jueves, 22 de mayo de 2014

Artículo

Mello y Suárez, hermanos de sangre amazónica



Crónica del homenaje al poeta boliviano Nicomedes Suárez y de la llegada de su amigo y compañero de ruta, Thiago de Mello.


Paura Rodríguez Leytón 

Su silueta se perdió en los claroscursos de la tarde que ya acababa, se fue con la llovizna, bajo un amplio paraguas al lado de su amigo el poeta Adam Méndez, que viajó a Bolivia para verlo.
Así desapareció en medio de los árboles del Urubó, avanzando lentamente hacia el final del jueves, que cayó feriado por ser 1 de mayo. La tarde se había entregado propicia para la lectura de poemas. Él leyó algunos de los suyos, pidió disculpas por no ponerse de pie, porque le tiene mucho respeto a la poesía; luego, estuvo atento a la lectura de los otros.
Dos días antes, Thiago de Mello, el poeta brasileño autor de Los estatutos del hombre y amigo cercano de Pablo Neruda, había llegado a Santa Cruz de la Sierra, después de un largo viaje que lo sacó de la profundidad del Amazonas.
A sus 88 años, llevados por él con soltura y elegancia, hizo un aventurado recorrido de más de 300 kilómetros desde su pueblo natal y donde vive ahora: Barreirinha, hasta Manaus, para poder partir recién hacia Bolivia.
“Vengo con mucho amor”, anunció al presentarse al público que asistió a las conferencias sobre la Amazonia, organizadas por la Universidad Privada de Santa Cruz; así Mello habló de uno de los temas fundamentales de su vida: la defensa de la Amazonia y fue su palabra poética la que dio inicio a una serie de reflexiones sobre este vasto ecosistema constantemente amenazado, en el que él creció y al que le ha dedicado cinco libros de su reconocida obra literaria.
El tono de su voz sonó suave y al mismo tiempo enérgico, así atrapó al público: “…Si prestas atención, vas a escuchar un urgente clamor que crece, es la floresta pidiendo socorro, la mata pidiendo ayuda, la floresta es nuestra casa, es tu casa, cuida de ella con amor…”, dijo pausadamente.
Su atuendo blanco, realzaba su figura delgada y su piel trigueña. Así habló Thiago, de lo que más ama: los árboles, los pájaros, los ríos, el aire puro y la gente que vive en la selva amazónica. Así contó que después de haber vivido fuera de Brasil por muchos años, volvió a Barreirinha y allí se quedó, ya por décadas y desde allí no ha dejado de ser un activista social y ecológico cuya arma es la palabra: su discurso de paz.
Mello compartió la mesa con expertos en temas de la Amazonia, es así que se pudo contar con una visión completa de lo que significa este territorio, no solo en términos geográficos o ecológicos, sino históricos y literarios.
Pero Mello, no solo llegó a Bolivia para hablar de la Amazonia, él aclaró que a lo que vino fundamentalmente fue a homenajear a su amigo Nicomedes Suárez, el poeta beniano, mejor dicho, en esencia amazónico que, recibió la distinción Honorífica al Mérito Literario de la Universidad Privada de Santa Cruz y presentó la segunda edición de su libro Recetario amazónico de Dios, una impecable y bella edición de Editorial 3600.
Así, se hizo visible una hermandad tácita entre dos hombres nacieron junto a las aguas de los serpenteantes ríos amazónicos y crecieron alimentados por el vegetal olor del humus.
La literatura de Suárez fue reconocida en el ámbito académico. Una obra de toda una vida que quizá comenzó cuando a sus ocho años aprendió a nadar, antes que aprender a leer, en una inundación que cubrió la estancia donde vivía en Santa Ana de Yacuma; como lo recuerda en una entrevista que le hizo la escritora y periodista Magela Baudoin: “Aunque para mis padres seguramente fue una catástrofe, para mí era un viaje a la aventura, a experiencias peligrosas y épicas”.
Aventura que continúa y que ha hecho que Nicomedes sea autor de una singular obra en la que mantiene viva la memoria de sus primeros años. Obra acompañada por Kristine Cummings, su esposa, con la que transita ya cuatro décadas. Y así, creó Loén un territorio imaginario, una puerta de retorno hacia la geografía de su infancia. 
A sus 11 años sus padres lo mandaron a estudiar a Buenos Aires y comenzó un largo periplo que gran parte de su vida lo tuvo alejado de su tierra natal. Por Inglaterra, España, Estados Unidos. Sus 12 libros en los que recrea la selva, lo han convertido en uno de los más importantes exponentes de la literatura amazónica.
Hace unos años volvió a Bolivia y vive discretamente en Santa Cruz, junto a Kristine. Mucha gente no sabe que es uno de los escritores vivos más importantes del país. Sin embargo, el propio Jorge Luis Borges, en 1983 escribió sobre él: “Afirmar que Nicomedes Suárez es un escritor mítico genuino no es un elogio baladí. Concebir de los sueños, mitificar, es cualidad primordial de un verdadero escritor. Otra es trascender la mera ingenuidad, crear, como él lo hace, con la imaginación”.

Thiago de Mello vino a hablar sobre Nicomedes y orgulloso contó de un memorable encuentro de poesía que hubo en los 90 en Barreirinha, en el que uno de los invitados especiales fue Nicomedes. Contó que su poesía todavía se sigue leyendo y los niños en el colegio, lo citan y dicen sus poemas. Así habló Thiago de Mello, con pausa y con amor por este poeta boliviano. 

Reseña

Minoría absoluta, prosa inteligente y pertinente



Martín Zelaya Sánchez

“Prevengo al locoto en polvo, a las enfermeras, de media jornada, a los balones que no se prodigan por un chanfle, a los tinteros olvidados en las estanterías burocráticas. Esta espera tiene que acabarse: como el café con leche, como la histeria, como la Historia, como la epidermis remendada del cielo y sus ingratos dioses de papel maché”.

Así termina Aviso, el primer texto de Minoría absoluta (Editorial 3600), y así el cantautor y escritor orureño Vadik Barrón marca la tónica general del libro presentado hace un par de meses en La Paz.
Imaginación, originalidad, gran facilidad para captar, retener y transmitir la cotidianidad de las generaciones sub-40: los comunes denominadores mediáticos y tecnológicos, son algunas de las claves de Vadik, ya muy perceptibles en sus canciones.
Además domina hábilmente lenguajes, tips de conducta y comportamiento y, sobre todo, modos de razonar de los bolivianos en general, y de sus contemporáneos y compañeros de idiosincrasia altiplánica en particular.

“Yo me figuro a los muertos agremiados en sindicatos, risueños, unos con una bala en el pecho, otros con un infarto muy fresco a las puertas de las oficinas -oficiales, oficiosas-, realizando gestiones que duran días, meses, despreocupados por el paso del tiempo, diciendo: ‘total…’, o encogiéndose de hombros, presas de una curiosa y afable distracción”.

En las páginas de este breve libro -92-, se deslizan por ahí “verdades muy verdaderas” en las que pocos se detienen a pensar, más allá de su obviedad. Humor, pertinencia y eficacia.

“He aprendido a sentirme fuera de lugar casi en todas partes. Tengo un infierno en el estómago, una pesadilla que corre en rewind en la cabeza, fantasmas de papel claveteados en los ojos, piernas más listas para huida que para caminar hacia adelante, el sexo convenientemente oculto y aplastado en ropa interior pasada de moda…”.

Finalmente, está claro que Vadik es un gran rematador… no en el fútbol -pues a sus bien llevados 38 juega al arco-, sino por las estupendas frases finales -los remates- de casi todos sus textos; cada uno es un pequeño partido contra sí mismo.

“Y una vez más no sabré si sueño despierto o vivo dormido”. “El adiós tiene la mala costumbre de no avisar cómo ni cuándo ni por qué”. “Regreso al espejo, pero allí ya no hay nadie”. No hay cielo sin imaginación desmedida”. Pongámosle ganas: el fin del mundo -como lo conocemos- está en nuestras manos”.

Microcuentos, textos entre autobiográficos, reflexivo-humorísticos, irónico-provocativos… de todo y para todo gusto.
Entre novelistas, cuentistas, ensayistas y poetas, hay pocos en nuestro medio que cultivan la prosa breve así tal cual: una suerte de greguerías, fragmentos de diario o cavilaciones sueltas todas muy atinadas y pertinentes, y, ante todo, con buen humor e inteligencia.

Eso sí, hay que decirlo, hay algunos excesos que podrían evitarse: frases rebuscadas, poética fácil y no bien lograda: “La madrugada emana colores que emulan la visión de una nota musical”… pero eso, por suerte, es la minoría absoluta en este divertido y muy recomendable libro. 

Desde la butaca

Martha Cajías, la vida es tránsito

Semblanza y evocación de la desaparecida artista, a propósito de una reciente muestra póstuma.


Lupe Cajías

Es difícil clasificar el arte de Martha Teresa Cajías porque sus inquietudes creativas la llevaron a probar una amplia gama de posibilidades: el lápiz negro, la cajita infantil de colores, la acuarela, el óleo, el batik, las lanas y sus mágicos entuertos; la cerámica, los tintes con plantas milenarias, los objetos cotidianos de paja, piedra, raíz o tela, las técnicas mixtas…
Así lo muestra una exposición póstuma titulada La vida es tránsito que organizó en abril el Espacio Simón I. Patiño, con un gran cuidado para proteger el espíritu de la artista, con la vista del Illimani, los cerros y Llojeta que tanto amó.
La muestra contó con la curaduría de Cecilia Lampo y el apoyo fraterno de las artistas y amigas Carmen Bilbao, Katherina López y María Eugenia Prudencio, quienes además rescataron pinceles, vasijas y mandiles de los talleres de Cajías.
Cajías nació el 29 de julio de 1954 y falleció el 8 de octubre de 2012. El poeta y compañero de vida, Juan Carlos Orihuela, la presenta así:
“Nació y murió en La Paz, ciudad que habita y transita apaciblemente. Según rumores fundados, estudió en la Carrera de Artes Plásticas de la Facultad de Arquitectura de la Universidad Mayor de San Andrés y luego transitó, siempre en silencio, por talleres libres de dibujo, cerámica, telar vertical y batik, que desde entonces determinan su vida. El destino y sus misterios la hicieron recalar en el departamento de Artes de la Universidad de Davis, California (Estados Unidos), donde participó en talleres de dibujo de la figura humana, y en el departamento de Artes de la Universidad de Éugene, Oregón, donde conformó talleres de mono grabado y cursos de dibujo con lápices de color así como talleres de técnicas del telar europeo e indígena”.
“De su trabajo artístico ha dicho el crítico de arte Pedro Albornoz: Desde la sutileza de su dibujo hasta la terrosidad de sus textiles, Martha Cajías explora una diversa gama de soportes, medios, técnicas y tradiciones mitológicas, sirviéndose de sus potencialidades intrínsecas para revelar una visión íntima del mundo que nos habla del cuerpo, memoria, ser y conocimiento, pero también de la relación dinámica entre todos estos elementos, evidencia en un tiempo/espacio común: el corpus de su obra”.
“Nos tiene acostumbrados a prolongados espacios de recogimiento entre una y otra muestra, pero siempre regresa en medio de antiguos y renovados mitos, tiempo y memoria, que quizá sean los ejes que articulan su trabajo artístico y su vida terrena”.
La última exposición en vida fue en marzo de 2012, también en el Espacio Patiño con el apoyo de Joaquín Sánchez, con quien logró una sintonía peculiar a partir de las canastas y batanes que dan personalidad a una cocina paceña y reflejan los tejidos externos y anímicos de la artista.
Ella expuso en diversas galerías de La Paz, Cochabamba y en países andinos. En 2010, Plural publicó un catálogo bellamente impreso con una serie representativa de su trabajo en batik, telar, óleo, dibujo y técnicas mixtas.
Hasta sus últimos días dictó talleres de telar en la Fundación Cultural Cajías y expuso con sus alumnas sus obras en museos paceños. Actualmente, las egresadas continúan esos cursos en la cátedra “Martha Cajías” de esa institución.


Reseña

El lenguaje de una nueva civilización



Paola R. Senseve T.

“Estoy tan aburrida que podría morir”, escribe la adolescente Genoveva que vive en Culo del Mundo. Sus días transcurren entre la escuela, su diario y sus profundos amores: su abuela, su perro, su hermanito y su mejor amiga.
En 98 segundos sin sombra, Giovanna Rivero se desdobla en la creíble voz de una muchachita que todo lo escribe en un diario, la máxima expresión de su libertad. Es el único lugar donde puede ser, sin esconderse, sin medir sus palabras. Ahí se cuestiona, se irrita, se pregunta y se responde cosas que cuando pasamos de la juventud y más allá, seguimos haciendo de una forma impura, contaminada por la racionalidad y la supuesta madurez.
Y son las palabras, las protagonistas de esta novela. Es más lo que dice y cómo lo hace, que las historias que cuenta. No pasaría nada, si es que Genoveva no lo escribiera en su diario, “como hizo la chica Frank.  
Entonces, nos interna en un universo que existe solo a través del lenguaje: “…como si a mí la vida de los demás me importara tres peniques. Sí, acabo de escribir ‘penique’”. Genoveva también es una maestra de la ironía cuando habla con y de las personas que la rodean; así se defiende del mundo: “Es fácil ser hombre. Es facilísimo. Abrís la boca y reís.”
En su reseña, Sebastián Antezana apuntó las páginas que hablan del vínculo que une amor y enfermedad, como las mejores de la novela. Estoy de acuerdo con él y me animo a afirmar que para una Genoveva que piensa el amor innevitablemente unido a la enfermedad, a la falta de seguridad o estabilidad, los límites de la corporalidad tampoco están presentes.
Por otro lado, un fuerte complejo de Edipo, salpica las páginas de 98 segundos sin sombra, culminando en la máxima de todos los seres humanos: divorciarse de los padres, no sin antes haberse reconocido en ellos.
Giovanna también nos descoloca en la lectura manejando imágenes hermosas que parecen situadas estratégicamente para equilibrar la brutalidad de su texto: “Supongo que cuando nadie la ve, mamá se escurre completa por esos anillos y cruza a otros lugares, a otros países, a otras vidas, donde no tiene dos hijos ni un marido depresivo”.
O la sola idea del título, de esos 98 segundos sin sombra, la jugada estética principal, contar el tiempo que transcurre en las cosas que a Genoveva le parecen importantes y hacer que nosotros, lectores, respiremos.
Esta es una historia que atraviesa todas las etapas: el nacimiento, el tedio de vivir, la enfermedad, la muerte. Una chiquilla, que se desviste de todo, que destruye lo que requiere un final, que toma lo indispensable y se va con lo que cree que es amor, para fundar una nueva civilización.
No dejamos de ser esa adolescente en la medida en que el tiempo pasa y lo real es lo que vamos descubriendo de nosotros, de lo que somos capaces. Pocas cosas nos separan de Genoveva, la edad no es una de ellas.
Terminé de leer 98 segundos sin sombra y me quedé con la sensación de haber leído a una Giovanna honesta, sin pretensiones (lo que no quiere decir sin legítimas ambiciones), doliente, que no está buscando llegar a alguna parte porque está parada en el lugar exacto donde tiene que estar. Hay que hacerse muy pequeño para ser grande, decía mi abuela; tan pequeño como una menuda adolescente en Culo del Mundo.



Música

Antes de que sea más tarde


Robert Brockmann S.

Antes de que sea más tarde, me es necesario decir algo sobre el último disco de Llegas, #VieneElSol. Se trata de la selección de canciones que tocó en dos conciertos en el último trimestre de 2013, y viene acompañado por un DVD.
El énfasis está puesto sobre interpretaciones -en algunos casos muy evolucionadas- de toda su discografía, pero con algún énfasis en sus discos Huye el Sol (1996) y El Pesanervios (2000).
Hay que  decir que se trata de un GRAN disco. Ya en el concierto, en uno de los numerosos pasajes instrumentales, me asaltó el gran deleite y la certeza de que estaba ante algo grande, en presencia de grandes músicos; que el banquete que presenciaba hubiera sido considerado de primera calidad musical en cualquier ciudad del mundo, incluidas Buenos Aires, Londres o Nueva York.
He escuchado #VieneElSol numerosas veces y ni me cansa ni deja de sorprenderme su solidez y virtud musical. Son 18 años desde que el Grillo lanzó su carrera como solista y un poco más desde que se destetó de LouKass.
El Grillo ha trascendido, con mucho, aquel pop/rock, que no estaba mal y al que le tenemos cariño. Entretanto se ha convertido en un músico serio. Lo era desde un principio, pero ahora ha llegado a un grado de madurez musical bien acompañada. Se ha vuelto capaz de atraer músicos de primer nivel de otros países y otros continentes para tocar con él. Así de bueno.
No voy a mencionar a los músicos que hicieron posible el álbum. Mi elogio y admiración van para todos. #VieneElSol ofrece 13 canciones, todas exigentes de virtud musical (que es derramada a raudales), pero también, exigentes para el oyente: de las que no se aprecian necesariamente a primera oída, y que son las que a la postre producen más placer y más perdurable.
Piezas llenas de detalles, de matices y cambios sutiles, pero que también cargan la enorme fuerza rítmica y la solidez compacta de quienes están acostumbrados a tocar juntos y tienen las mismas influencias.
El Grillo se ha convertido en un compositor muy interesante. Lejos de las simplezas poperas, se adivinan sus muchas influencias de rock profundo y el hecho de que es un buen escuchador. Y a los buenos escuchadores, en Invisible les regala un trocito de riff de Tom Sawyer de Rush, a modo de homenaje a la banda canadiense.
Escuchen y aprecien #VieneElSol y sepan que hay en nuestro país una vida musical mucho más interesante y profunda que, por ejemplo, el bobalicón, simplote y previsible Festival de Viña del Mar. 
Para terminar, no todo es sol. Semejante disco merecía una mejor caja, un mejor acabado, un mejor DVD (que no está mal, pero que no está a la altura de la música).
El librito con las liner notes (una golosina para quienes amamos los CD físicos) está tan mal impreso que sólo es legible con una lupa y a plena luz. Al final sin embargo, nada de esto desmerece la música. Si hay una nueva edición, la caja podrá corregirse. Lo que importa, la música, ya está ahí.

Chapeau, Grillo.

jueves, 15 de mayo de 2014

Ensayo

“Cenagosas aguas las de los afectos, apacibles y templadas las de la amistad”


En este hermoso texto, la autora reflexiona sobre las muy especiales relaciones que tuvieron Adela Zamudio y Virginia Woolf con sus hermanas.


Virginia Ayllón





A medida que voy estudiando la vida y obra de Adela Zamudio, un hermoso tema aparece: la amistad con su hermana Amalia. Tal vez me impacta porque me suena a otra amistad, la de Virginia Woolf y su hermana Vanessa.
Y es que a las que se consideran grandes historias de amor prefiero estas relaciones más bien devocionales, como el fervoroso amor entre Vicent Van Gogh y su hermano Theo.
La amistad es un sentimiento sin el apego que complica y confunde las relaciones de pareja o las familiares. En éstas últimas hay siempre un ingrediente de “deber”, ausente de la amistad, la que, sin embargo, comparte con aquellas el compromiso.
No se entendería la valiente gesta de Antígona sin considerar el amor comprometido hacia su hermano Polinices. La tragedia de Sófocles no es una historia sobre leyes, es una sobre los sentimientos. Por eso también es una historia de la fuerza del amor contra las razones del Estado.
Entonces, si bien Adela y Amalia, Virginia y Vanessa eran hermanas, en realidad se quisieron como amigas. Digamos, además, que para quien gusta de la cábala, los dos nombres de las inglesas comienzan con “V” y los de las bolivianas con “A”.
Mientras Vanessa era mayor en tres años que Virginia, Adela llevaba a Amalia casi dos años y en ambas relaciones una de ellas hizo de la escritura su zona de sobrevivencia, y al hacerlo, tanto Virginia como Adela erigieron su creación como centrales para la literatura de sus países, para la escritura de mujeres y para la literatura universal, al menos en el caso de Virginia.
Adela y Virginia no estaban muy alejadas en el tiempo (la inglesa nació en 1882, veintiocho años después de la boliviana) pero sí en el espacio, aunque la literatura las une porque nunca será un dislate hablar de la escritura de la una junto a la de la otra.
Pero si Vanessa fue la hermana fuerte y protectora de Virginia, en el otro caso, fue Adela la que protegió a su hermana, y en realidad a toda su familia.
De Vanessa, además, se sabe que fue una importante pintora y principalmente una mujer nada convencional. Algunos pocos datos sobre Amalia parecen indicar algo similar, una mujer de carácter libre, y dispuesta a buscar y disfrutar los encantos de la vida.
Virginia y Adela se parecen en la enjuta mirada de adultas y a veces hasta en la indumentaria cuyos retratos testifican. En ambas se adivina nostalgia o sufrimiento, pero se alejan sobremanera en las razones de su pesar.
En el caso de Virginia, recientes biografías establecen el origen de este sufrimiento en el abuso sexual que junto con Vanessa habrían sufrido, de parte de sus medios hermanos. A ello, los biógrafos suman las pérdidas de su madre, su padre, su hermano y su media hermana.
En el caso de Adela, los pocos datos que se conocen indican que a su sensibilidad sobre la situación de la mujer en la sociedad, que le trajo varios problemas, se sumaron las pérdidas de su padre, su madre, sus dos hermanos y, finalmente la de su hermana Amalia.
Esto significó para Adela, a sus 58 años y hasta su muerte, hacerse cargo de los hijos de Amalia, cumplir el rol maternal y de cuidado de tres adolescentes. Pero, a diferencia de Virginia, quien pertenecía a una adinerada familia inglesa de clase alta, Adela tuvo que cumplir tal designio de la vida apoyada en su salario de maestra.
Ambas, Virginia y Adela, suelen ser despectivamente consideradas como mujeres “duras”, ajenas a los quehaceres femeninos comunes y no pocas veces el gesto despectivo las pone como “intelectuales” y “racionales”.
Al respecto, Marguerite Yourcenar, recordando su encuentro con “la joven Parca”, como calificaba a Virginia Woolf, se decía a sí misma: “a menudo reprochamos su intelectualismo a las naturalezas más finas, a las más ardientemente vivas, obligadas por su fragilidad o por su exceso de fuerzas a recurrir sin cesar a las duras disciplinas del espíritu”.
Al igual que la belga autora de Opus Nigrum, también creo que Virginia y Adela eran frágiles y vivían sus días asustadas, lo que no quiere decir pasivas; y los vivieron escribiendo.
Lo mismo podemos decir de Silvia Plath, Alfonsina Storni o Alejandra Pizarnik. Estas mujeres no vivieron “felices” (“pavorosa palabra”, decía Adela) y tal vez ni siquiera contentas; transcurrieron estancias tensas pero sumamente intensas, para decir lo menos. Quién sabe ello explique algo de su vigorosa escritura (también para decir lo menos) y no es casual que el suicidio esté en su letra y en sus vidas. Adela no se suicidó pero hay que leer su poesía (no solo su poema A un suicida) para reconocer este índice en su obra.
Volvamos a la amistad. En una carta dirigida a su hermana, Vanessa le dice: “si sólo estuvieras aquí ahora, encenderíamos un fuego y nos sentaríamos a hablar toda la mañana, con las faldas subidas hasta las pantorrillas”.
Esta escena en que dos hermanas conversan es el mejor dibujo de este tipo de amistad. En su poema Ayer en la tarde, dedicado a Amalia, Adela dice: “Tras un día caluroso/ vino un fresco anochecer/ y en un sitio delicioso / bajo un pabellón frondoso / nos detuvimos ayer (…)/ Largo tiempo te escuché, / tu voz me gustaba tanto…”. 
¿De qué hablaban estas hermanas amigas? Vanessa le dice a Virginia “Con genuino interés oiría lo que tendrías que decirme y seguramente llegaríamos a apasionadas esferas (…) hablaríamos de nuestro maravilloso pasado. ¿Por qué no estás aquí?”, y Adela a Amalia: “Tal vez en algo pensamos/a un mismo tiempo las dos;/ algo que ambas recordamos…”.
Pero es seguro que el recuerdo era apenas un tema más del que hablar, e indudablemente el silencio, la risa y el llanto estuvieron en medio de estas amorosas escenas.
Quien mejor ha captado estas relaciones fue, sin duda, el impresionista francés Renoir, al menos en dos de sus telas. Mujeres hablando y Niñas a la orilla del mar. Particularmente esta última en la que, de espaldas a dos mujeres jóvenes, el pintor retrata ese estado de complicidad e intimidad, la apacibilidad del paisaje, tan a tono con esos corazones tan cercanos.

Roguemos al cielo santo
que siempre unidas así,
se alce a un tiempo nuestro canto,
se confunda nuestro llanto
y no te apartes de mí

(Adela Zamudio)


Parhelio

Un sol negro encerrado en el lenguaje


Una lectura diferente de El Loco, de Arturo Borda, a partir de la pintura que aparece en la portada del libro.



Rodolfo Ortiz

El Loco opera desde la intensidad de un punto vacío que su autor traduce como un “sol negro” encerrado en el lenguaje. Quisiera proponer una aproximación a esta imagen, a partir de sus primeras y últimas líneas.
La primera nota que se incluye en las cuartillas publicadas de “El Loco” merece especial atención: una Nota del Editor nos advierte que la “nota” aparece “en los originales del autor”. ¿De qué trata esta nota? De la máscara de lo visible de la obra. “La forma tipográfica de éste libro, desde la carátula, es inalterable, por ser inherente al fondo mismo” (3). Retengamos ese enigmático “desde la carátula”, soslayando por el momento el himeneo del fondo con la forma que representa una complejidad mayor a la aparente. Un primer sentido de carátula sería aquel en el que la nota se suscribe: la primera página de la obra “El Loco” donde aparece el título sin el nombre de su autor. Pero carátula, en tanto máscara que oculta la cara, también significa cubierta, portada, funda o estuche, en este caso, la máscara o carátula que representa el óleo sobre cartón elaborado por Arturo Borda y firmado con letras rojas “inherentes al fondo mismo”, luego de asumir la paternidad de la obra desde 1942, “impuesto por la dirección ‘Las Américas’” (“Parhelio” 7), de la Editorial del mismo nombre, que también se incorpora en el cuadro y que se borra en la edición de 1966.
La portada como la forma más externa de la obra, “inherente al fondo mismo”, revela un sol negro que el narrador, hacia el final de El Loco, en el acápite que titula “Fin”, evoca de la siguiente manera:

Durante el día he mirado de frente al sol: al atardecer mis ojos estaban calcinados; ya no miran nada, pero en mi recuerdo, en medio de la noche, en las absolutas tinieblas, creo ver permanentemente un sol negro, orlado de inmensas llamaradas heladas y argénteas. (1648)

En el óleo aparecen las llamas argénteas y la negrura del astro flotante sobre el lago Titikaka, pero, sin duda, el texto señala el inconveniente de cómo llegar a fijar la vista en algo. ¿Cómo es que unos ojos que ya no miran nada creen ver desde el recuerdo un sol negro? Retengamos que fijar la vista en el cuadro es retener solamente las manchas cromáticas fragmentarias y no lo que se supone que debería ser su constelación desde el recuerdo, “un sol negro, orlado de inmensas llamaradas heladas y argénteas”. La pintura, entonces, parece consagrada a separar lo visible de lo mirado, para llegar a privilegiar una orgía de color donde lo escrito participa como una mancha sumada a la multiplicidad de lo cromático; la editorial, el personaje, el autor, representan tres nombres cromáticamente diferenciados de un lugar que se vislumbra “permanentemente” desde el recuerdo. Decimos “hay un sol negro”, pero si nos atenemos a la experiencia sensible que termina calcinando los ojos, nada nos autoriza a sostener semejante cosa. Si hay lo que recordamos que es, ¿en torno a qué núcleo o a qué centro logramos sostenerlo si proviene de la leyenda de un recuerdo? Y si decimos leyenda no cabe duda de que ya no estamos ante cosa alguna sino ante una palabra escrita que inmediatamente se metaforiza en las llamaradas que inscriben simultáneamente el nombre negativo y eclipsado de un personaje, una obra y un autor.
Estas páginas, desde diferentes escalas de intensidad, nos confrontan con el abismo de ese “fondo inherente” que representa, según la obra misma lo indica, la imagen de un “parhelio” que se configura como un fenómeno óptico y cosmológico de duplicación y multiplicación de los centros.
Si vamos a conceder un cambio de sensibilidad a esta obra, éste podría referirse a un proceso de borradura, de eterización diría el Loco, de tales escalas de intensidad. Pues si bien el personaje se atiene a la experiencia sensible, no hay nada que no sea el propio deseo de dar finalmente con algo. ¿Preeminencia de lo nombrado sobre lo visto, del recuerdo sobre la sensación? Borradura, eterización, descentramiento “inherente al fondo mismo”. Una intensidad de lo visible articulada a una intensidad de lo ilegible, en cuyo centro nada se muestra, ni se deja ver sino es a través de su leyenda. Las llamas de las pupilas (soles negros a su modo) se entrelazan con las voces ajenas de un recuerdo que suplanta la “cosa”. Todo ver se confunde con un deseo de ver. La “cosa” ya no se ve con los ojos (órganos calcinados al atardecer). Esa “cosa” se ve en los campos de oscuridad, eso se ve, a la manera de Joyce, con los ojos cerrados.
Este punto crítico de descentramiento configura una inscripción que dinamiza esta figura borromeana entre deseo, cosa y palabra. La inscripción (con letras de fuego) de un nombre que funde en una carátula lo propio con lo anónimo, la identidad con el vacío que la sostiene: la leyenda de un loco, ahora el Loco, sobre el fondo de un sol que a mediodía anocheció.
Pero este punto también despliega otro tipo de inscripciones. Por ejemplo, la inscripción de la “amada” Luz de Luna, que surge precisamente de la violencia de un encuentro entre el anónimo personaje y el “alma del fragmento”, por así decir.

Al pasar la brisa deja a mis pies un fragmento de periódico que alzo y leo: -As Luz De Luna, la víspera... Luego sigue una lista, truncada, de nombres y palabras sin sentido. Luz de luna es lindo nombre. Arrojo el papelito y continúo mi marcha. Estoy sumamente fastidiado; creo que se me va haciendo idea fija esto de... as Luz De Luna, la víspera... Ocho días y he repetido un millar de veces, sin motivo, sin querer y sin pensar. (31) [sic]

Ese pedazo de papel como alegoría del fragmento mismo, que a su vez representa esa cosa deseada como ficción heredada e inscripción, no tardará en engendrar en el Loco la sospecha de que “Luz De Luna no sea más que un simple nombre” (43). En principio resulta fascinante el contraste entre el “sol negro” donde se inscribe el nombre vacío que lo representa y la “luz de luna” donde se inscribe el nombre no menos vacío de lo que se desea. Luz De Luna, toda mayúscula, es antes que nada una inscripción y, lo que es más relevante, una fruta deseada que ya comienza a ser leyenda. A esta idealización de una identidad de la cosa que no es dato natural o sensible, la tradición del pensamiento occidental (metafísico) la llamó “ser”. Para el Loco una cosa es cuando no se ve nada, pero no cuando los ojos no tengan que ver para nada, sino muy al contrario, cuando esos ojos son capaces de asir de aquello que aparece (fragmentario) un sentido.
Esta estética no presupone la presencia de alguna alteridad manifiesta detrás de las manchas policoloras de un cuadro o de las letras arrancadas y dispersas en un pedazo de periódico que el viento arrastra a nuestros pies. Tratar al sujeto metafísico de vidente, en este sentido, ya es una manera de convertirlo en un farsante. No hay nada que no esté ya en esas manchas intermitentes de óleo o de tinta. No hay nada cuyos bordes no estén ya absorbidos por un fondo ilegible de oscuridad y no representen nada que no sea esta hilera de fragmentos que elevan de su filo (a modo de humo) eso que llamamos mundo. Nada como no sea una hilera de fragmentos.
La última línea de El Loco abre una hilera que repite así: “Sombra y sombra o sólo el vacío”. (1653)