoles, 6 de septiembre de 2017

Homenaje a Nilo Soruco

Alza tu copla, Nilo Soruco


El Espacio Simón I. Patiño de La Paz y Zemlya Soruco organizaron una exposición documental en homenaje al músico, profesor y líder sindical tarijeño Nilo Soruco Arancibia.
La muestra rescata del archivo familiar fotos de las diversas etapas de vida de Nilo, material audiovisual y sonoro, su discografía como solista y como miembro del emblemático grupo Los Montoneros de Méndez, recortes de periódicos, objetos personales y una rica variedad de manuscritos, muchos de ellos con canciones inéditas de Nilo. Además durante el tiempo que dure la actividad, habrá visitas guiadas a estudiantes y un conversatorio sobre la vida y obra de Nilo Soruco.
A modo de trazar una semblanza completa, de primera mano y muy emotiva del entrañable maestro, Luis Rico, cantautor tupiceño, nos ofrece una crónica que pinta de cuerpo entero al autor de La vida es linda.


Luis Rico

Conocí a Nilo Soruco el año 1967 cuando la dictadura militar de René Barrientos teñía con sangre los campamentos mineros de Bolivia. En las noches de guitarra compartida, disfrutábamos de los nuevos grupos musicales del folklore; grandes noticias llegaban de Tarija en las voces de Los Montonero de Méndez, grupo musical formado por el maestro Hugo Monzón en franca coincidencia poética, musical y política con Nilo Soruco. Y con ellos, el poeta Luis Aldana, el maestro de guitarra Ciscar Gálvez, Vicente “Sapo” Mealla y las bellas Norma Gálvez y Florinda Aparicio para darle al grupo el aire y el sabor del valle que acaricia el río Guadalquivir. Era agradable escucharlos cantando las cuecas más bellas a partir de la emblemática Moto Méndez:

Soy de aquel
pueblo de las flores
del valle andaluz
bañado de luz
ebrio de colores.

Viva mi valle florido
que es jardín de amor
de rosas en flor
es un verde nido.

Por el Moto Méndez
que nació en mi pueblo
canto con el alma
la cueca chapaca
viva San Lorenzo.

Por aquellos días también, Nilo Soruco compuso la canción dedicada al dirigente minero Rosendo García, emblemático trabajador de la mina de Siglo XX.

Han matao a mi padre
por qué será
han matao a mi padre
en la noche de San Juan.
Cuatro balas asesinas
lo mataron a papá.
Mi madre lo esperaba
con su tasita de té
un poquito de singani
pero él ya no volvió.
Rosendo García,
minero y dirigente
te mataron, te mataron
en la noche de San Juan.
Con ruido de gorras,
de botas y fusiles,
vinieron y mataron,
en la noche de San Juan.


Esta canción, sin lugar a dudas, cimentó la línea temática de aquel grupo musical: la canción política de protesta, todo bajo el liderazgo e influjo de Soruro cuyo talento artístico era tan genuino y poderoso como su sensibilidad y compromiso político y social. Con el abundante repertorio, intercalado con picarescos cuentos chapacos a cargo del “Sapo” Mealla y la poesía costumbrista a cargo del violinista Lucho Aldana, viajaban a las provincias donde era fácil conquistar al público ansioso de ver traducidas en canciones, las costumbres heredadas.
Una noche de preparación navideña, recuerdo muy bien, cantaban en el Teatro Municipal Suipacha de Tupiza, las bellas voces de la Norma y la Florinda:

Tantas idas y venidas
tanto pasar por aquí,
se han de acabar tus zapatos
y no has de gozar de mí.  

El público batía palmas en cada picaresco bailecito, en cada cueca de polleras al viento, se desbordaban las carcajadas en cada chiste chapaco y en cada poesía costumbrista.

Ya reconocido en todo el país, Nilo tomó conciencia de que era tiempo de luchar, desde su oficio de poeta y guitarrero, por la recuperación de la democracia y la justicia social. Así fue que musicalizó muchos versos del poeta de los niños, Oscar Alfaro, equilibrando inteligentemente su militancia política en los momentos más difíciles de los gobiernos dictatoriales, hecho que, no obstante,  le costó prisión, tortura y exilio.

Bolivia, corazón de América
1978. Después de tanto escenario, después de tantas asambleas, después de tanta clandestinidad, después de tanta prisión y tanto exilio, Nilo Soruco el maestro, el cantor popular, el eterno enamorado de la tierra chapaca, había vuelto de Venezuela.
Una noche visitó la Peña Naira para proponernos compartir escenarios en una gira por todo el país. Aceptamos el desafío y empezamos a viajar coreando la frase: “Bolivia, corazón de América”.
Ahí estaban los tres estilos diferentes, Ernesto Cavour con su charango, Nilo Soruco con su compromiso militante y el que hoy les cuenta, cantando esta historia de compromiso con la democracia. Visitamos los centros mineros, La Paz, Oruro, Santa Cruz, Cochabamba, Sucre, Potosí, Tupiza y terminamos en Tarija.
Esa noche final, en la capital chapaca, cantamos como nunca: “lindu…”. Con el sonido perfecto, el público disfrutaba de tres estilos que movían los sentimientos llevándolos a los lugares más lindos del folklore, pero también, instándoles a reflexionar sobre las páginas más oscuras de la historia: las dictaduras, y motivando su esperanza de lucha por la utopía de la unidad latinoamericana.
Después de cantar en el Patio Prefectural pleno de chapacos cantores, fuimos a tomar vino y planificar el futuro. Luego de varias botellas, Nilo Soruco se despidió recordándonos: “No se olviden que mañana estamos invitados a un “asao”.
A la mañana siguiente, Nilo llegó al hotel y nos contó que, cuando volvía a su casa, encontró a un “chapaquito  curao” que cantaba:


Qué lejos estoy,
qué lejos estoy
de mi ansiedad
mi río, mi sol, mi cielo
llorando estarán.

Nunca el mal duró cien años
ni hubo cuerpo que resista
ya la pagarán, no llores prenda
pronto volveré.

“Incentivado por el éxito del concierto –contaba Nilo-, me acerqué al paisano curao, lo abracé por el hombro y le pregunté: Cumpa, ¿usted sabe de quién es esa canción?  El chapaquito se dio la vuelta y respondió: ‘A mí qué mierda me importa el autor, ¡déjeme con mis sentimientos!’”.
Fueron muchos los sentimientos con que se cantó esta canción durante tantos años. Un militar vestido de civil, cantaba en una fiesta:

Ya la pagarás
“rojo” de mierda
pronto volveré.


Mucho después, recordando todos estos episodios, valorando a distancia su enorme legado, decidí componer una canción en honor de nuestro compañero y fui a Tarija para estrenarla. Pregunté por Nilo… Todos me daban la referencia del mediodía y la esquina de la plaza donde todos los días pasaba “putiando para el gobierno”.

- Hola Nilo -le saludo.
- Hola Rico, ¿qué estás haciendo aquí?
- He venido a cantar en La cabaña de don Pepe, y vengo a invitarlo para que venga a escuchar una canción que he hecho en su homenaje.
- ¿Acaso ya mey muerto…? -me reclama.
- Porque no se ha muerto he venido a invitarlo pues, porque si se hubieras muerto, ya pa’ qué…


Cueca para Nilo Soruco

Cuando la luna de plata
regalaba su fulgor
salió el jilguero chapaco
cantando coplas de amor,
regalando serenatas
a la flor de su balcón.

Era racimo en la viña,
agua del Guadalquivir,
era amador de amancayas
e incentivaba el vivir.
Eso era el Nilo Soruco
Pa’ quien va todo el sentir.

Cuando la patria sangraba,
herida del corazón,
se alzó su copla cantada,
en el verso y la canción,
se escuchaba su consigna
en todita la nación.

Y cuando afuera lo echaron,
lejos del Guadalquivir,
cantando La caraqueña,
lograba sobrevivir.



sábado, 26 de agosto de 2017

Lo nuevo de Saúl Montaño

Saúl Montaño, autorreferencial

Una lectura de Autorretrato (Nuevo Milenio, 2017), la reciente “no ficción” del escritor camireño.



Martín Zelaya Sánchez

¿Honestidad brutal? ¿Ego… exhibicionismo? No importa, está muy bien escrito y es de esos pocos textos breves que, como dice el lugar común, se pueden leer de un tirón. Ahora bien, si queda claro lo que se devela al final: que este no es un todo, apenas una parte de algo mayor, habrá que ver si ese algo mayor -novela, crónica autobiográfica, texto híbrido…- mantiene el mismo gancho.
“Me parece extraño que me feliciten por alguna publicación literaria que realizo. Me planteo escribir historias que retraten las contradicciones del ser humano, sin embargo, siempre concluyo historias donde lo que prima es alcanzar un efecto poético, tal vez por eso hasta ahora considero que he fallado como narrador”.
En este párrafo de la página 27 de Autorretrato (Nuevo Milenio, 2017), Saúl Montaño se explica y se contradice. ¿O no? ¿Vale el “efecto poético” en una “no ficción (así subtitula el libro), al menos en apariencia, autobiográfica? ¿Por qué no?
De todas maneras, no porque te adviertan de entrada que no es ficción hay que tomarlo como tal; pero claro, no por eso -también- hay que dejar de tomarlo como tal.
Este pequeño libro de 54 páginas que la editorial cochabambina puso a la venta para la Feria Internacional del Libro de La Paz es, como bien lo dice Maximiliano Barrientos en la contratapa, “un potente artefacto narrativo”, pero -lo enfatizo- deja abierta la interrogante en torno al proyecto mayor.
Ya Montaño dio muestras de que es capaz de alcanzar momentos muy bien logrados de prosa fluida, en muchos de los relatos de Desvelos (La Perra Gráfica, 2016), libro en el que, sin embargo, quedó en entredicho algo que ahora está fuera de discusión: la verosimilitud. Verdad, mentira… ambas, ninguna, una más que la otra… no importa, el lenguaje lo hace todo creíble y genuino. Y esto es lo que sí importa.
Autorretrato es una suma de retazos autodescriptivos sin más aparente orden o sentido que el que dicta el momento en el que el autor se sienta a escribir. Así, las confesiones de hazañas e inseguridades sexuales se juntan con listas de autores, películas, series y libros favoritos; las técnicas exitosas y fracasadas de conquista, alternan con tomas de postura como “no soy de izquierda”, o debilidades, como emocionarse hasta las lágrimas en una ceremonia religiosa.
Casi al azar, un párrafo (párrafo es un decir, no hay puntos aparte en todo el libro) que resume la heterogeneidad total:

“Detesto los zapatos Crocs. Este libro está pensado y escrito para lectores desconocidos, pero también para algunos amigos. He defecado en vía pública. Mi madre me dio de tomar cal en vez de leche en polvo cuando yo era un bebé; no lo hizo a propósito. Una prima dice que vio sangrar los pies de una estatua de la Virgen María. De niño fui testarudo con las cosas que no podía realizar, cuando las conseguía rompía en llanto. Pocas veces tengo lapsus etílicos, usualmente recuerdo todo…”. Pág. 38.

Entre lo variopinto, original y recurrente a la vez, este ejercicio literario es no solo válido, sino ejemplificador -considero- de cómo para hallar la voz literaria (allende su calidad) solo hacen falta dos cosas, las más obvias, pero para tantos, al parecer, las menos practicadas: leer, leer, leer, leer, leer… y solo después, y entre lectura y lectura, corregir y desechar la mayoría de lo que se escribe.