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domingo, 15 de enero de 2017

El chicuelo dice

Un conejo de patas largas 

[Ya me voy, hasta nunca]


Fin de ciclo. El Chicuelo descansa rumbo a nuevos destinos, pero Wilmer Urrelo seguirá, una vez por mes, acompañándonos desde este espacio.




Wilmer Urrelo

Es un conejo de patas largas. Uno que llegó en calidad de regalo o quizá estaba ahí siempre, Chicuelo, desde vaya uno a saber cuándo.
-Era de tu hermano, pendejo -dice la Ovejita Literaria-. Y tú te apropiaste del peluchito ese.
No es un peluchito cualquiera. Un peluchito cualquiera serán las mierdas que les regalan los enamorados a sus novias. El conejito de patas largas del que pretendo hablar es algo más que eso, y la Florecita Rockera y el pequeño niño blasfemo diciendo: ¿y por qué hablas de él y a nosotros ya ni nos saludas, ya que es tu despedida?, y Chicuelo porque ustedes ya me llegaron a los huevos, ya estoy hasta acá de todos ustedes (incluso de la Ovejita Literaria).
Mírenlo, no lo pierdan de vista, ese es el conejito de patas largas, un concepto distinto, profundo, digamos que una idea.
-Ya no fumes de esa, Chicuelo -dice la Florecita Rockera-. ¿Te das cuenta de las barbaridades que estás hablando?
Y el Chicuelo diciendo: ¿te conozco acaso?, ¿de dónde tan preocupada por mí así de pronto?
-Así que aburrido de nosotros, así que hasta las bolas -se queja la Ovejita Literaria-. ¿Y se puede saber  por qué?
No. O sí, pero prefiero hablar del conejo de patas largas de mi niñez, dice el Chicuelo. O más bien de parte de esa niñez que ya no puedo recordar.
El conejo de patas largas. El que miraba impasible las cosas que uno hace de niño. Estar horas frente a la tele. Hacer poquísimas tareas. Dormir. O no dormir. Estar despierto escuchando el ruido que hacían los pocos coches que pasaban por la avenida Tejada Sorzano. El conejito de patas largas: el que a veces terminaba en el suelo y uno, ¡crack!, llegaba a pisarlo con la gran posibilidad de haberle roto el espinazo. ¿Por qué los conejos de patas largas retornan para que escribas de ellos? No sé, dice la Ovejita Literaria, más bien sigue hablando de ese conejo anormal. Qué envidiosa, caray, pues ese anormal al que te refieres era mi conejito preferido. ¿Qué conejo normal tendría esa mirada? ¿Esos ojos y esa boca desconcertada? ¿Y qué me dicen de las rayas verticales que le sirven de pantalones? La verdad que no entiendo, dice la Ovejita Literaria, qué siempre querrás decir con eso. Quiero decir que todo lo demás fue paisaje.
Qué lindo sería, incautos lectores que se empecinan en seguir esta columna que acaba hoy, que la vida real fuera así. Que después de las desdichas, del desamor, de la muerte inesperada, de la enfermedad incomprensible, todo, absolutamente todo, que todo lo demás fuera paisaje. ¿Qué clase de paisaje? ¿Qué cosas forman un paisaje?
-Para mí -dice la Ovejita Literaria-, el paisaje lo forman las montañitas, las nubes, el sol, las florecitas del campo, la cara de cojudos de los eternos finalistas del Franz Tamayo y del Adela Zamudio.
Sin embargo, para el Chicuelo el paisaje está en otra parte, está en otros lugares, mejor dicho, el paisaje está en mi conejito de patas largas. Ese mismo que carece de nombre hasta ahora. El conejito de patas largas que no fue bautizado en mi niñez y que por lo tanto debe estar maldito, endemoniado. ¿No les parece lindo haber tenido durante toda tu niñez un conejito de patas largas endemoniado? ¿“Satanismo desde niño”, como dice la canción de Brujería? Eso no más es el conejito de patas largas: una cosa sin nombre que siempre estaba ahí, esperándote cuando volvías del kínder, ayudándote a entender el extraño mundo de los adultos, alentándote cuando empezabas en el largo camino de mentarle la madre o los giles que ibas a encontrar en tu vida (ergo: esos eternos finalista de los concursos de cuentos). El conejito de patas largas: una idea, un paisaje, el volumen alto que fue parte de mi niñez. O mejor dicho, el conejito de patas largas que es el único destello de una niñez que no puedo recordar.
-Y miren que uno es ingrato -dice la Ovejita Literaria-. Tantos años haciéndote el favor y vos te olvidas de bautizarlo.
-Un ingrato y un idiota -dice la Florecita Rockera-. A veces eres un odioso, Chicuelo.
Entonces, quizá, para no ser un odioso como dice la Florecita Rockera, y como último acto literario de esta columna que duró más de dos años, creo que será necesario bautizar al conejito de patas largas. ¿Cómo puede llamarse? Conejín, no. Es un nombre más bien boludo. Entonces qué tal Patas Largas. No, tampoco, un tanto ridículo y poco original. Qué tal Saltarín. Nones, infantil, e inadecuado porque un grillo también puede llamarse así. Pues como que está difícil bautizar a un conejito de tu niñez siendo ya un viejote, ¿no?
¿Entonces qué hacemos con el paisaje? ¿El paisaje de El chicuelo dice?
El paisaje, en todo caso, ya no lo son ustedes, Ovejita Literaria, no mucho menos tú, pequeño niño blasfemo, y a ti, Florecita Rockera, prefiero incubarte en el olvido.
El paisaje ya fue. Se termina hoy con el conejito de patas largas.
Me voy, chau. Me retiro a disfrutar el sol, a las mañanitas de cielo azul. Con el conejito de patas largas sobre uno de mis hombros.


lunes, 12 de diciembre de 2016

El chicuelo dice

Agüita

Ni el Chicuelo, ni la Ovejita Literaria, ni la Florecita Rockera se quedan impávidos ante la crisis del agua.




Wilmer Urrelo 


“Sale de mí una agüita amarilla cálida y tibia”.
Mi agüita amarilla, Toreros muertos y Molotov [también].


Agüita. Agüita de colores. Agüita de limón. Agüita de mar. O agüita amarilla, cálida y tibia, como pasó en la Guerra del Chaco. Agüita transparente y llena de bacterias. O bien agüita bendita, de la que hay en las iglesias y que deberían prohibir porque estamos en una emergencia y toda agüita nos sirve ahora, incluso esa.
También está (o estaba) esa agüita que hace que el Chicuelo despierte por las mañana, esa agüita que caía de una ducha Lorenzetti y que lo reconciliaba con la vida y con todos sus rencores (que son muchos). O qué tal esa agüita que inunda las casas y que se lleva consigo la niñez. No importa: esa agüita del diluvio universal es la que todo el mundo quiere ahora. Comenzando por un blanquiñoso y terminando con el Brayan, habitante este último de una Villa y que tiene pinta de pandillero. Es esa agüita jodidamente democratizante.
-Y mirá que yo quería el fin del mundo, pero no así -se rasca la cabeza el pequeño blasfemo.  
-¿No sería mejor una bomba atómica? -dice la Ovejita Literaria-. Y ¡zas!, se acabó el tema de la agüita.
Y con eso también se terminarían las bacterias y mi ducha inexistente, porque sépanlo que sin ducha yo soy como un millonario sin plata, como un cura sin un niño a quien darle todo su amor: o sea, mi agüita lo es todo, es lo único que vale la pena en este mundo. (Luego de vos, Florecita Rockera, por supuesto).
Después de ella y mi agüita vienen los libros. Pero volvamos: agüita que cae del cielo, agüita de la cisterna, agüita de amor, agüita caminando de puntitas por tu desnudez, Florecita Rockera, o agüita quitando tu sed, y el pequeño niño blasfemo diciendo:
-Será la agüita que le invitaste una vez, ¿te acuerdas?
No… digo sí, esa agüita que bajó por su garganta, agüita mineral sin gas, agüita maternal, agüita infernal, agüita que reproduce el amor, o agüita de charco donde uno ve su cara y dice ese de ahí soy yo. También podemos hablar de la agüita de la memoria, la que hace que recordemos a los que ya no están acá. O agüita del carnaval, la que iba dentro de un globo e hizo que alguien se conociera con otro y que acabaran haciendo agüitas íntimas y que después daría como fruto a uno más que (ahora mismo) está puteando porque en su casa no hay agüita.
-Me refiero al agüita matutina que cubre su cuerpo -suspira el Chicuelo-, esa agüita que tomaría sin necesidad de que no haya agüita en los grifos paceños.
O qué me dicen de esa agüita con la que se hacen los helados (ese que la Florecita Rockera se come mientras sonríe en una foto), o el agüita para congelarla y hacer, luego, un raspadillo. También podemos hablar de la agüita que nos tomamos en los refrescos, en las cervezas, e incluso la agüita de los floreros de los cementerios.
-¿Dónde venderán agüita para olvidarla? -dice el Chicuelo.
-Esas son pastillas -responde la Ovejita Literaria-, y para eso también necesitas agüita.
Ah, agüita de mi corazón, agüita aromática, la que está en los perfumes. Y no te olvides de agüita para los perros. O agüita para que ella se lave el cabello. O agüita que está en el cielo y que se niega a caer en grandes proporciones porque los paceños somos un desastre, y al fin el universo se toma una cruel venganza. O la agüita del Illimani cuando se derrite. Por supuesto hablo también de la agüita que no deja de caer en Seven, ¿te acuerdas de la película de David Fincher, Ovejita Literaria? O la agüita de las piscinas. No solo los culitos blancos tienen piscinas, ¿qué me dicen de las piscinas inflables donde las wawitas se divierten de lo lindo? Ah, los de La Mala Palabra, siempre escribiendo con las patas. Sin embargo, ese no es el tema. ¿Dónde está mi agüita? Ayer nomás la dejé acá y ahora no está. O la agüita en forma de nieve, de invierno durísimo que salvó a la humanidad en el cerco a Stalingrado. Agüita que sale de los ojos cuando pienso en vos y en tu silencio. Agüita que pasa por el río. Cierto, agüita para no sufrir. Agüita para olvidar el amor sincero, o quizá inventar agüita para atraer el amor no correspondido. Por supuesto que está mi agüita con saborizante. Y esa agüita que desaparece de un día para el otro. Agüita mágica. O mi agüita convertida en tu abrazo.
Dicen que tendremos mar, pero ahora el hipotético mar no tiene lo más importante: tus ojos y un montón de agüita cayendo (infalible) desde mi ducha Lorenzetti.


miércoles, 16 de noviembre de 2016

El chicuelo dice

Digamos que estas son las
razones
para irse de acá

[o bien: que la Iglesia Católica no se meta con mis cenizas]. Así decidió Wilmer Urrelo subtitular este divertido texto, una lúcida respuesta a la última atrocidad del Vaticano.



Wilmer Urrelo 

…dicen que murió en un día
en que el cielo
era azul como el día de hoy

Morella, Antonio Ávila Jiménez


Digamos que me refiero a eso. Al derecho a irse de acá como uno quiera o, en el peor de los casos, como uno pueda. Y que nadie se meta con tu cuerpo. Ni con lo que quede de él. Los huesos, las cenizas, una masa de músculos inútiles ya. El pobre cuerpo marchito de uno. En estas palabras me referiré al inalienable derecho de largarse de este mundo por las siguientes razones:
Digamos que por el cielo. Digamos que gracias a las nubes. Digamos que por tu sonrisa. Digamos que también por la mía. Digamos que por el odio al mundo. Digamos que también gracias al olor de las piedras. Digamos que por los chiwanquitos. Y digamos que también por las señales. Por las múltiples señales cerebrales y espirituales. O digamos que por los perros. O digamos que también por la literatura. Digamos porque cuando pase ¿dónde quedará mi biblioteca? Digamos que también por mis dedos. Digamos que ahí están mis manos, que son éstas, ¿las ven?, las mismas que a veces no me sirven para nada. Y mis ojos, digamos que también por eso. O quizá por mis labios.
También digamos que porque mi cuello. O sostengamos que porque mis piernas. O digamos que por la estupidez paceña. O porque los bolivianos y sus complejos metafísicos. También sostengamos que porque el frío y sus miles de historias. Porque la existencia del sol altiplánico. O porque los sueños no se hacen realidad. O reafirmemos que porque los sueños nunca se hacen realidad. Digamos que porque tu sonrisa de nuevo. Porque mi sonrisa también. O digamos porque también la gente me caía gorda. O porque la enfermedad.
Y también digamos que porque las cosas importantes nunca llegan (tan solo se hacen presentes el dolor y la enfermedad). Sobre todo digamos que porque me dio la gana. Porque siempre hice lo que me dio la gana. Porque quizá eso fue un error. O digamos que porque la tristeza. Porque la tristeza es grande e inabarcable, como ese cielo azul que se hace visible en “Morella”.
Una vez más: como tu sonrisa y como la mía y como la profundidad de los cielos azules. Por tercera vez: digamos que por tu sonrisa. O afirmemos que digamos que por la incomprensión de tu silencio, también. Y también digamos que porque la humanidad no vale la pena. Digamos que cuando pase ¿dónde quedará mi biblioteca? Sin embargo, también porque la poesía. Porque la música nunca se acabe, ni cuando me vaya de acá. Porque sería lindo la guillotina. O tal vez porque me dolía el estómago. Porque el dolor medular pudo más. O casi seguro porque el dolor medular y la tristeza siempre pueden más. Y porque tu sonrisa también pudo más. O digamos que porque volveré y robaré millones.
También por curiosidad: porque quería ver qué había más allá. Comprobar si había algo. Si estaba ese señor de los curas o quizá el cachudo de los metaleros. Digamos que porque seré cenizas ya. Porque ya olvídenme. Digamos porque la luz paceña y porque podía ver sus pliegues infinitos y eso se traducía en agonía. Digamos que porque mi lejana y plomiza niñez. O porque tu sonrisa, tu sonrisa y tu sonrisa. Digamos que porque el odio. Digamos que porque el amor y la indiferencia. Digamos que porque todo me es indiferente. Digamos que porque las rieles de todos los trenes que vio mi papá en esa niñez de colores. O digamos porque la vida me importa un comino. Digamos porque me importas más tú. Porque me importa más tu sonrisa. O digamos que porque ya estaba harto de todo. Digamos que cuando pase ¿dónde quedará mi biblioteca?... ¡caracho! Digamos que porque Bolivia. Digamos que porque quería tener conejitos de mascotas.
Y también digamos que porque la ciudad de La Paz. Digamos que porque el agua. Digamos que porque el fin del mundo está todavía muy lejos y ya no podía esperar. Digamos que porque las galletas. Digamos que porque los chocolates. Digamos que porque la escasa piedad. Digamos que por la vida y los saltos al vacío con los ojos cerrados. O digamos que la pena se la lleva astillada en los ojos. Digamos que (subrayémoslo) porque tu eterna sonrisa. Digamos que porque mi corazón vanidoso. Digamos que cuando pase ¿dónde quedará mi biblioteca?... ¡la chucha! Digamos que porque mi ombligo. Digamos que porque mis dedos. Digamos que cuando pase ¿dónde quedará mi biblioteca?, ¿en qué manos?, ¿frente a qué par de ojos?, ¿sobre qué mesa de noche? Digamos que porque mis perfumes son vallejianos: “Cuando alguien se va, alguien queda”. Digamos que el que se va es uno y la que queda eres vos (la de la sonrisa). Digamos que porque el frío de todas las madrugadas. Digamos que porque las fiestas.
O digamos que porque mis fosas nasales. Digamos que porque la brutalidad del ruido. O del corazón. Del corazón y de las llagas. Digamos que porque el silencio es hermoso, como una ocarina. Digamos que porque el río. O digamos que porque ver correr a la gente bajo la lluvia. Digamos que porque que me dio la regalada gana. Digamos que porque siempre hice lo que me dio la regalada gana. Digamos que porque estaba cansado de todo. Digamos que harto de todo pero menos de la sonrisa de ella (la que se queda; el que parte soy yo). Digamos que porque el tacto. Digamos que porque no aguantaba más. Digamos que porque es lindo irse así. Digamos que porque la eternidad es una piedra altiplánica. Digamos que porque me dio la recontra regalada gana. Digamos que porque siempre hice lo que me dio la recontra regalada gana. Digamos que porque me olvidarán. Digamos que porque les ordeno que me olviden. Y digamos que porque tu sonrisa toda la vida.
Digamos que porque mi sonrisa toda la vida. Digamos que porque cuando pase viviré lejos: allá, en un rincón púrpura. Digamos que porque no soy nadie nada nadie y nada a la vez. Digamos que porque sí porque sí y porque sí. Digamos que porque al fin puedo decirles chau, no me gustó estar acá, salvo por tu sonrisa. Digamos que cuando pase ¿dónde quedará mi biblioteca?... ¡miéchica! Digamos que porque las cosas y sus colores. Sí, corazón vanidoso: digamos que los seres humanos y el inalienable derecho a irse de acá. Digamos que ¿dónde quedará mi biblioteca?... ¡la chuchumeca!
Y el pequeño niño blasfemo diciendo:
-Véndemela a precio de gallina muerta, así podrás dejar plata para pagar tu cremación y de paso sobornar a un cura.

-Como todo bibliófilo, pequeño niño blasfemo -concluye el Chicuelo sabiamente-, eres una mierda. Digamos que un carroñero de la desgracia ajena, cabrón. 

martes, 18 de octubre de 2016

El chicuelo dice

Definición para el fenómeno
de la aparición de las nubes

Las vacaciones de una familia pobre, los inicios de una enfermedad, las nostalgias de tiempos peores…



Wilmer Urrelo 

Digo: nos habíamos acostumbrado a ser pobres. La misma ropa todos los años, Chicuelo, las mochilas colegiales costuradas, los zapatos de hace siglos. Digo y afirmo: acostumbrados a ser una familia pobre post desastre económico de 1985. A contar los centavos para comparar tan solo cinco panes. A pedir prestado perdiendo la poca vergüenza que adquieren los pobres cuando aparecen, de la nada, las nubes en el cielo familiar.
—En esa polaroid estamos tu papá —dice mi mamá—, tu hermana, tu hermano, el Chiquito, ese pequinés malhumorado que fue nuestro perro, yo y vos también.
—¿Qué es la familia? —reflexiona la Ovejita Literaria—. ¿La base de esta sociedad?, ¿o tan sólo un grupo de personas unidas por el azar?
A continuación la definición para el fenómeno de la aparición de las nubes: antes de 1985, digo, éramos de una clase media media mediocre, luego de 1985 el mundo se dio vuelta: chau colegio privado de cierta categoría, hola realidad de la bestialidad boliviana.
—Lo recuerdo y lo confirmo, pequeño niño blasfemo —dice el Chicuelo viendo la polaroid de esas extrañas vacaciones en Copacabana—, éramos la familia que empezaba a partirse no en mil pedazos, solo que se partía y ya, y que se iba al fondo del fondo de las familias plomizas de este país. Lo afirmo sin dudarlo, Florecita Rockera: la familia pobre que no podía gozar nunca en su vida, es decir, jamás gozar de paseos los domingos, de algún helado que abriera la senda de la esperanza de mejores días. La familia que un día, no se sabe cómo, se fue de vacaciones a Copacabana, lugar de rezos, de un lago no tan limpio, de ese cerro inabarcable llamado Calvario. Copacabana: el refugio para las parejitas que empezaban a conocerse en lo íntimo, en la desnudez de sus cuerpos y de sus pieles brillantes y grandiosas.
—Las parejitas que empiezan a conocerse —reflexiona la Ovejita Literaria—. Las que experimentan qué significa respirar al lado de otro ser humano. De dormir juntos. De ver a la otra persona por las mañanas.
—Además un lugar para poder olvidar por un par de días el trabajo en el hospital — dice la mamá del Chicuelo.
—O del colegio donde éramos un desastre —dice mi hermano.
—Menos yo —dice mi hermana—. Yo siempre fui una buena alumna, hasta estaba becada. ¿Se olvidaron de eso, par de idiotas?  
Miren los detalles de la polaroid: esta familia, esa familia de polaroid, todos ellos ahora están fuera del tiempo, es la tristeza que acumulan las familias, la tristeza imposible de describir, la tristeza que no tiene lugar pero que está al interior de todas las familias. Las familias fuera del tiempo que llegaba con las justas (a veces ni eso) a fin de mes. Y los pocos recuerdos que tengo cuando era un niño (que tienes, Chicuelo) a veces se iluminan gracias a esas vacaciones. Digo: las vacaciones en Copacabana, el lugar más sucio de toda Bolivia. El más antihigiénico y por lo tanto el más religioso.
—Cuando vi la playa —dice el Chicuelo—, lo primero que hice fue blasfemar, mentarle la madre a Jesús y…
 —Y encomendarte al oscuro —interrumpe la Ovejita Literaria—, eso ya lo sabemos.
—¿Puedes dejar de escribir tremendas barbaridades? —reclama mi mamá—. ¿No te acuerdas que Copacabana fue el lugar donde tu papá y yo nos casamos por la iglesia?
—Dice esas burreras solo para llamar la atención —se carcajea de pronto la Ovejita Literaria—. Para que la Florecita Rockera lo recuerde, para que se acuerde de su existencia.
Recuerdo: el tiempo siempre doloroso e incomprensible. Por ejemplo, la Florecita Rockera (ya que hablamos de lo incomprensible), tan lejos de acá, tan grande la inmensidad que nos separa…, y el Chicuelo prefiere cambiar de tema: más bien piensa en ese perrito que, hace años atrás, estuvo en esas vacaciones, ese perrito pequinés de terrible carácter.
—Como todos los perros extranjeros —anota el pequeño niño blasfemo.
Digo: se llamaba Chiquito y odiaba a media humanidad. O recuerdo: las vacaciones en esa flota gigante, esas vacaciones en una sola habitación de un alojamiento llamado (¡qué creatividad¡) Mamita de Copacabana. Digo: las vacaciones donde unos niños más pobres que uno tenían un rasgo insoportable. Los niños rezadores. Los niños católicos que abundaban por el Calvario.
—Hubo uno que te acusó de no saber rezar —dice la Ovejita Literaria.
Recuerdo: la mañana en que salimos del alojamiento Mamita de Copacabana, para luego ir al mercado y comer las famosas truchas y después (¿fue tu mamá o tu papá, Chicuelo?) quien dijo que deberíamos subir al Calvario, y yo para esa época (sin saberlo) quizá ya empezaba a sentir los primeros síntomas de esta enfermedad que me está matando: me dolían las rodillas y mi papá diciendo hay que subir ahora, y mi mamá así machucan sus pecados, ¡jajaja!, y mi hermana yo subo fácil, en cinco minutos estoy arriba, y mi hermano encogiéndose de hombros, a mí no me importa nada, la verdad, y el perrito ladraba a todo el mundo mientras subíamos y mi mamá: hasta dueño del Calvario se cree este.
Entonces, cuando estábamos en una de las primeras paradas del Calvario, aparecieron. ¿Quiénes? ¿Los apóstoles? ¿Los que le tiraban piedras a Jesús mientras subía un lugar igualito?, y el Chicuelo diciendo no. Ahí estaba yo mirándolos rezar de rodillas y mientras tanto tu mamá se persignaba y a lo mejor tu papá fiambre pedía al cielo que vengan mejores días para esta familia, por favorcito, y yo invocando al oscuro, que se jodan todos, y la Ovejita Literaria diciendo: la ingratitud es lo peor que puede haber en este mundo. Entonces uno de los niños se da vuelta, te mira, me mira, y dice:
—¿Y vos no sabes rezar o qué?
Y el Chicuelo sin decir nada, quedándose de una sola pieza, como se dice.
—Un pobre impostor —dice el pequeño niño blasfemo—. ¿No tenías el valor de decirle a ese chiquillo estoy pactado con el Diablo, así que a callarse, mierda?
—Qué iba a decir eso —dice la Ovejita Literaria—. ¿No quieren entender que solo hace este teatro para que la Florecita Rockera lo mire? Si es un tremendo teatrero, yo lo conozco desde chiquito.
Lo cierto es que no dices nada, Chicuelo, no digo nada y los pobretones se ríen de él, y yo solo pensando mátalos de un rayo, Patrón, sin embargo ni rayo ni nada, y el Chicuelo había terminado de subir el Calvario, y ahí estaban, sin darme cuenta, los primeros rasgos de la enfermedad: el agotamiento, el dolor en las rodillas, mientras mis hermanos y mi papá y mi mamá miraban el lago: abajo las aguas verdosas, el cielo algo nublado, y mi papá había comprado una casita con la esperanza de tener una igual pero de verdad, y también un auto, y luego un señor había challado ambos objetos, y el Chicuelo diciendo:
—Eso me gustaba más que rezar. Ver la magia de la challa, oler el incienso y escuchar las palabras en aymara que vaya a saber uno qué significaban.
Ni casa ni coche propio, piensa el Chicuelo, ahí sí ese Dios nos falló, ¿no habría sido mejor pedirle esas cosas a Satanás? A lo mejor él si nos cumplía y mi mamá: ¡calla¡, si no se dio nada de eso será por algo y la Ovejita Literaria diciendo:
—Porque Dios odia a las familias polaroid a lo mejor. Y a los perros malhumorados también.
—Y a los niños satánicos que van tejiendo su enfermedad sin saberlo también —aporta el pequeño blasfemo—. ¡Qué injusticia! Con razón el mundo anda cada día peor.
Digo: las últimas vacaciones familiares sobre un cerro llamado Calvario, el cerro lleno de niños más pobres que uno…
—¿Y vos no sabes rezar o qué?
…más pobres que uno, la casita y el coche challado, el perro malhumorado, mi mamá pensando acá nos casamos con tu papá, qué nostalgia, y yo sintiendo el dolor en las rodillas. En eso quedó esa familia de cinco integrantes (o seis, si contamos al perrito): en una polaroid que lamentablemente no desaparecerá con el tiempo, que seguirá ahí, recordándonos qué familia más triste y pobre fuimos.

Digo: todos los de esta polaroid vamos a desaparecer de manera paulatina. Y nadie sabrá lo que pasó en ese febrero de 1988, y mi papá desde el otro lado: cuando las nubes invadieron nuestro miserable cielo que ya no se ve desde acá, hijito.

miércoles, 14 de septiembre de 2016

El chicuelo dice

Jugar es inventarse a que
uno no es uno sino otro

Una lectura de la novela Nuevos juguetes de la Guerra Fría, de Juan Manuel Robles, que se presentará en la FIL.



Wilmer Urrelo

Recordar. Recordar siempre es complicado y acaso imposible si no tienes una infancia sólida o por lo menos no tan accidentada como le pasa a la mayoría de los seres humanos. A mí me ocurre eso. No recuerdo muy bien buena parte de mi niñez (las razones ahora salen sobrando). Por eso a veces invento cosas. Cosas como que de chiquillo usaba chaveta (en peruano: cuchillo) o que ya estaba pactado con el Diablo. Nada del otro mundo. Toda la gente lo hace, digo, inventarse partes de su niñez que jamás ocurrieron. La gente en general maquilla su niñez de acuerdo a sus expectativas o a sus vacíos existenciales. A sus pobres, muchas veces, pobres expectativas. A sus grandes, muchas veces, vacíos existenciales. Eso, más o menos, es lo que pasa con Nuevos juguetes de la Guerra Fría (Seix Barral, 2015) del peruano Juan Manuel Robles.
Parte de este libro transcurre en tierra conocida y despreciable para todos nosotros: La Paz, y lo hace dentro de los muros de la embajada de Cuba. Es un momento complicado para la historia de Bolivia, los años 80. Es la historia de Iván Morante, un chiquillo peruano que llega desde Lima a vivir a la “Despreciable” porque su papá es funcionario de dicha legación diplomática (sinónimo periodístico de la sección Sociales y Gente Bien). Y ahí es donde arranca el motor de esta novela inquietante, de este juguete (no diré genial) aunque sí de este juguete que uno no sabe dónde colocarlo.
Robles comienza haciéndome trampa, porque el muy carajo (con cariño, Juan Manuel) recuerda con detalle escandaloso la infancia que yo recuerdo parcialmente: los juguetes de los años 80. O las series de televisión como He-Man (“un héroe homo-erótico”, diría ahora la corrección política de ONG; “un mariconazo de siete suelas”, habríamos dicho en aquella época).
Esa es la excusa para desarrollar una novela que contrapone dos maneras de manipular a la gente: la ideologización a través de los pioneritos, una suerte de niños con conciencia revolucionaria que aparentemente abundaban en la Cuba post-Che Guevara y las series de televisión, los héroes que poblaron nuestra niñez ochentera y que tienen, hasta ahora, su cola, su repercusión imbécil en la supuesta “revolución” de las redes sociales.
Ese es el campo donde se desarrolla esta novela. Tenemos entonces a un Iván Morante que vive dentro de una burbujita, donde parece que todo funciona a las mil maravillas con la pura consigna revolucionaria y, por el otro lado, está el brillo de lo superficial, de la televisión. En ese momento nace la disyuntiva de recordar solo aquello que a uno le conviene, sin embargo Morante tiene la mala suerte de contar con una hermana que lleva consigo una memoria prodigiosa y que lo pone en aprietos.
También está el bichito (cuando narra la parte de su niñez) de no estar muy convencido en convertirse en todo un revolucionario, de que todo lo que pasa dentro de esa burbujita que es la embajada cubana no es tan cierto o que tiene mucho de exageración, en todo caso. El bichito está ahí, como una cosa seria, grave, que marcará tu niñez y que no estás muy convencido de aceptarlo o mejor, de decírselo a las demás personas. Es como ese bichito que corroía el interior de Zavalita, el personaje de Conversación en la catedral, cuando jugaba a hacerse al revolucionario con los de Cahuide, pero que no creía, que tenía el serio problema de no estar convencido como lo estaban los otros.
La otra antípoda… no, odio esa palabra, parece sacada del diccionario paranormal de alumno de la carrera de literatura. Rectifico: la otra punta del ovillo tampoco es linda, pues los héroes de televisión son solo eso, imágenes que con los años ya no te dicen mucho o si te lo dicen son también cosas falsas y estúpidas. Eso sí, hay una parte fabulosa, divertidísima, la que más me gustó de esta novela porque resume, me parece, el horror de los habitantes de este país que teníamos dos dedos de frente ante la traición clasemediera mirista: el pacto de sangre con Hugo Banzer.
Dice Robles en Nuevos juguetes de la Guerra Fría: “Aproveché para rescatar a Bazooka, que tenía el rostro desfigurado por las quemaduras, y así se iba a quedar para siempre: como Freddy Krueger y como Jaime Paz Zamora… Era feo. Una vez vimos a Paz Zamora en la residencia del papá de Aníbal y yo me metí al baño para no tener que acercarme a mirarlo a la cara”. Cómo mirar a Paz Zamora después ya no digo de la quemada física sino política al pactar con su, en términos comiqueros, archienemigo de toda la vida.
Hay también algunas partes débiles, como en toda novela, extrañé esa falta de maldad, por ejemplo, de la oscuridad maldita y satánica (no hablo del mal llamado realismo sucio, digo algo más profundo y por lo tanto más triste), ese ingrediente, esa palpitación que parece ser la ausencia en gran parte de esta generación y de la que viene inmediatamente después de los nacidos en los años 70: la maldad en serio, la maldad que tanto agradecí hallar en los libros de José María Arguedas.
Decía en alguna parte de esta reseña que no sé muy bien dónde colocar Nuevos juguetes de la Guerra Fría. Tal vez no tenga un lugar preciso. En realidad lo más probable es que no tenga por qué tenerlo.

No es una gran novela, lo advierto desde ahora, no es un libro de esos que quedarán o te marcarán para siempre, sin embargo hay algo inquietante y atrapante y convincente y con eso basta, Juan Manuel, para el ochentero sin memoria infantil que firma esta reseña.

domingo, 14 de agosto de 2016

El chicuelo dice

Gradas iluminadas por el sol

Una historia más –de recuerdos, claro- del pequeño niño blasfemo, la Ovejita literaria y Florecita rockera.



Wilmer Urrelo

Cuando éramos niños en las gradas iluminadas por el sol. Cuando éramos niños en esas gradas de la que alguna vez fue mi casa podían pasarnos, a mi hermano y a mí, cosas maravillosas.
Cosas como imaginar que eras invisible y que (obviedad) nadie podía verte. Que nadie, que ningún cojudín podía verte pese a estar frente a dicho cojudín vestido en pijamas.
Esas eran las gradas iluminadas por el sol. O ese era el poder que poseían esas gradas. Gradas ubicadas en el número 1.003 de la avenida Tejada Sorzano (“el puterío está al lado”, contestaríamos años más tarde a los doncitos que se equivocaban de puerta).
Bueno, Florecita rockera, retomo antes de perderme: las gradas de mi casa también podían convertirse en una prisión y mi hermano y yo estar condenados a la muerte más dolorosa (engrillados, las barbas largas, el cuerpo en los puros huesos; y bajo esas condiciones seríamos fusilados, chancados, hervidos en aceite hamburguesero) y pese a todo lograríamos sacar uno de los bloques de piedra de nuestra celda con el consabido borde de la cucharilla y afuera habría un mar encrespado, oscuro. Pese a esas condiciones ambos huiríamos y ahí las gradas iluminadas por el sol volvían a tomar su verdadera forma.
-¿Y luego la convertían en otra cosa? -pregunta la Ovejita literaria-. ¿En un coche que los llevaba de paseo por todo el mundo?
No, más bien en algo peor, Ovejita literaria, es que por aquella época ambos teníamos la imaginación bien retorcida, para qué te voy a mentir: de pronto, esas gradas iluminadas por el sol mañanero se transformaban en un coche gigante, quizá un tanque de guerra y los dos lo manejábamos aplastando sin más asco a gente como nosotros (es decir, chiquillos empijamados) y el pequeño blasfemo diciendo:
-Y después dicen que el enfermo es uno.
Pero si estás bien enfermo, ¿o por qué sino sigues pensando en la Florecita rockera, a ver?, y cuando el pequeño niño blasfemo está a punto de contestar continúo recordando:
Aunque también esas gradas iluminadas por el sol se convertían en un barco enorme donde los dos debíamos desbaratar una conjura contra la vida de una niña de nuestra misma edad (bonita y orgullosa, Florecita rockera: ¿te recordará a alguien eso?), y los dos debíamos averiguar quién de todos los que viajaban junto a nosotros quería asesinarla. Las gradas iluminadas por el sol no eran gradas iluminadas por el sol, eran el mundo cotidiano resumido en todo su esplendor: feo, lleno de gente mala y solo soportable por una persona (la niña bonita y orgullosa), quien en este caso, al final, una vez que le salvábamos la vida (“el bien más preciado”, según nuestra mamá) ni siquiera nos daba un “gracias” o un “los recordaré el resto de mi vida, chicos”. Lo sé, éramos malos, sin embargo (como todo descorazonado que se precie) un tanto sentimentales en el fondo.
Las gradas iluminadas por el sol también servían para intentar comprender las leyes del mundo, pues al estar cerca de la puerta de calle podía verse (huequito mediante), todo lo que pasaba al otro lado. Y todo lo que pasaba al otro lado no era más que la clase de gente que circulaba por la vieja avenida Tejada Sorzano.
Era un lugar, esas gradas iluminadas por el sol, para escuchar las conversaciones esporádicas. Los ruegos de los enamorados, las ruines acusaciones, las más bajas peticiones, los arrepentimientos a destiempo. Lo malo era que solo duraban lo que duraba el paso de esas gentes por ahí, es decir, segundos. Y también servían, las gradas iluminadas por el sol, para decepcionarte, ya desde chiquito, del mundo y de la gente que lo habitaba. Escuchábamos y veíamos al niño maldito, a aquel carajito que años después le destrozaría la vida a alguien o bien éramos los testigos ocultos de las parejitas y sus dilemas teñidos siempre por la traición:
-Hay uno que siempre ama más en una relación -nos decía nuestra mamá, adelantándose en el tiempo y en el espacio a las psicólogas invitadas a las revistas matutinas de nuestra época.
Las gradas iluminadas por el sol servían además para ser testigos de cómo la ciudad periférica (la Tejada Sorzano, por aquella época, era el inicio de los extramuros paceños) empezaba a ser distinta. Empezaban a aparecer muchos más coches, los seres humanos se reproducían a un ritmo escandaloso que…
-Y miren el resultado ahora -interrumpe el pequeño niño blasfemo-, echen una mirada a su alrededor si no me creen: pura gente mala y encima fea.
Las gradas iluminadas por el sol, también, cumplían la función que todas las gradas por el sol del mundo cumplen. No solo el de incitar la imaginación de dos pequeñuelos empijamados. No solo descubrirles el horrendo mundo paceño y su fealdad. No solo ser el trampolín para soñar con niñas engreídas y bonitas. Digo que también cumplían su función vital: calentar los cuerpos. El sol que iluminaba las veintidós gradas de cemento era el lugar donde calentarse y tomar el refresquito mañanero.
-Porque esa casa era una casa fría y odiosa -dice el pequeño niño blasfemo-. Como todas las casas de esta ciudad.
Siempre pienso en esas gradas iluminadas por el sol. Y siempre me sorprendo, a veces sin querer, pensando en ellas con gratitud y, hasta podría decirse, con cierta nostalgia. Siempre recuerdo que sirvieron, en su brevedad e insignificancia de gradas iluminadas por el sol, para que nosotros seamos un poco más felices, menos carajos (o más, según se vea) y para empezar a crear a personajes idiotas y absurdos (como la Ovejita literaria, quien se ríe de mis palabras). Eso: en el fondo, las gradas iluminadas por el sol servían para…
-Si ella se acordara de mí por lo menos un ratito -interrumpe el pequeño niño blasfemo una vez más-, me compraría unas gradas iluminadas por el sol. Si alguien tiene unas igualitas el precio no importa, pago lo que sea.
-No jodas más con ese tema -dice la Florecita rockera, ya enojada-. A ver si maduras de una vez.

Las gradas iluminadas por el sol sirven también para eso, para gritar (y hacerte recuerdo, Florecita rockera) que el pequeño niño blasfemo aún está ahí. Esperándote en las gradas vestido en pijamas. Esperando a que llegue el sol (es decir, tú) para iluminarlo de una buena vez. 

domingo, 10 de julio de 2016

El chicuelo dice

La tristeza de B



Una foto, otra vez, es el gatillo de recuerdos, reflexiones, preguntas y lamentos.


Wilmer Urrelo 

Despierto por la madrugada y no está. O está tan solo en lo que resta de mis pensamientos. B, en otras palabras mi mamá, en otras palabras despierta y es lo primero en lo que piensa. Esa es la tristeza de B. La tristeza desde que A. ya no está. La tristeza desde que se morgueó.
-La tristeza de los fines de semana -se queja B a sus hijos, o sea nosotros.
Y la Ovejita Literaria dice no me gustan las cosas tristes, ¿no podrías contar otras cosas, Chicuelo? Y B diciendo que no esté, que no hable mal de los bolivaristas: fuleros, chacras, que no ponga la radio a todo volumen para oírle decir que seguro que el Tigre hoy golea a estos mierdas.
Me refiero a ese tipo de tristeza, pequeño niño blasfemo, y B diciendo o ya no escuchar cuando abría la puerta, el ruido de la llave al entrar a la chapa, los dos pasos y la puerta cerrándose: la tristeza de B está hecha, también, de esas cosas cotidianas, Florecita Rockera, de las cosas gastadas por lo cotidiano y el Chicuelo pensando: tantos años casados, ¿cuarenta y ocho, mami? Y ahora solo queda la soledad de las mañanas frías, B, de la liviandad de las mantas y del peso de la cabeza de B sobre la almohada. Así, esa es, de eso se trata el rigor de la tristeza de mi mamá, de B, así es la tristeza cuando despierta y cuando sabe que A ya no está o que está, pero tan solo en los pensamientos, que en el fondo no valen de nada. Para qué nos vamos a hacer a los imbéciles.
-Como con la Florecita Rockera -dice la Ovejita Literaria-. De qué sirve tenerla en el recuerdo si no está acá.
-No sirve de nada -dice B-. Es como si nunca hubiera existido.
Y la tristeza de B está también en las fotografías del día de su boda. O en las pocas que quedaron de ese día, Chicuelo, ¿ves acá? Esa es la tristeza de B, se halla en la mirada, en las manos y también en la mixtura que algún chistosito lanzó sobre ellos. La tristeza de B es, de igual manera, el peinado sesentero, el anónimo fotógrafo (sospechamos de un tío, pero no creo que sea cierto).
La tristeza de B, Ovejita Literaria, se encuentra sobre todo en lo que no está, lo que se fue, lo que ya no pertenece, lo que terminó hace un año ya: o escuchar a A recibiendo en casa a las nietas (stronguistas hasta la médula, también), a la perrita (de nombre Thayli) que no paraba de correr, y A pensando mejor la saco, ¿no querrá ir al baño? Esa es la tristeza de B, los hechos cotidianos, los paseos con la perrita singular, mínimos, maximizados ahora por la ausencia, como un eco, como una habitación infinita más bien.
La recuperación de B no está en los recuerdos, ni en las cosas que pasaron juntos (cuando en la boda civil solo sacaron dos fotografías), y yo inventándome que dice la Florecita Rockera: está en el vacío, Chicuelo, en el vacío de esta casa y B diciendo:
-Sobre todo los fines de semana, largos, interminables. Cuando una ya no sabe en qué va el campeonato liguero.
Si el Tigre se sonó al Bolívar otra vez, como siempre, como es de rigor con esos chacras y buenos para nada. La tristeza de B es imposible de solucionar. Ya nada sirve. Ni los regalos. Ni los chistes. Ni siquiera la enfermedad del Chicuelo: aférrate a algo, B, rescátate de las tristezas, cúrame y cúrate de tu tristeza. Esa es la tristeza de B, compuesta de recuerdos, de olores, de pequeños detalles, los zapatos, las corbatas de hace siglos, la chompa café que A nunca se quitaba: ni los sábados ni los domingos.
Y también está en los jirones, en los remiendos de la boda civil, de esa que vive ahora en esta fotografía casi imposible de descifrar.
Y la Ovejita Literaria apareciendo de nuevo, una boda chiquitica, con casi nadie, tan anónimos ambos, tan opacos. La tristeza de B, sin embargo, resplandece de recuerdos, o a lo mejor los inventa, dice el pequeño niño blasfemo, y B pensando a mí me daba vergüenza que me vieran bailar así con tu papá… no te rías, ¿por qué eres tan irrespetuoso, Chicuelo? Porque me parece chistoso, nada más. Pero la tristeza de B no la resuelve ni siquiera el humor negro o ácido a o la mala onda. Ya todo se ha hecho para disipar la tristeza de B, para acabarla de una buena vez, para que desaparezca de nuestras vidas. Y todo, a su vez, ha fracasado. La tristeza de B es de todos. Está acá. ¿Ven?

Y yo diciendo ¿y cómo se hace para conjurar la tristeza de la mamá de uno, Florecita Rockera?

sábado, 11 de junio de 2016

El chicuelo dice

¡Cuuumbia satáaanica!

[Advertencia: se recomienda leer esta croniquilla escuchando, de fondo, Yo triste y tú riendo del grupo Los Puntos]




Wilmer Urrelo 

A vos, Florecita Rockera, allá donde te encuentres.


Un día en el Gigante Melgarejo. O un día en el Odisea Lira. O un día en el Unicornio Chuma. Un día escuchando todo el repertorio del grupo Azteka. O de Liberación. O también de Sonido Mazter. O mejor: del grupo Angora, los peluches de la cumbia boliviana. O quizá un día en tu casa, con los audífonos en los oídos. O un día conversando con la Ovejita literaria y el pequeño niño blasfemo.
Hablemos de un día de cumbia. Y al finalizar esta croniquilla sin pies ni cabeza, de la nueva cumbia. Hablemos de esa cumbia que tanta falta nos hace. De dónde estará ahora. De la cumbia satánica del demonio.
       —Pero empecemos, Chicuelín —me dice la Ovejita literaria— con un día recordando a la cumbia noventera. A esa cumbia política y musicalmente incorrecta. Fea. Cholita. Colorinche. Esa que no aparecía en ATB ni en Acento Latino. A la que le hacía asquitos la Marcela Renjel.
       —Y ya que andamos por esos terrenos —interviene el pequeño niño blasfemo— recordemos a las primeras radios cumbieras. Y de cómo algunas personas, a lo mejor la mayoría, escuchaba esa música con un sentimiento de culpa. De estar haciendo algo de bajísima calidad. De lesa musicalidad.
       Y de cómo te ponían un escudo, Ovejita literaria. Decían: no, que yo solo a The Cure. No, que yo a Caifanes. No: que yo a Pantera y en el peor de los casos aparecía alguien y decía: solo escucho a Coda 3 (como se llamaba en esa época ese subproducto de la clase media con ínfulas decentonas que luego se bautizó como Octavia).
Hablemos de un día o una noche en el Gigante Melgarejo, otra vez. Un día con el David Castro, ese mismo día preguntándole cómo se le ocurrió la idea de colocarse primero el pantalón y luego los calzoncillos, de dónde surgió la idea de quebrar el orden de las cosas para crear uno distinto. Diferentemente satánico. Preguntarle qué siente todavía cuando canta “…yo sólo quiero volver, a ver mi tierra otra vez”.
¿Serás consciente, David Castro, de cuánta gente lloró con esta canción? ¿Cuánta habrá pensado que por primera vez en su vida alguien le daba la razón en una canción? O mejor dicho, un día junto a Gastón Sosa. El día en que puedes agradecerle por la magnífica interpretación de Lady Lady.
Y la Ovejita literaria diciendo: también preguntarle, Chicuelo, cómo lidiar con el mundo cumbiero y usar muletas a la vez. Preguntarle cómo hace, Gastón Sosa, para poder conmover a la gente con canciones como esa. O sentarse con los de Iberia y decirle a uno de los hermanos Gonzáles: ¿quién era la chica de la canción del temón titulado Sola? Y luego cantar con ellos “Era una chiquilla / nunca se había enamorado / un día conoció a un hombre / él le enseñó a amar y hacer promesas / ella al creer en sus palabras se enamoró sin darse cuenta / un día él se fue sin despedirse y nunca más volvió a su lado”.
Y el pequeño niño blasfemo: la poesía de la chusma, diría algún estudiante enfermo de la carrera de literatura. Y la Ovejita literaria: y las feministas dirán la cumbia tiene letras sexistas, machistas, ¿cómo se te ocurre escribir sobre ella, Chicuelo, ya se te están acabando los temas o qué?
Eso del machismo y el sexismo es cierto (y lo de las ideas también), dice el Chicuelo. Ahí están, por ejemplo, las cancioncitas de Los Bybys o bien las de los inigualables Jambao o quizá la siguiente del grupo Azteka, hace memoria la Ovejita literaria, titulada ¿Quién?, ¿no es lo más machista del mundo?, ¿no estaría vetada en radio Deseo?, ¿tan musicalmente correcta todo el tiempo?, ¿tan aburridamente correcta en los últimos tiempos?
Dicen los Azteka: “Quién te robará el sueño, quién será ahora tu dueño, quién rezará por ti”. La cumbia noventera, la odiosa, la empalagosa, la cursilona por sus letras como sacadas de guion de telenovela, esa misma, como una mancha de aceite en el vestido blanco. Y del otro lado estaban los oídos rockeros, los oídos jazzeros, los oídos de la gente bien (y la Ovejita literaria sincerándose: bien cojuda, querrás decir).
Era la época donde la apariencia neoliberal contaba más que cualquier otra cosa (y el pequeño niño blasfemo alzando la mano: ahora es lo originario, no lo olvides, Chicuelo). Esa era la cumbia noventera, odiado público lector, la que deseaba enamorar, sobre todo. ¿O no era lindo que alguien te dedique esa que decía?: “Mas yo pienso en ti / al amanecer / mi castigo es no poderte ver / te juro si vuelves conmigo tú me encontrarás / el llanto en mis ojos lo refleja / que mi corazón vacío se seca / vivo a grito abierto tu nombre para ver si al fin regresas… / te juro que si vuelves conmigo / tú me encontrarás con brazos abiertos / con una sonrisa…”.
Y las radios cumbieras, tan poquitas en los noventa. ¿Ya había la mítica Chacaltaya? ¿Ya pasaban Sabadísimo en alguna de ellas?
Sábados Populares estaba, eso sí lo recuerdo. Hay algo con los sábados para la cumbia noventera, ¿verdad, pequeño niño blasfemo? ¿Será que los sábados eran más felices en aquella época, Florecita Rockera?, ¿libres, plenos, transparentes e invisibles?
—Dejá de decir burreras y piensa en algo, Chicuelín —dice la Ovejita literaria. Nos mira y lanza el reto—: ¿cómo hizo la cumbia noventera para que un tema sea bailable y triste a la vez? ¿Se han puesto a pensar en eso alguna vez?
Eso, cómo hizo para ser triste y bailable a la vez. Entonces ahí sale el tema incómodo: escribir algún día, en alguna mesa perdida del Gigante Melgarejo, en la mesa del fondo para ser más preciso, esa desde donde puede verse la pista de baile y a las parejitas de enamorados, escribir una cartita que como destinatario tenga un “a quien corresponda”, y preguntar desde ahí, pequeño niño blasfemo dónde, en qué momento se perdió todo (recurso vargasllosiano: ¿cuándo se jodió la cumbia, ah?), ¿cuándo la cumbia dejó de ser cumbia satánica del demonio y revoltosa para convertirse en este producto edulcorado que es ahora?
¿Sabrá Código Fer de ese pasado glorioso? ¿Los nuevos integrantes del magnífico (en el pasado) grupo Los Linces de Bolivia conocerán la tristeza del chico anónimo que aparece en El soñador, esa canción del grupo Iberia?
Y la respuesta la da la Ovejita literaria:
—Se jodió con PK2, Chicuelo. Y no es que PK2 haya sido un grupo malo, nada de eso.
—¿Habrá escuchado la Florecita Rockera ¿No lloraré? —me pregunto— ¿Esa versión cumbiera de alguna canción popera?
—Se jodió, en mi humilde opinión —continúa la Ovejita literaria sin hacer caso de mis devaneos amorosos— cuando el escenario pasó a ser otro.
—Cuando pasó de la cocina de la servidumbre a los estudios de Acento Latino —dice el pequeño niño blasfemo—, ese programita que pasaban por la insoportable ATB. Se jodió cuando se aburguesó, Chicuelo, como le pasa a todo el mundo.
Entonces volver a la cumbia satánica, a la cochina, a la cocina, a esa llena de calorías. Buscarla de nuevo. ¿Cómo hacerlo? ¿Con los “brazos abiertos”, como dice la canción, Florecita Rockera? ¿O la invocamos con esta mágica canción de América Pop?: “No pierdo la esperanza pensando en que volverás / yo pronuncio tu nombre, en las noches oscuras / sin ti me siento eco de pasión y de música / yo pronuncio tu nombre, al clarear la aurora / y tu nombre me suena, más cercano que nunca / y tu nombre me suena más cercano que nunca”.
Para que enteres, esa era la cumbia satánica y del demonio, Florecita Rockera.
La cumbia que nos sonaba más cercana que nunca. Esa que no sabemos dónde habrá quedado.


sábado, 21 de mayo de 2016

El chicuelo dice

Ovejita literaria

Una ovejita ubicua y todoterreno. Una ovejita que mira, siente, presiente y lo sabe todo.



Wilmer Urrelo 

Sobrevino, entonces, la ovejita literaria.
No soy un perro ni tampoco un gato. Ni un pez ni mucho menos un mono. Soy algo más complejo y oscuro: una ovejita literaria. La ovejita que los gobernantes dominan. La ovejita que los insomnes cuentan por centenas. Cien, doscientas, trescientas igual que yo. Todas ovejitas. Todas ovejitas literarias. Soy la ovejita bíblica. La ovejita sacrificada para beneplácito de Dios. La ovejita que defenderían los activistas de los derechos animalescos.
—¡Ay, Dios!, ¿no ves que hay una ley que te metería en cana? ¿Y que los buenos para nada te harían papilla en el Facebook?
Soy también la otra ovejita. ¿Imagina cuál? La ovejita que sigue a los iluminados. La que no cuestiona. La ovejita que obedece. La ovejita que cierra los ojos y deja pasar. No discutir. No decir nada. No hablar. En otras palabras, soy la ovejita literaria. La ovejita de la soledad, también. La ovejita de la tristeza. La ovejita de los que lloran por la noche. Esa ovejita que piensa en ti. O la ovejita que tiembla de emoción cuando ve las calles vacías de esta ciudad y su horrible y destartalada luz matinal.
De igual manera, soy la ovejita colegial. La que asiste a clases con el cerebro vacío. Y que sale del colegio con el cerebro más vacío aún. La que copia tareas. La que memoriza y luego olvida. La ovejita funcional. Soy la ovejita literaria. Algunas veces me convierto en una ovejita universitaria. La ovejita trotska. La ovejita que descubre lo que otros ya descubrieron. A veces soy la ovejita superficial. Dame un like y te daré una ovejita literaria. Soy la ovejita aburrida. La ovejita de las obras completas de Guillermo Lora y sus miles de erratas.
—Y no olvides su tapas color ratón, ovejita.
No lo olvido, Chicuelo: la ovejita que cree que vino a salvar al mundo, cuando el mundo no tiene remedio, ovejita literaria, ya para qué esforzarse. Soy la ovejita de las enfermedades incurables. De las enfermedades recurrentes, de las enfermedades infinitas, de las enfermedades invisibles: dolorosas, múltiples, demandantes. La ovejita literaria.
¡Ah, me olvidaba! Soy la ovejita campeona. Campeona de premios literarios municipales y nacionales. La campeona de parroquia. Soy la ovejita literaria. También soy la ovejita todopoderosa, la que ejerce su dictadura desde el cielo. Tú vivirás. Tú no. Tú tendrás esto. Y tú no, arruínate. Aunque también soy la ovejita perdedora. En otras palabras, la ovejita humillada. La ovejita sin estrella. La ovejita estrellada. Y por lo tanto, soy la ovejita encantadora. Y soy también el mito más viejo de los mitos. A saber: el lobo con piel de ovejita. Y por el otro extremo, Chicuelín, soy la ovejita cada vez más escasa. La ovejita que no dice nada. En otras palabras, la ovejita de la literatura de moda. Aquella ovejita de escasa prosa. La ovejita de prosa edulcorada y menguante.
¡Ja! Soy la ovejita literaria. A veces soy la ovejita de ONG. La ovejita que vive de la pobreza de las otras ovejitas. Soy la ovejita literaria. Soy, en medidas iguales, la ovejita migrante. La del acento afectado. La ovejita que cuando vuelve... La ovejita que cuando vuelve... La ovejita que cuando vuelve…
—¿Es tan difícil decirlo, ovejita?
—Un rato, Chicuelo, dejáme pensar.
Ah, ya lo tengo: la ovejita que cuando vuelve a su país intenta desesperadamente llenar sus vacíos comprándoles cosas a sus familiares. O lleno esos vacíos criticando todo a mi paso. Allá es distinto. Allá las cosas no funcionan así. Allá todo es más ordenado. Allá: donde no existen las ovejitas literarias. Las mañanas más limpias. Las calles más transparentes.
Soy la ovejita madrugadora. La que ve a la gente caminar desesperada desde la ventana de un café mientras escribe estas palabras. Aunque más que nada soy la ovejita que quiere dormir y leer. Sobre todo leer todo el día. Leer todo el día y nadar entre libros. La ovejita libresca. Y por el otro extremo, soy la ovejita policial. La que vigila por el rabillo del ojo. Soy también la ovejita edil. La amarillo patito. La ovejita dominada por los choferes. ¿Soñarán los choferes con ovejitas literarias? Soy la ovejita familiar. Jamás me casaré, decía la ovejita literaria de joven. Jamás seré mamá o papá, anunciaba al mundo, orgullosa, la ovejita literaria. Y ahora, cuando está en la oficina, piensa en sus wawitas y quiere llorar. Es ella, conocida asimismo como la ovejita literaria.
Sin embargo, soy también la ovejita cansada de cocinar. De los niños y las niñas. Que joden todo el día. Que piden plata para todo. Que dejan mugre por donde pasan. Que empiezan a crear sus propios traumas, sus propios vacíos, sus propios miedos. Por consiguiente, soy la ovejita envidiosa. La ovejita que desearía nunca haberse casado. Y jamás haber tenido ovejitas. La ovejita arrepentida. ¿Dónde quedaron mis sueños de ovejita libre? ¿De ovejita no sojuzgada por el matrimonio? Eso: en sueños nada más. Sobre todo y ante todo y por encima de todo creo que soy la ovejita que refleja. Soy espejo y me reflejo.
—Espejito, espejito…
—Dime, ovejita literaria.
—¿No te gustaría reflejar la cara de la gente que lee estas palabras llenas de ovejitas?

             

sábado, 9 de abril de 2016

El chicuelo dice

Aventuras del pequeño niño blasfemo II
[Extraño pacto nocturno]

Como siempre, el chicuelo se pone en plan narrativo, y nos regala un nuevo relato entre ficción, crónica y memorias.





Dueño de ti / dueño de qué / dueño de nada
Dueño de nada, El Puma.


¿Cómo llegó este libro a tus manos, pequeño niño blasfemo? Qué libro. Este. Ah, es una historia extraña y encima complicada, Chicuelo.
Y el pequeño niño blasfemo contando: un buen día murió un tío mío, un pobre viejo con aires de señorón y que tenía un montón de plata. Y también por esa época estaba a punto de llegar al país El Puma. ¿El cantante venezolano? El mismísimo, y yo era el fan número uno [hasta ahora me sé todititas sus canciones], y lo que más quería en el mundo era ir a ese concierto. Sin embargo, mi mamá no tenía plata [como siempre] para ese tipo de actividades. Y mi papá tenía voz, mas no voto [como siempre]. De manera que cuando el tío del pequeño niño blasfemo era ya un fiambre más en el Cementerio Jardín y cuando mi mamacita era toda llanto y moquillo, en otras palabras, en ese preciso momento recibió la llamada de un abogado, el cual con voz correcta le dijo: el señor Corino Tirado del Hoyo [era el nombre de tu tío] le dejó dos mil. Entonces tu mamá, afilando los colmillos, preguntó ¿dos mil?, sí, señora, dos mil… dos mil libros usados que ya están metidos en sus respectivas cajitas de leche Klim ¿Dónde será que se las mando?
Fue una decepción para mi mami, me dice el pequeño niño blasfemo, porque a ella no le interesaban esas cosas. La señora prefería deschongarse en las fiestas por eso de la liberación femenina y también se moría por el fútbol.
¿De veras, pequeño niño blasfemo? En serio, no se perdía ni un solo partido. Eso viene, le digo, a confirmar una vez más la regla. ¿Qué regla? Y yo escuchando: que la cojudez no siempre es hereditaria, por fortuna. Porque a vos te encanta la lucha libre y el fútbol te parece un deporte lleno de imbéciles. Y por cierto, pregunta el Chicuelo, ¿a qué equipo le iba tu santa madrecita, pequeño niño blasfemo? Era del Bolívar: mierda, encima eso.
Lo cierto es que mi señora madre [como dicen los folkloristas y las clases populares] tenía un agudo sentido empresarial y creyó que los libros a lo mejor estaban llenos de billetes, de dinero que el tío del pequeño niño blasfemo podría haber escondido ahí para una emergencia. Y yo también: mi esperanza chiquitita de que, con ese hipotético dinero, asistiría a escuchar a El Puma al Hernando Siles, que lo escucharías entonar esa canción que, hasta hoy, me remueve hasta el tuétano: “…tendría que llorar por ti y me río como un loco”.
Entonces ahí la tienen, mírenla abriendo las cajas Klim, sacando los libros y pasando las páginas a velocidad supersónica. ¿Y qué creen? Qué, pequeño niño blasfemo. ¿Halló la plata?, ¿encontró los billetes?, ¿pudiste ir al concierto y ver la sexi cabellera del venezolano? Y yo respondiendo: nones, nada, ni plata, ni concierto ni cabellera, solo unas fotos que comprometían los gustos de alcoba de mi tío. Mirá si no me crees. ¡Ufa! ¡Qué piernotas se gastaba el don!
Obsérvenla ahora enojada. Ahí está la mamá del pequeño niño blasfemo diciendo hay que vender todas estas cosas [sic] o cambiarlas por papel higiénico Peluchín [“una caricia inolvidable”].
Dicho y hecho. Una noche antes de este trámite inevitable, nuestro pequeño niño blasfemo empezó a revisar los libros con cierto desinterés, pues tan solo me impulsaba el morbo de ver a mi tío con ese vestido azul eléctrico mandando besitos a un anónimo fotógrafo. Y entonces sucedió. Ah, ¿te refieres al romántico encuentro con la literatura, ese que todo hombre de letras recuerda con cariño?, pregunta el Chicuelo en mi cabeza.
No, baboso, había libros de Neruda, ¡huácala! Y las cartas completas de Juan Ramón Jiménez, un poco ridículo, pero por lo menos sabía que lo era. También formaba parte de la biblioteca de mi tiacho un manual titulado Semillas de inquietud, de un tal Antonio Amundaráin y que comenzaba así: “Uníos en Jesús. Permaneced fieles en su amor. Dejad todo y lo tendréis todo. Tendréis a Jesús”.
Yo no quería a ese Chucho, yo quería más fotos de mi tío en su papel de tía para cagarme de risa junto a mis amigos del colegio o algo de plata para ir a entonar las canciones de El Puma: “No soy yo, ese a quien tú le dices mi dueño / yo soy solo un perro que tú haces saltar…”.
Y así, como lo bueno y lo malo siempre se atraen, apareció. ¡Ahora sí tu encuentro con la literatura! No, tarugo. De la nada surgió El libro de san Cipriano, tesoro del hechicero, y que en su portadilla decía: “Libro completo de verdadera magia, o sea tesoro del hechicero escrito en antiguos pergaminos hebreos, entregados por los espíritus al monje alemán Jonás Sufurino…”. Mi inicio, o mejor dicho fue tu inicio en las ciencias ocultas que ahora practicas con tanta desenvoltura, pequeño niño blasfemo. Y yo respondiendo: sí.
Al ver al diablo a un costado de la portada me dije pucha ¿y si le pido a este doncito la entrada para el concierto de El Puma? ¿No dicen que lo puede todo? Estabas en eso, pensado en esas cosas, y mientras tanto aprendías que el libro, además, te enseñaba a volverte invisible o que podías embrujar a la gente e incluso convertirte en un viejito de barbas blancas.
La cosa es que al fin llegué a la página 105. Ahí Cipriano te enseña a hacer un pacto con el diablo. Entonces me animé y lo hice [lo hizo], todo con tal de poder tener la entrada para el concierto de El Puma. Sí, cualquier cosa con tal de entonar sus canciones a todo pulmón.
Imaginen al pequeño niño blasfemo despertándose a la madrugada, muriéndose de frío en medio del patio de su casa como el pelotudo que era, que es y que será, seguro de que el doncito de los cuernos le traería las entradas y que él solo daría a cambio su pobre almita. Nada grave, me dice, ¿cuánto valdrá en el fondo mi alma?, ¿tanto como para despreciar una canción de El Puma? Recuerda que no somos dueños de nada, realmente de nada.
Autoconvencido de que hacía lo correcto, decidí vender mi almita al Cachudo por una entrada. Total: de resultar, ganaba más que perdía.
Estas eran las instrucciones que el buen Cipriano daba a sus lectores: “Comenzaréis vuestra práctica al empezar el cuarto de luna prometiendo al gran Adonay [que es el jefe de todo los espíritus] sumisión y no rebeldía por lo menos diez días seguidos… en todo este tiempo es preciso dormir lo menos que se pueda. Luego, al terminar el lapso de tiempo, deberá escribirse en un papel con las gotas de su propia sangre ‘Espíritus superiores, les pido se dignen aceptar el pacto que formulo en este momento, poniendo toda mi alma, corazón, vida, sentido y voluntad para poder identificarme con la divinidad oscura, en prueba de lo cual firmo y certifico: el pequeño niño blasfemo’”.
Para serte sincero, dice el Chicuelo, creo que algo no te funciona bien allá arriba, pequeño niño blasfemo. ¿Te has preguntado eso alguna vez? Siempre me lo pregunto, contesto, pero ese no es el tema.
El tema es que realicé el pacto por el transcurso de una semana, todos los días a la misma hora y haciendo lo mismo: esperé un montón de tiempo en el patio de cemento, bostecé, me moría de frío, pesqué un resfriado. Y nada.
Era ya el último viernes, estabas listo para dejar de lado tus pretensiones de fan número uno de El Puma cuando escuchaste un ruido. Un ruido como de unas patitas caminado en el interior del baño.
De inmediato pensé en una de las borracheras de mi mamá, la liberada del yugo masculino, la hincha del Bolívar, y ahí lo tienen acercándose cautelosamente, abriendo la puerta del baño, asomándose y… ¿qué pasó? ¡Nada! O casi nada, mejor dicho. ¿Sería una estafa el tal san Cipriano? ¿Un charlatán? ¿Le habría visto la cara a la humanidad entera durante siglos de siglos? ¿O hiciste algo mal gracias al nerviosismo por ir a ver a El Puma en concierto?
Pero qué encontraste en el baño, pequeño niño blasfemo. Dinos de una vez.
En el baño solo había una cabra negra, bien bonita, eso sí, con unos ojazos tremendos. Mírala en esta fotografía en una Navidad con el gorrito de Santa Claus. Una cabrita negra que salió de la nada y que se convirtió en la mimada de la familia [se comió los libros de Neruda y Semillas de inquietud: acabó en la veterinaria; y yo no pude ir al concierto de El Puma] y que vivió con nosotros por muchos, muchísimos años, la mascota más querida de todos los tiempos: la llamaron Cipriana.
Y sigo esperando la entrada que me debe el doncito ese para poder ir a ver a El Puma. Y mi alma blasfema está disponible al mejor postor. ¿Lo anotaron por si acaso?

Amén.