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domingo, 21 de mayo de 2017

Poesía

Viendo llover y Clave

Hace pocas semanas Melissa Sauma ganó el Premio Nacional “Escritores Noveles” con su poemario Luminiscencia, mientras que Amilkar Jaldín obtuvo una mención de honor  con Llave de agua. Les pedimos a ambos un poema de muestra y una breve descripción, en sus palabras, de sus libros galardonados. 


Melissa

Luminiscencia es un libro que reúne algunos de mis escritos -y en ellos algunos de mis viajes interiores- de los últimos años. Comencé escribiendo poemas sueltos que iban surgiendo de forma inesperada y que guardaba sin saber muy bien qué destino tendrían.
Trabajé en la edición de los poemas en el Taller “Llamarada Verde” y elegí 33 poemas con miras a formar mi primer libro. En el último año los revisé, los ordené de modo que dialogaran mejor entre ellos y que pudieran contar una historia; que formaran un todo como libro. Finalmente quedaron los 26 poemas que conforman Luminiscencia.
El proceso de edición ha sido un trabajo interior muy profundo que me llevó a revisar poemas que había escrito hace muchos años y a repasar, a través de mi poesía un poco de mi historia, de mis vivencias y de mi voz.

Viendo llover

He sabido de la paciencia del agua
que talla gota a gota el cuenco en la piedra.

He esperado tantas horas
             -la cabeza apoyada en las rodillas
            el cuerpo hecho un recinto
            los ojos en silencio-
la palabra
             -basta una, a veces-
que revele la profundidad de lo vivido.

Y he sabido también de la paciencia de la piedra
que tantas veces presintió sobre su espalda el golpe de la gota.

Aún espero.


Hoja de vida

Poeta. Melissa Sauma Vaca (Santa Cruz, 1987)

Trayectoria. Es economista de profesión y MBA en Dirección y Gestión Empresarial. Explora distintas artes, entre ellas, la literatura, la danza y la fotografía. Cursó el diplomado en escritura creativa de la UPSA y los talleres online “Narrativa I y II” con Casa de Letras, Argentina. Participa en el Taller permanente de narrativa a cargo de Maximiliano Barrientos y en el Taller “Llamarada Verde”, a cargo de Gabriel Chávez Casazola.

Obra. En 2016 su cuento Oniria obtuvo una mención en el XLIII Concurso Municipal de Literatura “Franz Tamayo”.
--

Amilkar

Llave de agua reúne 21 poemas distribuidos en cuatro partes: Casa despierta, Casa líquida, Deshojas y Ruta crítica. En ellos intento hacer una lectura territorial, geográfica.  Las imágenes poéticas recrean el entorno inmediato como los tajibos en flor, los sures y chilchís, la humedad del trópico y una visión mágica de las cosas cotidianas, entre ellas la sombra de un árbol que se transforma en isla o cómo nacen los anillos concéntricos de la ciudad de Santa Cruz de la Sierra a partir de una flor que cae a tierra.   


Clave

La llave de agua se esconde en la lluvia

Nadie conoce la forma de la llave de agua

Tal vez la toques con tu mano desnuda
y no sentirás la feroz dentellada

Entonces se mete en tus venas
entonces tus dedos son llaves
que aflojan botones
escriben poesía
aprietan gargantas
empuñan un arma

Para algunos
la llave de agua es un pez

para otros
los menos
no existe
la llave de agua

Pero yo sé

No valen las puertas cerradas
las cerraduras no tienen secretos
ella puede abrir
todos los candados
y liberar
un caudal de fuego.


Hoja de vida

Poeta. Amilkar Jaldín Rojas (Santa Cruz, 1956)

Trayectoria. Hizo el Postítulo de Escritura Creativa de la UPSA.  Actualmente es miembro del Taller “Llamarada Verde”.

Obra. Algunos de sus poemas se han publicado en revistas y en la Antología provisional (1986) recopilada por Antonio Rojas. Tiene cuentos publicados en el libro Taller del cuento nuevo (1986) coordinado por Jorge Suárez, y en Había una vez… (1997) colección de relatos de la Sociedad Cruceña de Escritores.

  

lunes, 17 de abril de 2017

Poesía

Jardines de Tláloc, la experiencia trascendental



Una lectura del poemario que Gary Daher presentó a inicios de este año con la editorial 3600.


Benjamín Chávez 

A veces, al reflexionar acerca del proceso compositivo de un libro, surge la pregunta sobre cierta solución de continuidad entre uno y otro poema, y se busca no solo un hilo conductor, sino un discurso hilvanado (muchos hilos, toda una trama acaso), cuyo envés pueda hacerse visible por encima o por debajo de lo que cada uno de los poemas -como entidades autónomas que son- puedan decirnos. Si esa secreta urdimbre nos muestra algo nuevo, entonces, el todo no es igual a la suma de las partes y el libro gana en vastedad y hondura. Eso ocurre en los Jardines de Tláloc.
Así, por ejemplo, no es para nada azaroso que contenga siete secciones (número cabalístico de rica significación esotérica, que en la angelología maya-azteca remite a los dioses del fuego: Tláloc). Tal condición, así como todos los detalles de su escritura, fueron minuciosamente cuidados por su autor. Con esa certeza, ensayo una lectura.
El momento inicial muestra el sitio en el que se encuentra la voz que enuncia los poemas y dará los pasos a lo largo del libro. Un libro que pretende ser camino en sí mismo, así como Tláloc no es el dios del agua y el rayo, sino su propia encarnación. De ahí que claramente ese momento inicial se llame “Situación en dos pasos”. Son poemas (dos, obviamente) de conciencia frente a la escritura (la propia), la cual es vista como algo equívoco donde, quien la ejercita, se declara culpable y dispuesto a morir por decapitación. Condena, es el poema inaugural que lo declara: De todo aquello / de todas esas manchas / soy el único culpable. Y luego dice: y que hoy se prepara / en acto de contrición / a morir decapitado // –Oh cabeza leve / Oh perdida– // como corresponde a su destino / de medusa parida con fuego fatuo.
El siguiente paso/poema se llama Cartas quemadas y opta por el recurso del fuego como vía de purificación. Muerte y fuego signan su situación escritural para, desde ahí, iniciar la marcha hacia los jardines del dios.
Quemadas en el patio / ya no significan nada / solamente el carbón de los años / y tu fruta alguna vez / supuesto nido de ternura / apenas una brizna de bandera de papel negro con el viento.
Sin embargo, el desplazamiento físico-espiritual que implica el viaje, aún no se inicia pues, luego de la muerte y destrucción de la escritura y de ese yo que la hizo, persiste aún la memoria que no quiere disiparse y evoca “La otra edad” (tan eufónica de otredad), ese tiempo ya ido donde aún flotan los antepasados. Cartas del Líbano, un poema al padre, el otro que es uno mismo en Joven de 1970, la amistad en Enseñanza y la poesía como revelación o epifanía en Efímera ave.
Los poemas son nostálgicos -maltrecha hermana de la memoria- y el del amigo, dedicado a Álvaro Antezana, dice Ahora el viento del tiempo ha vaciado todo. No obstante, se trata de un poema celebratorio que se conmueve ante la amistad y su potencia de manos fuertes como de alguien que participa en el tinku.
En Efímera ave cabe preguntarse quién es el ave. Y si fuera la poesía misma: ¿Qué tipo de viandas / puede encontrar en este jardín / hecho apenas de un papayo joven / y una palmera india? Así, tras la observación de esa ave, cuando A punto estoy de descifrar el misterio, sucede algo que la violenta y presiente acaso una tierra vacía / una ficción / una reducida mancha verde / en el patio de la casa.
La siguiente sección del libro “Mínima constancia”, es un detenerse instantáneo ante el escenario del mundo desde el cual se iniciará el camino, acaso una fugaz, íntima y disimulada dubitación antes de partir, o una constatación de lo que se abandona. Una última mirada a la habitación vacía antes de apagar la luz por última vez, sosteniendo la manivela de la puerta a punto de cerrarse para siempre y salir hacia un ámbito de más luz, luz de otro orden y carácter: Una estrella sería suficiente en el desierto.
Colmena” es la ciudad, el ámbito laborioso, el hábitat del escribiente que remarca la oposición entre el sitio desde el que se parte y el otro al que pretende llegarse, no como una meta en línea recta, sino a través del mismo viaje que ya se emprende, ese que hunde sus raíces en el inicio y da sus frutos en el extremo complementario y opuesto de la floración. Los contrastes entre lo humano y lo natural. Quizás la ciudad como algo esbozado, algo imperfecto y el jardín, una vastedad divina.

una bandada de loros / cruza el parque vociferando / cánticos sagrados.

Luego, ya en pleno desplazamiento, el viajero llega a la “Selva virgen”. Holla con su paso espacios no vistos y avanza un poco ¿a tientas? por parajes encantatorios.

pues los unos traen dibujados en sus lomos / el signo del desierto / acaso también clave /
atroz del ávido tiempo // mientras estos asombrados / salen furtivos a la orilla / de la selva /
como quien se encuentra de repente / con el río de la vida.

“En el camino” ya plena y explícitamente atestigua el paso, el avance hacia un destino, un propósito más que una meta. Un estado del espíritu. Un lugar, en cuanto metáfora de la plenitud.
En ese espacio azul / persiste el silencio / canto que decanta / la presencia de nuestros cuerpos.
A estas alturas del libro, el lector ha sido testigo y partícipe de una multitud de signos y señales de fuerte poder aglutinante en torno a los propósitos de su discurso y la poesía misma, para arribar a los umbrales de lo deseado. “Desde la puerta del jardín” (última sección del poemario) atisba lo que allí habita y aguarda: la clave, la cifra.
Los hombres emergieron del barro / construyeron sus casas /  sobre los vigorosos árboles / a los que luego dieron / el divino nombre de árbol de la vida.
Jardines de Tláloc se cierra con una celebración porque La aurora ha señalado la luz (…) a la celebración de los elegidos.
En un sentido amplio, este libro es otra estación en el largo camino que es toda existencia. Pero no puede tomarse literalmente como la continuación o consecuencia del anterior poemario de Gary Daher (La senda de Samai. Ed. 3600, La Paz, 2013). No hay tal afán de secuencialidad, de hecho, formalmente, Jardines de Tláloc supone un retorno al poema, variando el registro de La senda, donde el autor se alejaba deliberadamente de esa manera del lenguaje y buscaba una nueva dicción.
¿Es otro el camino? Más bien, es otra forma de nombrarlo, otra manera de dar cuenta de él, de atestiguar su presencia y los pasos que contiene en potencia. Se trata de voces y ecos audibles que se juntan y amoldan para mostrar un segmento de lo real, una zona de la vida (acaso la misma -siempre la vida recurre a las mismas cosas, sitios, seres, signos-) mostrada bajo otra luz.
Jardines de Tláloc cultiva la buena poesía, acertados poemas que logran su secreto cometido manifiesto: transmitir (es decir compartir) la emoción de la experiencia trascendental de la vida como una poética de su autor que, desencantado de banalidad y espejismos, sabe en qué consiste nuestro paso por el mundo.


martes, 14 de marzo de 2017

Poesía

Cuando la poesía une voces


Paura Rodríguez, organizadora de la Semana Internacional de la Poesía, conversó brevemente con los tres invitados extranjeros que acudieron a esta cita que se efectuó por cuarto año.


 
El italiano Emilio Coco
Paura Rodríguez 

Los poetas Federico Díaz Granados (Colombia), Rafael Soler (España) y Emilio Coco (Italia), junto a la escritora cochabambina Blanca Garnica, fueron los invitados a la Semana Internacional de la Poesía en Santa Cruz, cuya cuarta versión conccluyó ayer.  Ellos  compartieron lecturas y diálogos con una decena de poetas residentes en Santa Cruz.
En esta conversación, los tres poetas extranjeros hablaron acerca del valor de la poesía hoy en día, de la importancia de estos encuentros y de lo que conocían de las letras bolivianas antes de su arribo al país.

¿Una pasión inútil?
“La poesía es la síntesis total de la creación humana, lo que nos justifica y nos otorga un lugar para estar en el mundo con dignidad y belleza. Considero que configura esa síntesis por su inagotable capacidad de cuestionar, de sugerir, de conmover, de resquebrajar las máscaras en las que nos ocultamos. La poesía se convierte, en un mundo tan bullicioso y competitivo como el actual, en el refugio, el silencio y la necesaria lentitud”, comenta el colombiano Federico Díaz Granados (1974), uno de los poetas más importantes de su generación en Latinoamérica. 
Por su parte, el italiano Emilio Coco (1940), ganador, entre otros, de los premios “Catulo” y “Ramón López Velarde”, se pregunta “¿cómo los poetas pueden cumplir una función social, si casi nadie los lee? Yo siempre he afirmado que la poesia no es ‘rentable’ y que no va a salvar el mundo”.  “Y sin embargo –reflexiona- a esa poesía ‘inútil’ los poetas le entregamos la vida. Al delirio burocrático-tecnológico que lleva el mundo a favorecer apetitos narcisistas y autodestructivos, a la invasión de productos y discursoso fantasmas, de la palabra ambigua de los partidos, de la palabra frágil y homologada, sometida a la máquina omnívora del consumismo, la poesía opone la ‘fragilidad’ y la impotencia de unos cuantos despistados que cuentan sílabas en vez de dinero y que luchan con la lanza de la Idea contra todo lo trivial y lo nimio”.
El español Rafael Soler (1947), Premio de la Crítica Literaria Valenciana, traducido al inglés, italiano, rumano, húngaro y japonés, afirma que “la poesía es un lugar sagrado. Y lo dice un escritor que un solo poema puede cambiar nuestra vida para siempre. Y ese debe ser el noble empeño del poeta: buscar en su hondón para dar lo mejor, con humildad, con determinación, con talento”.  
 
Rafael Soler, de España
¿Y los encuentros, para qué sirven?
A esta interrogante, que muchos se hacen, Díaz Granados responde que participar en ellos “permite, además de conocer autores y nuevos lectores, fomentar el intercambio de ideas y visiones sobre la literatura actual, sobre muchos intereses comunes.  Fortalece los puntos de convergencia y crea redes de afecto”.
“Los encuentros permiten conocer el momento que vive cada país, cada región. Escribir, escuchar, crecer”, anota Rafael Soler, mientras Coco confiesa que “mi participación en esta fiesta de la poesía en Santa Cruz ha sido para mí una ocasión única para ampliar mi conocimiento de la poesía boliviana de hoy e intercambiar informaciones y opiniones con los demás poetas”.

Bolivia en el mapa poético
“En las antologías de poesia latinoamericana, la boliviana es injustamente relegada si no al olvido por lo menos a un segundo y, a veces, tercer plano. En mi antología Il fiore della poesia latinoamerica d’oggi que se publicó a finales de 2016 en la editorial Raffaelli, he intentado remediar ese desconocimiento y prejuicio, incluyendo a seis poetas bolivianos (Eduardo Mitre, Vilma Tapia, Mónica Velásquez, Gabriel Chávez, Oscar Gutiérrez y Paura Rodríguez). Pero me doy cuenta de que faltan otros”, prosigue Coco.
A su vez, Soler rememora que “hace unos años tuve la suerte de coincidir en Salamanca con Gabriel Chávez, en el XV Encuentro de Poetas Iberoamericanos, y de su mano entré en la poesía boliviana. Ese año, Rafael Morales Barba había publicado un extenso trabajo en la revista Fragmenta, con el título ‘Dossier Bolivia. La poesía desconocida’ con algunos artículos críticos de gran interés; recuerdo el trabajo de Mónica Velásquez Guzmán. Al año conocí a Gary Daher, que llegó bien pertrechado de excelentes poemas”.
 Yo he sido muy curioso por conocer las altas cumbres de la poesía latinoamericana y por supuesto Bolivia ocupa un lugar muy destacado en esas búsquedas”, cuenta Federico Díaz Granados. “Debo resaltar el afecto en esas lecturas que he tenido por poetas como Ricardo Jaimes Freyre, Óscar Cerruto, Jaime Sáenz. En Colombia han sido muy conocidos Pedro Shimose, Jesús Urzagasti y Blanca Wiethüchter. Yo he tenido la oportunidad de invitar a Bogotá a dos poetas cuyas obras respeto mucho, Eduardo Mitre y Juan Cristobal McLean. De las recientes generaciones me gustan mucho Gabriel Chávez, Paura Rodríguez y una muy joven autora, Milenka Torrico, y quiero destacar mi admiración por uno de los más importantes narradores del continente, Juan Claudio Lechín”, enumera.
 
Federico Díaz Granados, de Colombia
La poesía latinoamericana hoy
Finalmente, Emilio Coco dedica una reflexión entusiasmada a la poesía latinoamericana de hoy: “A mí la poesía que se escribe en Latinoamérica me ha influenciado mucho en estos últimos tiempos. Después de más de 30 años dedicados a traducir a poetas españoles, mis intereses se han orientado hacia otras sendas. Me he enamorado profundamente de la poesía latinoamericana,   impetuosamente fresca, ágil, genuina, no viciada, como a menudo la italiana, por un estéril y narcisista exhibicionismo verbal. Pero lo que aquí me urge subrayar es que no he visto nunca en Italia tanto interés y amor por la poesía en la gente común, como en América Latina”.

Y volviendo a lo universal, Rafael Soler cavila y apunta que “actualmente la poesía puede y debe ser referencia ética, cobijo, impulso y ánimo”.  “Poesía siempre”, remata el poeta español, poniendo punto final, pero final abierto, a esta conversación. 

lunes, 20 de febrero de 2017

Poesía

Esos rituales de la carne


Reseña de Eucaristicón, poemario con el que Edgar Soliz Guzmán ganó en 2014 el Premio Edmundo Camargo.



Mónica Velásquez Guzmán 

La encarnación de Dios en Cristo es conmovedora sin que en ello medie la fe. Una grandeza asentada, humanizada y, por ello, vulnerable, sin duda hace entrañable y presente a ese gran ser sin nombre ni cuerpo. En la literatura, esa aparición ha provocado mucha tinta y no pocas veces, sobre todo en la literatura homoerótica, se ha mirado la pasión en términos analógicos a otras pasiones más sexualizadas.
En el libro de Edgar Soliz (Cochabamba, Premio Municipal de Cultura Edmundo Camargo, 2014), esta encarnación profana toma matices desafiantes al pensamiento, la percepción y la palabra; pues cómo dimensionar la perfección perecedera, cómo sentir tocante y tocada la divinidad del Padre, con qué palabras acercar su piel a los labios…
Si Dios hizo al hombre a imagen y semejanza, un amor homoerótico devuelve una curiosa, espejeante imagen que duplica el gesto: amar no lo semejante sino al semejante, que de tanto parecerse, puede acabar siendo uno mismo. Cristo, en el huerto de los olivos, implora a su padre un saber (por qué y cuándo) y una piedad (aparta de mí este cáliz); la voz poética, situada en el huerto de las esperas, a su vez, solicita ser alejado de otras copas más silenciosas, enigmáticas y humanas. Si Dios mira, suponemos, el dolor del hijo donde él mismo ha encarnado, esta voz hace consciente que “haces de este huerto el miserable lecho de la escritura”. Desde allí inicia una muy compleja yuxtaposición de planos en la que el Padre deviene el amante ausente, el deseo espoleando, el destino despiadado, la escritura del sino más radical: ser cuerpo aguardando su confirmación en otro cuerpo. Se afirma una “disputa por el cuerpo inasible” que es, simultánea y en distintos planos, el divino, el amado y el mismo amante. La promesa se desplaza del paraíso a la “carne prometida” y allí las cosas se hacen más difíciles de desentrañar.
Por una parte, es o podría ser la misma divinidad que anhela cuerpo (recordemos la hermosa novela de Kazantzakis en la que Cristo sueña con la última tentación: ser solo un hombre); por otra, la gran promesa divina sería la de tener cada uno un cuerpo aliado, amado y compañero. La “evocación”, el “simulacro” y la “revelación” aparecen como partes de un rito que no deja de solicitar carne, sea ésta la de un dios cercano, un padre contenedor, o un amante ardoroso. En el sueño se delatan los deslices: “el coito que corona el amor del padre. / El semen que supura mi alma perdida”. En ambos planos, a imagen (poética) y semejanza (física), el abstracto amor paterno corona en cópula; el deseo del hijo se desata en un desborde que expele el alma “perdida”. ¿Dónde se hallan estas masculinidades?, ¿en su dar-se?, ¿en un derrame de sí?
Y del huerto debemos saltar a la ciudad, espacio que multiplica el sacrificio y la pasión. En ella “toda la indolencia humana inunda [¿e inmunda?] la materia de mi fe”. Apenas sucedido el encuentro sexual, el amado es “expulsado” “a la corriente de la multitud despedazada”. Ya se sabe que uno de los grandes dolores del desamor es volver a la indistinción, después de que quien amó abandona al amado y con ese gesto niega su singularidad. La ciudad, cómplice, “vacía su podredumbre”. Cabe resaltar que desde una óptica masculina todo se derrama: el yo, su deseo, su semen, su rezo; dios en su hijo, en su ausencia, en su crueldad; la ciudad en su nada.
El curioso amor de un padre que sentencia de humanidad al hijo se duplica en la declaración del amante: “confío la devoción paternal que le tengo a tu amor”. ¿Qué es una devoción paternal?: ¿una condescendiente o una incondicional?, ¿una sentencia cabal o una carne sacrificada para su liberación de la muerte?, ¿un “oráculo consumado” o “una carne atravesada”? Nada de este afecto pasa sin la corporalidad, pero tampoco sin marcar en ella el “estigma” de lo humano o de lo divino necesitando lo humano para aparecer. Después de todo, en esta dupla del semejante uno “contempló su imagen en la pupila ajena”, así comprueba que existe y que es amado. Pero el amor se teje de ausencia, de la fabulación que sucede a la retirada, de la heroicidad con que se fragua la reconquista; en fin, el amor oscila entre estar y ausentarse. De este modo, quedan dos sitios ceremoniales: la desmemoria (“porque ninguno de los dos recuerda quién es el verdadero hijo del padre”) y la herida.
En el amor de la semejanza (humano o divino) los roles se alteran y alternan; el origen se hace descendencia y viceversa, se ama en reversos que no se repliegan, se ama en espejos. De tal amor se desprenden “una presencia ambigua [que] desborda el vacío”, un rostro cuyo rictus remite al dolor o al éxtasis, unas “manos heridas [que] resuenan en la palabra escrita”. Esa presencia aunque cobija e “intenta descifrar el curso de mis heridas”, “se devora a sí misma”; es decir, amorosamente se da perdiéndose a sí y, a la vez, perdiendo al otro dentro de él. Al tomarse, los amados unen sus seres cuerpo a cuerpo, se abren en esa herida y en ella tocan la epifanía de saber en esa carne lo más sagrado y lo más ajeno, en esa carne su pérdida y su triunfo, en esa carne la semejanza por la cual uno se puede también volver a amar a sí mismo.
Radicalmente, desde una escritura cómplice de imaginarios ya habitados por la corporalidad en las obras de Camargo, Orihuela, Whitman o Lamborghini, Edgar Soliz toca y pide tocar, a lo Santo Tomás, la carne del padre y la carne del amado. Pide la carne de la escritura e instala en ella “el deseo de esos dioses que devoran la otra carne”. ¿Qué queda, pues, sino entrar en el sitio de las ofrendas, cada quien y a su modo, en su cuerpo y en su ausencia?


domingo, 15 de enero de 2017

Informe

Tres poemas inéditos y una prosa autobiográfica de Matilde Casazola



Matilde Casazola, insuperable cantautora, fecunda poeta, extraordinario ser humano, acaba de recibir el mayor reconocimiento del Estado a la cultura y las artes. Dio y da tanto, la autora de Tanto te amé, que cualquier premio hace justicia y aun así seguimos en deuda. Y seguiremos, pues ahora nos regala de manera exclusiva para LetraSiete un revelador texto autobiográfico y tres poemas, todos inéditos.



El martes 20 de diciembre pasado, pocas horas después de que se mandó a imprenta el número 149 de LetraSiete (el anterior), Matilde Casazola fue proclamada Premio Nacional de Cultura 2016. Pocas cosas más merecidas y de unánime beneplácito pasan últimamente.
La mayor cantautora viva de Bolivia -solvente y prolífica poeta, además- dio en estos días casi una decena de entrevistas a diferentes medios, y no creímos posible -en una eventual nueva charla que por supuesto fue considerada- estimularle a revelar algo que no haya dicho ya.
Apelamos entonces a su enorme generosidad -y a la de Gabriel Chávez Casazola, nuestro mediador en Sucre-, le propusimos revisar su archivo y no dudó en mandarnos tres poemas inéditos y una exquisita prosa autobiográfica (¿adelanto de un libro de memorias en ciernes?) que ofrecemos a continuación para hacer justicia al acontecimiento de su galardón, el mayor reconocimiento del Estado Plurinacional de Bolivia a los hombres y mujeres del arte y la cultura.
Escribe el poeta Gary Daher: “A la manera de un registro de sus heridas de alma, Casazola marca cada poema con la fecha en que fue escrito, como una bitácora que anotara los detalles del viaje que le toca vivir, que le sirviese de luminaria”.
Así van, fechados, los tres poemas que nos regala Matilde; uno, contra su costumbre, está titulado -Para Elisa- y viene a tono con las fechas: cambio de año, pasar la página y renovar. Son versos de los años 90 y todo indica que pertenecen a la serie temática.
(Valga un paréntesis para recordar que Casazola tiene publicados más de una docena de poemarios, pero sus escritos -tanto libros acabados, como poemas sueltos- se multiplican y con mucho. Valga recordar, además, que según etapas, momentos… según el estro, sus versos son o “autobiográficos” o “temáticos”).
El amor/desamor, la fe, la naturaleza y el tiempo predominan entre las búsquedas e intereses temáticos de los poemarios de Matilde; y cuando se trata de recorrer su vida, sus sentires, avatares y recorreres, qué duda cabe que estos tópicos cruciales también pueblan sus páginas autobiográficas, esta vez desde la perspectiva personal, confesional. Ahí, al parecer, pertenecen el segundo y tercer poema inédito que ahora leemos. (MZS)


Para Elisa

II

Elisa comía doce uvas
contando las doce campanadas
de aquella medianoche misteriosa
más que ninguna otra, la postrera

del año que se va, pues que cumplía
años en aquel día treinta y uno
de diciembre, San Silvestre, Año Viejo
Año Nuevo que ya nos sonreía.

Y cantaba canciones de su tierra
y era feliz y a todos abrazaba
Elisa, que tan niña parecía
mas que tenía el alma atormentada.

Yo la recuerdo hoy, pues es primero
del enero reciente, aunque pasados
once años de aquel otro treinta y uno
en que viviera Elisa y sus diciembres.

Sus casi siempre eneros! Por la puerta
majestuosa del año que termina,
ella comenzó a ser rosa y espina,
Elisa de Beethoven. Alba incierta.


10 de enero, 1994






Cómo extraño
tus palabras

tus palabras que levantan las arenas
de ciudades empolvadas

tus palabras que despiertan las miradas
de antiquísimas estatuas

tus palabras

con que labras redecillas de corales
albos nácares
que relumbran en tus manos

tus palabras tempestuosas o tranquilas
con que hilas
tanta historia
tus fantásticas palabras que me colman
que me calman

tus palabras
tus palabras,
tus palabras…

Sucre, 30 de noviembre de 2002





Solíamos comer
trozos de luna llena
a manera de rajas de mandarina
o suculentos bollos
hechos por la mano maestra
de mamá.

Sentados en círculo de nubes
y tinieblas azules
comíamos con deleite
esos enharinados trozos.

Después, nos regresábamos
caminando
por el camino largo bordeado de árboles,
nuestras almas revestidas
de claridad
por tiempo innúmero
dichosos, niños nuevamente.


Sucre, noches de luna llena detrás de las nubes de lluvia
19 a 20 de marzo de 2011





La fuga con Alexis

¿Por qué llamar a ese tiempo de mi vida “La fuga…”?

Huía de mí, de los problemas sin resolver, de mi amor imposible, de la monotonía de una ciudad pequeña.

Si bien Alexis era un artista pobre, por el hecho de ser artista, ya era riquísimo. Esto es lo que no saben quienes creen que la riqueza está solamente en la posesión material.

Los artistas contamos con la imaginación, maga inseparable de todo cuadro que algún día podría convertirse en realidad.

¿Por qué los seres humanos amamos la ficción, el teatro, el cine, los mundos contenidos en una pequeña caja? Porque subconscientemente, en esos cuadros ficticios, nos vemos realizados nosotros mismos: nuestras existencias monótonas, grises, nuestra fealdad o el no tener gracia, se convierten a través del protagonista de la historia, y de la historia propiamente dicha, en algo supremamente real en lo que estamos involucrados, aunque el hechizo no dure más de una hora en el tiempo normal.

Alexis y sus títeres y su teatro colorido, eran la fantasía misma.

Cultivábamos amigos semejantes a nosotros, artistas o gente culta, que nos envidiaban secretamente la libertad que conlleva la trashumancia. También, por supuesto, cultivábamos amigos sencillos, de ésos que suele brindar el camino y que son pródigos en generosidad y capacidad de asombro.

Vivimos innumerables historias, unas amenas, otras dramáticas.

Recuerdo ahora una noche que fuimos a ver una ópera en una de las ciudades que visitábamos. La ciudad no era una metrópoli, y la compañía de ópera era alguna que ya no estaba en la primera línea del cartel.

Yo me puse un vestido que me había comprado en alguna tienda de supermercado. Un vestido bonito que quería usar. La función de ópera sería el motivo ideal para hacerlo.
Era un traje color verde claro, que me hacía un poco pálida. Me puse una chalina, una “écharpe” de color marfil, para complementar el atavío.

La ópera que vimos era Rigoletto. El actor cantante que hacía del protagonista, el bufón de la corte, ya había pasado su época de oro. Se lo notaba un tanto afónico. Para colmo de males, en un momento de ira, cuando Rigoletto se ve arrebatado por la crueldad de los cortesanos, el artista golpeó con tal fuerza sobre una pequeña mesa que había en el escenario, que la rompió.

Nosotros, como artistas a la par de él, nos sentimos solidarios en su desdicha personal; salimos de la obra extrañamente doloridos, más que por la ópera en sí, por haber sido testigos de la decadencia de un gran cantante.

Como ésa, muchas historias vividas en compañía de aquel hombre singular.

Ahora todo eso me parece un sueño. Yo tenía veinte años, él treinta y seis, y entonces él parecía ya un hombre maduro; yo, una adolescente.

Amigos me dicen que alguien les ha contado que ha muerto en un país distante.

No sería tan raro. Ahora yo tengo sesenta y tres años, él estaría por los setenta y nueve.

Cuando me di cuenta de que al irme con él, no había sido sólo porque quería explorar el mundo, vivir a plenitud, sino huir, decidí en lo profundo que aquella vida debía tocar a su fin.

Nos separamos, con la vaga promesa de encontrarnos en un año. Él siguió con sus títeres rumbo al horizonte; yo me quedé nuevamente en mi país, para adentrarme en mi propio arte.

Al principio nos escribimos, y luego la distancia fue tejiendo su tela sutil de olvidos, palabras no dichas, rencores ocultos. No volvimos a vernos. Y yo no quise saber nada más de su historia.

Rigoletto, Alexis y el vestido verde.

Correr con los brazos abiertos hacia mundos desconocidos.

Pocha ingenua de los veinte años.

Títeres carcomidos por el tiempo, encerrados en una valija rotosa.

Un hombre muriéndose en su camastro, en una ciudad lejana.

¡Bajar el telón!

Sucre, 2-3 de noviembre de 2006.


*Alexis Antíguez, titiritero argentino, mi excompañero.   

domingo, 27 de noviembre de 2016

Poesía

Yo no sabía que El olvido de las piedras
se sentía en el vientre



Texto leído hace algunos días en la presentación del libro de Katterina López (3600).




Montserrat  Fernández 

En El olvido de las piedras, último poemario de Katterina López recientemente publicado por la Editorial 3600, asistimos a un tránsito altamente femenino; asistimos a una caminata que parte de la piedra, representante de la tierra, lo sólido y lo que tangiblemente nos sostiene desde hace mucho tiempo atrás, y por eso, en la primera parte o primer canto, denominado Piedras, se escucha decir inicialmente: “Soy antigua / nunca olvido” y esa voz comienza a recorrer un espacio mítico, comienza a pensar su existencia en otros cuerpos, en otras existencias, dice entonces; “Las antepasadas caminaron con nosotros /eran hongos o niñas santas / llenas de caídas habitadas durante siglos”. 
En este tiempo la caminante está sola pero extrayendo conocimiento de la soledad; la soledad le permite fusionarse con lo natural: las montañas están en su piel y el viento en su voz y en su vientre hay “extrañas criaturas mitad palomas, mitad niñas, habitadas por cuatro almas”. No es extraño entonces que la voz se declare anciana, pues ha recibido en su cuerpo el tiempo de los seres antiguos que la rodean. Se diría que vive la vejez de la piedra.
En el segunda parte o canto, denominado Jardines, la caminante se busca en el origen e invoca lo maternal y reconoce lo que transporta su piel y piensa y nos hace pensar: “¿Qué forma tenemos al llegar dentro de alguien?”. Y cuando la voz se sabe pedazo de todas las formas que le rodean, comienza a invocar a otro, a un tú, con el que intentará sostener un diálogo, como si ese tú comprendiera el tránsito que se hace desde la tierra hacia el cielo.
En el tercer canto, Diluvios, se habla directamente con ese tú, que habita en el memoria, más aun pesa en la memoria, se lee: “Estás en mi memoria / confundido en el hambre / intacto  / con los dedos rotos / con las manos rotas / me siento culpable frente a tu recuerdo”.  Esta culpa provoca la aparición del agua, que comienza a purificar el cuerpo, el recuerdo, la palabra misma, pero esta limpieza duele: “Ser agua / cuánto duele ser agua”, se lee.
En el cuarto canto, Insomnios, la voz transita la noche, tal vez el tiempo y el espacio provocado por el dolor, y hay un encuentro con el vacío o con lo que se vacía; la voz misma parece que se va dejando en el camino y desocupa un cuerpo. Se construye la imagen del abismo donde las cosas caen y se quiebran, pero al mismo tiempo parece que se liberan, se vacían, se aligeran de sí mismas. Entonces, se sabe que la noche es trayente: “Te temo / me abro a ti / me abro al temor. / Totalmente seducida por el miedo”. Ante el miedo, la caminante queda suspendida, acaso más cerca del cielo.
En el último canto, Vuelos, la voz ya no camina, habita el aire; otras leyes rigen en el aire, hay reposo de la memoria y se circula con flexibilidad. Se dice que hay “Movimiento continuo / movimiento perpetuo”. En el aire parece que la voz termina de abandonar su cuerpo y con ello todas las existencias que acumulaba y cargaba cual piedras; y se acerca más al trino y dice: “Dejaré las formas aprendidas / con nidales en las trenzas / confundiré mi reflejo hilado por sospechosos rumores / cerraré los ojos después del atardecer”. Al finalizar, se vuela y no hay retrocesos ni adelantos, nacimiento ni muerte, solo la fluidez natural de lo que flota y se deja llevar. Se ha transitado de la piedra al aire. Entonces se baila, se baila “¡con cuatro alas abiertas!”.