jueves, 19 de junio de 2014

La palabra teleférica

El destino de las palabras


Para evadir un poco el ambiente mundialista, el autor se queda en Brasil, pero en la voz de uno de sus más grandes autores.



Juan Pablo Piñeiro

Aprovechando que los ojos del mundo están en Brasil, he elegido escribir sobre uno de los maestros más importantes que ha engendrado esa tierra: Joao Guimarães Rosa.
Nació en Cordisburgo, Minas Gerais el 27 de junio de 1908. Médico de profesión, poseía una gran habilidad para hablar otros idiomas, leía y escribía en más de ocho y tenía nociones muy profundas de casi 20 lenguas más.
Muchos de estos emprendimientos lingüísticos respondían a la necesidad de leer a sus autores favoritos, como Goethe, en su idioma original. Además este movimiento le permitía también expandir los cauces de su literatura, apropiándose no solamente de conceptos, sino de gramáticas ajenas, las cuales inyectaba en el portugués de su prosa.
Ejerció una llamativa carrera como diplomático sobre todo porque le tocó ser embajador de Brasil en Alemania durante la Segunda Guerra Mundial. En ese entonces, en un acto de valentía ayudó a escapar a casi 50 perseguidos judíos y de esta manera los salvó de la muerte.
Él decía que como sertanejo, como vaqueiro, no podía soportar injusticias en el mundo. Después retornó a su país y acompañado por un cuaderno de notas recorrió como arriero la mayor parte del Sertón brasilero. En ese cuaderno nacerían las palabras que después configurarían el cosmos  en su novela El gran Sertón: Veredas, publicada en 1956.
El gran Sertón: Veredas, es una historia que se desarrolla en la región conocida como Sertón en el Nordeste de Brasil. Sertón viene de desertao, o sea gran desierto. Y seguramente es el espejo que refleja la región del Chaco, en el hemisferio norte del continente.
El Sertón y el Chaco son territorios que no solamente comparten una geografía similar sino que a raíz de esta influencia del paisaje poseen rasgos similares en su espíritu y en su personalidad.
El sertanejo como el chaqueño, debe pulirse a sí mismo con las difíciles condiciones que ofrece su territorio. Así como en el Chaco se formaban tropas de cuatreros, los cuales eran confundidos con bandidos a pesar de que generalmente favorecían a los más pobres, el Sertón estaba recorrido por yagunzos, grupos de vaqueros armados muy parecidos a los cuatreros.
La historia es narrada por Riobaldo, un ex yagunzo, que cuenta su vida a un joven doctor que lo escucha por varios días. Riobaldo cuenta esencialmente sus aventuras, en verdad su aventura en este mundo. El enigma que guía el recorrido de su memoria es la duda de saber si hizo o no un pacto con el diablo. Y sobre todo  entender cuál es el significado de ese pacto. 
Riobaldo conmueve porque de él emergen todos los sentimientos del ser humano. Riobaldo es todos los hombres. Y mediante sus aventuras conocemos a personajes legendarios como Medeiro Vaz, Ze Bebelo o Titán Pasos. Cada uno sumergido en su propia lucha, cada uno protagonizando una leyenda que seguramente será olvidada.
Los personajes del Sertón se encuentran constantemente ante el tiempo, lo perciben como un abismo y por eso saben estar siempre presentes, siempre dispuestos a abandonar el mundo luchando. “Morir es una prueba de que se ha estado vivo” dijo Guimaraes Rosa, tres días antes de morir.
Las veredas, son lugares que aparecen en medio del desierto y tienen vegetación. Se podría decir que son oasis americanos. Las veredas se iluminan más porque se encuentran en medio del desolador Sertón. Gracias a ellas se puede tener ganado. Gracias a ellas existen los vaqueiros.
Guimaraes Rosa se definía a sí mismo como una paradoja, porque tenía dentro de sí los rastros del culto diplomático como el de un vaqueiro del Sertón. Él mismo afirmaba que además de los libros, quienes le enseñaron fueron sus vacas y caballos. Sentía en los ojos de los caballos, la tristeza del mundo.
Para él Riobaldo no era un personaje, era un hermano. Un hermano que elige cuál es el oro que cargará por el mundo. No se permite así mismo traicionar a nadie. Consagra la lealtad y la amistad y es capaz de darlo todo por eso.  Es eso lo que salva a Riobaldo, y es eso lo que lo condena también. Porque la mayor “vereda” que él conoce se llama Diadorín y es su compañero. Un compañero al que él entrega su vida. Asume su lucha, su venganza y su dolor. Habla de él como si estuviera enamorado, y es ahí, en el lugar de su redención donde siente la presencia del diablo. Riobaldo es la configuración gigantesca y coherente de una moral. Diadorín no encaja en él, pero no puede faltar. Esta contradicción lo mueve. Riobaldo descubre que su vida en esta tierra tiene un verdadero enigma. Un enigma propio, Diadorín.  
Se puede conocer fácilmente el carácter de un hombre por la relación que este mantiene con el idioma, le dijo Guimaraes Rosa a Guten Lorenz en 1965 en Génova. Esa entrevista es una verdadera maravilla y se la he recomendado a todo el que he podido. En ella se revela el humilde creador de esta maravillosa obra, así como la contradicción interior que la motiva.
Es tan maravilloso entender el valor que le daba Guimaraes Rosa a la relación con el idioma que, como diría Jaime Saenz, “da en qué pensar”.
Hoy en día estamos acostumbrados a decir cualquier cosa. La palabra no vale nada y por eso ha dejado de actuar en el mundo. La literatura, en su mejor expresión, intenta devolver a la palabra ya no ese poder sino por lo menos ese hilo que la une a un mundo que ya no convoca. La palabra ha perdido su poder y nosotros nuestro carácter.
En esa misma entrevista Guimaraes afirma que “Escrever é um processo químico; o escritor deve ser um alquimista. Naturalmente, pode explodir no ar. A alquimia do escrever precisa de sangue do coração”.

Por eso él dice que su compromiso es con el corazón. Allí es donde nacen las palabras y hierve el lenguaje. Para él cada palabra debería ser tratada como si fuera nueva. Por eso mismo en su prosa, las palabras son veredas, son animales desconocidos, son apuntes en cuadernos que están cumpliendo un destino. Por algo Guimaraes Rosa decía que el Sertón es su testamento espiritual.  

ALTIplaneando

El analfabeto y las mediaciones sociales


¿Qué somos las personas sino un interfaz, una parte más del proceso, en este mundo saturado de metalenguajes y cada vez más despersonalizadas formas de interacción y comunicación?



Edwin Guzmán Ortiz

Condición asumida en la sociedad actual constituye la capacidad de enfrentar y familiarizarse con la mayor cantidad posible de lenguajes: la escritura, la imagen, el lenguaje digital más su variopinta panoplia.
En suma, la incorporación de tecnologías que hacen posible la captación de contenidos transmisibles y que por su propia naturaleza van provocando, además de culturas de recepción y competencia propias, una evidente modificación en la identidad significante del hombre actual.
La lucha contra la denominada “ignorancia” se manifiesta a través de cruzadas intensivas de alfabetización focalizadas en esos nódulos distanciados a la reificación simbólica, en esas comarcas desdeñosas de los códigos al uso, en esa minoría ciudadana que siente atravesar con indiferencia el paso pretoriano de una civilización que ha instaurado un orden simbólico omnívoro, una nueva manera de habérselas con el mundo y su densa trama de significados.
Mas, el analfabetismo, y particularmente el analfabeto constituyen una realidad capaz de recordarnos ciertas capacidades perdidas que la pulsión de modernización tecnológica ha terminado minusvalorando. Ese analfabeto, objeto de tantas cruzadas y a quién el asistencialismo cae cual hada madrina, para salvarlo de ese “pathos” que le impide apearse al carro de la civilización. 
Por supuesto que el analfabeto es una especie en extinción, una condición que va siendo superada y que ha padecido una marginalidad indeseable. Tampoco el analfabeto es una realidad químicamente pura, sobre todo en tiempos ubicuidad mediática.
Pero no por ello es lícito enterrarlo con todos los estigmas imaginables. El -o ella- se mueve en una realidad que poco ha llamado la atención de la mayoría. Otra mirada puede revelarnos que es depositario de algunas cualidades que vale la pena recordar. 
El analfabeto está obligado a aguzar sus poderes perceptivos para sobrevivir en un mundo cruzado transversalmente por la inflación simbólica. En una sociedad que ha delegado el almacenamiento de la información a las diferentes tecnologías de registro y almacenamiento de datos, la memoria humana se constituye en artilugio de tiro corto. Se confía en la agenda, la compu, el celular, en suma: escritura, imágenes y chips son los recursos que aglutinan la información fundamental, constituyendo este tiempo la memoria civilizatoria.  
Hoy se memoriza más que los datos, los medios que los acogen y así se confía su permanencia y uso a las diferentes tecnologías de almacenaje. A partir de ello, nace el culto al depósito: libros, CD, laptops…terminan evidenciando nuestra identidad protética, esa dependencia aguda de las extensiones artificiales de nuestra memoria.  
En cambio, la percepción del mundo en el analfabeto es directa, accede y construye su conocimiento al margen de formas artificiales de registro. La vista, el oído mantienen un comercio espontáneo -y esforzado- con personas y sucesos. Su percepción discurre por un mundo vivo, su legibilidad es otra y en ella caben los sentidos con peso gravitante, se ve lo que se ve, se huele lo que se huele, y a menudo se tocan las cosas y los seres para mejor conocerlos. También para conocerlos y trascenderlos.
No son el libro, ni la pantalla -esos grandes mediadores históricos y doctrinales- quienes prioritariamente le proporcionan los contenidos y contornos de la realidad, no mira ni comprende el mundo a través de la ventana gutembergiana, ni privilegia sólo la percepción visual-abstracta, en su caso, más bien todos los sentidos se confluyen para asir esa complejidad perceptiva que nos rodea, para recuperar el mundo en su multidimensional certidumbre.
Su memoria, a escala humana, alberga lo necesario y posible. Dotada de una sinergia propia construye el mundo con los medios que le proporciona su propia tensión corporal. Esta, se ve compelida a priorizar lo más importante y a desarrollar una trama que la une inextricablemente a la existencia inmediata, sin dejar de conectarla a esa memoria larga que, a su vez, la torna parte de una colectividad y una cultura.
Su verdad, tangencial a la escena tecnológica, discurre sobre todo por el circuito de la oralidad, donde se funde y comulga con otras voces semejantes. Ahí se instauran espacios de confianza y sincronía. Esos imperceptibles circuitos subyacentes que han forjado otra conciencia de país e identidad, de otra palabra que permanece vigente y prefigura otra visión de mundo.
Y aunque la escritura bíblica, memoriales y programas de alfabetización exhude el orden oficial, una memoria sigilosa aún camina entre polvorientas comarcas e inaccesibles poblados a los que el Estado, la Iglesia ni el furor de los medios todavía no terminan de llegar.      
En la otra orilla, la tecnología -campante y rampante - viene provocando en la mayor parte de la humanidad una merma del poder de los sentidos. Estos, ya no poseen la sutileza y la fuerza que tuvieron cuando, hasta la edad moderna, constituían el órganos clave de nuestra sobrevivencia, de ahí es que confrontemos una evidente baja de nuestra capacidad sensorial, una paulatina atrofia de los poderes perceptivos de nuestro cuerpo.
Junto a la ubicua proliferación de las mediaciones sociales capitaneada por los massmedia y la realidad virtual, penetra una lógica industrial de simulación y suplimiento. Saborizantes, conservantes invaden la industria alimenticia, el chat y el WhatsApp desplazan la calidez del diálogo, la vida pública es colonizada por los medios electrónicos comerciales, la realidad suplantada por la simulación de imaginarios importados, el cotidiano invadido por mentirosas verdades de laboratorio, el amor mediatizado por profilácticos electrónicamente testeados y, nosotros, fatalmente reducidos a la condición de interfaz intermitente de una red espectral y anónima.  
Tampoco las observaciones de la ciencia constituyen la más absoluta garantía de certidumbre y verdad, el “fantasma epistemológico” no sólo ha merecido la crítica de sesudos expertos como Bateson en cuanto campo de alta especulación, sino, en tiempos de incertidumbre, de teorías del caos y paradigmas cuánticos se torna aún más crí(p)tico.
Los modos de conocimiento y aprehensión de lo real, aun con máquinas y artefactos, no sé si son más felices que lo que vive quién no dispone de tecnologías y lenguajes tan sofisticados para explicar el mundo.  
En medio de esa proverbial barahúnda, continúa el analfabeto, como objeto de salvación a cargo de salvadores, a su modo, también analfabetos, respecto al lenguaje de esa realidad monda y lironda, cuya transparencia nos asusta.


Cafetín con gramófono

Gesta Bárbara (II)


Segunda y última parte de la semblanza de una de las más importantes revistas literarias de Bolivia.



Omar Rocha Velasco

El colectivo de una revista actúa como una jauría: la naturaleza grupal los caracteriza, la jauría es un devenir constante, allí cada miembro conoce su misión, su rol, sin necesidad de previa asignación, midiendo sus capacidades y propias fuerzas.
Para fundirse en la jauría es necesario seguir un impulso irracional, eso explica los ímpetus juveniles que llevaron a muchos escritores a participar apasionadamente en revistas literarias antes de emprender el camino solitario de la escritura.
La revista Gesta Bárbara estuvo compuesta por una jauría guiada por Gamaliel Churata y Carlos Medinaceli; permitió canalizar cuestionamientos estéticos, políticos y éticos a su entorno, surgió y se desenvolvió como una oposición constante, una negación de la “ignorancia de los filisteos”.
Muchas revistas literarias en el continente se constituyeron en espacios de expresión de “sensibilidades nuevas”, no sólo en lo literario, sino también en lo político. Los bárbaros buscaron inventarse un nacimiento, intentaron fundar un nuevo espacio, por eso el primer texto que publicaron fue una especie de manifiesto de José Ingenieros en el que resalta la siguiente frase: “el Idealismo decapitará a la Mediocridad”.
Una de las aristas del barbarismo fue la transformación social y la rebeldía. Los artículos hablaron constantemente de la apatía, la ineficacia y la ignorancia de un medio que no dejaba desplegar sus ímpetus y/o talentos.
La tarea de transformación sólo es posible a través del arte, decían, además intentaron que ese ideal asumido no expresase sólo el interés de unos jóvenes trasnochados, sino que involucre a toda la sociedad: “Gesta Bárbara no representa el corolario de entusiasmos aislados, nace por la colaboración de toda la sociedad potosina. He aquí la razón porque ya es considerada como la única revista que Potosí edita. ¿Programa? ¡Arte!”.
Los bárbaros intentaron seguir ese programa con mucha versatilidad y variedad, en términos de Deleuze diríamos que utilizaron un fuerte coeficiente de “desterritorialización”, es decir, de aquello que no se sujeta a la seguridad de las determinaciones de la integridad, unidad y oficiales.
Muchas veces las lenguas están sujetas a utilizaciones normalizadas, determinadas por abstracciones trascendentes y sujetas a funciones institucionales: las lenguas del
Estado, las lenguas legales, las lenguas académicas, las lenguas del saber. Esta revista, sin embargo, rompe con estas determinaciones y otorga un panorama diferente: poemas, reflexiones, ensayos, reseñas, notas al pie, notas musicales, etc.
Otro gesto de desterritorialización fue la incorporación de cierta sensibilidad femenina expresada, por ejemplo, en delegar la dirección de la revista a María G. Gutiérrez en ausencia de Carlos Medinaceli o en la pregunta que los bárbaros hacían a sus colaboradores “¿usted qué prefiere amar sin ser amado o ser amado si amar?”, estos ejemplos muestran el grado de cuestionamiento a determinantes sociales predominantes en la época.
Las revistas literarias permiten ver “el sentido inmediato de la literatura y de la cultura” en un momento dado, por tanto, permiten explorar zonas de “cruce” de ideologías y proyectos  previos a su consolidación. En el caso de Gesta Bárbara, encontramos no sólo una preocupación por la sociedad potosina del momento, sino una preocupación más abarcadora: “la patria”.
Así, el cuarto número dedica sus páginas al “amor a la patria”. La concepción de patria que los bárbaros tenían estuvo cimentada en la siguiente metáfora: “templo de esperanzas y glorias”; los bárbaros se pensaron como sacerdotes de ese templo. Posiblemente esa concepción hizo que su barbarie no llegue realmente a la “profanación” para lograr trasgredir realmente.
A diferencia de otras revistas bolivianas mucho más endogámicas, o con preocupaciones que no pretendían ir más allá de sus fronteras, los bárbaros intentaron desde el principio tener una mirada más amplia, no es casual que hayan iniciado la serie con un texto de José Ingenieros o que tengan un número íntegro dedicado a Manuel Gonzales Prada, uno de sus “maestros”.
Así, su visión se plantea también americanista, adscribiéndose al ideal de la unión continental, como lo plantean en el número cinco: “antes que el estrecho patriotismo ‘nacional’, los americanos estamos obligados a amar a América y estrechar cada vez con más sólidos vínculos de unión, las naciones del continente (…)”.  

Gesta Bárbara fue, sin duda, una de las revistas literarias más importantes que se produjeron en Bolivia, su impacto fue determinante, su barbarismo, su paso de jauría y su rebeldía contagiaron a toda una generación, casi todos los participantes fueron importantes escritores, editores, historiadores y cuidadores de textos, cultivaron una sensibilidad que produjo las mejores ofrendas de la literatura boliviana.

Reseña

Luminaria del regreso



Texto que el autor leyó durante la presentación del libro Jardín de Claroscuros (Editorial 3600) de Matilde Casazola, durante la Feria del Libro de Santa Cruz.


Gary Daher

Los poetas griegos cantaban sus poemas. La primitiva música de los griegos estaba siembre estrechamente vinculada con la poesía. No había otra poesía que la cantada. Sabemos que Arquíloco y Simónides eran poetas a la par que músicos; sus poemas eran cantados. La música sin canto fue un arte muy posterior. Las leyes de la melodía eran dictadas por la voz humana según afirma el musicólogo alemán Hermann Abert.
Claro que la melodía que utilizaban nos es desconocida, y también sabemos que el ritmo dominaba sobre la melodía. Tan grande es el sentido que el ritmo y la melodía tienen dentro de estos antiguos que Platón en sus diálogos copia las palabras de Gorgias cuando pregunta:“…si se quita de toda clase de poesía la melodía, el ritmo y la medida, ¿no quedan solamente palabras?”
Presentamos hoy un libro de Matilde Casazola que recoge los poemas que la poeta escribió entre 1983 y 1984. A la manera de un registro de sus heridas de alma, Casazola marca cada poema con la fecha en que fue escrito, como una bitácora que anotara los detalles del viaje que le toca vivir, que le sirviese de luminaria.
Pero Matilde lleva acaso el sentido de los antiguos griegos, pues es una poeta que canta. Y en este volumen canta a la luz del regreso, después de una larga estancia en Europa. La misma autora afirma que el poemario incluye cuatro letras de canciones.
Hoy presentamos este trabajo, pero los tiempos han corrido junto con su canto, y, a esta altura, no nos cabe duda que Matilde Casazola es para nuestro país, lo que Chabuca Granda para Perú o, si tomamos cómo llega a su gente, lo que Chavela Vargas para México, en la medida en que su voz, sus originales melodías, sus letras y sus ritmos nos tocan en tal profundidad que no sabemos sentir otra cosa que Bolivia en nuestros corazones.
Aquí merece la pena recordar precisamente la canción De regreso, escrita por vuelta de los 70 cuando Casazola estaba en la década de los 20 años, y escribe esa sentida canción tan entrañable: “Con qué hierbas me cautivas dulce tierra boliviana”.
En el poemario pone en evidencia su mirada sobre el mundo. Hay casi siempre un alguien a quien le habla con un discurso que parecería la continuación de un diálogo truncado. Lo hace para mostrar sus más profundos afectos, su manera de sentir las cosas.
“He vuelto sí, para encontrar algo que se me había perdido”, dice en el poema en prosa El retorno, que prácticamente abre el libro.
Y transitamos por los versos que nos va dejando la poeta como una autobiografía de su mundo interior, donde el corazón, nos advierte, se ha quedado atrapado en los versos escritos, que se van amontonando como una alcancía del pasado:

Búscalo entre los papeles amontonados
empolvados y amarillentos
donde las arañas y el olvido
hicieron su nido, pusieron sus huevos.

Cuando ella se siente pertenecer al mundo de los sueños donde habita:

Pues, cada vez más pertenezco a ese mundo
de interminables escaleras y laberintos
cada vez más miro con extraña indiferencia
lo que sucede a mi alrededor, aquí.

Su conexión con el mundo se realiza a través de reflexiones, que se transforman en diálogos con los espíritus del plano vegetal, que de alguna manera representa también a esos otros. Así, hablando con un árbol joven, intenta definir el amor:

Te confieso que a pesar de haber amado tanto
no sé lo que es el amor
Acaso sea un lago, un beatífico espejo
donde solemos mirarnos por esas tardes malvas

Entonces nos damos cuenta que el universo de Matilde Casazola se ha compuesto de elementos entrañables: la guitarra, el árbol, las flores, la memoria familiar, que representa el patio, la luna.

No olvides, no, esa guitarra vieja
amiga fiel de un día
ni ese árbol que en el fondo del huerto
te tendía sus brazos.
No olvides no, la luna antigua
medallón secreto
ni el patio
familiar, con sus ramajes
perfumados.

Y la angustia existencial de encontrarnos solos, mientras el tiempo nos devora inevitable, no en el sentido de envejecer del cuerpo, sino en los sentimientos, envejecer en eso que es la pasión, envejecer y morir lo ingenuo. ¿Cómo entonces podemos comprender que envejece lo que llamamos corazón?

Estamos solos, tan solos tan solos
que el corazón como ciervo indefenso
huye tratando de escapar a las garras
de la fiera implacable del tiempo.

Porque en el amor, nos dice, no hay entrega mutua, como podemos oír en el poema El bienamado:

Sí, uno es el que contempla y el otro el contemplado
uno es el que ama y el otro el bienamado.

Por eso se refugia en el sueño. Un sueño no solamente referido a aquel viaje que todos los días los hombres realizan cuando el cuerpo duerme, sino ese sueño de la imaginación que vuela con alas majestuosas a donde su voluntad lo lleve:

Los dos somos yo misma, Vía Láctea.
Mi cuerpo, manso, me lleva en las noches a tus reinos
tanteando en la oscuridad, por entre las dalias dormidas.
Entonces te encuentro allá arriba y en tus blancos caminos
me pierdo.

Y cuando se acerca al mundo del afuera, ese mundo está hecho de dolor. Como cuando hirieron al narrador y poeta René Bascopé, heridas que finalmente lo llevaron a la muerte. Pero el encuentro, observe el lector, siempre ocurre en el espacio del sueño, que es el espacio de Matilde.

No sé de qué lugar del sueño te ha venido mi nombre
no sé de qué lugar del recuerdo,
oxidado y perdido
en medio de tanta sangre vaciada y recogida
de tanta herida abierta y suturada
de tanta aguja hipotérmica clavada.

Mientras que el amor que viene también del afuera, si llega, llega tarde.

Has llegado tarde,
muy tarde; la leña
se encendió hace tiempo:
las brasas ya casi
están consumidas.

Porque finalmente todo ese espacio ha quedado en el pasado, y no son más que muñecos, objetos sin vida, que viven solamente para la memoria:

Ah, los muñecos
tienen extraña vida
aun despanzurrados
con la lana derramándoseles por una herida,
aun olvidados
al fondo de un cajón, ellos palpitan.

Pero los grandes versos que Matilde Casazola deja escapar se pueden concentrar en este libro que nos presenta en un dístico tremendo. En uno que, además, dice de la manera en que esta poeta ingresa y permanece en el mundo, que no es otra que la manera de lo sagrado.

            Al entrar en tu templo
            era yo entera una oración.

Escuela de espectadores

For export


Mónica Velásquez

No son pocas las obras de arte que, últimamente en La Paz, ejercen un lenguaje y un mundo violentos. El desafío, sin embargo, no parece ser el qué llevar a la escena, sino el cómo hacernos sensibles hoy -con el cinismo que campea-, de manera que advirtamos las zonas de realidad que no queremos/podemos ver ni mucho menos evitar.
Conforme a este propósito, la obra en cuestión -la pieza teatral For export, de Antonio Torres- nos obliga a abrir los ojos para asistir, sin anestesia y con una estética naturalista, a nada menos que el mercado de órganos humanos. Se trata de un teatro social que localiza en un simple puesto de carne del mercado, la venta clandestina de carne humana.
En este sórdido mundo, conviven la más trivial cotidianidad y el más torpe siniestro. Cada personaje porta, en consecuencia, un lado humano y otro monstruoso; a excepción de dos: una mujer que habita sólo la sombra que la cambió de víctima en victimaria, y un ayudante de maestro carnicero espantado pero “inocente”, en medio del negocio.
El libreto encuentra sus primeros tropiezos en ese inconstante doble fondo, pues al no mantener ambas caras en todos los personajes hace inverosímiles o abusivos a los que portan una sola cara.
La actuación también es desigual pues todo el peso actoral se recarga en Roque (Bernardo Arancibia) y Checho (Mauricio Toledo), ambos destacables en sus papeles. Muy atrás quedan Débora (Francia Oblitas), el ayudante y el extranjero (Luis Caballero y Luis García).
Otro elemento que abre el hambre pero no la consuma es el uso del espacio. La primera parte de la obra transcurre con un doble fondo: el de atrás, velado por una cortina oficia de lo que podríamos llamar el inconsciente social, donde oímos a la asesina amenazar, gozar y matar a sus víctimas; adelante, la carnicería, el tiempo diurno, los negocios a la vista.
Cuando Débora pasa del espacio posterior al anterior, todo cae un poco: no lleva la oscuridad a la luz del puesto, sino que acaba narrando excesivamente, lo que debió mostrarse como acción, para diseñar a un personaje poco consistente. Asimismo, en ese espacio visible se oye la conversación de Roque con Sánchez para agenciarse un corazón de niño para su hijo enfermo. El puesto deviene en escena del crimen, la muerte toma primer plano, pero en el camino se pierde toda la riqueza simbólica y sugerente de los espacios divididos.
Finalmente, señalamos lo valioso de una estética que no da tregua ni refugio, que obliga a mirar la trata de personas y de órganos que sucede en nuestro medio sin que queramos o sepamos qué hacer al respecto.
Excesiva, shoqueante, de mal gusto para algunos, para otros una despiadada manera de mirar lo real... esta obra sin duda nos deja con mal sabor de boca y mucho remordimiento social.

El riesgo político, no obstante, sobrepasa el riesgo estético. Sin embargo, como el teatro se va haciendo al andar, confiamos en que en el camino se potencien sus logros, para que oír la historia desde el asesino o vendedor o comprador nos haga visibles, por fin, a los cuerpos que ya nada dirán. 

jueves, 12 de junio de 2014

Nota de apertura

Rodrigo Hasbún: Cuatro son suficientes

“En estos cuentos intenté irme un poco de mí mismo”, dice el escritor Cochabambino, y en otro momento acepta que “este es el libro donde he buscado acercarme de forma más directa a Bolivia, a una de las tantas Bolivias posibles”. Todo sobre Cuatro.

Rodrigo Hasbún (Fotografía: Martín Boulocq)


Martín Zelaya Sánchez

Hace ya más de cinco años, en mayo de 2009, durante el encuentro Joven Narrativa Boliviana en el Tercer Milenio, efectuado en Sucre, Rodrigo Hasbún se preguntaba desde su ponencia titulada Señales y prejuicios: “¿La idea de estilo, esa idea de escribir bien como valor que distingue a las buenas obras, funciona acá en Bolivia?”.
“¿Por qué reseñas y críticas suelen darle tanta importancia únicamente a la referencia, al retrato?”, cuestionaba entonces. Y ahora, con motivo del lanzamiento de su libro de cuentos Cuatro, el autor cochabambino se interroga: “¿sobre qué se ‘debe’ escribir y sobre qué no, a qué se ‘puede’ aspirar y a qué no, con quién, el escritor, está en condiciones de entablar un diálogo y con quién no? ¿Y quién delimita esas fronteras?”.
Se me ocurre iniciar así este diálogo con el autor, advirtiendo antes a los futuros lectores que Cuatro es un breve pero contundente muestrario de la enorme habilidad narrativa de Hasbún, una apuesta estética y estilística de alto vuelo, o, como lo dice Wilmer Urrelo en una nota adjunta en estas páginas: “un libro hermoso y tristemente ‘bastardo’”… una prueba, en fin, de que en Bolivia sí se escribe muy bien… y funciona.

- En un cuento de Cuatro te metes en la realidad, en el modo de pensar y actuar de un niño, y en otro, te pones en los zapatos de cuatro cincuentonas. ¿Cómo logras estos registros?
- En los cuentos de este libro intenté irme un poco de mí mismo, para llegar mejor a personajes que no tienen mucho que ver conmigo: ese niño más o menos despreciable, las cuatro cincuentonas que pasan juntas un fin de semana en el Chapare, un padre que no sabe cómo ser padre o un profesor en crisis.
Rodolfo Walsh escribe en su diario que, entre otras cosas, la literatura es un ejercicio de sumersión en los otros, además de un avance laborioso a través de la propia estupidez, y esas dos nociones contrapuestas hicieron de ruido de fondo mientras escribía estos cuentos. No sé si logro algo convincente, pero fue grato el desafío de ser menos autorreferencial y de mirar hacia fuera desde otro tipo de distancia. 

- No sé si me equivoco, pero me parece que te importa mucho la “economía de lenguaje”, que trabajas mucho para ahorrar palabras, para evitar un derroche innecesario de oraciones o párrafos…
- Como lector me interpelan por igual la escritura de Rulfo y la de Onetti, la de Agota Kristof o la de Clarice Lispector, aunque sus escrituras sean divergentes o incluso opuestas. Por encima del despojamiento o del exceso, del grado de expresividad o discreción, unas y otras están atravesadas por cierta lealtad a una voz, a una respiración, a un ritmo, y es a eso a lo que me aferro sobre todo cuando escribo.
Intento también ser lo más preciso posible, lo menos verborreico y redundante, y lo mismo me pasa con los cuentos en sí. Al principio este libro tenía varios más. Luego me di cuenta de que los cuatro que finalmente incluí eran suficientes como muestra de lo que ando haciendo ahora. Algún día quisiera publicarlos junto a los cuentos de Cinco, en un volumen titulado Nueve.

- Respecto a Syracuse, otro de lo cuentos, recuerdo un comentario que leí sobre Nostalgia de Cărtărescu. El autor de la nota reflexionaba si crear personajes escritores era un recurso válido y lógico, era algo “facilón” y ya muy trillado, o era un tema más como cualquier otro. ¿Qué piensas al respecto?
- No creo que haya temas o personajes más válidos que otros, ni que sean ellos los que definan la calidad o el alcance de un libro. Temas y personajes son solo el punto de partida, una materia maleable que la hondura y la sutileza o convicción del escritor logran llevar a otra dimensión. Basta con el mismo ejemplo de Cărtărescu.
Más allá de esto, te confieso que ahora mismo me interesa menos explorar el mundo de los escritores que hace algunos años, y eso queda claro en este libro: tres de los cuatro cuentos no tienen nada que ver con la literatura.
Syracuse sí, pero solo tangencialmente. Por sobre todo, se trata de una historia de amor y crueldad, en la que los dos personajes comparten una enorme capacidad de provocarse daño. Lo demás está subordinado a eso, y al homenaje que le rindo a Onetti en el cuento, que en realidad es suyo.

- En este mismo cuento, asumes al narrador-protagonista como anglosajón. Cuando Sebastián Antezana ganó el Premio Nacional de Novela con La toma del manuscrito, más de un crítico hizo notar que hasta entonces era casi imposible que un autor boliviano se desprenda de su “bolivianidad” en sus textos y cree personajes y contextos fuera del país. Poco después vino Scott-Moreno con He de morir de cosas así, y luego Edmundo con una novela y un libro de cuentos. Te pido una opinión y reflexión al respecto.
- Es sintomático que sigamos pensando este tipo de gestos como inusuales o inquietantes. Esa es una batalla que Borges libró (y agotó) hace más de 80 años, en un texto maravilloso titulado El escritor argentino y la tradición.
¿Cuál es la tradición de un escritor? O, más aún, ¿cuál es la tradición de un escritor que está al margen de ciertas tradiciones o, en nuestro caso, incluso al margen del margen? ¿Sobre qué “debe” escribir y sobre qué no, a qué “puede” aspirar y a qué no, con quién está en condiciones de entablar un diálogo y con quién no? ¿Y quién delimita esas fronteras?
Leyendo ese ensayo, y a Borges en general, queda claro que en el margen, y en el margen del margen, es donde tienen más sentido la irreverencia y la libertad, la posibilidad de proponer nuevos cruces, de desordenar los mapas anteriores, de apropiarse y ensuciar y subvertir lo que haga falta.
Casi a contracorriente de todo esto, sin embargo, Cuatro es quizá el libro donde he buscado acercarme de forma más directa a Bolivia, a una de las tantas Bolivias posibles. Pero lo hago porque quiero y necesito hacerlo, no bajo obligación o mandato.

- Sé que la música es muy importante para ti. Cuando entrevisto a compositores, siempre salen interesantes conversaciones sobre si crean primero la letra o la música. En tu caso, ¿cómo te nacen los cuentos, o las novelas? ¿Primero una idea de la trama, un personaje… un escenario? ¿O es indistinto?
- No siempre sucede igual. A veces es una imagen la que me dispara las ganas de escribir, otras veces la persistencia de algún sentimiento o un recuerdo que no quiere irse, una frase suelta y su música, algo que escuché por ahí.
Cualquiera de esas vías desencadena un proceso invariablemente misterioso, donde nunca sé a dónde iré a parar. Escribo a tientas, yo mismo descubriendo en qué consisten las guerras de los personajes, cómo funcionan sus afectos. De a poco voy encontrando algunas pistas pero en general todo resulta muy incierto, al menos hasta que termino una primera versión. A partir de ese punto, con algo más de distancia, voy definiendo los contornos de la historia y de todo lo que está en juego en ella.

- Sé que tú novela El lugar del cuerpo. Está disponible en librerías de varios países. Cuéntanos cómo te está yendo con su promoción, críticas y recepción.
- Tuve la suerte de que algunos editores se interesaran por hacer circular El lugar del cuerpo en sus países. Salió recién una edición peruana con la flamante editorial Santuario, y había salido antes en Argentina con Alfaguara, así que la novelita sigue encontrando lectores. Reeditar es quizá un hecho más feliz que editar: significa, en el mejor de los casos, que el libro late todavía, y que ha logrado trascender el reino precario de la novedad.

- ¿Coincides con Paz Soldán en que la narrativa boliviana está en su mejor momento en muchos años?
- Este es sin duda un momento interesante, no solo en cuanto a la visibilidad internacional que ha logrado la nueva narrativa boliviana, sino sobre todo en relación al riesgo y la solidez de algunos proyectos narrativos.
El desafío, ahora, es que esos proyectos logren sostenerse a lo largo de los años, que sigan llegando libros valiosos, y también que aparezcan otros escritores y, sobre todo, más lectores, que es quizá lo que más falta hace. Es mucho, sobre todo en un país donde las condiciones para fomentar la escritura y la lectura resultan tan desoladoras.
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Tanta agua tan lejos de casa
(Fragmento)

Rodrigo Hasbún

Necesito contarte algo, le dice el Roque al Jordi esa noche. Ya van por la segunda botella de vino y la pasta que han preparado empieza a oler increíble y el Jordi se pone serio y le dice que no lo asuste. Es algo sobre mi familia, añade el Roque y ve el alivio en su carita y esa camisa a cuadros le queda divina y descubre una vez más que está súper enganchado, más que nunca antes en su vida. Llena las dos copas y las chocan mirándose a los ojos, porque si no siete años de mal sexo, es decir el infierno mismo, y el Jordi le dice que lo está poniendo nervioso, que le cuente de una vez.
Llevan once meses juntos. Se conocieron en una fiesta y esnifaron no sé cuánta coca, nada raro que traída de Bolivia, y el Jordi se la chupó al Roque en la calle y todavía daba la impresión de que iba a ser cosa de una sola vez, de dos o tres veces máximo, lo que demuestra que siempre da mejores resultados no esperar nada. Es cajero en un banco de la Caixa y sabe poco de arte pero lo apoya muchísimo y casi todas las noches en las que le toca trabajar al Roque, el Jordi está ahí a un costado, no por celos sino simplemente para acompañarlo. Solo una hora más tarde, echados en la cama, le dice que no es cierto que sea hijo único o que quizá lo es pero que no siempre lo fue, en algún momento tuvo dos hermanos. El cuarto está en penumbras y eso lo ayuda a hablar. Después de contarle la historia, dice que durante años lo atormentó la idea de que pudo haberlos salvado, si insistía en ir con ellos no hubieran corrido tanto y se hubiera evitado el accidente. Me fui calladito, dice, odiándolos porque no me aceptaban como uno de ellos, pero incluso eso era mejor que lo que pasó luego. Después, cuando mis padres volvieron, estaban tan ahogados en su dolor que dejaron de verme, dice, era como si yo también hubiera desaparecido. Y entonces te fuiste, se atreve a decir el Jordi. Sí, dice el Roque, en cuanto pude, varios años después, y para ellos debió ser un alivio, y cuando me fui en serio, cuando dejé de contestar sus llamadas y correos, ellos lo asumieron de inmediato. En Bolivia nadie quiere un hijo marica, murmura después. Nadie quiere un hijo marica en ninguna parte, le dice el Jordi.
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Hasbún o los cuentos “bastardos”

Wilmer Urrelo

Por estos días tengo la suerte de leer un libro maravilloso: Cartas completas, de lord Chesterfield. Se trata de una serie de misivas que escribió a su hijo. Éste no era un descendiente al que mostrar en sociedad, era más bien y cito: “…tengo un muchacho de 13 años, naturalmente os confesaré que no es legítimo”.
Sin embargo, pese a esa “ilegitimidad”, las cartas están llenas de amor y, sobre todo, de consejos para ser un “buen” caballero de la época (mediados del siglo XVIII), consejos todos basados en el estudio y la lectura de los poetas antiguos y en la curiosidad por cómo era el mundo a través de los libros de geografía. Un buen padre. Un buen “ilegítimo”. Un buen niño “bastardo”.
Cuando terminé de leer los cuentos incluidos en Cuatro, de Rodrigo Hasbún (El cuervo, 2104) tuve la siguiente sensación: algunos de ellos (La mujer y la niña, pero sobre todo, Los nombres) pecan de una cierta “bastardía”. De aquella “bastardía” que Chesterfield usaba para que su hijo sea un hombre honorable, es decir, esconderlo entre los pliegues de la sociedad inglesa, francesa y holandesa, pero dotarlo a la vez de las herramientas más útiles para la época.
Cuatro es un libro hermosamente “bastardo” porque vemos, entre sus pliegues, la Bolivia que apenas entreveíamos en los otros libros del autor: Cinco (Gente Común, 2006), o en El lugar del cuerpo (Alfaguara, 2009). Una “bastardía” bien entendida, bien trabajada, una “bastardía” para leer entre líneas.
Sin embargo, eso no es todo. Dentro de estos cuatro maravillosos cuentos aparecen, de menos a más, eso que tanto apreciamos los que seguimos la carrera de Hasbún, una suerte de deliciosa tristeza y soledad y lo que viene después de estas dos: la resignación que te da el paso del tiempo y la certeza de comprobar que tu juventud quedó irremediablemente atrás, como pasa en el ya mencionado Los nombres.
A veces, como en el amor o en la desgracia, cuanto más queremos alejarnos de algo más nos acercamos (esa fórmula es irremediable, se los juro). Y eso le pasa al personaje, niño mundialista sospechosamente cochabambino, en La mujer y la niña. Sin quererlo, una responsabilidad que no es suya lo perseguirá por siempre y para siempre.
Y hay frases realmente conmovedoras, como la que derrumba todo un mundo en Tanta agua tan lejos de casa: “Nos merecemos mejores recuerdos”.
Quizá no esté tan de acuerdo con esto último, pese a su hermosura… lo que pasa es que a veces los buenos o mejores recuerdos no nos merecen a nosotros.

¡Ah, la bastardía!, tan denostada en el siglo de Chesterton. Ahora los tiempos han cambiado o están cambiando, y Cuatro es eso, un libro lleno de cuentos “bastardos”. Un libro hermoso y tristemente “bastardo”.

El chicuelo dice

Aventuras del pequeño niño blasfemo

Un relato inédito del escritor paceño Wilmer Urrelo


Wilmer Urrelo

[Primera comunión]
Las cosas, por aquellos años, eran así: un buen día nos dijeron ya llegó la hora de hacer su primera comunión, chiquillos. Entonces asistimos a las clases preparatorias a cargo de un cura (sospechabas, pequeño niño blasfemo) con inclinaciones algo alternativas que prefieres resumir en la siguiente frase: “mamá, tengo que contarte algo terrible que pasó en mi infancia”.
Amor. Dios. Pecados. Todo eso para recibir, una tarde, la absolución temporal.
Tú no creías, pequeño niño blasfemo, en nada de eso. Cierto, yo creía en algo mucho más superior: en la tele nueva que mi papá había comprado y que (comenzaban los años 80) ¡era a colores! Y creías en algo mucho superior todavía, en Superman, la película, en la primera parte que iban a pasar por el canal estatal y completamente gratis.
Entonces el pequeño niño blasfemo tenía un gran problema: o Dios o Superman. O Dios y sus barbas y su ira contra la humanidad o Superman y el detallazo ése de poder utilizar los calzoncillos sobre el pantalón.
Obvio: Superman.
Al pequeño niño blasfemo le daba, además, mucha flojera escuchar a los curas (agrega a eso que tenía miedo a quedarme a solas con el cura rarito, tenía miedo, en suma, a que la siguiente frase se hiciera realidad cuando tuviera 40 años: “mamá, tengo que contarte algo terrible que pasó en mi infancia”). Y el pequeño niño blasfemo hacía cálculos. Ponte que si recibía a Dios a las tres de la tarde y la película en cuestión comenzaba a las cinco, seguro alcanzaba a verla. Así que te aplicaste como nunca en las clases, no vaya a ser que algo se arruinara por mi ignorancia católica.
Ah, ¿ese era Jesús? Ah, ¿lo clavaron a una cruz? Ah, ¿se murió y luego revivió como si nada? Ah, el cura me mira con unos ojos...
Sabías unir las manos, pequeño niño blasfemo, bajar los párpados con devoción, rezar sin equivocarme, abrir la boca para recibir la hostia. Eso sí: no había que morder la galletita porque, según el cura y los años 80, eso era como comerse a Dios.
Sin embargo, por si acaso el pequeño niño blasfemo abría los ojos cuando hacían la mímica de recibir la hostia. ¡Hostias! No vaya a ser que el cura se ponga sentimental, digo, cariñoso, y luego, muchos años después: “mamá, tengo que contarte algo terrible que pasó en mi infancia”.
Y cuando pensabas en que la hostia se derretiría en tu pequeña y cálida boca, la cual ya decía groserías inimaginables, pensabas: qué débil es Dios que se desintegra frente a un niño así de pequeño. Mientras que Superman era casi indestructible. Así que esperabas el día, el grandísimo (día).
Aquí estás, mírate en estas fotos: tu mamá obligándote a usar un terno, ah, cierto, y la corbata y tu cara de odio a esas vestimentas… por eso nunca más en mi vida me puse una ropa similar, antes muerto. Así que llegó el día. Hubo una misa, luego cada quien a comentar sus pecados.
Recuerdas: fue en un curso, quizá en uno de los de secundaria donde dijiste la verdad, donde mostraste tu verdadero rostro, pequeño niño blasfemo. Las horas no avanzaban, nada, como siempre las cosas en este país habían comenzado un siglo tarde y con eso tenías apenas una hora y cacho para hacer la primera comunión, salir del curso, recibir las felicitaciones del caso (un día antes me regalaron una navaja a resorte, arma que llevaba a todas partes en el bolsillo trasero mi pantalón) y también posar para las fotografías (mírate en ésta: muestras al anónimo fotógrafo el dedo del medio sin que nadie se diera cuenta, ¡ay, pequeño niño blasfemo!).
Si las cosas continuaban de esa forma, no podrías ver Superman y cuando te tocó entrar al curso de secundaria dijiste he pecado. Entonces contaste una sarta de verdades, robos, alucinaciones, insultos a tus padres y hermanos, la vez que invocaste al Diablo mediante el Libro de San Cipriano.
El cura que te tocó en suerte reflexionó algo espantado y dijo cinco padres nuestros y tres ave marías. Y ojalá no acabes ahí abajo, hijo. Eso significaba media hora más de retraso y casi otros 30 minutos para llegar a tu casa, imposible, eso iba en contra de mi plan para poder ver la mentada película.
Así que el pequeño niño blasfemo decidió no rezar. Total, qué más da. Hiciste como que cumplías la sentencia del cura y sólo repetiste en tu mente: salir de acá, esperar el micro, subir, transitar las calles paceñas, llegar a la esquina, bajar, correr a casa, entrar, encender la tele y tirarse en la cama para ver la película.
Eso. Un plan. ¿Un plan? Un plan que fue desmoronándose cuando saliste del curso porque ahí estaba… ¿Dios? No. ¿Superman? Nones. ¿Tu linda familia? Menos. Entonces quién, pequeño niño blasfemo, dímelo: el cura, el cura de las clases. ¡Ups! Tú, ven acá, te dijo. Y lo seguiste con un miedo enorme mientras veías tu reloj de pulsera: cinco minutos menos, caracho, cómo perjudica la religión. La cosa es que llegamos a su oficina. Qué es. O mejor dicho, dígame hermano, para qué soy bueno. Y ahí el curita se rayó jodido, que los pecados, ¿te tocas?, ¿qué haces con tus amigos a solas?, ¿ven revistas?
El pequeño niño blasfemo, como se habrán dado cuenta a estas alturas, era un sabido, qué le iban a venir a él con esas cosas del amor fraternal, con eso de “dejad que los niños vengan a mí”, ¡ja! Lo dejaste hablar, que Sotanas del Diablo se desahogara, que el cura mostrara su plancito y entonces calló y te miró (a lo mejor pensando: este capullo ya es mío).
El pequeño niño blasfemo buscó con calma la navaja a resorte en el bolsillo del pantalón, la sacaste con parsimonia y dijiste: o me deja salir o juro por Diosito que se las separo, y el cura comprendió antes de que terminara la frase y abrió unos ojazos así de grandes y el pequeño niño blasfemo rió y dijo no se lo diré a nadie, alégrese de que no tengo tiempo para estas cosas, degenerado. A cuántos habrá jodido, carajo.
[“Mamá, tengo que contarte algo terrible que pasó en mi infancia”].
Acá hay otra foto: tú recibiendo abrazos y felicitaciones y, si miras con detenimiento, atrás, muy atrás, está el cura observándote: me tenía ganas, eso sí.
Saliste del colegio, aliviado, uf, salvé el honor. Y cuando estabas en la esquina tu mamá con voz cantarina: vamos a comer algo, ¿les parece? ¿Qué? Y ahí estás, mírate en esta otra foto, pequeño niño blasfemo: tú con una cara de velorio tragando una fría hamburguesa, ¡huácala! Y cuando terminaron de comer y llegaste a casa, obvio, chau película, chau Superman.
Pobre niño blasfemo, se fregó todo: perdió Superman y perdió Dios y el curita que te tenía ganas…, bueno, ahí gané yo, para qué, salvé el que se imaginan, al pequeñín me refiero. Eso hasta que alguien te llamó. Salvador, más conocido como Chisito, un compañero de curso. Oyes, ¿viste que cancelaron la película? Y el pequeño niño blasfemo ¿qué? Y Chisito: que cortaron la película porque se agarraron a ladrillazos en el Congreso y pusieron eso en la tele, pero la reponen la próxima semana. Mi papá llamó al canal para preguntar. Y ahí el pequeño niño blasfemo saltó de alegría e incluso practicó un par de pasos de baile a lo Menudo y tus padres creyendo: es la presencia de Dios, que ahora habita en su tierno corazón.
¡Ah, los milagros! Qué feliz fuiste ese día, pequeño niño blasfemo y qué triste eres ahora, cuánto cambian las cosas, cómo nos derrumba la vida.
Y al día siguiente, en tu curso, antes de que llegaras, todos hablaban de su primera comunión, de la película suspendida gracias a los ladrillazos en el Congreso, de las cosas que les habían regalado por pertenecer al equipo de los buenos.
Y eso a mí no me importaba, me dices ahora, lo importante era que podía ver la película la próxima semana y que me había salvado de la frase “mamá, tengo que contarte algo terrible que pasó en mi infancia”, y encima tenía una navajita a resorte que guardo hasta ahora con cariño: espanta curas degenerados, te lo juro. Te creo, te creo pequeño niño blasfemo.
¿Y qué hiciste un día posterior a tu primera comunión? Nada, las cosas habituales. Llegar al colegio, abrir la puerta de mi curso, mirar a mis compañeros, acercarme y decirles lo de siempre.
¿Lo de siempre?

Y el pequeño niño blasfemo diciendo: Ya llegó por quien lloraban, cabrones.