jueves, 21 de agosto de 2014

Ojo de Vid

Cortázar cuentista

Un capítulo del libro Consejos para escribir más mejor (Kipus, 2014)  que el autor acaba de presentar, se ajusta al homenaje al autor de Rayuela en su centenario.


Ramón Rocha Monroy en la tumba de Cortázar.

Ramón Rocha Monroy

1.- Pocos cultores del cuento en castellano hay tan sugestivos como Julio Cortázar, que escribe imanes, campos magnéticos que atrapan al lector y lo seducen hasta reclutarlo, imperceptiblemente, en una nueva ética de la mirada y la palabra signadas por el  azar, la patafísica, el sentimiento de no estar del todo, el asombro ante el resuello vital de las cosas aparentemente inanimadas y el amor por los gestos y actos gratuitos, desprovistos de utilitarismo, gravedad, distinción o jerarquía social.
“Para volver a crear en el lector esa conmoción que lo llevó a él a escribir el cuento, es necesario un oficio de escritor, y que ese oficio consiste, entre otras cosas, en lograr ese clima propio de todo gran cuento, que obliga a seguir leyendo, que atrapa la atención, que aísla al lector de todo lo que lo rodea para después, terminado el cuento, volver a conectarlo con su circunstancia de una manera nueva, enriquecida, más honda o más hermosa. Y la única forma en que puede conseguirse ese secuestro momentáneo del lector es mediante un estilo basado en la intensidad y en la tensión, un estilo en el que los elementos formales y expresivos se ajusten, sin la menor concesión, a la índole del tema, le den su forma visual y auditiva más penetrante y original, lo vuelvan único, inolvidable, lo fijen para siempre en su tiempo y en su ambiente y en su sentido más primordial”.
2.- El cuento y el poema generan campos magnéticos que propician la aproximación mayor de la prosa a la poesía. No están sujetos a leyes, pues cada autor es legislador de sus propias normas y puede revisarlas, según su construcción espiritual, cada vez que necesita una nueva “constituyente”.
“Nadie puede pretender que los cuentos sólo deban escribirse luego de conocer sus leyes. En primer lugar, no hay tales leyes; a lo sumo cabe hablar de puntos de vista, de ciertas constantes que dan una estructura a ese género tan poco encasillable”.
3.- El cuentista debe aproximarse a esa conmoción previa a la escritura con inocencia y máxima apertura de sus sentidos; actitud que uno se siente tentado de sugerir también al lector, pues si se acerca con prejuicios, preconceptos y suficiencias de avezado crítico, es posible que altere el campo magnético, que no se deje atrapar como una partícula por un imán.
4.- No hay consejos previos infalibles, no hay dogmas sobre el arte del cuento, porque “el tema comporta necesariamente su forma”. En principio apenas se tiene una situación, un punto de partida hacia un camino que el autor (como el lector) no sabe adónde lo llevará. La única certeza que lo acompaña es que se ha empeñado en “una carrera contra el reloj” en la cual sólo puede disponer de “una máxima economía de medios”.
La experiencia le enseñó a Cortázar a desconfiar del amigo de café que ha planeado previamente todos los movimientos de un cuento, de una novela, cuánto más de un libro de poemas. “Hay escritores que proyectan escribir un libro y se lo cuentan a usted en detalle, en un café, todo está listo, todo planteado: cuando lo escriben, generalmente es un mal libro”.
5.- El cuento es a la fotografía lo que la novela al cine. Como la fotografía, el cuento practica el encuadre de una situación ceñida por el espacio y el tiempo. Como en ese campo reducido de la foto, nada puede ser gratuito ni excesivo en el cuento. Pero así como el fotógrafo escoge conscientemente el encuadre para usarlo estéticamente, así el cuentista debe ceñirse a esa limitación a medida que corre al desenlace y, como todo corredor atribulado por el peso de su equipaje, deja flecos, descripciones y escenas inútiles en el camino.
No obstante, ese recorte arbitrario de la realidad es como un flash, un resplandor que ilumina una realidad más amplia a través de múltiples alusiones implícitas. El fotógrafo o el cuentista escogen un símbolo, un icono, un motivo que obrarán en el lector como un catalizador, como la levadura en la masa, como un conjuro de una visión mayor, ubicada “mucho más allá de la anécdota visual o literaria contenidas en la foto o en el cuento”.
Cortázar ha ilustrado esta percepción en el cuento Las babas del diablo, que sirvió para el filme de Michelangelo Antonioni Blow up: un fotógrafo ha tomado una fotografía que amplía y amplía hasta revelar un elemento al principio invisible que revelará el secreto final del cuento.
6.- Como en el boxeo, “la novela gana siempre por puntos, mientras que el cuento debe ganar por knockout”.
“Un buen cuento es incisivo, mordiente, sin cuartel desde las primeras frases. No se entienda esto demasiado literalmente, porque el buen cuentista es un boxeador muy astuto, y muchos de sus golpes iniciales pueden parecer poco eficaces cuando, en realidad, están minando ya las resistencias más sólidas del adversario”. Por eso las primeras palabras de un buen cuento, el plan de apertura de las fichas en el tablero no tienen “elementos gratuitos, meramente decorativos”.
7.- En el cuento, tiempo y espacio son elementos condensados, “sometidos a una alta presión espiritual y formal” que provoca el knock out. Como el jazz, el cuento tiene tensión, ritmo, pulsación interna, lo imprevisto dentro de parámetros previstos. Cortázar habla de una “libertad fatal”. Por eso Cortázar tiene un concepto muy severo del cuento. Si se aproxima a él con inocencia, el producto debe compararse con una esfera, con “un ciclo perfecto e implacable” en el cual el inicio, el nudo y el desenlace se ordenan como en el interior de una esfera, donde “ninguna molécula puede estar fuera de sus límites precisos”.
8.- Como en el jazz, el ritmo del cuento es decisivo. Es el pulso que indica que no te has alejado del camino, pues apenas éste se pone pedregoso, es que te has desviado y debes volver atrás para seguir en la autopista.
9.- No hay temas buenos ni temas malos; hay solamente un buen o un mal tratamiento del tema. No hay personajes buenos ni malos, pues “hasta una piedra es interesante cuando de ella se ocupan un Henry James o un Franz Kafka”.
Tratamiento bueno significa generar una tensión de arco que ha de lanzar una flecha al centro del blanco desde el inicio. En esa tensión, quedan fuera personajes y situaciones secundarios: son exorcizados y rechazados como si se tratara de virus, de “criaturas invasoras”. Pero el exorcismo obra también sobre los personajes irrenunciables:
10.- En la abigarrada realidad de cada día, el cuentista, como el fotógrafo, escogen un tema que a veces no se escoge propiamente sino que se impone irresistiblemente al margen de la voluntad y de la razón del artista, como si éste fuera un médium a través del cual se manifiesta “una fuerza ajena”.
El tema puede ser apenas “una anécdota perfectamente trivial y cotidiana”. Si es tratado adecuadamente, se convertirá en un imán, un campo magnético que convoca en el autor y en el lector “un sistema de relaciones conexas”.
El tema no tiene importancia per se. La obtiene si se produce esa “alianza misteriosa y compleja entre cierto escritor y cierto tema en un momento dado, así como la misma alianza podrá darse luego entre ciertos cuentos y ciertos lectores”. El producto es ese flash, esa explosión de luz que ilumina múltiples radios en el vientre de esa esfera que es la condición humana.

“Todo cuento perdurable es como la semilla donde está durmiendo el árbol gigantesco. Ese árbol crecerá entre nosotros, dará su sombra en nuestra memoria”.

Sombras nada más

El Cronopio y el tiempo


Julio Cortázar, un clásico de cien años que resiste indemne el paso del tiempo



Gabriel Chávez Casazola

Ser un autor clásico, en literatura, tiene sus riesgos. Para comenzar, que todos hablen de ti pero nadie te lea, o al menos que nadie te lea por gusto, sino un poco obligado por la convención social, la academia y la escuela. 
Eso hace que te lean poco, mal y nunca, que se queden de tu obra (y de ti) con unas cuantas nociones generales, algunos párrafos célebres (¿verdad, querido Cervantes?), dos o tres lugares comunes (las mariposas amarillas se te revuelven en el estómago, ¿no Gabo?), y que en general te aborrezcan en secreto aunque te citen con cierta frecuencia. 
Eso, y el agravio de las exhaustivas-ediciones-críticas, que intentan agotar explicaciones a pie de página para todo lo que escribiste, sin que muchas veces siquiera se te haya pasado por la mente mucho de lo atribuido.
Además, el vejamen de las lujosas-ediciones-conmemorativas, destinadas a adornar bibliotecas que generalmente están de adorno, a ser bonitos objetos para regalar envueltos y con moña. 
O, más grave aún, la publicación de hasta el último inédito que no supiste o no te atreviste a quemar a tiempo; la aparición de tus cartas privadas a alguna novia remota que, por sí misma o por sus descendientes, terminó vendiéndolas al mejor postor; la edición de compilaciones de todo lo que salió de tu pluma, hasta el más remoto artículo perdido en un pueblo de provincia e incluso un poemita garabateado a la tierna edad de 10 años.
Ser un clásico en literatura tiene sus riesgos, decíamos. El mayor, quién sabe, no poder sobrevivir a tanta fama junta y quedar convertido en un nombre en las enciclopedias (que además ya casi ni existen). El que la memoria de tu nombre rebase a tu obra y la vele y la fagocite y la suma en un áureo olvido.
¿Se lee ahora a Cortázar? ¿Habrá sobrevivido? Si bien hay quienes dicen que en la Argentina “está un poco de moda pegarle a Cortázar” -¿cómo no, en una sociedad que ejerce minuciosamente el “modesto ejercicio de la crítica”- y que se ha convertido en un desvaído autor de texto para los estudiantes, que las nuevas generaciones conocen poco y leen menos, un paseo por las librerías porteñas arroja luces en sentido contrario. 
He visto gente de toda edad preguntar por sus libros y llevárselos, y muchas nuevas ediciones de sus obras, con valor agregado más o menos real (pienso en una, muy reciente, que por supuesto no compré, de las Historias de cronopios y de famas, ilustrada, donde alguien se atrevió a dibujar a los pequeños objetos verdes y húmedos y les quitó parte de su magia).
Y también se han publicado y se venden varios libros del “universo Cortázar”, algunos de los cuales sí compré, con el gusto de descubrir que más que acercamientos anecdóticos sobre su vida o que estudios farragosos sobre su literatura, se trata de abordajes más creativos, más híbridos (como a él le hubiera gustado), donde vida y obra se confunden, cofunden y alimentan una a la otra (como, creo, fue su caso).  
Entre estos libros recomiendo, sin duda, uno escrito por Diego Tomasi y llamado Cortázar por Buenos Aires, Buenos Aires por Cortázar (Seix Barral, 2013), que so capa de bucear en la relación, siempre un poco conflictiva, un mucho apasionada, llena de distancias y retornos, entre Julio y la ciudad (¿imaginaria?) que puebla su literatura, nos ofrece un retrato muy fresco del autor y claves harto valiosas sobre distintos aspectos de su escritura y de su mundo interior.
Es verdad que parte de este renovado interés puede tener que ver con su centenario natal, pues estas conmemoraciones suelen ser propicias para rescatar a un autor de su calidad de clásico, para desempolvarlo (y si es así, bienvenidas sean). Pero me animo a decir que más allá de los amores y los olvidos en su país y de los pequeños fastos de este su centenario, Cortázar ha pasado indemne la prueba del tiempo.
Sigue mirándonos, con sus ojos de niño eterno, desde las fotografías que nos revelan un espíritu puro, ingenuo incluso, más inquebrantable; trascendido, ajeno al correr del tiempo y sus estragos, un alma incapaz de avejentarse, que eligió seguir maravillada para siempre.
Y sigue hablándonos, con su voz gruesa que arrastra las eres, desde las páginas de sus libros, que a muchos nos influyeron tanto y nos cambiaron la vida, como aquella Rayuela leída en un lluvioso enero de 1987, y que estoy seguro pueden seguir influyendo y cambiando la vida a otros lectores de hoy y del futuro y de muchas maneras.  
Pensando en él y en un texto suyo -Amor 77- que tuve pegado alguna vez en mi casillero de universitario, incluí en mi libro más reciente un breve poema que reescribe ese texto (otro de los riesgos de los clásicos) a manera de homenaje y de recuerdo para ese hombre alto y sutil que nos enseñó a mirar dentro nuestro sin concesiones fáciles. Titula Amor 77 revisited y con él cierro la tienda creativa por ahora y me apresto a salir a la rutina:

Poner la pila al reloj / encender el celular  / y / –como aquellos olvidados personajes de Cortázar- / levantarnos, bañarnos, entalcarnos, perfumarnos, peinarnos, / vestirnos / y así progresivamente / volver a ser lo que no somos.  //  O lo que somos, /que es aún peor.

La palabra teleférica

El muerto y lo teleférico

Una crónica de algo que no fue, pero pudo o debió haber sido. A 28 años de la muerte de Jaime Saenz.



Juan Pablo Piñeiro / escritor

Teleférico, etimológicamente, es aquello que te lleva lejos, que te lleva más allá, lo que comprueba que todas las palabras portan en el misterio de su origen, el vasto universo que nombrarán en el futuro.
Los significados se acomodan con el tiempo según el uso y la realidad que convocan, y algunas veces las palabras se tornan insuficientes y se rinden ante lo que quieren nombrar. Por ejemplo, el teleférico de La Paz no puede definirse únicamente como aquello que te lleva lejos, o que te lleva más allá, sobre todo después de los acontecimientos acaecidos durante las últimas semanas.
Y es que este colosal gusano aéreo que ha encontrado refugio entre los barrios esenciales de la ciudad, ha provocado desordenes de todo tipo en la imaginación de los paceños, tanto de los vivos como de los muertos.
Para muestra un botón, hace un par de semanas una radio local entrevistó a un funcionario del teleférico que se identificó como Diosdado Vera. El trabajador de la empresa, a pesar del cavernoso timbre de su voz, pudo explicar con claridad varios detalles acerca del funcionamiento de este portentoso medio de transporte.
Muy preparado, pues conocía con deslumbrante precisión cada aspecto del proyecto, el hombre además contó entrañables anécdotas acerca de la instalación de la línea. Contó, por ejemplo, que durante la construcción del sistema de transporte muchos vecinos del lugar comenzaron a soñar con pequeñas hormigas negras que caminaban desdeñosas y emperifolladas por el aire.
Lo interesante era que nadie sabía que su vecino podía estar soñando lo mismo, hasta que en una reunión de planificación con la junta del barrio, descubrieron entre todos la singular coincidencia onírica.
Más allá de eso, lo que en verdad impactó a la radioaudiencia fue la confesión que hizo Diosdado Vera, cuando le preguntaron por el día en que el teleférico quedó detenido por 25 minutos en el aire.
La versión oficial atribuye la responsabilidad a un niño. El mismo habría tocado un botón que no está permitido tocar a no ser en caso de emergencia. Pero eso no fue lo que dijo el señor Diosdado Vera. Sin previa advertencia, reveló que la empresa tiene pruebas de que hay algunas noches en que los muertos aprovechan la cercanía de la estación de Ajayuni, para poner en marcha el enjambre metálico y realizar en las cabinas sus fiestas particulares. Son noches en que la ciudad se llena de neblina y por eso nadie se percata de la travesura.
El funcionario aclaró que debido al uso excesivo de la energía del teleférico en la bulliciosa reunión que tuvieron las almas la noche anterior al suceso, el teleférico diurno tuvo que suspender por unos minutos su funcionamiento. El conductor del programa, asombrado por la declaración del entrevistado telefónico, pensó inicialmente que se trataba de una broma. Más adelante se fue por la tangente y comenzó a decir que es nuestra tradición creer en esas cosas, que seguramente las “almitas” deben estar caminando por ahí, pero que esa no parecía ser una razón creíble para la suspensión del funcionamiento del teleférico.
Diosdado Vera escuchó sin opinar, y después, sin tomar en cuenta nada de lo que dijo el locutor, continuó revelando los detalles de este extraño suceso. Al parecer, una madrugada, el personal de limpieza encontró un sobre que habían olvidado los muertos la noche anterior. En el sobre había una invitación, estaba escrita con imponente caligrafía y hacía gala de un lenguaje florido repleto de palabras exquisitas.
Al parecer algunos muertos estaban planificando una fiesta para el sábado 16 de agosto. Diosdado Vera, afirmó que las autoridades del teleférico quisieron cortar de raíz los rumores y decidieron anticiparse a la celebración.
Un poco escépticos convocaron a los cazafantasmas bolivianos, los cazafantasmas CIPCOBOL, Leao Armas y Topacio Falcon. Después de brindar esta última información, Diosdado Vera colgó el teléfono. El locutor se quedó en ayunas.
Resulta que el sábado anterior efectivamente Topacio Falcon y su familia asistieron a Ajayuni con todos sus equipos. Muchos periodistas curiosos también se dieron cita pues no podían perderse la primicia.
Los espectómetros se volvieron locos, pues fueron detectadas miles de almas, aunque ninguna en actividad. Leao Armas explicó que eso siempre pasa cuando se ponen estos detectores en un cementerio. Más allá de eso no pasó nada. A pesar de que hubo neblina, nadie escuchó la supuesta fiesta y se determinó que todo lo referente a la famosa invitación había sido un engaño.
Yo puedo afirmar que sí hubo tal fiesta, y les voy a explicar mis razones. En primer lugar, los funcionarios del teleférico no están autorizados a dar entrevistas. En segundo lugar, el hombre se llamaba Diosdado Vera, y ese es el pseudónimo que usaron en cierta ocasión Jaime Saenz y Jesús Urzagasti para mandar una carta a un periódico en nombre del procurador de Lambate.
La carta la pusieron en un sobre cuadrado de color celeste que Saenz había conseguido donde las veleras. En la carta el procurador se quejaba de que los platillos voladores entraban por detrás del Illimani para de inmediato salir tostando.
Además, Diosdado Vera, se quejaba de que estos extraterrestres hablaban en un castellano que dejaba mucho que desear, rematando la misiva con una extraordinaria preocupación “no nos hacen nada, pero tampoco nos molestan”.
Diosdado Vera, el funcionario, era parte de la trampa. Con toda la atención de las autoridades y la prensa en Ajayuni, los muertos aprovecharon la distracción para utilizar las otras estaciones.

Es que hay un muerto que con seguridad prefiere festejar el día de su muerte a festejar el día de su nacimiento. Un muerto que no quiere salir por nada de su tumba, porque le hace recuerdo a su cuarto. Un muerto que no pudo soportar la curiosidad de conocer el teleférico y mirar desde allí la ciudad. Un muerto que organizó una fiesta, naturalmente de disfraces, para rodearse de amigos, y conmemorar el día de su muerte, recordando con voz cavernosa que lo teleférico es aquello que va y viene del más allá. 

Ensayo

Nanny


Historia del “enorme y maravilloso culo” que lideró la lucha de los esclavos negros jamaiquinos contra el colonialismo inglés.


Virginia Ayllón

Revisando revistas bolivianas antiguas me encontré con una nota de pie singularísima que refería a una diosa jamaiquina, llamada Nanny. La nota en cuestión decía:
“De Nanny se sabe poco. Se sabe que era sacerdotisa además de ser jefa de esclavos liberados y fugitivos. Peleó contra los soldados ingleses y de ella se cuentan historias muy hermosas (…) Se dice de Nanny que se arrojaba desnuda al centro de la batalla donde estaban los negros peleando con los soldados ingleses en Jamaica, desnuda, solo vestida con dos collares de dientes humanos. Entonces se ponía de culo contra los soldados enemigos. Entonces los enemigos disparaban y Nanny tenía un culo tan inmenso y maravilloso que recibía todas las balas y las convertía en copos de algodón”. ([1])
Eduardo Galeano recoge este mito en el volumen II de su Memoria del fuego, ubicando una de las batallas en las que participó Nanny en 1739:
“Nadie la ve, todos la ven. Dicen que ha muerto, pero ella se arroja desnuda, negra ráfaga, al centro del tiroteo. Se agacha, de espaldas al enemigo, y su culo magnífico atrae las balas y las atrapa. A veces las devuelve, multiplicadas, y a veces las convierte en copos de algodón”.
Lo que llamó mi atención de este mito es el arma atribuida a esta diosa, su culo. Las diosas que ostentan armas, en general, corresponden a las usadas por los pueblos que las crearon, como el arco y la flecha de Artemisa. Las hay también que exhiben otro tipo de elementos característicos, como el trigo que simboliza a Démeter o el olivo a la también griega Atenea.
El personaje del relato es una esclava negra, personaje real del siglo XVII en Jamaica, que era una lideresa de los esclavos y, por extensión de los cimarrones. Las investigaciones han determinado su origen en Ghana así como sus conocimientos de medicina y artes rituales, posiblemente asentados en la religión Obeha, de origen africano y practicada en El Caribe.
También se ha documentado su liderazgo en las batallas contra la esclavitud y posterior afianzamiento de los cimarrones de Barlovento, su papel en la construcción de comunidades libres y sus lides para liberar esclavos de las plantaciones. Y también se ha demostrado la maestría de Nanny en la organización de guerra de guerrillas que provocó varias bajas en las fuerzas británicas.
Hay quienes dicen que atrapar las balas con las manos fue una práctica, casi un arte, desarrollado por varios pueblos africanos en sus combates contra los colonizadores. Pero es distinto atraparlas con las manos que con el culo, y este es el elemento que quiero analizar.
Además, llevar los dientes del enemigo como trofeo, es una práctica muy generalizada en varias partes del mundo y en varios momentos históricos. Se dice que Nanny llevaba brazaletes con dientes humanos en las muñecas y los tobillos.
Pareciera, finalmente, que por su muerte fue recompensado algún capitán nativo aunque hay versiones de que ella vivió hasta anciana y murió de forma natural.
En la década de los 70, el Gobierno jamaiquino elevó a  Nanny a categoría de heroína nacional y emplazó una estatua en su memoria.
Vale decir, entonces, que la vida de Nanny ha provocado al menos tres versiones; la primera, la oficial que la reconoce como heroína; la segunda como heroína popular de los esclavos y cimarrones en su lucha contra el colonialismo inglés y, la tercera un mito que hace de su culo su identidad.
En el imaginario popular, se le dota de una identidad de sacerdotisa, es decir, una mujer dedicada a ofrecer culto a ciertas deidades, mediar en la comunicación entre mortales y dioses y, eventualmente, cuidar de los templos de los dioses. En esta identidad puede percibirse a una Nany pasiva aunque con mayor poder que cualquier mortal.
Posiblemente este carácter de ser una mortal pero con poderes y/o características particulares y diferentes al resto de mortales la hizo hábil para pasar de un papel pasivo (sacerdotisa) a uno activo (líder en la batalla). Es posible que en ambos papeles -el pasivo y el activo- el imaginario haya resaltado su papel de intercesora de los intereses de los mortales ante los dioses.
En su identidad de lideresa militar, Nanny desarrolla su arte combinando la táctica propiamente militar, sus conocimientos de la vegetación (camuflaba a su guerreros con y como plantas y se dice que usaba plantas sicotrópicas destinadas a los ingleses) y la sabiduría ancestral de su comunidad.
Debido a esta efectividad en el combate los ingleses solían llamarla “la bruja negra” y seguramente le atribuían maléficos poderes asimilados a las brujas de las literaturas religiosas y profanas que circulaban de la Europa de los siglos XVII y XVIII.
La desnudez, se recordará, era también atribuida a las mujeres que participaban en los aquellare de las brujas europeas, así como la preparación de ponzoñosas pócimas, elementos que junto a otros, se sabe ya, demonizaron los saberes de las mujeres europeas de esa época y justificaron el primer feminicidio masivo de la historia.
Por  otra parte, en ese período, el simbolismo de la vagina ya había asentado su doble acepción en la ideología patriarcal: por una parte la de regazo de la maternidad y, por otra, la del objeto de peligro (la lujuria y la “vagina dentada”).
Esta representación, en su doble signo, asentó tanto la noción del poder femenino como la de control masculino sobre la vagina. El culo, en tanto, estaba más bien relacionado con la no-maternidad y, sobre todo con la sodomización.
De ahí que el mito del “enorme y maravilloso” culo de Nanny, parece estar relacionado más con la lógica inglesa de ese momento que con el nacimiento de un nuevo mito en Barlovento. Es razonable pensar que para los ingleses, Nanny adquiera la forma de una sangrienta bruja negra, por lo tanto desnuda, alejada de la sagrada maternidad y más cercana a la sodomía.
En todo este panorama queda suelta, sin embargo, la imagen de balas transformadas en copos de algodón. Lo contundente de ese mito resultaría que el culo “enorme y maravilloso” de Nanny actuaba como escudo protector de sus hermanos negros. Un escudo con el doble sentido de ser totalmente efectivo en la batalla porque detiene las balas y, a la vez, deconstructor del sentido de la guerra al transformar las balas en suaves copos de algodón. Algodón blanco y suave que fue el símbolo de la colonización (la producción de algodón para los países europeos). De este modo, el atacado, el colonizado, devolvía en flores a quien lo atacaba con balas.
En Jamaica, las palabras Puu Nani, Punaany, Punany y Punannes se consideran “malas palabras” y refieren a los órganos genitales femeninos, por lo que parece que el mito permanece en el lenguaje. Pero creo que el mito tiene raíces más del colonizador que del colonizado y aunque la imagen que proyecta puede ser hermosa, es fácil advertir rasgos que van en contra de la personaje más que intensificar, o al menos mostrar las virtudes individuales, sociales e históricas que evidentemente tuvo Nanny, la reina de los cimarrones.




[1] “Hay que recuperar la memoria histórica de América Latina”. Entrevista de Andrés Solís Rada, Gonzalo Ruiz Paz y Eduardo Paz Rada a Eduardo Galeano. En: Patria Grande. I, 4. La Paz, 1986: 45-60.

Las palabras

Una declaración de amor a la palabra, materia prima esencial, origen y destino de todo.


Edwin Guzmán Ortiz

Cada cual tiene una historia personal con las palabras. Una historia que se pierde en los meandros de la memoria y que se asocia, inevitablemente, con los primeros destellos de la conciencia.
Inasible, entrañable y vaporosamente íntima es su naturaleza. Está hecha de algo más que de tiempo -lo sospechó Heidegger- y de algo más que sonidos; acaso, más cercanas al corazón, a la imaginación y a esos mundos que pugnamos por capturar a través de esa red insaciable: el lenguaje.
Como un fluido imperceptible se van instalando no sé exactamente en qué lugar de nuestro cuerpo -a contrapelo de Broca- y de pronto uno las encuentra en la espalda, en la palma de la mano, en las vísceras o expectantes en los ojos, en las estribaciones de la lengua. Casi siempre orladas de una saliva inmemorial y bajo el aura secreta de un frémito resbalado del espíritu.
Las palabras van creciendo y alimentándose mutuamente en nuestro fuero interno.  Toman el color de nuestros sentimientos y, como nosotros, se asombran y reverencian;  también se enemistan y, cual espíritu incisivo, abrazan un sentimiento y lo escrutan hasta la extenuación. Su trabajo no es menos arduo al construir verdades útiles a efectos de la existencia.
Nada más útil que las palabras para emprender aquellas incursiones interiores y exteriores que nos son familiares. El cuerpo y las manos siempre lentos y desconfiados, no alcanzan lo que las palabras para tocar los seres y circunstancias. Es más para hacer que las cosas sucedan, como el amor, la utopía o la comunión con lo trascendente.
Pero, ¡cosa del destino! Las palabras que nos habitan son prestadas, cedidas por algún río incesante. Cual persistente orvallo van penetrando nuestra piel y -en apariencia, domésticas- se instalan y se arman de valor para acometer imprevisibles empresas.  Nombrar esto y lo otro, cincelar historias que por su perfecto encaje resulten inolvidables, ser en los otros, y por supuesto, el albur de irlas desparramando en esa comarca atiborrada de otras palabras, con las que se abrazan, se miden o fatalmente se entrematan.
Las palabras traman círculos en los que nos reconocemos, se abren y son puentes diligentes por donde circulan los afanes del yo y del nosotros. Traman encuentros y cada cual crece con las otras, fundan comunidades y cual cohetes redivivos alumbran la fiesta de los hombres, dicen su dolor y se recogen cuando se llega a ese más allá de las palabras.
Uno de los acontecimientos más emblemáticos en nuestra vida es haber pasado, de pronunciarlas a ese doble terrible: la escritura, buscando expresarnos desde entonces  con unos signos, que no terminan de ser extraños. Grafías que musitan, cantan o retumban desde su mudez, que danzan desde su pasión combinatoria, rastros imborrables que se agazapan en textos, gramáticas e infolios.
Ah, el largo camino de la palabra escrita. Por supuesto que esa es también otra historia que se pierde en los meandros de la memoria y su dominio es definitivamente imposible, como son incontables los periplos a los que nos somete a “quienes ejercemos el oficio de cambiar por palabras nuestra vida”, como manifestaba Borges.
Así las cosas transcurren, entre hablar y escribir, escribir y no hablar, o mejor aún, callar, para que las palabras no decaigan en el ritornello de banales trajines, o en cosas peores, porque las palabras también “se conjuran/ hostiles/ chillan y se acuchillan/ saltan en el aire/ lo infestan/ movilizan llamaradas ….”, como reza el verso de Cerruto.
En medio de ellas y con ellas acuden aquellos espíritus  cuyas voces por alguna extraña razón han quedado indelebles, morando en los pliegues de la memoria. Cierro los ojos y cito: “A ti, que crees que existo,/¿cómo decir lo que sé/ con palabras cuyo significado/ es múltiple;/ palabras, como yo, que cambian/ cuando se las mira,/ cuya voz es ajena?”, y sé que no será otro, sino Edmond Jabès, hasta el final de los días.
En el afán de escribir un poema, un cuento, deviene el acoso y su presencia ronda infatigable sobre la página. Suma de nombres y adjetivos se conjugan a través del soplo verbal que las anima. Palabras que encuentran su lugar, otras que pasan de largo y se extravían en aquel pozo verbal que las cobija. Armando frases, sentencias, argumentos, imágenes, erigiendo esa arquitectura del deseo. De pronto el silencio, de pronto el titubeo, de pronto el extravío, de pronto la luz de la palabra exacta y, en la anhelada coronación del instante el punto ¿final?...Acaso otra puerta, otra palabra que recomienza ese texto circular de la existencia. 

Con nosotros, sin nosotros y a pesar de nosotros discurren entre babeles, bibliotecas, ágoras, festines y papeles insaciables. Domésticas e inasibles, segregándose a sí mismas a través de una boca ubicua, dueñas de tantas literaturas y ajenas a ellas, fieles a ese juego especular que pretende retratar el mundo o reinventarlo. Dueñas de ese Dios que es tal, gracias a ellas.

viernes, 15 de agosto de 2014

Nota de apertura

El cuento boliviano, en bandeja de oro

Acerca de Los mejores cuentos de Bolivia, una destacable investigación de César Verduguez.


Martín Zelaya Sánchez

Es muy común la afirmación de que Bolivia es un país de poetas, en el que se escribe más cuento y se lee/consume más novela.
No parece difícil confirmar que, como en casi todo el mundo, la novela es el género más apetecido por editores, libreros y lectores; y tampoco suena polémico afirmar que algunos de los más reconocidos escritores bolivianos de la historia fueron y son poetas: Ricardo Jaimes Freyre, Franz Tamayo, Jaime Saenz y Eduardo Mitre, por sólo mencionar a algunos.
Ahora bien, ¿es el cuento más recurrente que la novela o la poesía, quitando al ensayo: político, histórico, social, antropológico que, a todas luces sale ganando? Hay elementos que llevan a, por lo menos arriesgar, que sí, que en Bolivia se escribe más cuento que novela y poesía, lo que, valga reiterarlo, no implica que se publique más.
Estos elementos son: la cantidad de participantes promedio en el Premio Franz Tamayo, que en los últimos 10 años estuvo por encima de los 70 por año, por ejemplo, los datos emanados del trabajo Literatura y democracia, elaborado por un equipo de la carrera de literatura encabezado por Omar Rocha y Cleverth Cárdenas, pero el dato más contundente viene de una investigación del escritor César Verduguez.
En el último fin de semana de la Feria del Libro de La Paz, el autor presentó Los mejores cuentos de Bolivia, un complejo trabajo de recopilación, una antología de antologías en la que, tras consultar nada menos que 193 fuentes, logró armar una especie de canon del cuento boliviano… pero no a su gusto o capricho, como ocurre con la mayoría de las antologías, sino con un sistema netamente objetivo: contabilizar las apariciones en estudios y compilaciones, impresas y virtuales, nacionales y del exterior.
Los resultados: 1) algo que ya es casi unánime: El pozo de Augusto Céspedes, si no es el mejor cuento escrito por un boliviano, al menos sí, indiscutiblemente, es el más conocido, valorado y citado (24 menciones).
2) Detrás, en el “top 10”, aparecen Quilco en la raya del horizonte, de Porfirio Díaz Machicao (19 menciones); La Miskysimi, de Adolfo Costa du Rels (15); La emboscada, de Adolfo Cáceres Romero (14); El cañón de punta grande, de Néstor Taboada Terán (12); Don Quijote en la ciudad de La Paz, de Francisco Bedregal (11); El gallo cochinchino, de Man Césped (11); En las montañas, de Ricardo Jaimes Freyre (11); Tempestad en la cordillera, de Wálter Guevara (11) y Hay un grito en tu silencio, de César Verduguez (11).
Los mejores cuentos de Bolivia. Antología de antologías II. (Kipus, 2014), es un trabajo de indudable valía, que viene a completar otras dos publicaciones anteriores del autor: Antología de antologías y Los 10 mejores cuentos de Bolivia.
Y 3) Como siempre, quedan algunas interrogantes: ¿será que a mayor mención, mejor calidad? ¿Es decir, mientras más se repite una obra, es mejor? ¿Y qué de los relatos que no tuvieron la suerte de ingresar a compilaciones? ¿No será que algunos autores y sus piezas se sobrevaloran debido a que, por asuntos de distribución, promoción y hasta casualidad, estuvieron más al alcance que otros, a la hora de entrar en antologías? ¿Por qué Oscar Cerruto no figura antes, y solo aparece en el pues 12 con su cuento El círculo, cuando la mayoría de escritores y académicos consideran a su libro Cerco de penumbras como un referente clave de la literatura nacional? ¿Y qué de autores como Maximiliano Barrientos, Rodrigo Hasbún o Liliana Colanzi, cuyas obras circulan regularmente y hace ya varios años en numerosos blogs, revistas y portales literarios de América Latina y España?
Verduguez explica algunos puntos de este su destacado proyecto.

- ¿Cómo fue el proceso de elaboración de esta antología?
- Toda antología tiene un proceso largo: buscar, leer, escoger de acuerdo a las preferencias literarias o la temática o los periodos impuestos. En el caso de este libro, he trabajado durante varios años, primero para reunir 115 obras de referencia entre selecciones de cuentos, estudios y páginas web, no sólo del país sino también del exterior, en español y en otras lenguas. Así armé la primera edición. Y para esta edición las obras de consulta llegaron a 193. 

- ¿Cómo se puede afirmar que están los mejores cuentos… qué parámetros empleó para la selección y organización del libro?
- Los parámetros son simples, el cuento debe estar presente en seis o más selecciones de diferentes antologadores, o en su defecto, su autor debe tener 13 o más presencias en las fuentes consultadas.
El hecho de que cada cuento haya sido escogido para integrar numerosas antologías es una muestra inobjetable de su calidad, y a ellos se suma el que haya merecido ser traducido a varios idiomas.
El libro se organizó, de manera descendente, según el número de apariciones de cada cuento en el conjunto de las 193 obras consultadas.

- ¿Cuáles son las características comunes del cuento boliviano, si es que las hay, y por consiguiente, hay un perfil tipo del cuentista boliviano?
- El cuento boliviano, conforme el paso del tiempo, ha tenido diversas características. De toda literatura se descuelga una variedad de temas que priman en su desarrollo, según las circunstancias geográficas, históricas que marcan la etapa de su creación. 
En Bolivia podemos distinguir motivaciones temáticas que se mantuvieron por décadas: una, enfocada a los indios, a los cholos, a los mineros y los grandes acontecimientos político-sociales.
Pero ya desde hace algunos años todo ha cambiado, y ahora las vivencias muy personales, muy íntimas, lo que se llega a reconocer como el imaginario urbano, son las que caracterizan al cuento que se hace en el país.
Así, el perfil del cuentista nacional es variado. Como el cuento ya no tiene límites o hitos, tanto en estructura como en temática, tiene sus fronteras abiertas  Los escritores no se circunscriben a nada y actúan en total libertad; lo único que interesa es la calidad de la narrativa.

- ¿Qué autores destaca por encima de otros y por qué?
- Los tres primeros de la clasificación: Augusto Céspedes, Porfirio Díaz Machicao y Adolfo Costa du Rels, y también Adolfo Cáceres Romero, Néstor Taboada Terán y Oscar Cerruto, porque sus escritos muestran una calidad sobresaliente tanto en el desarrollo de los argumentos, como en la buena representación de los temas, y el buen uso del lenguaje.

- ¿Y de las nuevas generaciones?
- Los jóvenes están alcanzando niveles literarios muy elevados y muchos figuran en espacios internacionales con amplio reconocimiento. Los más sobresalientes son Edmundo Paz Soldán y Giovanna Rivero. Es importante mencionar que hay una eclosión formidable de escritores jóvenes, entre hombres y mujeres, que en un futuro cercano, estoy seguro, llevarán a la literatura boliviana a sus mayores cumbres.

¿Algo más? Sí. Este valioso libro -una indudable fuente de referencia- consigna un total de 47 cuentos de autores de diversa época, estilo, tradición, como Fernando Diez de Medina, Adela Zamudio, Marcela Gutiérrez u Oscar Soria.
Hay “joyas” recuperadas, inhallables en su edición original, o tan siquiera en otras antologías o reimpresiones, como El occiso, de María Virginia Estenssoro.
Tiene fichas bio-biliográficas de los autores antologados y un pequeño estudio introductorio en el que se especifica, caso por caso, los méritos que hizo cada cuento para ser tomado en cuenta; por ejemplo: el ganador indiscutible, El pozo, tiene 24 menciones entre las 193 fuentes consultadas; su autor, Augusto Céspedes, tiene un total de 42 menciones; su nombre y/o sus obras aparecen en 28 textos en inglés, 45 en alemán  y 93 en noruego.

Un libro altamente recomendable, más allá de que, como advierte el autor, seguramente no son todos los que están, ni están todos los que son.

El chicuelo dice

Ese maldito abismo llamado historia

Una original reseña –a modo de intertexto, de ficticia conexión con el autor- de un extraño y olvidado libro testimonial.


Wilmer Urrelo

Te llamabas casi, casi como el enorme y eterno Chente Fernández, alguien a quien no pude conocer, pero que desde donde estoy sé que es un gigante de la música: Vicente Fernández y G.
La única diferencia con el mexicano era ese “y G.”, que por más esfuerzos que hice no pude determinar qué significaba. Bueno, el nuestro, el que nos importa hoy, es decir tú, Vicente Fernández y G., fuiste un personaje boliviano de las primeras décadas de 1900.
Otro grande, mi amigo Gustavo Adolfo Otero, más conocido como Nolo Beaz, en sus Memorias me recuerda de soslayo: “El Fígaro era un centro de bohemia y de perdición, y de allí, además de la planta de El Diario, ingresaron Vicente Mendoza López, Alberto Saavedra Pérez, Gabriel Levy y Vicente Fernández”.
Eras un periodista, en todo caso, de los antiguos, de los de la bohemia y de la perdición, como decía el buen Nolo Beaz. Sí, de aquellos que nos peleábamos contra todo el mundo a veces sin una razón válida y que muchas veces terminábamos frente a frente, en una cosa que se llamaba “batirse a duelo”, institución que ahora ha quedado en el olvido.
Lo cierto es que en 1931 sufrió (las razones las desconozco) el famoso confinamiento. Hiciste algo (o a lo mejor no) y te llevaron lejos de La Paz. Cosa curiosa: una buena parte de los confinados de aquellas décadas y de las posteriores escribieron libros dramáticos sobre esa durísima experiencia.
Basta leer, por ejemplo, Campos de concentración en Bolivia, de Fernando Loayza Beltrán, libro que de forma mañosa intenta pasar por novela y donde se hace una descripción cruel del emenerrismo perseguidor y confinador a través de la imagen del oscuro Claudio San Román, el jefe de la secreta: “su tremenda panza dejaba adivinar media docena de grasosos rollos que apenas cubría la blanca camisa, ajustada con un cinturón”.
En general, los libros del confinamiento cuentan ese tipo de cosas, Vicente. Otro importante, desde mi punto de vista, está en algunos capítulos de La bestia emocional de Porfirio Díaz Machicao, quien dice sobre su confinamiento: ¡¡Nos habían echado de la civilización, repudiados, odiados, para que nos matara una fiebre! Recordaba algunos pasajes de La serpiente de oro, de Ciro Alegría, porque el paisaje venía a coincidir con éste”.
Ahí están entonces ustedes, los confinados, arrancados de cuajo de sus cómodas y civilizadas ciudades, ustedes los confinados que podían ser comunistas, piristas o falangistas, eso no importaba ya al momento de los hechos, y que fueron llevados a lugares alejadísimos.
Me los imagino atentos y expectantes durante las noches, en sus casas, sentados muy cerca de las ventanas, quizá armados, miedosos y atentos al mínimo ruido producido en la calle, aguardando a que alguien derrumbe la puerta o la toque a medianoche.
¿Esperarían ya con el equipaje hecho? ¿Tendrían listas ya las palabras cuando los agentes de la secreta irrumpieran en la sala?
O bien te imagino huyendo de acá para allá durante semanas enteras, Vicente, te veo vestido tan sólo con lo que llevabas puesto y la billetera con algo de dinero, rogando a este o a este otro familiar que te dejara dormir en su casa, sólo esta noche, para no comprometerlos, les dirías, para que a ustedes no les pase nada.
Sin embargo, tarde o temprano cometerías un error o ese familiar en apariencia apático y neutro en las cuestiones políticas te delataría y te imagino ya detenido luego de una persecución, te imagino a ti, Vicente, abriendo la puerta de tu casa, haciendo pasar a los agentes a la sala, la mirada vacilante, el tono de voz resignado.
Espérenme un momento, señores -les dirías-. Dejen que me mude de ropa por lo menos. Tu aprehensión, mi llegada a las celdas de la Prefectura en 1930, preguntándome todo el tiempo dónde me llevarán, a qué lugar de Bolivia saldré confinado. Y justo en ese momento te convertirías en nadie, en tan sólo un nombre, en tan sólo un cuerpo, una presencia a quien llevar fuera de la ciudad. Y luego vendría lo inevitable: la temida partida.
Ahí estás ahora, viajando escoltado por uno o dos guardias hasta cierto lugar y de ahí pasarías a manos de otros hasta llegar a tu destino. Y en todo ese viaje las imágenes se sucederían: qué estaría pasando en mi casa, cómo estarían mi esposa, mis padres, si acaso sabrán dónde me están llevando.
Y ahí comenzaba también el ejercicio: retratar de alguna manera el horror que estoy viviendo, las pulgas, el frío, la soledad, el silencio… o a veces el calor infernal, las enfermedades, el paludismo, el dengue, la falta de comida y de agua.
Sin embargo, eso no pasó con Vicente Fernández y G. Siendo muy joven me confinaron a Quiabaya, población ubicada en Larecaja, que si ahora, en este siglo XXI en el que viven ustedes, queda bien lejos, imagínense cómo era esa distancia en 1930.
En mi libro Quiabaya, impresiones de un confinado (La Paz, 1931) tuve la intención de mirar el abismo de la historia. Aunque la diferencia del libro de Vicente con relación a los otros que retratan el confinamiento está en que lo haces a través de la belleza, hay una mirada hermosa, de prosa bien lograda y algo más: haces del confinamiento un espacio de reflexión, de lucha y de conflicto interno.
En alguna parte dices: “Cuán pedante y ridículo se me antoja un automóvil en este mundo de cuestas y montañas… la soledad de las casas derruidas me fascina. Creo descubrir en ellas un melancólico y ruinoso misterio. Quizá no sea todo eso una historia truncada por el fuego, sino una naturaleza inmóvil, petrificada, hierática”.
Estás tan distante, Vicente, tan lejos de La Paz y del mundo civilizado, del mundo de la política que me trajo hasta estos parajes; estoy tan lejos de todo y tan al fondo del abismo de la historia que el mundo empieza a ser otro, con matices distintos, uno disímil y real.
Imagínense, en esa época donde los celulares no existían, donde los derechos humanos eran invisibles, donde el concepto de Defensoría del Pueblo era ciencia ficción. Ahí, en esas circunstancias, decidí crear belleza a partir del dolor y de la soledad, de imponerme al confinamiento a través de la palabra (cuando las palabras poseían la magia de curar, Jefacha).
“Soy un objeto, una cosa que trasladaron de un punto a otro -escribes-. Ya me es indiferente cualquier suceso, por extraordinario que parezca. Quisiera que el mundo lejano se desvanezca del todo. Ni le odio ni le temo: no existe para mí”.
Quiabaya, impresiones de un confinado, es un libro exquisito, de enorme justicia poética, extraordinario, con genialidades como la anterior cita. Es la capacidad de crear un mundo propio, íntimo y triste dentro de la desgracia, de caminar dando saltitos en la cuerda floja ya sin temor a caer.
Ese eres tú, Vicente, escribiendo estas impresiones en una habitación así de chiquita como un acto de agonía, de libertad más allá de la simple denuncia, pensando: el maldito abismo de la historia de este país, ustedes me entienden, desnudo ya de toda pretensión intelectual o algo así, recordando tu vida pasada de bohemia y perdición. Eso: tan sólo un hombre escribiendo.
Entonces  pienso: cuán diferente a este momento, ahora que yo escribo estas palabras con una gripe infernal, tirado en mi cama, con un iPad al frente, con casi 40 grados de temperatura y temiendo que el mundo se está acabando, que estoy en la orillita, aunque prefiero no quejarme, pues releo las citas de los libros quejumbrosos, imagino al tenebroso San Román y esos “desarreglos hepáticos”, y pienso: el maldito abismo de la historia suele ser peor todavía, Vicente, qué jodido el pasado de este país.

Y Vicente diciendo: si algún día te sacan de tu casa por la madrugada, Chicuelo, si eso ocurre, entonces quiere decir que estás al fondo, al fondo del abismo de la historia de Bolivia.