jueves, 17 de abril de 2014

Lector al sol

98 segundos sin sombra


Por suerte –dice el autor-, todavía hay textos como los de Giovanna Rivero que en lugar de contarlo todo, dejan que el lector tome parte de la narración.




Sebastián Antezana

Acabo de terminar la nueva novela de Giovanna Rivero, 98 segundos sin sombra, publicada por la editorial Caballo de Troya. En una primera lectura, cuenta en primera persona, en forma de diario, la historia de Genoveva, una adolescente de 16 años que vive y crece durante la década de los 80 en un pequeño pueblo del oriente del país que llama indistintamente Therox o el Culo del Mundo.
Allí, en esa especie de margen del proyecto nacional, Genoveva es testigo de la llegada y desigual consolidación de dos fenómenos que en realidad son uno mismo: el tráfico de drogas y la modernidad. Marcas importadas, música en inglés, creencias alejadas del espectro de lo local y más son constantes en esta novela que es al mismo tiempo confesión, novela de aprendizaje, crónica de un lento escape y diario secreto.
Junto a ellas, el adoctrinamiento religioso salvaje, el aborto clandestino como norma, el individualismo como ley y las ruinas del trotskismo asoman la cabeza entre las páginas, en forma de personajes o pequeñas historias que son todas señales de una época, marcas que delimitan el transcurso de una obra que el lector difícilmente dejará de asociar, incluso si ligeramente, con una escritura autobiográfica.
Pero ese es un primer nivel, un estadio que nos confirma la capacidad narrativa de Rivero, el hecho de que continúa produciendo textos muy bien escritos, plenos de gestos retóricos felices e historias exigentes, engañosamente simples y a veces también conmovedoras.
Lo que aquí se cuenta es la historia de una chica de pueblo chico, metida en una familia problemática y clasemediera, en un colegio sofocante que comparte con gente con la que tiene poco o nada en común, y que tras algunas rupturas y conocer a un hombre decide cortar amarras con lo conocido y escapar del pueblo la familia y el colegio, dejarlo todo.   
En un segundo nivel nos llegan otro tipo de certezas: la verificación de la apuesta consciente de Rivero por explorar la feminidad como categoría política y particularidad estética, la aparición de la enfermedad como uno de los centros de su proyecto ficcional, la apuesta por el símbolo y la discontinuidad como formas de la narración.
He escrito ya antes sobre el tema de lo femenino así que aquí me concentro brevemente en los otros dos. En 98 segundos… la anorexia literalmente consume a Inés, la única amiga de Genoveva, la fibrosis ataca a Clara Luz, su abuela que es también su cómplice y confidente, y un retraso mental afecta a Nachito, su hermano menor y uno de los pocos y verdaderos objetos de amor de Genoveva, quien termina por robárselo de la casa paterna en su escape hacia la nada.
Como metáfora de un mal mayor -el narcotráfico o la modernidad o la desintegración del pueblo- la enfermedad es uno de los nudos neurálgicos del relato, una presencia que no desaparece, la criatura fetal de Lorena Vacaflor que es abortada pero nunca destruida.
Es la ruina ideológica del padre -comunista comprado con el dinero del narco-, el vaciamiento espiritual de la madre -que tras el nacimiento defectuoso de Nachito abandona la realidad para dedicarse a la “trascendencia espiritual”-, es la entrega ciega de la abuela a los ritos del catolicismo y el vudú, la cortedad de las compañeras de curso arrobadas por el dinero y la cultura pop, la ceguera de las monjas encargadas del colegio.
Vale destacar, por cierto, que las páginas que narran el desorden alimenticio de Inés y el declive pulmonar de Clara Luz ante los ojos de Genoveva, el vínculo que une amor y enfermedad, son algunas de las mejores de la novela.
Como metáfora, la enfermedad es uno más de los símbolos que pueblan esta novela en que el lenguaje, a ratos poblado por diminutivos y vencido por la ternura, y a otros crudo e incluso tosco, muestra las mismas marcas de modernidad que el pueblo en que vive Genoveva: la k aparece en algunas ocasiones en lugar de la c, relámpagos en inglés se inmiscuyen en el monólogo en español, e incluso el latín, complejizado en esta narración adolescente, se deja ver de rato en rato.
El lenguaje, finalmente, tierno o tosco, oculta una pulsión que lo sobrepasa y es otro de los motivos de la novela: la tendencia a la acumulación de símbolos y la discontinuidad narrativa. 98 segundos… avanza a saltos, no lo cuenta todo, se concibe como un mecanismo de sugerencias cuya llave son las conclusiones del lector, su capacidad de unir piezas, rellenar espacios vacíos.
No nos cuenta todo lo que les sucede a los personajes, no nos provee los datos completos de nada, no nos informa sobre todo lo ocurrido. Nos invita, más bien, a inferirlo, a sacar nuestras propias conclusiones. Y esa es ya una victoria, la demanda de una lectura atenta, comprometida, poco usual hoy cuando muchas novelas prefieren más bien contarlo todo.
“El impulso que tenía de ponerlo todo dentro de un código secreto era muy grande”, dice Genoveva, y la novela lo confirma al presentársenos no cifrada pero sí de cierta forma inconclusa.
“En realidad siempre tuve cosas privadas”, continúa ella, y su diario, su vínculo clandestino con el maestro Hernán, sus experiencias con drogas alucinógenas, sus castigos en la escuela, su forma de relacionarse con el entorno, son pruebas de ello, del juego de símbolos y ocultamiento que Genoveva llama vida.
Genoveva entiende el carácter simbólico del mundo y por eso, antes de partir definitivamente, a manera de despedida, dobla y quiebra violentamente una muñeca que su amiga Inés le ha regalado, antes de guardarla en la mochila.
Por eso recoge el feto de su compañera de clases y lo pone en el taper de sus sándwiches, antes de también guardarlo en la mochila. Por eso su diario es un plan de escape y una confesión que también guarda en la mochila. Por eso lleva consigo un mechón del pelo blanco y amado de su abuela Clara Luz otra vez en la mochila.

Y una noche, a cuestas con todos los símbolos de su paso por la Tierra, Genoveva, la estudiante de los saberes de éste y otros planetas, escapa por el incomprensible lenguaje del esoterismo a una estrella también simbólica, hacia un destino ingrávido, llevando en brazos y ofreciéndole el pecho a un último símbolo vivo de su paso por el mundo. “En la mochila todo está listo y la luna también ha comenzado a enflaquecer”.

ALTIplaneando

Paul Celán entre abril y su obra          



Una semblanza del gran vate alemán, desde su bagaje literario, pero sobre todo, desde su origen y pertenencia.




Edwin Guzmán Ortiz 

Los primeros días de mayo de 1970, en la mesa del departamento del poeta rumano Paul Celan, ubicado al inicio de la avenida Émile Zona, extremo sudoeste de París, se encontró una biografía abierta de Hölderlin, con una línea subrayada: “A veces el genio se obscurece y se hunde en lo más amargo de su corazón”.
Días antes, el 20 de abril, después de resaltar ese pasaje sombrío en el que embebió su ser más íntimo, Celán tomó la fatal determinación de lanzarse al rio Sena. Así, las inconscientes aguas terminaron anegando el resuello del autor de una de las obras poéticas más intensas y testimoniales de la Europa de postguerra.
Si su cuerpo fue encontrado por un pescador, el primero de mayo, diez kilómetros río abajo, su palabra -todavía incapturable- no termina de ser un signo trágico que dice el holocausto, tras las rejas del lenguaje.
Mas, esta referencia aparentemente extrapoética, es parte de una historia fatídica que, por supuesto, no terminó solamente con millones de existencias humanas, sino con millones de vivos que habiéndola vivido, han quedado expectantes y virtualmente muertos en vida. Por lo mismo, escribió Celan: ¿Quién dice que se nos murió todo cuando se nos quebraron los ojos? Todo despertó, todo comenzó”.
Paul Celan (seudónimo de Paul Antschel), nació en 1920 en Czernowitz, capital de la Bukovina rumana, hijo de Leo Antschel y Fritzi Schrager, una familia germano parlante de tradición jasídica.
Creció en el cruce de múltiples lenguas, como muchos otros judíos de la Europa oriental. Sufrió el rigor de un campo de concentración en la Alemania nazi, y habiendo realizado trabajos forzados logró sobrevivir, no así sus padres que fueron eliminados en Ucrania.
Sus poemas llevan la marca indeleble de esta experiencia y traducen el sufrimiento del pueblo judío. El crítico Siegbert Prawer, llegó a comparar su obra, en valor testimonial y estético, al Guernica de Picasso.
Además del espectro del nazismo, su vida se halla minada por depresiones, internaciones, rupturas, ensimismamiento, alcohol y -¡cuando no!- por pasiones arrasadoras, como la que mantuvo con la poeta austriaca Ingeborg Bachmann. Pese a ello, Celan no traficó su dolor, ni optó por el consabido melodrama de “la denuncia”.
En una entrevista, Jacques Derrida refiriéndose al poeta manifestaba: “Era un hombre muy discreto, muy borroso, inaparente. La presencia de Celan era, como todo su ser y como todos sus gestos, de una extrema discreción, elíptica, borrosa”.
En el plano creativo e intelectual, Paul Celan fue un poeta notable, probablemente el más importante de la Alemania contemporánea. Su vocación fue nítida: la poesía. Su obra poética concebida de 1938 a 1979 aglutina 800 poemas en más de 10 libros, además una cantidad extraordinaria de traducciones de poesía, en un registro de ocho idiomas.
Eligió el alemán, para su obra, no como una alternativa entre las otras lenguas que conocía y manejaba, sino para que la elección de una lengua pueda dar respuesta, pueda indeclinablemente decir después de Auschwitz.
¿Acaso no fue Theodor Adorno quién proclamó la imposibilidad de escribir poesía después de Aschwitz? La respuesta la dio Celán, y el filósofo frankfortiano calló ante la contundencia de la obra.
En Amapola y memoria (Stuttgart, 1952) el poema capital titulado Fuga de la muerte expresa: “Leche negra del alba la bebemos al atardecer / la bebemos al mediodía y a la mañana la bebemos de noche / bebemos y bebemos / Cavamos una fosa en los aires allí no hay estrechez…”.  
Haciendo  referencia a los músicos judíos obligados a tocar por los gendarmes, mientras sus compañeros cavan fosas para albergar sus propios cuerpos.
Su obra poética, se halla contrastada por dos periodos. El primero, cuya complejidad de inicio es evidente, despliega una poética influenciada por el romanticismo de Hölderlin y Novalis, de poetas espiritualistas como Rainer Marie Rilke, George Trakl, e incluso la poesía surrealista y el discurso peribíblico de las escrituras sagradas, manifestándose a través de una escritura menos tensa, flexible y musical.
En un segundo momento, a partir 1963, en Nimandrose (La rosa de nadie), su poesía se adensa y se torna más hermética, desafiando la inteligibilidad. Hecha de fracturas, cortes y la secreción de fragmentos que emborronan la semántica convencional, abandona el virtuosismo y la fluidez rítmica. De este modo se abre a una dimensión experimental y metapoética. 
Paul Celan, traduce en sus palabras ese universo interior, mítico y metafísico que experimenta, transgrediendo la gramática de aguas tranquilas, entronizando mordientes sépticos a esa linealidad sintáctica, y reconfigurando de este modo las modulaciones y sentidos de la lengua alemana.
Como Kafka, Celan busca que las palabras duelan, reinventa conceptos y giros en un afán deletéreo de trastrocar el alemán, la lengua que dictaminó el sufrimiento y la muerte del pueblo judío.
Pero, al mismo tiempo,  habitando una poética paradojal con esa lengua que le permitió compartir a Goethe y Schiller con su madre, esa lengua que acarició y sometió en sus múltiples traducciones, la misma con la que escribió su obra y le permitió testimoniar el fantasma de aquel silencio colectivo.
En los poemas se oyen las voces del judío desde la memoria del judeo-alemán, el yiddish, es más, se deja escuchar la voz de quién pugna callar la voz del judío, aquel  “de nombre impronunciable”. Se trata de una palabra cargada de realidad poética  y que, más allá de la mimesis, pretende ser la realidad que enuncia, donde la interlocución del “tú”  habita  su discurso, en tanto consumación de la comunicación poética.  
La memoria y el testimonio se funden desplegando un habla poética de concentración y rigurosidad extremas, donde las palabras como únicas sobrevivientes de la catástrofe, vencen la pulsión de muerte, y se erigen por encima de la ceniza, trascendiendo el dictamen del silencio. Por ello, la obra traduce la incomunicación y el angst existencial de quien se mueve en el contrahorizonte de un mundo absurdo.
Paul Celan, realizó estudios de filología germánica y lingüística en la Sorbona, fue profesor de literatura alemana en la École Normale Supérieure desde 1959. Proverbial lector, su biblioteca aglutinaba más de 3.000 obras en varios idiomas, repartiéndose entre la literatura, filosofía, judaísmo, lenguas e incluso botánica.

Celán, creyó firmemente que “El poema puede ser una botella de mensaje lanzada con la confianza -ciertamente no siempre muy esperanzadora- a la tierra, en algún lugar y en algún momento, tal vez a la tierra del corazón”. 

Sombras nada más

Silencio


“La realidad sin comentarios. Ya no existe algo así, vamos…”, se lamenta el autor en esa breve pero inquietante reflexión sobre una de las constantes de la vida actual.



Gabriel Chávez Casazola

Una falla técnica suprime los comentarios del audio del canal de televisión, y por más de una hora la procesión del Santo Sepulcro de Valladolid pasa ante nuestros ojos con sólo los sonidos naturales: el redoble del tambor, las pisadas de los enmascarados, el frufrú de sus caudas, de fondo las toses y murmullos de las mujeres y hombres vallisoletanos -bello gentilicio: suena a valle de soledad- que se han apostado para verla pasar a los costados de las calles, de su plaza.
Pero claro, es un error. Tanta naturalidad, tanto silencio no podían ser ciertos en una transmisión televisiva, y arreglado el desperfecto regresan los locutores: que “este tallado de la cofradía equis lo hizo fulano, y muestra las características tales de la época zeta…”.
Y de este hablado modo se pierde el encanto que, por un retazo de tiempo, ha permitido a los televidentes que nos sintamos como en esas calles, en esa plaza vallisoletana, contemplando, participando de la realidad por una vez sin comentarios.
La realidad sin comentarios. Ya no existe algo así, vamos. Sólo en fragmentos de algunos noticieros culteranos, que gustan mostrar por unos cuantos segundos la noticia del día sin explicaciones, con sólo disparos (generalmente) y voces confusas, de multitud que no sabe lo que quiere (casi nunca lo sabe, y cuando lo sabe generalmente hay que poner los pies en polvorosa).
Después, realidad sin comentarios no existe ni en los templos, donde con moniciones a menudo mal escritas van explicándote todo lo que sucede en el rito, que antes no precisaba ni hoy precisa explicaciones; ni tampoco -al otro extremo- en aquellas pistas donde comentan hasta la música y su ritmo y la manera en que se baila: para eso mejor bailar a buen recaudo, en un bulín; y hacerlo solos y pegados, como antes, como en la canción cursi.
Tampoco mucha gente por las calles del mundo soporta ya caminar por la realidad con los sonidos que ella emana o que de ella se desprenden. Para acallarlos, superponiéndoles otros sonidos o ruidos mediante los audífonos, nacieron los walkman, a los que siguieron sus primos los discman, sus sobrinitos los reproductores de MP3 y MP4 y ahora los nietos iPod y similares.
Y los celulares que reproducen música.  Y la música en el auto, lo más envolvente y cuadrafónica posible. Y la insulsa alfombra musical que flota por todas partes: restaurantes, tiendas, oficinas, bares… 
Hoy mismo mostraban en algún canal una casa inteligente con música de fondo en cada habitación. Presumo que no para ser escuchada, no para ser oída. Más bien para no escuchar ni oír. Para que la soledad no se note. Para que el dolor de la conciencia y la conciencia del dolor se mitiguen.
Aun en la oscuridad, cuando queremos buscar con la mirada los astros, allá arriba, sumidos en el silencio -o en la distante y aquí imperceptible música de las esferas-, o si volvemos nuestros oídos y nuestras mentes hacia los sonidos de la noche, de una noche quieta, ahí están por sobre la ciudad y entre las casas las voces de los animadores de las fiestas, de los “animadores” de una existencia a la que, precisamente, le falta ánima, soplo, espíritu para vivirse tal como es: con todos los silencios del caso. Con todos los gritos, si cabe. Con toda su paz de domingo y su batalla de lunes y su alegría de viernes. Y con ese remoto y casi perdido, pesado silencio de la Semana Santa de otrora, tejido de mil dolores y soledades y cavilaciones sin comentarios. Sin más comentario salvo los sonidos emanados, desprendidos del propio silencio en su espesor.



Crónica

Los Cazorla cuentan historias


Una familia orureña aprovecha su rico archivo y patrimonio cultural para compartir su conocimiento histórico e incentivar el amor por su ciudad




Lupe Cajías

Aquel viaje fue intenso. Como siempre, desde mis 16 años, recorrer Oruro de noche, sus suburbios y callejuelas, los cerros y las cantinas mineras, llenaba de personajes mi libretita roja.
La última noche había conocido, con un amigo periodista, los recovecos de las prostitutas callejeras, ¡a 10 grados bajo cero! Casi todas regordetas y abrigadas con gorros de lana y ponchos anchos, frotando las manos en improvisados braseritos a la espera de un cliente.
Su único atractivo sensual eran las medias de lana caladas y apretadas a sus generosas caderas. Imaginaba los esfuerzos del urgido de amor para desvestir aquellas mujeres, tan lejanas a las desnudeces y jocosidades carnavaleras.
Al amanecer debía partir a Chayanta y por eso aproveché el tiempo para conocer algo más de mi patria. Más triste que impresionada acepté desayunar en el democrático mercado popular orureño. Entonces era posible compartir entre muchos un apicito morado y nadie temía por su cartera; atrás, los borrachitos se limitaban a murmurar, a reír en soledad o a dormitar sin molestar a nadie.
Entonces mi amigo Jorge me comentó de un muchacho que combinaba el interés por el periodismo con la inquietud de juntar piezas para reconstruir la historia orureña o, por lo menos, mantener su memoria colectiva.
Al retornar de las minas, después de una conferencia para los periodistas, fuimos presentados. Fabrizio Cazorla me contó sobre sus muchos recortes de prensa, revistas, fotografías y recuerdos acumulados en su casa y me invitó a tomar té.
¡Quedé maravillada! Entré al zaguán típicamente orureño, bordeado de geranios rojos y blancos en macetas improvisadas de verdes latas de manteca. En las paredes del corredor de antaño colgaban fotografías de la belle epoque orureña y retratos de personajes, quizá familiares, que podríamos imaginar con sus muchas biografías noveladas en los años 50 de la capital minera del estaño.
También conocí a la madre, culta y orgullosa del esposo y de la prole intelectual, con mandilito coqueto y de cabellos ondulados de antigua moda, quien nos sirvió el té. Es decir, nos invitó a refugiarnos en costumbres que poco a poco se pierden, sobre todo en La Paz. Tomar té como en la niñez, en tasas grandes con adornos de pajarillos o de flores, té a granel, agua hirviendo, pan fresco, mantequilla, mermelada, queso blanco.
Fui feliz, aunque ni mis anfitriones creían mi contento. Para mí fue un repaso sabroso por la historia de lo cotidiano, las biografías que cada vez interesan más a la historiografía que recién se da cuenta que la historia de la humanidad no se puede resumir en batallas y héroes llenos de medallas.
Comprendí que Fabrizio y su hermano Maurice se alimentaban de la memoria de su pueblo desde la casa materna y que cada espacio de su territorio, cada momento vespertino, cualquier sobremesa y los muchos papeles en los baúles eran parte de su trabajo.
La familia protagonizó durante años la búsqueda sistemática de la historia orureña, desde la magnificencia del desarrollo minero y metalúrgico, las orquestas típicas, los campeonatos de bicicleta, los equipos deportivos, las reinas de belleza y, obviamente la fiesta, la diablada, el carnaval.
Ellos trabajaron desde la función pública y también con iniciativas privadas para difundir al país y al mundo la importancia de su pequeña patria, sobre todo durante las primeras cinco décadas del siglo XX.
Uno de sus trabajos más constantes es la publicación de la colorida revista Historias de Oruro, cuyo último número se presentó en febrero en diferentes capitales del país y en La Paz contó con el auspicio del Espacio Simón I. Patiño. Como cada número, la revista indaga sobre los patriotas y las fechas cívicas orureñas, las actividades sociales y la fiesta.
En el acto realizado en Sopocachi, además fue proyectado un pedazo de película centenaria en la cual se pueden ver los primeros diablos de la centuria y el público pueblerino apostado con holgura en las anchas veredas de la Plaza 10 de Febrero.
También fue anunciado el programa de turismo cultural que ofrece la familia cada primer martes de mes, un programa truculento que empieza poco antes de la medianoche y culmina en la madrugada, para caminar del brazo de los misterios orureños, las leyendas, los mitos por los recovecos y pasajes de la mítica capital del folklore boliviano.

La revista se vende en los puestos de libros en el pasaje Marina Núñez del Prado en el centro histórico paceño; se puede, además, reservar plazas para el paseo mensual, una experiencia imperdible para conocer un poco más de la Bolivia profunda. 

jueves, 10 de abril de 2014

Nota de apertura

Alberto de Villegas, el cronista que trajo un pedazo de París a La Paz


Un libro de cuatro investigadores y literatos rescata la figura y obra de un intelectual paceño que narró como pocos a La Paz –y a Bolivia- de inicios del siglo pasado.




 Martín Zelaya Sánchez

¿Cómo sobrevivir al modesto modo de vida de la La Paz de inicios del siglo XX, o a la limitada, cuando no retrógrada, vida intelectual y social, después de años de bohemia y trashumancia por París y otras capitales europeas?
Seguramente esta cuestión machacó por largas noches al joven pero experimentado Alberto de Villegas… tanto que un buen día tuvo la idea de diseñar y acondicionar -para disfrute propio y de un selecto grupo- el Mala-Bar un microcosmos único, exclusivo dotado de lo mejor de los mejor de la noche y la cultura parisina, pero en pleno Prado paceño.
Conocer, leer, aprender sobre la vida y obra de alguien capaz de esto llama, cuando menos, a la curiosidad ¿o no?
“Alberto de Villegas fue un escritor singular para su época, muchos de sus contemporáneos que, al enterarse de su fallecimiento en las trincheras del Chaco publicaron semblanzas y homenajes, lo consideraban un hombre que no vivía en el tiempo que le correspondía, un ‘inactual’ cuya contemporaneidad era otra”, señala Omar Rocha (OR) coautor, junto a Ana Rebeca Prada (ARP) Pedro Brusiloff (PB) y Freddy Vargas (FV), de Alberto de Villegas. Estudios y antología, una investigación y compilación que se presentará esta noche a las 19:30 en el Caza Duende de Sopocachi.
“Alejado de las polémicas que preocupaban a la mayoría de los intelectuales -continúa Rocha- en el discreto ámbito del Mala-Bar, De Villegas exaltaba la frivolidad y elegancia de un dandismo que repercutió en el estilo de su prosa y del libro en que luego rememoraría la breve vida de aquel pequeño París: Las memorias del Mala-bar”.
Y es precisamente esta pieza, íntegramente reeditada en el libro -una de las más extravagantes, inclasificables y por ello exquisitas del autor- suficiente justificativo para este notable trabajo de recuperación.

“Es suave, perfumada y acariciadora, como un guante de gamuza, quizás porque fue frecuentemente acariciada por manos perfumadas y suaves.
En el bar, dormido junto a los cojines color de oro, parecía la serpiente enroscada del pecado mortal.
¿Quién podría resistir, solo y sin testigos, esa adorable tentación?
¿Iría yo a abrir aquella misteriosa Caja de Pandora, que solicitaba mi impertinencia?...”.

Pero, ¿qué es Memorias del Mala-Bar… pequeñas crónicas, un anecdotario, una bitácora del boliche…? ¿Tiene algún parangón en la literatura nacional de la época?, le preguntamos a Brusiloff
- (PB) Memorias del Mala-Bar  es un libro difícil de clasificar en términos genéricos. Tal vez, ese no sea el enfoque adecuado para aproximarse a una obra cuyas peculiaridades no responden a ningún tipo de clasificación cerrada. De todas maneras, puede decirse que funciona como una especie de código estético y temático.
En Memorias del Mala-Bar se ponen en escena gran parte de las referencias culturales, recurrencias estilísticas y contenidos ideológicos que caracterizarán la obra de De Villegas. En cuanto al lugar de Memorias del Mala-bar en su época, su situación es también problemática, su universo pertenece más a un modernismo tardío, próximo a las crónicas de Gómez Carrillo.
En todo caso, si buscamos en la literatura nacional, De Villegas está más emparentado con el mundo de la crónica colonial, por ejemplo Arzáns y Brocha Gorda, así como a ciertos exponentes del modernismo como Reynolds y Freyre, que con contemporáneos suyos.

Además de este texto, el libro, el primero de la colección Prosa Boliviana llevado adelante por la Carrera de Literatura de la UMSA, el Instituto de Investigaciones Literarias, el Instituto de Estudios Bolivianos y Plural Editores, tiene los fragmentos de la novela Gualamba, que el autor dejó inconclusa, pues falleció a los 37 años en el Chaco.
Los cuatro investigadores que firman el tomo trabajaron cada uno en un ensayo sobre diferentes aspectos de la creación del paceño y a continuación seleccionaron una antología de sus prosas, la mayoría publicadas en diarios y revistas de la época.
Sobre Gualamba, Brusiloff señala: “responde más bien a un mundo de ensoñaciones, fantasías y digresiones ideológicas. Los personajes carecen de complejidad y la visión general del conflicto (del Chaco) tiene tintes fuertemente alegóricos”.
“Gualamba es ante todo una novela de ideología, el autor retoma las ideas de Maurice Barrés acerca de la relación con el espacio y el territorio y las aplica a un momento histórico en que las élites locales, que no habían logrado formar una aristocracia, necesitaban revalidar su liderazgo político”.

El autor
Más arriba, Omar Rocha utilizó algunas palabras clave a la hora de referirse a Alberto de Villegas: inactual y dandy. A estas habría que agregar una tercera: indianista, para tratar de sintetizar velozmente el perfil de este singular, y hasta hoy (al menos en círculos de no iniciados) poco conocido intelectual boliviano.
Inactual, pues, como bien lo explica también Rocha, “De Villegas expresó en su obra contradicciones y tensiones propias de una visión problematizada del mundo”.
“Una de esas tensiones se relaciona con las dimensiones temporales en las que vivía: por un lado confiaba en el futuro y el progreso, era parte del entusiasmo que provocaban los primeros beneficios de la técnica (teléfonos, victrolas, vagones pullman y otros); pero por otro lado, tenía una mirada nostálgica, vuelta hacia el pasado, que buscaba un origen, que indagaba por tiempos míticos y lejanos para reconstruir la historia”.
En otras palabras, era un modernista trasnochado en épocas de vanguardias, un romántico que se negaba a dejar de lado el estilo de vida, de pensamiento y de escritura que había predominado ya varias décadas atrás.
Ello no impidió, no obstante, que hacia sus últimos años su visión de vida diera un giro, cuando menos, inesperado: la preocupación política

- ¿Cómo se puede describir el “indianismo” de De Villegas? ¿Era un indigenista de escritorio, preocupado más en lo histórico-estético, o en realidad tenía ambiciones e intereses político- ideológico?
- (OR) Su propuesta se puede calificar como “indigenismo cultural”. Fue el principal impulsor de la semana indianista de 1931, un evento de mucha importancia y repercusión. De Villegas creyó que reviviendo las artes de una raza milenaria contribuía a la construcción de una patria todavía difusa y dispersa.
El programa de la semana indianista –que ayudó a organizar- es una muestra de la apuesta por recuperar el arte del indio: música, danza, teatro, poesía, tejido. Este indigenismo cultural tuvo grandes posibilidades de desarrollarse y llegar a una revalorización de lo indígena más allá de la iniciativa de un grupo de letrados que percibieron la fuerza y el llamado de las ruinas desparramadas en el altiplano e intentaron revivir algunos símbolos que remitían al pasado.

“Esta nueva e inquieta conciencia indoamericana –escribe en su artículo El alma indígena- conoce la urgencia de una acción improrrogable de elevada espiritualidad, trasuntando un anhelo de vivir su destino clara y puramente americano. Por la frecuencia de inclinarse sobre sí misma, como sobre el límpido espejo de su Lago Sagrado, habrá de encontrarse algún día y en su mismo fondo hallará sus posibilidades autóctonas y propias”.
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Ana Rebeca Prada


- ¿Puede De Villegas considerarse esencialmente como un cronista, y cómo debe entenderse esta crónica que cultiva en un evidente estivo modernista en una época ya de despliegue de los vanguardismos?
- En cuanto al hecho de que en muchos de sus escritos De Villegas construye a su narrador como chroniqueur, hay que decir que a mediados del siglo XIX se crea en el periodismo francés esta figura -a decir de Karima Hajjaj, el primer cronista francés es Auguste Villemont, autor entre 1850 y 1852 de Chroniques de Paris-.
Esta figura será recogida por el periodismo de los modernistas con impresionante creatividad. Los periódicos latinoamericanos se ven en las últimas décadas del siglo XIX inundados de los escritos de estos chroniqueurs latinoamericanos, los más sobresalientes escritores (Sierra, Martí, Gutiérrez Nájera, Del Casal, Urbina, Darío, Nervo, Díaz Rodríguez, Tablada, Gómez Carrillo y tantos otros).
Tal vez, más que buscar un De Villegas que adoptara las vanguardias por un tema generacional y de contacto directo, ¿no hay que explorar un De Villegas que estuviera más bien siguiendo ese otro camino de los intelectuales de la zona andina: hacia el indigenismo -así no fuera éste, a diferencia de Mariátegui y Churata, un indigenismo de corte señorial y estetizante -? En todo caso, ya sabemos que una cosa no quitaba la otra: Gamaliel Churata fue vanguardista e indigenista en una articulación muy particular.
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Sobre Alberto de Villegas. Estudios y Antología


Fredy Vargas

Alberto de Villegas. Estudios y antología, tal es el título que en la portada y en el lomo lleva el primer volumen de la colección Prosa Boliviana.
De Villegas -un destacado miembro de la aristocracia local-, allá por los años 20, pergeñó una refinada obra que desborda toda clasificación: La campana de plata, ataviada con una prosa ondulante y caprichosa, propone una exaltada interpretación del Potosí colonial; Memorias del Mala-Bar, delicado artefacto orientado a rememorar la experiencia de un pequeño paraíso artificial, un pedazo de París en La Paz donde se bebían finos licores y sólo se admitían a unas pocas amigas; Sombras de mujeres, distinguidos bajorrelieves que evocan a mujeres de vidas truncadas, de corazones perdidos, de almas sin rumbo; y Gualamba, tierras de misterio, novela inconclusa que De Villegas escribiera en medio de la Guerra del Chaco, detrás de la línea de fuego.
Esta publicación arranca con cuatro ensayos críticos que reflexionan la obra narrativa de Alberto de Villegas. Omar Rocha explora las distintas modalidades en las que la obra de De Villegas invoca al pasado, apela a la memoria y señala sus límites; Freddy Vargas detalla los múltiples desplazamientos textuales que acontecen en La campana de plata y la promesa que nace de la materia allí inerte; Pedro Brusiloff establece el lugar de De Villegas en la ideología de la élite de su tiempo, a partir de una lectura sobre el flirt y el consumo del cocktail; Ana Rebeca Prada examina la figura de la mujer, su configuración, asedio e invención a partir de una voz dandy, fláneur y cosmopolita.
Además de lo señalado, el volumen incluye una antología de la obra periodística del autor la que, primorosamente organizada, detalla una curiosa variedad de tópicos. Esta selección permite contemplar los múltiples y heteróclitos asuntos que ocupaban al autor.
La publicación se completa con una nueva edición de Memorias del Mala-Bar, y con los fragmentos de la novela inconclusa Gualamba. Se incluye un curioso y selecto conjunto de estampas.


Imágenes paganas

Alejarse hasta volver


Sobre Alberto de Villegas, estudios y antología, libro que será presentado esta noche en La Paz.




Antonio Vera

1934. Guerra del Chaco. Un hombre de 37 años muere aquejado por disentería. Otra amarga ironía de ese sangriento conflicto: alguien va a la guerra con la candorosa ilusión del honor y el heroísmo, pero muy lejos de esos ideales, sin disparar un tiro, muere atacado por la fiebre y la diarrea. No lo mata una bala sino una bacteria.
El hombre se llama Alberto de Villegas y la historia cuenta que se alistó voluntariamente, ansioso por llegar al frente. “Cuándo será el día feliz que pueda combatir”, cuenta su amiga Ana Rosa Tornero que le dijo Villegas cuando visitaron juntos la línea de fuego. Como todo lo que ocurrió en esa guerra, esa frase y esa historia trunca parecen un delirante presagio, un síntoma exacerbado.
Antes de elegir con entusiasmo su destino trágico, Alberto de Villegas realiza un recorrido que, si no fuera por su final, tendría la apariencia del laxo viaje de placer de un culto intelectual de élite.
Temprano lector de Baudelaire y Verlaine, del modernismo español y el latinoamericano, colaborador desde sus 17 años en las páginas literarias de los periódicos paceños, estudiante de derecho, precoz funcionario de Estado, diplomático, viajero privilegiado por la Europa de las vanguardias, la experiencia de Villegas no parece acercarse ni por asomo a la de otros intelectuales latinoamericanos que, por esa época, están, por ejemplo, escribiendo Trilce, fundando el ultraísmo o gestando el creacionismo.
De Villegas, en ese sentido, parece asentarse en un gesto anacrónico: escribe y lee desde el adornado pedestal modernista, aun cuando éste está punto de ser enviado al desván por la irrupción de las vanguardias. Pero iluminada por la fría luz de su desenlace, la historia de De Villegas y el trazo escritural que deja a su paso pueden entenderse como la búsqueda de una voz propia, con la inevitable carga de angustia y de imposibilidad que implica hacerlo desde Bolivia a principios del siglo XX.
El libro Alberto de Villegas, estudios y antología nos permite participar de ese recorrido y abrir, como quien abre una herida, las mismas interrogantes. El libro, primero de una prometedora colección titulada Prosa Boliviana, tiene la impronta de un hallazgo pues muchos de los textos y fotografías publicados en esta edición (esfuerzo conjunto de la Carrera de Literatura, el Instituto de Estudios Bolivianos y Plural) fueron hallados en una caja que estuvo custodiada por el Archivo de La Paz.
Ordenados en secciones, la antología nos permite seguir el rastro a las distintas estaciones que visita la escritura de De Villegas: la fascinación por el pasado colonial -cristalizada en el magnetismo ficcional de Potosí- la forzada devoción por la historia y la cultura europea (o por sus catálogos), el agudo seguimiento de la actualidad política y cultural, y el entusiasmo idealizado por el glorioso pasado indígena a partir de reseñas, semblanzas y otros textos periodísticos.
El volumen ofrece también la reedición de Memorias del Mala Bar, una crónica fragmentaria de un decadente bar privado que De Villegas instaló en pleno Prado paceño, y que se convirtió en una suerte de núcleo pecaminoso de encuentro y tertulia, al son de tangos y al calor de exóticos cock-tails.
Potosí, la cultura occidental, la bohemia decadente, Tiwanaku son las marcas de una ruta cuya continuidad ha quedado en el enigma. Cuando De Villegas muere estaba escribiendo una novela que dejó inconclusa (y que se publica también en el volumen).
En su famoso ensayo sobre la literatura peruana, José Carlos Mariátegui dice: “Por los caminos universales, ecuménicos que tanto se nos reprochan, nos vamos acercando cada vez más a nosotros mismos”. Ese parece haber sido el destino creador de De Villegas: alejarse hasta volver.
Uno de sus últimos textos publicados es un obituario de Ricardo Jaimes Freyre en el que enfáticamente se lamenta por la imagen final del poeta potosino: muerto solo en una miserable habitación de Buenos Aires. Sin saberlo, De Villegas estaba lamentando su propio final. Estaba poniendo el dedo sobre una herida que todavía sangra.
Además de la antología, el libro contiene ensayos que practican una lectura de la obra de este genial autor de vida fugaz, escritos por Pedro Brusiloff, Ana Rebeca Prada, Omar Rocha y Fredy Vargas.


Ensayo

Novela latinoamericana actual, una breve aproximación


A partir de unos pocos nombres y ejemplos, el autor trata de trazar un muestrario básico de las tendencias estilísticas y temáticas de los narradores de la región.



Aldo Medinaceli / Escritor

Aunque es muy difícil trazar las líneas definitivas de lo que se viene haciendo en América Latina en cuanto a producción de novelas, sí es posible esbozar algunas reflexiones acerca de sus puntos destacados, sus luces más brillantes y los caminos que las mismas vienen fraguando.
Si bien la producción en el continente se había destacado por poseer diversos registros, hoy parecería que ésa se ha convertido en su marca distintiva: la ausencia de una voz dominante y la riqueza de mundos subjetivos, a veces más íntimos, otras más comunales.
La llamada literatura de autor se encuentra cada vez más y mejor acompañada por la literatura de género, la crónica profesional, la netamente comercial y la no-ficción.
No hace mucho se publicó con inusitada expectativa la novela El día de contarlo todo de Jeremías Gamboa, -o en su título reducido: Contarlo todo-, obra que rápidamente trajo a la memoria los primeros libros de Mario Vargas Llosa, tanto por su calidad y cercanía ideológica, como por su enaltecimiento del oficio.
La novela nos lleva de paseo por una Lima en ascenso, abierta al mundo, tanto así que varias de las críticas se han enfocado en este supuesto carácter globalizante de la obra. Sin embargo es destacable la audacia emotiva que brindan sus páginas, los logros en el aspecto de creación de tensiones así como por el brillo de sus mejores momentos.
Así como Gamboa, el mexicano Julián Herbert también ha optado por la variante autobiográfica. En Canción de tumba Herbert recurre a una escritura de magnífica altura poética, cínicas descripciones de su visión del mundo, donde todo parece decantarse.
Una sonoridad bien lograda (Herbert además toca en una banda de rock: Las Madrastras) y algo de poesía experimental: flujos narrativos, introspecciones narcisistas y notables momentos dramáticos, todo esto sin dejar de lado el humor. La novela nos confía la agonía de su madre, además de sus vivencias en festivales literarios. Un poco de drogas. Sexo. Realidad. Ficción.   
Este narcoescenario está presente en varias novelas actuales. Tal vez la propuesta del también mexicano Yuri Herrera sea una de las más sólidas por su manejo exquisito del lenguaje, entre la oralidad y lo poético bien calibrado.
La novela Trabajos del reino logra crear un espacio autónomo, atemporal, en el que cada personaje tiene una función (el Artista, el Rey, la Niña), un mundo donde lo ilegal tiene códigos bien definidos y lo socialmente permitido apenas se siente como un eco marginal.
Quizás Contarlo todo represente bien el tipo de obra con enfoque principal en el sujeto urbano, en su interioridad, donde lo que ocurre alrededor pareciera ser sólo la música de fondo de la experiencia psíquica interior. Mientras que Canción de tumba, al no intentar hacer desaparecer su angustia vital, logre mayor profundidad humana, un cuestionamiento a los sistemas dominantes (sin decidirse a salir de los mismos) y un resumen de su sociedad.
Al fin y al cabo hablamos de obras de arte. La intimidad y la violencia. Sus mutuas dependencias. Sus acercamientos inevitables. Estas dos novelas pueden servir -a muy grandes rasgos- como ejes/ejemplos de una parte de lo que se viene produciendo en el continente.
Pero también existen propuestas más osadas como la del chileno Carlos Labbé o la escritora Pola Oloixarac, ambos un claro referente lingüístico y filosófico de los posibles cambios a venir en el siempre mutante género novelístico.
La novela experimental de Carlos Labbé: Pentagonal, incluidos tú y yo, ya viene configurada para un formato virtual, es decir que no existe en papel. Fue publicada en una página de internet (hoy está disponible en la web de la Universidad Complutense) porque sus capítulos en realidad son enlaces (links), posee un orden no-lineal y una estructura que pareciera provenir de los videojuegos o menús de dvds, y otro tanto de Macedonio Fernández.
Por su parte, la hilarante y magistral novela Las teorías salvajes de Oloixarac trasluce sofisticación pura. Una burla y al mismo tiempo una profundización de los códigos académicos. Demolición de las ideologías de izquierda, en especial de las que se asentaron (cómodamente) en el siglo pasado.
Ambas propuestas amenazan con sumarse a la lista de predecesores consolidados como Mario Bellatin, Wendy Guerra o Mario Levrero, incluso con mayores alcances formales que estos últimos.
De esta manera la actual novela latinoamericana brinda un amplio abanico de opciones para elegir, siendo cada vez más difícil encontrar fronteras claras, aunque ellas sigan presentes. El relativismo parece haberse adueñado de sus páginas.
Para concluir este breve esbozo me gustaría lanzar la pregunta si ¿son las ciudades el único espacio posible para ubicar nuestras ficciones? ¿O el vivir en urbes nos da el derecho de ser los únicos productores culturales? ¿Lo rural ha quedado fuera del mapa? ¿Fuera de moda? ¿Off?
Hace unos días una reseña publicada en La Vanguardia de España expresaba lo siguiente con motivo de la reciente Bienal dedicada a Mario Vargas Llosa:
“El indigenista Arguedas -que se suicidó en 1969- era blanco pero creció entre los indios tras ser maltratado por su familia. Vargas Llosa ha representado para algunos el otro polo, el urbano y cosmopolita, pero lo cierto es que también puede verse como una síntesis en el sentido de que su narrativa funde y explica los tres Perús: la costa (urbana), la sierra (rural) y la selva”.
A lo que el escritor peruano Carlos Yushimito respondía en su cuenta/red social:  “O sea que Arguedas es tan sólo, para la suficiencia del perfil que presenta el autor, un ‘indigenista’, un suicida, una especie de tarzán maltratado entre indios; mientras Mario Vargas Llosa, en ‘el otro polo’, es todo lo demás, casi una realización armónica del Perú nacional. ¿‘Urbano y cosmopolita’ no parece bordear aquí, además, al esclerótico prejuicio de lo ‘civilizado’? ¿Puede decirme alguien, por favor, que no llevo casi diez años leyendo y releyendo y admirando a ambos, a Arguedas y a Vargas Llosa, en vano? ¿Cómo dejar, pues, que queden reducidos a esta confrontación tan idiota?”.
Hacia el final de Contarlo todo el protagonista se acerca súbitamente a la obra de Arguedas como señal de una posible reconciliación. Y sí, tal confrontación a estas alturas debería haber sido por lo menos en parte resuelta como bien lee Yushimito.
La realidad sin embargo es que aquella vieja disputa pareciera haber encontrado un parcial vencedor -ilusiones del discurso-, cuando en realidad lo que se buscó siempre fue el acercamiento, la eliminación de aquellas barreras y sus anquilosados dogmas.

Esta serie de comentarios digitales abre otro debate quizás más interesante que el de este esbozo, el que sería imposible de iniciar sin aclarar la importancia de lo virtual hoy en día, así como su influencia en la nueva novela latinoamericana, pero eso ya sería harina de otro costal, o material para una nueva aproximación.