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domingo, 4 de junio de 2017

La palabra teleférica

Desapareciendo en la neblina

El escritor despide LetraSiete y no oculta su pesimismo ante la desaparición de uno de los pocos espacios que la prensa boliviana dedica aún a la literatura.




Juan Pablo Piñeiro 

Uno de los regalos más importantes que me dio mi abuela cuando todavía estaba en este mundo fue la colección de suplementos de Presencia literaria que pudo recolectar durante los años de su publicación. Una verdadera joya. Todavía me impresiona la calidad, la profundidad y la prolijidad de aquel suplemento dirigido por Jesús Urzagasti. 
Con mucha naturalidad alternan en sus páginas colaboraciones exclusivas de escritores bolivianos y también de extranjeros. Uno puede toparse con textos maravillosos si se sienta una tarde a hurgar sus ya envejecidos números.
Como todo suplemento literario, se convirtió en una cápsula que atraviesa el tiempo, un baúl de letras que se instala en el presente fugaz de un periódico para trascender al futuro.
A lo largo de nuestra historia hemos tenido la suerte de contar con suplementos enteramente dedicados a la literatura que no solo cumplieron una labor informativa sino que además se constituyeron en espacios de encuentro y de debate.
En el siglo XXI resaltan en La Paz, las publicaciones de Fondo Negro y del El Juguete rabioso, en su primera etapa. También El Malpensante, Tendencias y Al pie de la letra. Si bien Tendencias de La Razón no es estrictamente literaria, agarró un alto vuelo cuando fue dirigida con mucha categoría por Rubén Vargas. Vuelo que se desvaneció  con su partida.
Hace un tiempo en Santa Cruz el semanario La Brújula de El Deber fue transformado en una revista cultural de publicación mensual, reduciendo a la mínima expresión el espacio destinado a la literatura en los periódicos de la capital cruceña. Solo faltaría que después se convierta en una publicación anual.
En Cochabamba está La Ramona del periódico Opinión, que si bien no es una publicación estrictamente literaria se ha convertido en un bastión cultural gracias al compromiso estoico de sus editores y muy a pesar de todos los obstáculos.
El suplemento El Duende que se publica quincenalmente en el periódico La Patria de Oruro es actualmente el referente nacional en cuanto a suplementos literarios. Primero por la cantidad de años que está en circulación y segundo porque nace del desprendimiento del ingeniero Luis Urquieta, un empresario orureño que siempre ha apostado por la cultura. El Duende se mantiene mientras otros caen y ojalá se siga manteniendo por mucho tiempo, atrincherado en el espacio que se ha ganado a puro pulso.
En Chuquisaca gozan del privilegio de contar con el suplemento Puño y letra en el periódico Correo del Sur. Este suplemento está dirigido por Alex Aillón y es un esfuerzo notable por mantener un escaparate literario en la capital del país. Por lo menos en la capital.
En La Paz, en cambio, estamos fritos. Contábamos todos estos años con LetraSiete, dirigido con mucha dedicación por Martín Zelaya. Lamentablemente hace poco nos informaron que el periódico Página Siete tomó la decisión de que este suplemento sea asimilado por una revista semanal que incluya todas las publicaciones dominicales. No dudo de que las razones de los directivos del periódico son comprensibles, y es que con la masificación del internet los diarios impresos alrededor del mundo han enfrentado diversas crisis y se han visto en la necesidad de reinventarse o desaparecer. Así nomás es.
Sin embargo, el hecho de que el suplemento LetraSiete sea asimilado por una revista semanal (a pesar de que prometieron el mismo número de páginas) hará que pierda su autonomía y su carácter literario. Después de un tiempo, con seguridad terminará diluido para dar paso a otro tipo de noticias.
Cuando nos comunicaron esta triste noticia, algunos escritores sugirieron enviar una carta firmada por la mayor cantidad de personas relacionadas a la literatura, para pedir que se reconsidere esta decisión. A pesar de que firmaré esta carta y estoy de acuerdo plenamente con lo que expone, me temo que soy un poco más pesimista y no creo que la carta funcione. Soy pesimista porque sé que este no es un hecho aislado. Las cosas en el mundo están así, y en nuestro país están mucho peor. ¿Cuántos bolivianos leerán más de un libro de literatura al año? Ojalá nunca hagan una encuesta seria al respecto porque seguro necesitaremos muchos años para salir de la depresión.
El otro día estaba escuchando al responsable de un plan de lectura del gobierno y casi me caigo de la silla cuando dijo que la gente lee mucho más de lo que se piensa. Explicó que gracias a las redes sociales, uno siempre está escribiendo y leyendo. Al principio me entró una descontrolada indignación porque alguien que supuestamente tiene la tarea de promover la lectura de libros nos venga a decir semejante cosa, pero después me di cuenta de que tiene razón. Creo que a eso es a lo único que podemos aspirar por el momento, a que por lo menos no nos olvidemos del lenguaje escrito como instrumento de comunicación.
Seguramente después vendrá toda esa historia de que uno lee para aprender cosas, para conocer otros lugares o para ser más culto. Justificando que en las ferias del libro se vendan textos técnicos de ingeniería, de medicina y hasta de decoración del hogar. Si uno lee por estas razones tranquilamente puede recurrir al internet y evitarse la fatiga de abrir un libro.
Nadie me quita de la cabeza el temor de que más temprano que tarde se producirá un “genocidio” de la información virtual, un webcidio. Cualquier día de estos las grandes corporaciones nos pedirán un pago para ingresar a nuestras cuentas personales. Secuestrarán nuestra información y la información del mundo. Y si algo así no ocurre seguramente un desastre natural o un atentado harán que desparezca de un golpe todo lo que hemos almacenado en el internet.
Entonces quedarán los libros, como células independientes que envejecen y se transforman junto al mundo. Y entenderemos que al leer un libro no solo nos estamos informando o conociendo. Estamos transformándonos en otro para encontrar en ese otro, lo que en verdad somos. Es decir estamos aprendiendo a comprender. Y para mi ese es el regalo de la literatura.

Por el momento me despido de este suplemento, agradeciendo la oportunidad de participar en él y felicitando a Martín Zelaya por su gran trabajo. Mi columna se llamaba hasta hoy La palabra teleférica. Estos días vi varias fotos de cabinas del teleférico desapareciendo en la neblina. Por algo será. 

domingo, 7 de mayo de 2017

La palabra teleférica

El cajón del poeta

El autor comparte algunas experiencias personales con Roberto Echazú. Una celebración más de la reciente publicación de su Poesía completa (BBB, 2016)



Juan Pablo Piñeiro 

El 8 de abril pasado se conmemoraron 10 años de la desaparición del poeta Roberto Echazú. De no ser así, este primero de mayo el escritor hubiera cumplido 80 años. Este aniversario de muerte ha coincidido con la presentación de su Poesía completa como parte de la colección de la Biblioteca del Bicentenario de Bolivia (BBB), publicación que sin duda es un acierto total.
Cuando Jesús Urzagasti todavía estaba vivo tuvo un sueño muy decidor con aquel amigo suyo de toda la vida. En el sueño sonó el teléfono. Jesús se levantó en medio de la noche y contestó. Era el “Robertito” y estaba llamando desde el más allá para contarle que se encontraba muy bien y muy cómodo. Naturalmente Jesús Urzagasti no se aguantó y le preguntó de buenas a primeras cómo era el más allá. Cómo era el mundo después de la muerte. Roberto contestó con su característico sentido del humor: “no hermano, no puedo contarte nada. No nos dejan. Pero estoy bien”.
Justamente fue gracias a Jesús que pudimos pasar unos días en la casa del poeta tarijeño junto a mi amigo Fernando Ballivián. En diciembre de 2003 decidimos hacer un viaje al Chaco para conocer la tierra que nutría la escritura del escritor chaqueño. Viajamos junto a Sulma y sus tres hijos, que en ese entonces eran unos niños pequeños (ahora son unos jachotes). Naturalmente Tarija era una parada necesaria en ese trayecto iniciático y es que a unas cuantas cuadras de la terminal vivía Roberto. Cuando nos recibió, le contó a Jesús en la primera ronda de warisñakis que el cajón que se había comprado para que a su cuerpo no le falte entierro, lo había tenido que regalar a un amigo suyo del mercado que había muerto recién y cuyos restos no tenían donde reposar. Robertito, calibrado toda su vida por el despojo que le había demandado su obra, fue capaz de regalar su propio ataúd. Y no por altruista o por practicar una magnánima misericordia, lo hizo por solidaridad en el sentido más puro de la palabra, porque Roberto Echazú estaba hermanado con todos los hombres, pero especialmente con aquellos que tuvieron que convivir junto al dolor y la miseria durante toda su existencia. Esos eran sus verdaderos amigos.
Recuerdo que en ese tiempo había escuchado muchas anécdotas del “Robertito” de parte de mucho tarijeños y no tarijeños. La gente amaba sus historias y sus ingeniosas frases. En las parrilladas celebraban sus ocurrencias como si se tratara de un amigo cercano. Lo terrible es que ninguna de estas personas se dignaba a visitarlo. Roberto Echazú estaba solo y vivía solo. Los amigos que llegaban a su casa eran pocos y los mismos, algunos de ellos personajes anónimos de la ciudad. Me impresionaba en ese entonces lo ingrata que era una ciudad con uno de sus mejores hombres. Hoy ya no me sorprende.
En ese viaje tuve la suerte de conocer a amigos del Robertito e impregnarme un poco de la Tarija profunda. Recuerdo una velada maravillosa en la que estaban presentes Ramiro Ruiz Ávila, el famoso Chafallo y Eduardo Farfán quien hizo todo lo que pudo para conseguir una guitarra. Mi padre me había contado algunas historias del famoso Chafallo, por eso yo estaba emocionado por conocerlo. Aquella noche aún sigue siendo para mí un tesoro, y hubiera querido que nunca se acabe. Cuando Eduardo Farfán pudo conseguir una guitarra nos tocó una canción inspirada en el poema Copla de Octavio Campero Echazú: “Dicha de amar y la pena de amarte, sin esperanza”. Ese poema lo había escrito el poeta Tarijeño a Florinda, una jovencita del mercado. Campero Echazú tenía 80 años cuando sintió nuevamente la dicha de amar, aunque ese amor haya sido imposible.
Otra noche tuve la suerte de conocer al poeta Julio Barriga y a Alfonso Hinojosa, amigos que visitaban al Robertito siempre que podían. Tomamos un singani en una mesa de su patio. Robertito se entró temprano a dormir. Durante la noche me despertó el chaqui y comencé a deambular por su casa. Eran las cinco de la mañana. Mientras buscaba un vaso de agua me di cuenta de que había alguien en su comedor, a pesar de que las luces estaban apagadas. Además la radio estaba encendida y se escuchaban unas cumbias chichas que estaban de moda. Cuando entré al comedor me encontré con Roberto Echazú. Muchas veces se levantaba a esa hora para tomar un poco de vino y escuchar la radio en la oscuridad. Ese era el poeta. Ese su despojo y esa su soledad.   
En uno de los poemas dedicados a su hijo Humberto Esteban, Roberto Echazú escribió: “Con una palabra tuya se acrecentó el universo / crecieron las la hierbas en las márgenes de todos los ríos del mundo”. A mi modo de ver, esta poderosa imagen condensa una de las mayores cualidades de la escritura del poeta tarijeño, la posibilidad que tiene la palabra en la más elemental sencillez de su despojo para influir en el cosmos, para acrecentar el universo. Roberto Echazú trabajaba como un orfebre cada uno de sus poemas. Los contemplaba, buscando siempre que tengan las palabras justas y necesarias, despojándolas de todo lo que no es absolutamente vital.

Me vienen a la cabeza muchas historias de su vida. La temporada que fue enviado a estudiar a Argentina por su padre. La sorpresa de su familia cuando retornó de golpe. El tiempo que tuvo que vivir en Bermejo, contemplando como “se asoleaban los pelones”. El trabajo que le consiguieron en una fábrica de la ciudad de El Alto, donde su labor consistía en contar tornillos. Un día llegó a contar más de 5.000. Jesús Urzagasti citaba constantemente la siguiente frase de Malebranche: “La atención que uno le da al mundo, es la plegaria natural del alma”. Para mí eso define la poesía de Echazú. Esa poderosa plegaria que se despoja de todo lo innecesario. Cuando estudiaba en Argentina tenía una novia: Ana. Un día fue a visitarla y entendió sin mucho esfuerzo que ella estaba con otro. Entonces sin ni siquiera ir a recoger sus cosas, tomó un tren y nunca más volvió. Me imagino que hizo lo mismo cuando partió adolorido de este mundo. Partió sin el cajón que había destinado a sus huesos. Y es que ese cajón ya se lo había regalado a su hermano.

martes, 4 de abril de 2017

La palabra teleférica

Trilogía del agua (III). La creciente



Tercera y última entrega de esta serie de crónicas que Juan Pablo Piñeiro le dedicó al agua.

Juan Pablo Piñeiro 

En Perú le dicen huaico al desborde de los ríos de la cordillera de los Andes. Ríos que se llevan con toda su furia lo que van desprendiendo a su paso. Un huaico pasa siempre impregnando desolación, y es obstinado como todas las fuerzas de la naturaleza. Ahora mismo esta tragedia la están viviendo en Perú pero también en el norte de La Paz.
El golpe llega sin avisar y no tiene consideración alguna. Se lleva todo por igual. La inundación del 19 de febrero de 2002 en nuestra ciudad no era otra cosa que un desolador huaico con todas las de la ley. Setenta y cuatro personas murieron sin haber presentido ese día, al salir de casa, que el granizo se los cargaría. Casi nadie es capaz de imaginar cosas así.
Huaico deriva de la palabra quechua way’qu que significa quebrada. Por eso, solamente los ríos de las montañas pueden convertirse en huaico. En Cobija, y en toda la floresta en general, el desborde de los ríos es distinto. Primero llegan con velocidad, después de unos días la corriente se detiene y el agua empieza a subir. Entonces un silencioso lago crece segundo a segundo frente a nosotros y la única manera de saber si el agua seguirá creciendo es marcando una vara para clavarla en la provisional orilla y revisarla un par de horas más tarde.
Mi padre vive hace casi 15 años en las orillas del río Acre, en plena frontera con Brasil. He tenido la suerte de visitarlo y de vivir con él por muchas temporadas. Estuve presente en la inundación de 2012 y llegué un par de días después de la inundación de 2015, para tratar de ayudar. Acre viene de la palabra Aquiry  que significa “río de flechas” en lengua yaminahua. Por ese mismo cauce, hace un siglo llegaban embarcaciones desde el océano Atlántico atraídas por el auge de la goma. El río era profundo, ahora no, ahora es pando y ancho, a raíz de la deforestación. Por eso se desborda rápido y puede llegar a crecer 17 metros como en 2012 o 18 como en 2015. 
La parte antigua de Cobija está situada en una península en forma de “U” que está rodeada por el Acre. Por eso cuando se inunda se encuentran todos los cauces y cubren por completo esta parte de la ciudad. Lo difícil para cualquiera que se está inundando de a poco es que nunca deja de aferrarse a la posibilidad de que el río dejará de crecer antes de invadir su hogar. Entonces se queda, se queda lo más que puede hasta que tiene que soltar la soga y dejar la casa. Es natural, incluso, negarse a empacar las cosas. Casi todos empacan a último momento, siempre tarde, porque es difícil imaginar que un río pueda crecer tanto.
La casa de mi padre es muy modesta pero tiene un amplio jardín de árboles frutales, pasando el jardín había antes un lugarcito desde donde se podía ver con calma el río, cuya orilla estaba unos metros más abajo. Cuando empezó la inundación de 2012 los primeros que se pusieron nerviosos fueron los animales. Cada uno a su manera estaba presintiendo algo. Los loros, los monos y hasta las culebras empezaron a moverse más de lo habitual. En ese momento el río no había entrado al terreno pero se movía muy rápido, trayendo troncos desde otros confines de la selva. Al día siguiente el lugarcito desde donde se podía ver el Acre estaba bajo el agua. Entonces comenzó un día interminable con sus respectivas noches. No nos quedaba otra que permanecer atentos mirando el río para ver si seguía subiendo. Y así pasaron las horas. Como nunca había subido tanto, todos esperaban que el río baje de un rato para el otro. Pero no bajaba, subía.
La primera noche llegó con la noticia de que por precaución se cortó la electricidad. Entonces la espera se convirtió en algo distinto. A la luz de la vela, solo se escuchaba el paso de las alimañas pululando en el inmenso lago nocturno que devoraba de a poco la ciudad. Cuando amaneció de nuevo, la vara que habíamos puesto estaba unos metros más allá de la orilla. No nos quedó otra que empezar a subir los muebles arriba del techo y poner el refrigerador encima de una mesa, sobre todo porque nos habíamos enterado de que Bolpebra estaba bajo el agua y de que habían evacuado gente de algunos barrios de Cobija. Muchas personas, especialmente los abuelitos, se negaban a salir de sus casas. A algunos los tuvieron que sacar a la fuerza.
Ordenar los libros que uno tiene siempre es gratificante aunque sea en situaciones tan escabrosas. Así que mientras metíamos los libros en un cajón nos dimos el lujo de leer el poema La creciente de Octavio Campero Echazú. Nos regaló una risa compasiva porque nos hermanamos en esa impotencia de perder lo que uno tiene. Encima el pobre chapaco confiesa en el poema: “¡Agora ya nada / me queda en la vida! / Y como p’al pobre / las penas no llegan solitas, / también se me aguaron las bodas / con la Primitiva”. Y es que Primitiva le devuelve el aro después de la creciente. Y el chapaco en vez de vengarse por el desaire, se queda “jaciendo rodar la sortija”.
Finalmente sucedió lo inevitable y tuvimos que abandonar la casa. Estuvimos varios días en un hotel de la parte alta a diferencia de muchas familias que tuvieron que poblar canchas y colegios.
Cuando el agua baja, viene lo peor. Y no por las arañas, víboras y bichos que uno se encuentra sino por la lama maloliente que impregna el piso y las paredes. En Cobija no hay alcantarillado y la mayoría de las casas utiliza pozos sépticos. Cuando el río sube destruye los pozos y reparte la mierda por donde pasa. Esa es la lama que queda pegada. Se la debe limpiar sin agua y sin electricidad. Trabajamos entre varios y después de algunos días, la casa se parecía un poco a la que era un par de semanas atrás. El terreno no. Parecía un campo de guerra. Nunca nadie imaginó que algo así podía suceder. Por eso nadie se esperaba que el río volviera a crecer de esa manera y sin embargo, en 2015 creció todavía más.

Dicen que las inundaciones son provocadas por el cambio climático y por unas represas que están construyendo en Brasil. Al final, el problema del agua no es que falte ni que sobre. Por lo menos eso pensé el día que volvimos a la casa mientras tomaba una botella de agua que nos habían donado. Agua vital, propiedad de la Coca Cola. El verdadero problema es otro.

martes, 14 de marzo de 2017

La palabra teleférica

Trilogía del agua II: Los
alkamaris de la ataguía

Dejar que las aguas corran… Segunda estación de este tríptico de Juan Pablo Piñeiro.



Juan Pablo Piñeiro 

El 16 de julio de 1990 se inauguró una obra fundamental para la ciudad de La Paz, la represa de Incachaca. En el acto protocolar fueron muy importantes las palabras de Simón Poma, uno de los capataces principales, quien afirmó visiblemente emocionado: “nos vamos tristes y a la vez felices por concluir esta obra, tristes porque en este lugar hemos sufrido como nunca y felices porque tampoco nunca antes habíamos trabajado tan unidos, como familia”.
Y es que cuando un hombre como Simón Poma dice que algo ha costado es porque ha costado. Así como ha costado todo lo que se ha construido en el frío y la altura. Por eso, es imprescindible conocer un lugar como Tiwanaku y descubrir en nuestro interior la preciosa sensación de no poder entender nada y aprender, quizás, que mirar callado es la única manera de encarar los restos del tiempo.
En Tiwanaku los monolitos, los muros y los detalles están tallados con maestría porque seguramente configuraban un poderoso mensaje. Desde aquí, desde este lugar del tiempo, solo nos queda la condena eterna de jamás poder descifrarlo. Quién sabe siquiera si el mensaje nos está mirando a nosotros. Quizás los monolitos en verdad se están comunicando con su pasado. Un pasado tan lejano que convive con todo lo inexistente. Lo único que podemos saber es que sus constructores, al igual que los obreros de la represa, tuvieron que trabajar duro a pesar del frío y la altura. Lo normal en la historia de la humanidad ha sido siempre fundar civilizaciones en lugares aptos para la vida, casi siempre cerca de un río de fértiles orillas. En cambio lugares como Tiwanaku han sido construidos seguramente con otras necesidades. Y es que a través del tiempo siempre existieron los que se quedaron cómodos junto al río y los que se animaron a construir en lugares donde el sufrimiento se hace uña y mugre con la vida.
Para poder construir la represa de Incachaca fue necesario excavar 8.000 metros cúbicos de roca sólida, en un lugar donde hasta escribir es difícil porque la mano se congela. Como el financiamiento principal provino de Alemania, los ingenieros alemanes estaban muy preocupados por el método que se debía usar para construir los bloques de hormigón, por eso era un requisito indispensable que en la obra se cuente con una bomba de hormigón. Lo curioso es que debido al cambio de moneda, comprar una bomba de hormigón en el extranjero hubiera costado lo mismo que toda la represa. Es decir, no era posible. Cuando el ingeniero alemán le preguntó al jefe de obra qué pensaba hacer, este último le mostró un sistema donde varias mezcladoras manuales pequeñas se colocaban en línea para poder lograr el hormigón en la calidad deseada. El alemán lo miró como a un loco. “¿Sabe cuánta gente se necesitaría?”, le preguntó. “Sí”, le respondió el boliviano: “110 personas”. Y así fue. Los 110 obreros lograron suplir a la costosa máquina con todo el sufrimiento y sacrificio que eso implica. Trabajaron codo a codo, y probablemente esa fue su victoriosa manera de resistir.
La escuela normal de Warisata también fue construida con sufrimiento, codo a codo. Cuando uno pasa por su fachada actualmente lo que más llama la atención son los tristes troncos con los que está apuntalada la deteriorada puerta principal. Salta a la vista que nadie está interesado en darle un brillo a tan importante legado. Pareciera que la historia de Warisata se hubiera ocultado en algún meandro del tiempo. Pareciera que la lucha y el sufrimiento por construir un faro de luz en medio del altiplano nunca hubieran existido. Las palabras son conjuros, por eso cuando se repiten sin cesar pierden su poder y su significado. Palabras y nombres como Warisata, Avelino, Elizardo, escuela o ayllu. Y aun así la puerta apuntalada continúa abierta pues ha sido construida a pesar del frío, la altura y muchas otras cosas más.
Antes de la nueva represa había una mucho más pequeña en Incachaca y era imprescindible demolerla para comenzar la obra. Los supervisores, algunos de ellos burócratas, presionaban constantemente para que se construya una ataguía. La ataguía es una palabra que deriva del árabe taqiyyah que significa “prevención”, y se trata de un macizo de tierra impermeable que se utiliza para encauzar flujos de agua provisionalmente. Es decir, que el agua atajada por la represa anterior debía retenerse en algún lugar para iniciar la demolición. Un viernes el jefe de obra recibió un plazo fatal, debía entregar la ataguía un mes después.

Al día siguiente el ingeniero decidió subir al cerro muy temprano para poder tener un panorama más claro. La perspectiva brindada por la montaña permite que una gran obra se convierta en una maqueta. Y gracias a eso el ingeniero pudo advertir que había diferentes colores en la tierra, y se le ocurrió que quizás se podía aprovechar los desniveles naturales para construir sin mucho esfuerzo una ataguía un poco más arriba de lo planeado. Entonces entusiasmado silbó al tractorista para que suba hasta su atalaya y contemple desde ahí las posibilidades del nuevo plan. El tractorista llegó lo más rápido que pudo, y cuando el jefe de obra le preguntó qué le parecía la idea, tres alkamaris volaron rápidamente por encima de sus cabezas. Entonces el tractorista se emocionó y le dijo: “eso es ingeniero, los alkamaris están avisando”. Cinco horas después la obra que se construiría en un mes, estaba hecha y llena de agua. Al lunes siguiente, los supervisores alemanes no pudieron decir mucho, y es que el muro de Berlín se había caído un día antes de la construcción de la ataguía y con seguridad seguían pasmados. En cambio los doctorcitos bolivianos se enojaron mucho, pues no existían los respaldos escritos necesarios para justificar burocráticamente que la obra que estaban mirando ya estaba construida, a pesar de que no había dudas de que estaba construida. Seguramente estos eternos doctorcitos nuestros siguen reunidos buscando otros documentos, y es que siempre estuvieron reunidos y seguirán reunidos hasta que se agote la última gota de agua.

lunes, 13 de febrero de 2017

La palabra teleférica

Trilogía del agua (I): El bicho del pozo

Después de unos meses de pausa, Juan Pablo Piñeiro retoma su columna mensual con esta terrible alegoría de los humanos



Juan Pablo Piñeiro

Todos tenemos un bicho adentro. Y está tan adentro que no hay manera de conocerlo. En la oscura y humedecida piel de nuestras entrañas, sus colores no son distintos de nuestros colores. Quizás el bicho en realidad es una parte indivisible del cuerpo, o quizás nuestro cuerpo también es el suyo. Lo que está claro es que el bicho siempre respira en silencio. Agazapado en nuestra sombra espera la oportunidad propicia para tomar el control o para invocar una de esas sutiles voces que empenumbradas vierten sus tonos en el único timbre de voz que solamente uno mismo escucha, esa incesante voz que nos habla desde nuestro cráneo, o por lo menos eso es lo que quiere que pensemos.
Este mundo no está tejido con hilos, está tejido con seres y, por lo mismo, posee infinitas gamas y matices. Está bordado además el reflejo de cada cosa que existe dentro de él, es decir: todo existe. Y es que el universo simplemente es la suma de lo que cada uno es y de todo lo que cada uno no es, o por lo menos eso es lo que quiere pensemos.
Así como hay luces de neón adornando con sus destellos insomnes la soledad de ciertas carreteras. Así como hay luces hipnóticas modelando nuestra mente en los hogares de casi todos los confines del planeta. Así como hay luces asesinas que descubren a sus víctimas en medio de la noche, y ocultan la mano que mata sin apretar el gatillo. Así también hay luces verdaderas. Luces poderosas. Luces que transforman. Luces que no matan pero muestran. Y lo que nos muestran nos hace temblar hasta rompernos el pecho. Una luz de este calibre nos permite ver con claridad el rostro del bicho que nos habita. Descubrir de qué está hecho. El mío está hecho de miedo, me imagino que también el de todos. El miedo lo nutre, lo hace crecer, hasta que aparece cada vez más confiado, repartiendo consejos a diestra y siniestra. El miedo es el origen de todo lo que es ruin. Y con esa simple constatación uno puede descubrir cosas más importantes. Uno puede deducir que si el tal bicho está aquí para destruirnos y su notoria impronta es el miedo, entonces claramente no nos conviene alimentar lo que lo alimenta. ¿Para qué?
Hay una gran diferencia entre un bicho y un insecto. Un bicho siempre trae consigo una sensación incómoda y desagradable. Bicho le decimos a todos esos insectos cuyo nombre desconocemos pero que nos molestan. Bicho incluso puede ser un puercoespín, una carachupa o una rata que se mete de noche a nuestro jardín. En cambio los insectos son otra cosa, son el detalle, la filigrana de la creación. En ellos seguramente reposa el futuro, nuestro futuro.
Al ritmo que van las cosas, es muy difícil que podamos alimentarnos de animales por mucho tiempo. Seguramente en menos de lo que canta un gallo, habrá criaderos de escarabajos y hormigas. Habrá chips de patas de grillo, ensaladas de mariposas, o puré de larvas para los más pequeños. Con seguridad, el galán del futuro cocinará un delicioso escarabajo titán al horno relleno con caviar de hormiga blanca para impresionar a su novia. Y sin embargo eso no es nada, el verdadero encanto de los insectos está en el misterio que cargan, en las secretas órdenes que acatan y en los múltiples mundos que pueden explorar.
Debo confesar, sin embargo, que hay insectos que me repugnan, habiendo tantos, eso es normal. Cualquiera que haya sufrido el asedio de una plaga de pichilinga, la pulga que agarran las gallinas, seguramente no querrá saber nunca más de este bicho. O las mismas cucarachas, tan fascinantes en teoría y tan ominosas en la práctica. Muchos no saben que cuando una cucaracha es aplastada, bota sus huevos para reproducirse. En pocas palabras, se reproduce cuando muere. Se multiplica al desaparecer. Es lo más cercano a una resurrección. Además la cucaracha carga con un pesado destino porque se humaniza, y aprende a vivir en los rincones oscuros y descuidados de nuestra casa. Nos parece desagradable porque nos recuerda al bicho interior, ese que sabemos que está en esos mismos rincones de nuestro cuerpo. Aún así, ni la pichilinga ni la cucaracha merecen ser odiadas porque son sin duda un engranaje más de la creación. Y generalmente las grandes maquinarias deben su funcionamiento a las piezas más pequeñas y singulares.  
Al que no hay que tenerle consideración alguna es al bicho del pozo que, aunque parece insecto, estoy seguro que en verdad es un bicho. Yo solamente lo vi una vez, después de una de las inundaciones que sufrió Cobija. Antes de detectarlo, subiendo por la puerta, advertí su ominosa presencia como un presentimiento incómodo y desprovisto de toda luz. El bicho tiene muchas patas pero es difícil saber cuantas porque su figura es movediza como un holograma. Tiene algo de esos bichos misteriosos que habitan las profundidades del mar. Los que lo conocían me dijeron que ese delicado monstruo es un bicho que aparece en los pozos de agua.
El ritmo de su movimiento es capaz de entorpecer cualquier otro ritmo. Está ahí como un reflejo de nuestro propio bicho. Se mueve con rapidez y después desaparece, como si solamente se conformará con hacerse ver una vez, para inyectar terror en los que lo miran. Ese es el famoso bicho del pozo. Terrorífico como el guanaco del Chaco. Ese desquiciado bicho que habita dentro de los huecos y que solamente sale a la luz cuando se introducen hormigas en el hoyo donde vive. Un bicho similar al que llevamos dentro.
Amo mi país y a veces lo amo tanto que cometo el error de idealizarlo. Lo defiendo a ultranza cuando es necesario, porque obviamente es parte de las pocas cosas intransferibles que llevo dentro, pero muchas veces, cuando estoy solo, sufro por él y por todos mis paisanos. Sufro porque sé que, aunque no quiera aceptarlo, mi país también tiene un bicho adentro. Un bicho que está impregnado en todo y nos convierte en una lamentable mentira. Al parecer nadie lo mira, nadie sabe que está ahí, en la falsedad con que construimos nuestra vida, en la mediocridad con la que nos la ganamos y en el uso abusivo de cualquier poder que se nos otorga. Nuestro bicho es un burócrata de pozo. Un bicho, que al igual que las cucarachas, se reproduce cada vez que muere. Finalmente el agua del pozo es lo de menos, la cosa es el bicho que lo habita.

     

domingo, 21 de febrero de 2016

La palabra teleférica

La obra

El hacer, el acto de creación, pero más allá aún: la acción; motor, quid y leit motiv, para un constructor de ladrillos, o de palabras.



Juan Pablo Piñeiro 

El otro día he recibido un regalo, inmerecido como cualquier regalo: he pensado en la obra. Me he acordado de Julián Mamani, un maestro de construcción que ha trabajado mucho tiempo con mi padre y que ahora vive en Pando.
A Julián no hay caso de dejarlo solo porque termina siempre construyendo algo. Trabaja la madera, el cemento y la tierra con la facilidad que únicamente posee un verdadero conocedor. Es capaz de instalar una red de agua y un circuito eléctrico sin que se oculte el sol de un mismo día. Da la impresión de que si una catástrofe nos dejara sin nada, el Julián tendría casa a las pocas semanas, aunque quizás preferiría hacerse solo un cuartito.
Y cuando nuestro amigo “casi muere vivo” en el “deslizamiento de un derrumbe”,[1] lo único que hizo fue refugiarse en el hueco de aire de su casco de construcción[2] para esperar serenamente que lo rescaten o que no lo rescaten. Cuando salió del precoz entierro, sin necesidad de psicólogos, se fue a dormir a su casa. No quería llegar tarde al día siguiente, y no debido a una angustia samsiana sino simplemente porque le gustaba tener trabajo, o por lo menos no se ponía a pensar en eso. Julián está protegido por su humildad.
Hace unos años cuando a alguien se le ocurría hablar de la importancia de la obra, lo descalificaban enseguida e incluso lo tildaban de “romántico”. Hoy en día, como supuestamente todo se puede, a nadie le mosquea mucho ninguna idea. En el fondo eso no tiene nada que ver. Por ejemplo, si nos transformamos en el narrador de De la ventana al parque de Jesús Urzagasti, podríamos adquirir momentáneamente la capacidad de imaginar encuentros entre amigos que nunca se han conocido, y que por lo mismo son muy diferentes cuando en verdad son iguales.
Con ese poder de evocación, imaginaría el encuentro entre el propio Jesús Urzagasti y Julián Mamani. Seguramente la charla sería muy amena y no se harían extrañar ni las risas ni los recuerdos luminosos. La historia de Julián cuando casi muere en el deslizamiento de un derrumbe, seguramente haría estallar una risa de niño en el Jesús y con seguridad tomaría esa frase como un regalo de la vida, envuelto en el mismo misterio de siempre.
Lo que los une es la obra. Unos dirán que la obra de Julián no cuenta, porque finalmente son otros lo que lo contratan, y él trabaja para otros. Eso no es lo importante, lo importante es que ese trabajo detallista que busca la perfección no es para él. La obra no es para él, Jesús lo adivinó de entrada. Y entonces viene a colación lo que diría el poeta Cranach que también aparece en De la ventana al parque. Cranach no es otro que Jaime Saenz, por lo que diría que vida y obra son la misma cosa. Lo que nos hace intuir que efectivamente queda algo de la obra para el que la trabaja. El mundo te pide todo a cambio de nada “y encima uno tiene que tallar en la oscuridad, la figura del aprendiz”, escribe Jesús Urzagasti para clarificarnos.
Cuando Julián Mamani trabaja con detalle la materia, lo que en verdad está trabajando es su alma. Esa es la importancia del trabajo con las manos, tocar el mundo para lijar lo de adentro, para darle forma, para encontrarle una luz. Y no debe haber cosa más difícil que pulirse con el trabajo de la materia, porque el dolor siempre estará presente, aunque después descubramos que si está ahí es para señalar el dorado rutilante que baña el mundo cuando nadie está mirando.
La poesía posee un extraño conjuro, permite que el que la trabaja pueda tocar las palabras con las manos y de esa manera modelar una materia hecha de tiempo, con la delicadeza que se debe tener con las cosas verdaderas hasta que la obra misma haya sido acabada y se vuelva verdadera.
El poemario Senderos de Jesús Urzagasti, publicado recientemente por La Mariposa Mundial, más que un poemario es una prueba de que la obra es la depuración de la vida y por lo tanto la obra existe. Cada poema que compone este libro está cargado de “inefables reinos clausurados” y lo escribe un cuerpo que tiene “muchas cosas por dentro y otras tantas por fuera”.
En su último libro publicado en vida, Frondas nocturnas, Jesús Urzagasti escribe: “Sentado en la silla amarilla / con un viejo jarro de barro en las manos / siento algo intacto en mis adentros / cuando entre las frondas pasa el tiempo”. Ese algo que está intacto es la materia con la que escribe los poemas de su último libro. Seguramente lo hizo sentado en aquella silla amarilla con un viejo jarro de barro entre las manos, demoró 26 días, pero en verdad esperó una vida. No hay palabra que sobre en ninguno de estos 30 poemas y cada uno de ellos tiene un peso específico en relación al delicado telar que los sostiene. Es un regalo mayor para la literatura boliviana envuelto en el mismo misterio de siempre. Y gracias a él los poetas de nuestro país tienen la secreta obligación de ser mejores poetas y de no extraviar la obra ni en el camino ni en el mundo.
Lo que une a Jesús Urzagasti y Julián Mamani, lo que verdaderamente los hermana, no es la obra sino la humildad. La única llave maestra cuando se trata de aprender, de mirar o de entender. Y en esto, más vale ser romántico que vivir sin ganas.
Senderos es una obra escrita a la altura de los majestuosos nevados que han albergado la mayor parte de la vida de este gran poeta chaqueño. Una obra cumbre pulida con la misma energía de quien trabaja la tierra, la madera o el barro. Una obra escrita con sangre y escrita en el aire. “Has perdido todo / por ganar un mundo / donde cabe el infinito olvido / y también la llave azul del río / donde incluso cabe / todo lo que has perdido / por ganar un mundo”.
Esas son las palabras que componen uno de los poemas más breves del libro, Escrito en el aire. Y es que el título del libro ya lo dice todo. Los senderos están abiertos. Por lo menos para que no olvidemos la importancia de la Obra.



[1] Cuando Julián sufrió ese accidente, el semanario que circulaba en Cobija en ese entonces tituló la noticia: “Por deslizamiento de un derrumbe: obrero casi muere vivo
[2] Increíblemente, Franz Kafka inventó el casco de construcción.

lunes, 18 de enero de 2016

La palabra teleférica

Los senderos del 2016

Una profunda y diferente reflexión existencialista; qué mejor en esta época de recomenzares.



Juan Pablo Piñeiro

El mundo de por sí es infinito, el universo no se queda atrás y ni qué decir de las galaxias. Por eso no sorprende que solamente haya un ganador en la carrera previa a nuestra concepción. El resto de los espermatozoides seguramente se instalan en otros lugares del universo, en los confines más lejanos. Hay campo.
Váyase a saber cómo es que llegan allá o cómo logran mantener intacta esa chispa que jalan desde no sé dónde para correr y fecundar, para crear el cuerpo, la persona y el rostro de aquel ser que transmite desde algún punto del firmamento. No se sabe cómo estas vidas fallidas llegan de pronto a lugares tan lejanos. Como si los tragara un agujero negro. Sacando cuentas, cada uno de nosotros representa a millones de seres increados, ¿pero en qué se transforma lo que no pudo ser? ¿Dónde habita? ¿De qué está hecho?
Me es fácil imaginar lo que me puedo hacer decir por hacer estas preguntas. ¿A quién le puede interesar semejantes cosas? La mayoría, y me incluyo, está en otra. Anda encima de la serpiente. Una serpiente que a pesar de que se come su propia cola, lo cuál está bien, no es ninguna serpiente. Es una imitación burda. Como esas flácidas víboras de goma que utilizan los bromistas. Y nosotros ya ni siquiera caminamos la serpiente, nos dejamos arrastrar como si fuera una escalera mecánica. Y al final toda esa alquimia propia del mundo termina sepultada en el cuerpo que la valida, que es la prueba viviente de su milagro. Y el milagro termina convertido en la desabrida rutina de hacer fila como un idiota para ser atendido en un banco, sin ganas de sonreír. La cartografía que hacemos de nuestro propio futuro se ha vuelto tan pueril, que en verdad no tiene nada que ver con nosotros. Y mientras tanto el tiempo pasa, como pasan las vacas en fila al matadero.
Sin embargo, la importancia de saber a dónde va todo eso que dejamos tras nuestro y en qué se convierte radica en el hecho de que seguramente allá iremos a parar. Quizás al nacer o al morir simplemente cambiamos de dimensión, de tiempo o de sistema. Quizás los famosos agujeros negros no sean otra cosa que aquello que llamamos vientre o tumba. Puertas por las que transitamos al infinito con la intención de que cada uno viva todas las vidas que existen.
Son muchas cosas las que se pueden intuir del universo, sobre todo la idea de que todo existe, y aun así no podemos tener una sola certeza. Quizás esa sea su verdadera esencia. Por eso seguramente místicos de la talla de San Juan de la Cruz, hablan del “no entender entendiendo”. Seguramente esa es la mejor manera de acercarse a la infinitud.
Aun con todo esto, la cosa es más compleja si uno piensa en el otro. Simplemente porque es imposible sentir como el otro. Nunca sabremos con exactitud si cada uno de nosotros le dice verde al mismo color, o redondo a la misma forma. Es imposible sentir lo que siente el que está a nuestro lado. Incluso si apelamos a la mera objetividad, aquella que promulgan los científicos para determinar el mundo, solo podemos estar seguros de nuestra existencia, quién sabe si los demás tan solo son una poderosa prolongación de nuestra imaginación.
Y la cosa es aún más complicada cuando uno descubre que ese otro puede ser uno mismo. Cada día, por más de que tengamos una rutina de hierro, se despierta en nuestro cuerpo una persona totalmente distinta a la que se ha acostado la noche anterior. Es imposible que sintamos las mismas cosas que sentíamos hace una semana, hace un mes o hace muchos años. Y seguramente aquella persona en la que nos convertiremos también sentirá de una manera distinta. Entonces, ¿por qué tenemos que cargar con las ideas y la identidad de una persona que nunca será igual a nosotros? ¿Somos nosotros?
El mundo es infinito de por sí y a eso se suma que cada ser mira un mundo distinto. Un mundo que se configura con la mirada, con las ideas, con las sensaciones de cada quien. Lo único que se puede confirmar es que la realidad muta cuando alguien la mira hasta convertirse en un espejo. Quizás eso nos permite sobrevivir el enigma, sino sería insoportable. Lo único que podemos sacar en limpio es que cada manera de mirar labra un infinito distinto en la piel de las cosas. Por lo menos así parece.
En lo que a mí respecta, creo que si el infinito tiene género, seguramente es femenino. Así como el mundo puede tener la silueta de una mujer embarazada. El límite de su vientre es la atmósfera y más allá todo es oscuro. Quizás aquí nos estamos gestando. Quizás para dar a la luz, esta madre necesita transformar todo. Quizás la sensación previa al nacer se parezca a la de estar en este mundo. En el vientre de esta madre que es una tumba.
Por eso yo me quedo con la poesía. La poesía que ilumina sin pesadez lo que excede al lenguaje. La poesía que con la fuerza de su humildad supera a la filosofía. Y me vienen a la mente los versos de un gran poeta peruano, José Watanabe: “No se puede amar lo que tan rápido fuga / Ama rápido, me dijo el sol. // Y así aprendí, en su ardiente y perverso reino/ a cumplir con la vida: / Yo soy el guardián del hielo”.
El guardián del hielo en el perverso reino del sol. Y de pronto retorno de las lejanas galaxias a mi sitio en la fila del banco. Es mi turno. Soy otro y descubro que el que fui hace media hora estaba leyendo, para matar el tiempo, una gran noticia en el periódico: Senderos, el libro inédito de poesía de Jesús Urzagasti saldrá este mes con La Mariposa Mundial. Y vuelvo a leer el pequeño fragmento que han publicado: “El hombre inventó el puente / para cruzar de una orilla a otra / eso es evidente y se lo ve todos los días. // En cambio no está claro por qué alguien / se apoya en la baranda y mira pasar las aguas rumbo al mar”.
Y entonces entrego mi ficha al cajero. Por fin me toca a mí. Pregunto por un pago. No ha llegado. No importa. finalmente el que estuvo esperando no era yo. Yo que no tengo certezas y por lo tanto no soy el guardián de nada.


sábado, 19 de septiembre de 2015

La palabra teleférica

Una triste desaparición

Reflexiones y propósitos en torno a la partida de la poeta cruceña Emma Villazón.


Juan Pablo Piñeiro

La última vez que escribí en esta columna resalté la calidad de la última Feria Internacional del Libro de La Paz. No era para menos, sigo creyendo que gracias a la visión que se imprimió al programa cultural tuvimos la suerte de disfrutar de un gran encuentro literario.
Personalmente yo estaba muy feliz por haber compartido con varios colegas y amigos. Lamentablemente lo que no sabía mientras escribía ese artículo, es que un par de días después de que la feria terminara la poeta Emma Villazón iba a despedirse de la vida con los ojos bien abiertos a la luz de las montañas.
Ella estaba de paso, vivía en Chile, había estado aquí de invitada para la feria, había estado en Santa Cruz para la familia, y en el tránsito entre Santa Cruz y su regreso, vino a dejar algo a las montañas, vino a dejar su mayor enigma, vino a dejar sus llaves, y vino a dejar el único momento que uno posee para descifrar aquella historia que le pertenece a cada uno.
A pesar de que yo la conocía poco y tan solo había leído unos cuantos poemas suyos, la noticia me entristeció profundamente. Me quitó por un momento la esperanza. Es muy triste que gente tan luminosa parta de súbito dejando un rastro doloroso. Es muy triste que se vaya tan joven. Es muy triste, pero es así. Todos tenemos un día, y quién sabe si lo hemos elegido antes de ser nada, para que toda la vida sintamos que no depende de nosotros. O como me decía Jesús Urzagasti: “siempre sucede lo mejor”. Y siempre es siempre.
El año pasado fui invitado a la Feria Internacional del Libro de Santiago de Chile. Me sorprendió un poco porque no sabía muy bien de cómo se les había ocurrido invitarme. Cuando estuve allá tuve la suerte de conocer algunas editoriales muy interesantes, entre ellas la editorial Mandrágora de Marcelo Mendoza. El editor fue muy amable conmigo y me regaló dos libros del gran poeta Enrique Gómez-Correa. Uno se lo regalé a un amigo y el otro lo llevo conmigo, titula Madre-Tiniebla.
La cosa es que Marcelo me contó que él era parte de la Cámara del Libro de Santiago y que gracias a su sugerencia me habían invitado. Lo lindo es que lo había hecho después de consultar a una paisana mía que era amiga suya, Emma Villazón. Ella le había sugerido mi presencia. Yo estaba agradecido, no solo porque me tomó en cuenta sino por la humildad de no decírmelo.
Aquella vez no nos encontramos pero me quedé pensando. Yo me considero una persona que tiene mucha esperanza en este país porque sé que en medio de tanta oscuridad brillan las luces más fuertes. Me conmueven y me enorgullecen muchos cambios que estamos llevando a cabo.
Lo que me desilusiona, lo que me quita la esperanza es no poder dejar de ver cómo somos cuando nos conformamos. Aquí es muy fácil conformarse. Me entristece lo que veo en las universidades, en la Policía, en el fútbol, en las instituciones públicas, en las empresas privadas y prácticamente en todo lado (la justicia no tiene remedio). Cualquiera que esté en el puesto de decidir algo termina optando por favorecer a sus allegados o favorecerse a sí mismo. Es una especie de impuesto canalla el que se cobra. El que te da algo te cobra. No importan los méritos. No importa ninguna ética. Lo triste es que las universidades, allí donde nos formamos, son criaderos de este comportamiento.
¿Por qué actuamos así? Ya vamos siglos reproduciendo la misma mediocridad. Hay catedráticos que no tienen la menor idea de lo que están enseñando pero están ahí porque a alguien le conviene o alguien se beneficia, y si se sabe mover como un lagarto puede llegar muy lejos sin haber partido de ninguna parte.
Por eso me parecen tan valiosas las personas como Emma. Porque en medio de toda esta mediocridad se toman en serio la vida y se toman en serio la escritura. Para mí eso es mucho, porque escribir es difícil, y hay que valorar a todo aquel que toma esa decisión. Pero lo que realmente es difícil es no conformarse. Y ella parece que no se conformaba.
La última ponencia que hizo sobre la poesía boliviana me sorprendió por la lucidez y sobre todo por la conciencia crítica, esa conciencia crítica que surge después de mucha pasión, de mucho trabajo y de mucha lectura. Emma sabía lo fácil que es que a cualquiera le digan poeta, y lo difícil que es escribir para un verdadero poeta. Eso se reflejaba en su humilde generosidad.
Cuando un escritor muere, muchos aprovechan la situación para escribir sobre él (en este caso, sobre ella). Muchos aunque no la hayan leído o valorado en vida, seguramente ahora podrían hacer una oda en su honor. En cambio los verdaderos amigos, las personas que la amaban y valoraban escribirán poco o nada. Quién sabe si nunca podrán decir una palabra al respecto. Conozco a algunas de las amigas cercanas de Emma y sé que realmente su partida las llenó de tristeza. Yo no era su amigo y la leí muy poco. No quiero ser un farsante, lo digo humildemente. Lamento mucho la pérdida de esta generosa colega y mi única intención es agradecer por su camino y por su poesía.
En uno de los poemas de Madre Tiniebla de Enrique Gómez-Correa, aquel libro que me traje de Chile gracias a ella, están escritos unos versos poderosos que quisiera citar a manera de homenaje:

“Los heridos que deja la soledad / o la tiniebla / terminan siempre por irradiar luz / Una luz incandescente capaz de / hacer resistir los embates de las olas / O tal vez desafiar los cielos cruzados / por relámpagos y crueles / escarabajos / Allí el sol cumple con sus obligaciones/ conyugales / y la luna se deleita a sus anchas / en los juegos del amor y del mar / porque ahora pueden abrirse puertas / y ventanas / para que entre el calor / que dora las espigas transparentes / de las almas incontaminadas / entre las cuales suelen contarte / a ti”.

Creo que esa es la luz de la poesía, la luz del talismán que lo transforma todo, la luz que se hace posible cuando se construyen puertas y ventanas. Me alegra saber que ahora la obra de Emma Villazón será leída con la atención que merece. Lo que me entristece es que para eso haya tenido que desaparecer.


lunes, 24 de agosto de 2015

La palabra teleférica

La Feria del Libro

La primera Feria del Libro de La Paz y la poco conocida pre-historia de Juan Pablo Piñeiro escritor.



Juan Pablo Piñeiro

Me parece que fue en octubre o en noviembre de 1996 cuando se llevó a cabo la primera Feria Internacional del Libro de La Paz. Me acuerdo bien. La hicieron en el Círculo Aeronáutico de Los Pinos.
Y si digo que me acuerdo bien es porque me emocionó asistir a esa feria. Yo tenía 15 años y quería ser escritor. En verdad, según yo, ya lo era, pues durante tres meses escribí mi primer libro, si es que lo podemos llamar así. Se llamaba Mi pequeña parte  y constaba de 12 capítulos distribuidos en 60 páginas. En el prólogo se hablaba del sol, de la luna y de los charcos. Lamentablemente en un tono didáctico que rozaba los límites de la llamada literatura de autoyuda.
Eso no significa que aquel pecado de adolescencia no haya tenido algunos capítulos un tanto extraños, como el que contaba el encuentro del narrador con un viejo en la selva, un viejo que tenía enjaulado a un pájaro invisible, o el capítulo en que a partir de una sucesión de colores se guiaba al lector por las profundidades interiores de quién sabe quién. Lo demás gracias a Dios no lo recuerdo.
De todas maneras entre y chiste y chiste se perdieron las tres copias que imprimí. La primera copia la hice justamente para la Feria del Libro. La puse en un sobre manila y escribí el título con marcador. Quería que me den unos consejos de escritura o quizás simplemente quería que me dijeran: “bien chango, de tan joven escribes”. A esa edad la vanidad no se disimula.
La cosa es que ni corto ni perezoso convoqué a un amigo metalero que vivía justamente en Los Pinos y nos fuimos a la primera Feria del Libro. El invitado internacional era nada más y nada menos que J.J. Benítez. Y me parece que no tuvieron que traerlo porque este señor ya estaba en tierra boliviana. Andaba tras una pista que le había dado un periodista del diario La Patria en Oruro en la que se afirmaba que en una población cercana al Salar de Uyuni habrían aparecido unos hombrecillos en sillas voladoras y que mataron con inyecciones a 35 ovejas.
Este evento fue fundamental para los Ummitas y para todos los interesados en el planeta Ummo, como escribiría un tiempo después Benítez. Así que como estaba por aquí, metido en sus cosas, debe haber sido contactado para llegar a la primera Feria del Libro.
Yo no sabía nada de este señor, y tampoco lo había leído. En verdad nunca lo leí. Mi papá sabía quién era, me dijo: “es uno que dice que Jesucristo es extraterrestre”. A mí eso no me importó quizás porque este señor Benítez era el invitado principal. Por algo sería. Resulta que le pusieron una pequeña mesa en el segundo piso para que la gente hiciera cola y hablará con él.
Mi amigo metalero y yo nos pusimos en la fila. Debo confesar que estaba muy nervioso. La gente de la fila en general llevaba sobres manilas como yo, así que me sentí más relajado. Ahora me doy cuenta de que estaba rodeado de ufólogos y platillistas de toda índole.
Después de esperar un buen rato, al fin me tocó dialogar con el escritor. Le conté que ese era mi primer libro y que quería que lo lea para que me dé una opinión. Por mí se lo leía sobre el pucho. En cambio Benítez me miró sin mucho interés. Y ahora lo entiendo, no tenía mucho sentido lo que le estaba pidiendo. En ese tiempo yo no conocía a nadie con correo electrónico, así que no había forma de que me mande un comentario, ya que no creo que se hubiera tomado la molestia de mandarme una carta. De alguna manera yo pensaba que el invitado  podía leer el libro ahí mismo. Por eso saqué la copia del sobre y se la mostré. Benítez me paró el carro de entrada y me dijo que era mejor que me guarde la copia para mí y que necesitaba trabajar mucho. No me quiso dar ni un consejo más, gracias a Dios. Y ese día aprendí que los consejos buenos no solamente son los que a uno le dan sino también los que a uno no le dan.
Después la feria fue creciendo y cambiando de lugar. Era una temporada del año que yo siempre esperaba con ilusión hasta que publiqué mi primera novela. La publiqué sin editorial y la distribuí yo mismo en las librerías de la ciudad. Por eso según yo, la encontraría en distintos stands.
Nunca la encontré. Después supe que la Cámara del Libro no permitió su entrada justamente porque no tenía editorial. Creo que ese tipo de actitudes fueron mejorando con la aparición de la “Contraferia”, que mientras duró se encargó de abrir espacios alternativos de lectura. Aún así, a pesar de las fallas, la feria ha ido madurando con los años y eso se nota en el público que cada vez asiste más interesado a las actividades culturales. Me parece de que no se trata de decir qué está bien o que está mal. Se trata de entender que todo crecimiento implica un proceso y que si bien falta mucho, por lo menos se está avanzando.
Hace una semana concluyó la vigésima versión de la Feria del Libro y para muchos fue una de las mejores, sobre todo debido al nutrido y elaborado programa cultural que se ofreció al público. Tanto los invitados internacionales como los invitados nacionales, muchos de ellos traídos desde el extranjero, le dieron un especial brillo a este evento. 
La organización tuvo el acierto de articular la participación de estos escritores en diferentes presentaciones, coloquios y debates. Para esto fue importante el aporte de la Carrera de Literatura, como también el de los organizadores de las Jornadas de Literatura Boliviana. Sin embargo, el mayor mérito del éxito que ha tenido el programa cultural de este año lo tiene Marcel Ramírez que es uno de los miembros de la Cámara Departamental del Libro y que al parecer tiene la lúcida visión de que sin el programa cultural esta feria sería simplemente como un supermercado de libros, y no precisamente uno barato.
Con Marcel ha trabajado mucha gente pero hay que destacar principalmente la labor de Wara Godoy y Mary Carmen Molina que pusieron todo de su parte para cumplir con las tareas de logística y organización. Todavía queda mucho por hacer, los libros tienen que llegar más a la gente, pero lo que nos da esperanza es la cantidad de editoriales nacionales que están trabajando bajo esta misma línea.

Lo que nos da esperanza es que se ha entendido la importancia de invitar a escritores para que dialoguen con el público, aun cuando ese público solamente esté compuesto por ufólogos, platillistas y quinceañeros.

sábado, 18 de julio de 2015

La palabra teleférica

Corazón de dragón

Un comentario de la reciente producción documental del cineasta ítalo-boliviano Paolo Agazzi.

 
Una escena del filme Corazón de dragón. (Foto: Gustavo Soto)
Juan Pablo Piñeiro

El pasado 7 de julio se realizó en la Cinemateca Boliviana la premier de Corazón de dragón, el primer documental del reconocido director Paolo Agazzi.
Cuando terminó la película la mayoría de los asistentes se quedaron literalmente mudos y salieron de la sala en silencio, algunos porque se quedaron pensativos y otros porque se dejaron sobrepasar por la emoción y las lágrimas.
Y no es de extrañarse porque este documental tiene la virtud de interpelar profundamente al espectador ya que devela, sin recurrir en ningún momento al patetismo o la morbosidad, la situación de los niños que sufren de cáncer en el país. Obviamente este es un tema muy difícil de abordar y es este hecho el que hace de Corazón de dragón una gran apuesta ética y estética. 
La cinta narra la historia de diferentes niños del país como la de sus respectivas familias. El personaje principal es Sebastián, un niño que sufre de una extraña enfermedad: tiene un tumor en el corazón. Un tumor que le agranda el corazón.
Quizás por eso Sebastián es una persona luchadora y solidaria, que a través de sus habilidades para el origami, logra animar y dar fuerza a sus compañeros de sufrimiento. El origami se convierte entonces en una especie de faro en medio de la oscuridad y por lo mismo en el documental se transforma en el elemento estructurador de todas las historias.
De Paolo Agazzi aprendí muchas cosas y siempre le agradeceré la oportunidad que me dio, cuando yo era muy joven, de ingresar al mundo de la creación cinematográfica. En muchas conversaciones que tuvimos sobre el cine y sobre la crítica de cine, Paolo siempre resaltó que la manera ideal de abordar una obra de arte, especialmente cinematográfica, es analizando la ética y la estética de la misma. Lo fundamental, para él, es que ambas dimensiones de análisis se deben complementar y no pueden desligarse. En mi humilde experiencia creo que tiene toda la razón.
Bajo esta premisa creo que las dimensiones ética y estética de Corazón de dragón se complementan y están muy bien logradas. El elemento integrador de estas dimensiones es el origami.
En el nivel estético del documental el origami se convierte en el elemento estructurador de la historia porque permite transitar entre las diferentes experiencias de los niños retratados en la cinta. Además, el origami permite que el documental se nutra de técnicas distintas como la animación, lo cual es significativo porque en medio de la sordidez y las dificultades de las historias de vida, el origami representa aquello que los niños nunca pierden ante la enfermedad, la ilusión de jugar, de soñar y de ser felices.
En general el punto de vista se centra en las historias de vida de las familias antes de llegar al hospital, por lo mismo a los niños los vemos muy poco en su tránsito por el oncológico. El uso de la animación es muy importante porque permite al espectador la posibilidad de participar de la imaginación de los niños, en medio de la tragedia que representa enfermarse de cáncer, especialmente en nuestro país.
Otro de los logros importantes de Corazón de dragón, en el nivel, estético es la música. La composición de la misma estuvo dirigida con gran acierto por Alejandro Rivas, quién recibió la colaboración de varios músicos reconocidos del país como Vero Pérez, Vadik Barrón y Alfonseka entre otros.
Sin embargo, el mayor logro estético desde mi punto de vista está en la fotografía, la cual pertenece a Gustavo Soto. La cámara respeta en todo momento lo que podríamos denominar como “la intimidad del dolor”. Cuando la cámara ingresa al oncológico y muestra a los protagonistas, siempre lo hace a través de las ventanas de las habitaciones, desde afuera de las habitaciones, como un testigo silencioso que quiere mostrarlo todo sin caer en la morbosidad o el patetismo.
Este último detalle nos puede ayudar a entender mejor la dimensión ética de la obra pues el tema es muy difícil de retratar. ¿Cómo mostrar a estos niños sin caer en la tentación de la morbosidad? ¿Cómo lograr acercarse a ellos y a sus familias en momentos tan difíciles? ¿Cómo retratarlos en el sufrimiento y en la enfermedad?, y sobre todo, ¿cómo lograr construir un mensaje fuerte que permita repercutir en la sociedad para incentivar la solidaridad tanto de personas como de instituciones en favor de este sector tan desprotegido y abandonado?
Hace poco me contaron que muchas de las campañas que se realizan para ayudar a los niños con cáncer del país nunca llegan a sus beneficiarios. Esta clase de personas hacen que hasta los ladrones de bancos parezcan modelos éticos a seguir. ¿Con qué escrúpulos se pueden apropiar de fondos destinados a los que más sufren? ¿Será que entienden el daño que hacen? ¿Será que conocen la historia de vida y la lucha de estas familias por salir adelante?
Ante estas macabras preguntas uno valora aún más el trabajo de Agazzi y de su equipo. Creo que la única manera de retratar un tema tan fuerte es involucrarse plenamente en la vida de los personajes. Es decir construir una relación honesta y verdadera donde el realizador involucre también sus sentimientos.
Todos los miembros del equipo con los que pude conversar, como Sergio Medina o Jesús Rojas, se sintieron profundamente tocados por la relación con estos niños. Este es el valor ético de esta cinta: el punto de vista de sus realizadores. Y ese enfoque es el que permite que el documental en lugar de usar a sus protagonistas, genere un verdadero llamado de atención a nuestra sociedad en su conjunto.
Lo más lindo del documental es descubrir la valentía de estos niños. Es entender que ante los problemas verdaderamente graves, el ser humano apela a las fuerzas más puras que guarda en su interior, quizás sin saberlo.
Lo más fuerte del documental es saber que en muchas ocasiones estos niños son abandonados por sus propios padres y que en su lugar siempre hay una abuela, o una tía o una hermana que asume sin miedo el compromiso del amor.
Lo más duro del documental es entender que aunque hemos avanzado mucho como país, aún tenemos una deuda muy grande con los sectores más precarios y desprotegidos de la sociedad, y que en esto debemos trabajar todos juntos.
Corazón de dragón tendrá algunas funciones de beneficencia este mes en el eje troncal. El 30 de julio entrará en cartelera. Sinceramente les recomiendo no dejar de ir.


sábado, 20 de junio de 2015

La palabra teleférica

El mataburros boliviano

Elogio de un clásico, el Diccionario de bolivianismos de Nicolás Fernández Naranjo y Dora Gómez de Fernández.



Juan Pablo Piñeiro

“Vistos al Illimani”, es un giro verbal boliviano que ha dejado de usarse hace un tiempo. Para entender plenamente su significado podemos tomar dos caminos, el de la teletransportación y el de la definición.
El primer camino a la vez se divide en dos opciones determinadas por la edad del lector. Si usted ha ido a la escuela en la década del 50 entonces apóyese en sus recuerdos para teletransportarse a algún colegio de la ciudad.
Si no, simplemente imagine que está caminando por el patio de algún establecimiento educativo junto a un compañero en el año 1957.  El compañero descubre que algo brilla en el suelo. De inmediato y con mucha habilidad  levanta un objeto. Es un trompo. Un trompo maravilloso. Entonces para asegurar la propiedad del juguete encontrado el compañero pronuncia el conjuro legitimador diciendo “vistos al Illimani”. Esto significa que ahora el trompo es suyo. Gracias a esta expresión cualquier escolar podía convertirse en el propietario verdadero de todo lo hallado.
El segundo camino para entender esta frase boliviana es el de la definición. En este caso lo que corresponde es consultar el Diccionario de bolivianismos de los esposos Nicolás Fernández Naranjo y Dora Gómez de Fernández.
El cuarto suplemento de este diccionario está dedicado a los giros verbales bolivianos y en la letra V, se puede leer la definición de “vistos al Illimani”. Dice: “expresión escolar con que se pretende legitimar la posesión de un objeto hallado”. La frase que se define a continuación es “volver estampilla” que claramente alude a una amenaza de paliza. Y así muchas más.
La primera edición del Diccionario de bolivianismos se agotó rápidamente debido a la sana curiosidad que a veces sentimos por entender las palabras que pronunciamos. Yo tengo la segunda edición publicada en 1967 por la editorial Los Amigos del Libro. Es recomendable leerla como si se tratara de un libro de poesía porque muchas de las palabras que son definidas poseen un manifiesto poder evocador. Evocan para revelar.
El Diccionario de bolivianismos puede ser leído también en una reunión de amigos, abriendo las páginas al azar para pulir la conversación mediante el humor. Si tenemos la suerte de embarcarnos en una seguidilla de definiciones maravillosas, seguramente terminaremos ahogados de risa.
La parte principal contiene las definiciones de palabras que han sido acuñadas en el castellano boliviano, así como también las acepciones que han adquirido palabras ya existentes al ser pronunciadas en estas tierras.
Así por ejemplo uno puede encontrar la definición de palabras como gualaycho, manazo, macana, chiripa o itapallo. Uno puede descubrir que la mayoría de estas palabras vienen del aymara o del quechua. Para muestra un botón, chiripa se define como “el resultado de una causalidad feliz”, y tiene su origen en la palabra aymara chiripa que significa pepa.
Como les decía, además de las palabras que nacen en el castellano boliviano, en el diccionario también están definidas las palabras que adquirieron nuevas acepciones por su uso en el país.
Un buen ejemplo es el verbo “chocolatear” que se define como “vocablo usado en cuarteles para indicar el castigo del chocolate”. O el uso de suspirar cuando uno se refiere al despilfarro de una fortuna: “en un mes ha hecho suspirar su herencia”. Así como la curiosa acepción de derramar, que se define como “perder algo por descuido”.
Por otro lado uno puede entender que si alguien trabaja para la “Compañía Vaguinson” seguramente es porque es un vago de siete suelas. Que un mirame-y-no-me-atoques es “una persona melindrosa, llena de embelecos y dengues”. Y que un moscamuerta es un “hipócrita, persona que procede con disimulo y picardía”. Y así cada definición marca un rumbo distinto y nos ofrece suculentas opciones para entender mejor las palabras que pronunciamos.
Además del corpus principal el diccionario posee siete suplementos muy interesantes. El primero hace un listado de palabras aymaras y quechuas de uso corriente en el castellano popular. Así uno encuentra las definiciones exactas de achuntar, tutuma, tijchar o thunkuña.
El segundo suplemento enfoca su atención en los paralogismos del verbo como los que se producen en el verbo coser que en su modo indicativo presente utiliza el “yo cuezo, tú cueses, él cuece y ellos cuecen”.
El tercer suplemento está destinado a los giros verbales bolivianos.  Entre ellos además del ya mencionado “vistos al Illimani”, se encuentran sabrosos giros como “sin asco”, “un kilo de cosas”, “jalar la lengua”, “echar una craneada”, “hasta por ahí nomás” o “estar de chaqui”. En la definición de la frase “irse al país de los calvos” se puede leer: “morirse, ir a dar con sus huesos al cementerio. Esta figura alude a que las calaveras son calvas”.
El cuarto suplemento es una selección de paremias bolivianas, nuevamente utilizando suculentas definiciones de paremias como “la venganza es chamuña”, “no hay hierba contra las jorobas” o “vamos a ver cuántos pares son tres botines”.
El quinto suplemento está dedicado a los vocablos aymaras y quechuas que son usados en el castellano popular de países americanos. Muchos podrán descubrir que la famosa “cancha” que aman los argentinos y en general todos los aficionados al fútbol viene de un vocablo quechua. Del aymara viene macurca, ojota o paspar, como muchas otras palabras.
El sexto suplemento es uno de los más extraordinarios del libro, es la sección dedicada al apodo boliviano. La precisión que tienen muchas definiciones sobre todo en lo que se refiere al apodo aymara, permite imaginarnos por lo menos a un conocido nuestro por cada apodo.
Kukuluruya es un apodo que significa “cara de pepa de durazno” y se aplica a un rostro surcado por arrugas y cicatrices. Un wakañawi (ojos de vaca) es una “persona de ojos grandes y mirada plácida y triste” y un tajmara (que es el sobrenombre que se puso Isaac Tamayo) es “un pobre diablo”. El séptimo suplemento está destinado a las incorrecciones fonéticas.
Este libro es una de las joyas de la literatura boliviana y hace mucho tiempo estaba con ganas de hacer antojar su lectura, ya que como dicen “más vale oler a burro que a muerto”.