domingo, 5 de abril de 2015

Nota de apertura

Hugo Mujica: En el hueco de la mano


Este martes 7 abril en el Espacio Patiño de La Paz -y el jueves 9 en Santa Cruz- se presentará la antología En el hueco de la mano (3600) del poeta argentino Hugo Mujica. La selección estuvo a cargo del autor de esta columna, quien comparte un extracto del prólogo.



Gabriel Chávez Casazola

1
Observa Lao-Tsé en el Tao Te King que es el vacío de las vasijas de arcilla, su oquedad, lo que permite que estas cumplan su misión (ofrecernos agua fresca); el vacío de una pared lo que hace posible entrar en la casa y habitarla (la casa toda es un vacío: la puerta, un vacío que da al vacío); y el vacío del centro de una rueda, su eje, el que permite que ella gire. Y así, del ser (you) depende el uso, / y del no-ser (wu), que cumpla su misión.
Leyendo la escritura de Hugo Mujica resulta inevitable interrogarse por el you y el wu de la poesía, por la tenue frontera entre lo dicho (la arcilla) y lo no dicho (el agua), entre el signo (la puerta) y el silencio (la casa).
Quizás en la mayor parte de la poesía el you y el wu están tan imbricados que el lector no piensa, no puede pensar en ellos separadamente. O, al menos, no en un primer instante, como no percibe por separado los radios y el eje cuando ve una rueda en movimiento. 
Hay relojes, sin embargo, que tienen una abertura en su centro (una grieta) que permite atisbar sus engranajes, comprender la lógica de su funcionamiento. Digo mal: no comprenderla, tan solo contemplarla, como un niño que mira a través de la cerradura (del ojo vacío de la cerradura) de un jardín secreto.
Como esos relojes, como ese jardín, es la poesía de Hugo Mujica. Algo del secreto movimiento del wu nos queda al descubierto en una grieta abierta en el you.
“Una grieta en un muro, para un creador, no es una grieta en un muro, es un tajo que le abre a la posibilidad de la creación, a la acogida de lo que en ese tajo se abre. De lo que pueda susurrar. Del destello de sentido que pueda donar”, escribe Mujica en el introito de Poéticas del vacío.
Podemos ver a través de su poesía porque su poetizar es un pensar, y su pensamiento, una poética. ¿Un pensar? Sí, pero tal vez no como tendemos a definirlo en Occidente. No un razonar, no un “comprender la lógica”. Un contemplar, como un niño por la grieta del jardín, resquebrajado -no perdido- en la memoria.
(El paraíso no fue perdido / lo perdido es el asombro.)

2
Como la casa o la vasija, la existencia tiene también su you y su wu. Estamos tan afanados en vivir (you) que olvidamos crear, que es lo que nos permite atisbar el wu, recibir sus destellos, dejarnos nombrar:
“Cada acto creador nos sitúa en ese allí que no es lugar: en la nada desde la que todo llega, en la escucha de lo que adviene buscando un nombre que le nombre en su ser (…) crear no es una manera de comprendernos, es la manera más radical de dejarnos crear”, anota Mujica al abrir Lo naciente.
La poesía de Hugo Mujica, en tanto pensar contemplativo, se aproxima a la filosofía. Y no hablamos aquí de una filosofía de la poesía, como en su obra ensayística, sino del antiguo y verdadero sentido de este quehacer (de este no-hacer): la pregunta por el origen, por el sentido.
Y sin embargo, nada más lejos de esta poesía que la densidad de la filosofía. Después de leerla, queda en nuestros labios el sabor del agua, no la conjetura por el vacío de la arcilla.  
(…) Los bordes se apagan y el adentro /despliega su vacío.

3
El sabor que deja el agua es la huella de su paso en nuestra boca -la huella que borrando traza- pero también la marca de su ausencia: se nace para albergar / una ausencia (…) / a veces somos nosotros esa / ausencia.
Después de visitar la poesía de Hugo Mujica quedan como dones (o como un mismo don) la plenitud y el vacío, palabras que son marcas lacerantes y silencios que nos reconcilian: algo así son las palabras, / o el silencio: su hebra que nos reúne.
Podría creerse que el destello del wu adviene en el silencio creador que abre esta poesía -cercana a la experiencia trascendente, como su autor- más que en ella misma: También el silencio / es huella, / huella y seña  / hacia lo sin nombre / hacia lo que solo / se escucha / en la renuncia / a nombrarlo. 
Y sin embargo, en el camino de regreso a la sed (durante la lectura), tantas revelaciones.
La voz, no el silencio, / es la desnudez de las palabras.

4
No renuncia al asombro del you esta poética, a conmoverse con los pequeños refocilos del ser, ante lo sin por qué ni para qué, / el puro existir, el milagro en toda su fragilidad y su transparencia: un perro que se acuesta junto a un hombre que muere, aterido de sí, en la calle; algún pájaro / blanco / dibujando gestos de / infinito; incienso que sube de la tierra; lágrimas / estelas / de una barca / hacia fiestas náufragas; un corazón con cenizas irisadas; una brasa en la memoria, un grillo / tras la ventana / o una flor / de las que se abren / cuando lo demás ya duerme.
También cierta desesperanza serena, acaso sabia (todo se perderá en el tiempo / como un barrilete / desatado / de la infancia) baña estos poemas que son, a su vez, ellos también, pequeños refocilos de el aquí de la muerte / y el allá de la vida.

5
¿Qué sería de la mano sin el hueco de la mano? ¿Dónde cabría el agua que tomamos de un arroyo, dónde la mano, el hombro, la nuca de los otros?  En el hueco de la mano está el wu de la mano. Podemos mecer el mundo en el hueco de la mano. Todo cabe en las manos vacías / y ese vacío es el don / y ese don es también todo.
Así, En el hueco de la mano, ha querido Hugo Mujica -uno de los poetas mayores de nuestro tiempo- titular esta antología que reúne poemas que he tomado de todos sus libros de poesía, publicados a lo largo de 30 años, desde Brasa blanca (1983) hasta Cuando todo calla (2013), ganador del Premio Casa de América.
Fragmentarios y, a la vez, totales, estos textos son un espejo sin azogue desde donde podemos mirar el adentro, el pequeño abismo que cada hombre es.
(…) Cuando la noche es luz / cerrar los ojos es el puente. Cerremos, pues, los ojos a las cosas del you y entreabrámoslos ante la grieta, el tajo, que aquí se abre.
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Hoja de vida


Hugo Mujica (Argentina, 1942). Uno de los mayores poetas en español de la actualidad. Estudió bellas artes, filosofía, antropología filosófica y teología. Esta variedad de estudios se plasma en una obra que abarca la filosofía, la antropología, la narrativa, la mística, la poesía y la indagación estética.
Su poesía completa (1983-2011), que abarca los diez libros publicados hasta entonces, fue recogida en Del crear y lo creado, tres volúmenes que incluyen tanto la poesía como sus ensayos, por la editorial Vaso Roto de México-España; a ellos le siguió su poemario Cuando todo calla, XIII Premio Casa de América de Poesía Americana, publicado por Editorial Visor.
Antologías de su obra se han publicado en 15 países, incluyendo traducciones al inglés, francés, italiano, griego, portugués, búlgaro y esloveno.
Una vida rica en experiencias le ha proporcionado a Mujica buena parte del material y la inspiración para sus libros: pasar la década de los 60 en el Greenwich Village como artista plástico; experimentar bajo el tutelaje de Timothy Leary con drogas y sus efectos con el proceso creador; compartir el mismo gurú con Allen Ginsberg; vivir siete años en silencio en un monasterio trapense donde comenzó a escribir.
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Poemas de Hugo Mujica


Ritual de lo inútil

como ver caer
una estrella
sin nombrar un deseo;

o como a quien no se le destinó
ningún destino salvo
la espera
de lo que pasará
                  sin llevarnos,

lo que miramos
sin ver
porque no es igual a nosotros.

ritual de lo inútil
o la esperanza extrema:

un niño ciego frente
a un espejo,
como si lo que uno es
                no hiciera falta para serlo.

Alba
quieto,

como no moviéndose
para que la sangre no rebase
la boca

quieto,

como sintiendo un pájaro
herido
en la palma de la mano

sin cerrar la mano
sin abrir los ojos.

hay una fe que es absoluta:

                      una fe sin esperanza.


Esculpido en los escombros

siempre queda
un rastro de todo
                      lo que pasa,

una taza de loza
con su asa quebrada,

una sábana raída
donde se hospedaron
los sueños
en los que se soportó la vida;

el esqueleto de
una casa 
o una tumba derrumbada.

toda ruina tiene algo de templo,

todo hombre
es el resto de un suicidio

la gota en el cáliz
              que no bebimos hasta el vacío.


Desierto azul

sobre el mar siempre
se refleja
          el cielo,

pero sobre el cielo
ningún mar.

desierto azul la mirada
del niño:

desde que tenemos
que morir
hasta la infancia nos falta.


Hay perros que mueren de la muerte de su amo

hay perros
que mueren de la muerte de su amo

cuerpos que no hacen el amor,
hacen el miedo

que no se agitan,
                    tiemblan.

y hay hombres
en los que muere dios
como una gota de lacre
sobre el pecho
           de un torso de mármol,

son los que lloran cuando creen
estar hablando,
o gritan soñando, pero al alba
olvidan el grito
con que encendieron la noche.

hay hombres en los que gime dios
por no encontrar un hombre
                                  donde morir de carne,

pero no llora como quien lo hace
solo,

llora como quien llora abrazado a un niño.

Reseña

A la sombra de Genoveva

Una novela impecable, un personaje entrañable. 98 segundos sin sombra de Giovanna Rivero.



Martín Zelaya Sánchez

“Yo tengo la obsesión del viaje. Siempre creo que voy a solucionar todo yéndome”. Bien puede aplicarse esta cita de Adolfo Bioy Casares para sintetizar 98 segundos sin sombra, la más reciente novela de Giovanna Rivero, acaso el libro boliviano más reseñado y elogiado de los últimos años.
Genoveva odia a su padre, soporta apenas a su madre, quiere a su abuela y adora a su pequeño hermano Nacho. Genoveva es una adolescente que vive en Therox, el culo del mundo, un pueblo cruceño (¿Montero?) enfrentado al boom del narcotráfico de los años 80, y en el que el líder de una secta religiosa esotérica rompe la monotonía de las mujeres prometiéndoles “la salvación a través de la trascendencia”.
Genoveva crece, cambia, madura mientras trata de entender el mundo, la vida y a sí misma a partir de un admirable poder de observación y abstracción (quizás aquí se halle el principal vínculo autora-personaje, Giovanna-Genoveva).
Genoveva lleva un diario de vida en el que vacía sus pensamientos y sentimientos, un cuaderno en el que se vacía para evitar el vacío. (¿No es eso lo que hace todo escritor?). “Esta agenda es para mí lo que el tubo de oxígeno para Clarita”, escribe, en referencia a su tísica abuela agonizante, a la que, ante la terca demora de la parca, ayuda a dar el paso final.
Hay una historia detrás de las historias que vive y cuenta Genoveva: la de un pueblo, de una sociedad, de una región… la de un país, en fin, pero en el trasfondo, además, la historia de un microcosmos que puede a la vez hacerse un macro-universo.
Hay una historia -indudablemente- de fugas, e intereses, de salir, de perderse, de trascender… un trasfondo de viaje perpetuo y salvador, como el del buen Bioy.
Genoveva se escapa para siempre con su hermanito y su maestro, cuando ya no puede hacerlo, cada día, cada hora con su diario, con las canciones de Queen, ni con Inés (su mejor amiga), cuando ni la muerte, está segura, podría arrebatarle de su anodino universo.

Paralelos
Algunas coincidencias en lectura y tiempo. La nueva novela de Rivero (febrero de 2014) es casi un monólogo como Soliloquio del conquistador (agosto de 2014) de Carlos Mesa, y está fuertemente asentada en los personajes, como Todos somos familia (septiembre de 2014) de Gonzalo Lema.
No obstante, hay que decirlo claramente, desde los primeros párrafos se advierte que esta es una novela muy superior a aquellas dos y la mayoría de las recientemente (desde hace al menos dos o tres años) publicadas en el país; una novela bien concebida, arduamente trabajada y plasmada con talento e idoneidad.
Novela de personajes, decíamos. Veamos:
Padre: Izquierdista trasnochado, suicida fallido y amargado… un hombre fracasado e inmutable. “Padre desprecia la vida -dice la narradora-. No lo dice, pero suda desprecio. Nada salió como él quería; aunque, exceptuando a la soga fallida, nadie en casa tiene claro qué es lo que él quería y qué es lo que ha salido tan mal”. 
Madre: Frustrada ama de casa a la sombra de un matrimonio fatuo.
Clara Luz: Psíquica, vudú, mística, bruja que agoniza con sus pulmones podridos.
Inés: la amiga y confidente de Genoveva, sucumbe a la anorexia y languidece en su habitación. “Debería hacer como Inés que si tiene que vomitar, vomita, sin culpa. Uno no debería tragarse las peores cosas de este mundo, dice Inés, la boca ácida, y yo estoy de acuerdo”.

Irse de viaje con un libro… sin moverte de casa, a veces es mejor que cualquier periplo real, y qué mejor si lo haces de un tirón, pues es clara muestra de la contundencia y habilidad del autor. Es hermoso toparse con estos libros… es terrible terminarlos.
“Es horrible despedirte. Y al mismo tiempo saber que te vas a ir, que estás cortando los hilos, te hace abrir los ojos”, dice Genoveva, la siempre lúcida e irremediablemente melancólica Genoveva (“la tristeza es hereditaria e incurable”, escribe en su inseparable cuaderno), personaje entrañable, desde ya, de nuestra literatura.


El último mestizo

El boom y sus caminos


Este placentero viaje al pasado de sus lecturas, al que el autor nos invitó hace algún tiempo, recala esta vez en el auge de la literatura latinoamericana.



Manuel Vargas

Cuando llegué a la universidad de La Paz, si bien ya tenía lo que se llama un bagaje de lecturas (un poquitito mayor que el de un bachiller corriente en esas épocas), y aparte del nocaut de Franz Kafka y la aventura de Dostoievski, vinieron otras novedades.
Era el año 1970, las novedades eran el boom de literatura latinoamericana con Gabriel García Márquez y su par, Mario Vargas Llosa, y el impar Juan Rulfo a quien el boom lo tenía sin cuidado.
¿Cómo no identificarme con este último, habiendo yo además nacido en el paraíso perdido de Vallegrande? ¿Y con aquél, si ya era un lugar común decir que América Latina estaba llena de Macondos? Porque yo no venía de Buenos Aires ni bajaba de los barcos para regocijarme con Julio Cortázar y sus juegos de mago, y encamarme con Borges y sus travesuras más sublimes.
Pero muy pronto me hice al intelectual, o dejé de encasillarme en lo rural para morirme de la risa y de placer compartiendo el elevado y verdadero humor de este gran ciego. Así como me reía con las jugarretas de palabras de Cabrera Infante, me perdía con el tierno y malevo Juan Carlos Onetti y volvía a encontrarme en los enredos temporales de Vargas Llosa.
Estábamos en Bolivia, con su fuerte tradición del costumbrismo y el realismo social. Para mi generación, la idea era, como 20 años después, como 40 años después (y como siglos atrás), enterrar al costumbrismo, comenzar de nuevo, ser modernos y universales. Matar al padre, épater les bourgeois, como si estuviéramos descubriendo la pólvora.
A estas alturas, el asunto de los libros ya era de nunca acabar, y no me pondré a hacer listas de autores y de obras, por países y por edades, por corrientes y estilos. ¿Pero cómo no voy a nombrar a Guimaraes Rosa? ¿Y a Carpentier y a Felisberto Hernández, y a otros mexicanos, y a otros rioplatenses, de manera que el boom ya va quedando estrecho?
Y junto con ello, claro, las entrevistas y las teorías. Tientos y diferencias, Una conversación infinita, Proceso y contenido de la novela hispanoamericana, por nombrar algunos títulos. ¿Cómo acomodar todo eso a mi mundo propio? ¿Qué leer?, ¿por dónde seguir? ¿Dónde estaba el origen de esta modernidad? ¿En las viejas crónicas americanas, en Virginia Wolf, en la oralidad, en Freud, en Joyce y en Marcel Proust? Y yo, como todo iniciante, me bebía todo lo que decía el dios de Aracataca, y todos los del boom, como si fuera la ley de Dios.
El banquete estaba dispuesto. Franz Kafka, no me abandones. Juan Rulfo, eres una luz susurrante de dónde vengo, o adónde voy.
Juan Rulfo solo hablaba en sus cuentos. Pero Gabriel García Márquez lo hacía por donde fuera. Por un lado, contaba este último que aprendió eso del realismo mágico en la aparentemente seca frialdad de Kafka y en el manejo del tiempo de Virginia Wolf. Y le criticaban, me acuerdo, que su obra tenía influencias del gran William Faulkner, pero él dijo que no era así, pero se dio cuenta, cuando conoció el sur de Estados Unidos, de que la influencia venía directamente de ese paisaje y no del autor.
Y como yo era un devoto, me adentré en Faulkner en busca de las raíces y de los maestros de casi todos los autores del boom. Venga todo Faulkner. Y ya estaba luego con Hemingway y con Thomas Wolfe y la Generación Perdida triunfando en París.
Y seguí para atrás con Moby Dick y La letra escarlata. Toda esa gran literatura de donde bebieron los latinoamericanos, que fue moda en Europa, como queriendo igualarse a los monstruos de la tradición europea y occidental. Y Latinoamérica era asimismo una provincia que se hizo conocer en Francia y en España, y surgieron los buenos negocios editoriales.
Y andaba por Paja Colorada, a pie o montado a burro, con Bret Harte y con Stephen Crane en la cabeza. ¿Cómo es que Mark Twain fue el creador del lenguaje americano? ¿Nada más que con un libro de muchachos en el Misisipi? Y después de cruzar los potreros de Huasacañada, me encerraba en un cuartito sin luz eléctrica, y algunos minutos más en el patio esperando que la luz del sol no se acabe: Cuentos grotescos de Sherwood Anderson, lujos de Fitzgerald, aventuras de Melville, oscuridades de Hawthorne.
En la Loma de Veinticinco, cuando estamos con mi cuñada -una inmensa mujer de ojos verdes y mirada de toro- ordeñando las vacas, hay un peón -con el bocio del tamaño de una ubre- que anda detrás de una “letrada” (lo contrario de mansa, que no se deja enlazar ni menos arrear). Suda, ríe, balbucea: “no se deja coger esta perra”. ¿No es acaso el soncito de El villorrio enamorado de una vaca parecida a ésta?
A estas alturas (vuelvo a los puros libros) uno se va enterando que cada vez conocemos menos, pues una cosa lleva a la otra. Y una vez más estoy en América Latina y mañana será en el Siglo de Oro español.
En fin, la literatura como lenguaje y como recuerdo, como vislumbre de nuestra verdadera patria, y a un tiempo como placer y conocimiento, más acertado que todas las ideologías juntas, y -pues la lectura lleva a la escritura- como expresión de nuestro interior (sueños y deseos y pesadillas), como forma de vida y de realización.

Ya estaba listo, perdido y enviciado para siempre.

Crítica

Vadik Barrón: poética de la fuga

Reproducimos este texto, publicado en la revista digital de poesía Los poetas del cinco, sobre el libro ganador del Premio Nacional de Poesía “Yolanda Bedregal”.



Miladis Hernández Acosta

Si queremos un mundo nuevo tenemos que acabar con este, sentencia Vadik Barrón para presentarse en un mundo que ya no le sirve: un Universo apagado, sin frutos, sin futuro y sin amaneceres; por tanto: un Cosmos sin asidero del cual hay que salir, y obviamente buscar -otro- donde el hombre, en este caso -el artífice sin puerto- seguro de sí, logre crear una especie de vida yuxtapuesta, con otros referentes y otros espacios donde comenzar otra vez: desde el principio, sin expulsiones, sin destierro primigenio donde el hombre se sienta cabalmente satisfecho.
El arte de la fuga es de antemano un poemario de muchos paradigmas, surtido por una voz que habla en primera persona para ahondar en los problemas fieros de su existencia mostrando una latente aseveración de los males que confluyen en su entorno.
Este autor busca nuevos sedimentos de vida, novísimos territorios para deglutir la realidad: una realidad por supuesto nada complaciente que lo insta a la fuga, al escape, a huir y al mismo tiempo a extrapatriarse de sí­; de ahí que erige un discurso que visualiza posibles ambientes para, con mucha precisión y agudeza formal, expandir sus utopías.
Con la fuga hace patente la necesidad de encontrarse con su yo, y al mismo tiempo reproducirse como arquetipo del Ser que busca otras conexiones. Digamos que rebusca una semiótica de la dejadez, del envés, de lo que puede estar en otra parte, de lo que ya no representa materia tangible para realizarse y consumar lo que quiere en esta “su existencia”.
Vadik Barrón cuestiona, indaga, y cree divisar las presuntuosas salidas. El trascendente de esta poética está en el alcance, en la clarividencia, en el desenfado para deliberar un discurso nada halagador, nada artificioso: una soflama sustancial que examina de forma transgresora ese cataclismo que es el mundo de las ideas y dentro de sus categorías -la negación dialéctica- de lo que puede estar quedando obsoleto, degradado, y viejo.
En esa su representación del Universo hace ostensible su magistratura escritural optando por una logicidad discursiva, por un nomológico que no se contenta con habitar en este planeta porque se ha percatado de la catastrófica situación global.
El tiempo que Barrón domina es un tempo que va en dirección contraria a nuestra miserable percepción de pájaro viudo.
Su tiempo es dual, y está suministrado -claramente- en otra geografía: en los terrenos de la poesía, en el vuelo anchuroso del pájaro como símbolo genuino de libertad y escape seguro.
Defino este poemario como poética del ostracismo, del confinamiento, de notables recursos filosóficos, simbólicos e ideoestéticos, de profundos valores semánticos y especulativos.

Soy mi destino y miles de albercas distribuidas de manera equidistante
entre las ciudades-hospicios del fin del mundo

Vadik escapa de las charcas, de la poquedad, de la pequeñez, y de las mediocres circunstancias. Como todo “Ser cuestionador” su poesía es vigilia, concepto, y cosmología que no descansa en leyes sino en formas propias de la observación individual. 

No me preguntes qué año es, qué país es este,
a dónde ir a parar con mi chusco remedo de aleteo

Vuelve al facsímil del aletear, de abandonar con su vuelo un tiempo que ya sabe que no existe, un país, un epicentro que no lo conmueve: una nación que no le ofrece garantías.
Notorio también es que ve en las ruedas otro modo de escape, una extraña solución para enajenarse y disolverse como entidad cósmica. Las ruedas como ancilares de la fortuna, del anillo, de lo que gira y ayuda a propagar la energía, como apotegma de que todo tiene que voltear nuevamente, el mundo, las sociedades globales, los sistemas económicos, el hombre, las ideas, y todo cuanto necesite -igualmente- regenerarse.
Este poeta sabe que la inmolación pasó de moda, no le interesa ser el héroe, ni mucho menos aseverarse como el superhombre, el titán del presente. Vadik precisa de antemano de una arqueología futurista.
Su búsqueda es antropológica, cósmica y un tanto divina cuando se autoreconoce como un ente que ha sobrevivido una postcrucifixión para gestar disímiles interconexiones espaciales donde la libertad espiritual sea el único contexto visible.

Su misión imposible es ejercer la humanidad,
convertirse en pequeños exploradores
suspendidos en el corazón de la oscuridad
a la espera de que nuestra preclara estupidez nos vuelva a iluminar
otra vez y para siempre.

Como Kant, sostiene una representación que asiste esencialmente al sujeto, pero este “sujeto” lírico busca luminosidad por encima de esa oscuridad que pende de las emociones. Resplandor en los acontecimientos, conciencia lucida de los fenómenos para ni siquiera enfrentarlos: sino para separarse de ellos, alejarse de los poetas, de la noche y de la melancolía.
(Fluorescencia para distanciarse de las almas perdidas, de las noticias, de los mercantilistas, la displicencia, la domesticación, y todos los absurdos embates de la mediocridad humana).

Hay en este libro una precognición de los fenómenos, por ende la voz que escribe es antesala para fraguar una morfología de los sucesos angulares no -precisamente- identitarios sino esencialmente universales. El arte es para él un suicidio en sí mismo, y la posteridad un dispositivo de fuga. Dejémoslo sin miedo traspasar todos los espacios que anteriormente fueron salvados por la música. 

Staccato

Secretos de Vivaldi

Sobre el poder de la música en la mente humana, su capacidad de influencia y preeminencia.



Pablo Mendieta Paz

¿Cómo, me pregunto, no sentirse hondamente cautivado por la maciza producción de los grandes maestros polifónicos como Palestrina u Orlando di Lasso, o por el canto gregoriano cuyo ritmo libre y melódico despierta las más diversas sensaciones?
¿Cómo no gozar, asimismo, de la música vibrante de Los Beatles o de míticos artistas de la segunda mitad del siglo XX y primera mitad del XXI, como Cat Stevens, Joan Manuel Serrat, Sting, Emerson Lake and Palmer, Joaquín Sabina o Coldplay, verdaderos receptores del legado musical de los antiguos trovadores y juglares?
Como músico que soy (con la excusa de dirigirme en primera persona), disfruto escuchando  y ejecutando las creaciones que ocasionalmente llegan a mis oídos o a mis manos. A veces, en momentos de meditación me pregunto: ¿será posible que alguien pueda quedar inconmovible ante una sinfonía de Beethoven, o ante un delicioso lied de Schubert?
No lo creo, como tampoco puedo concebir que alguien demuestre indiferencia hacia el arte mayor de Astor Piazzola, de Louis Armstrong o de Queen.
Pero claro, hay tendencias, estilos y géneros musicales que, específicamente, como en todo, imponen un sello especial en el proceso de búsqueda y aprehensión del hombre. En lo personal, es el barroco el que ha tenido mayormente la virtud de transportarme hacia escenarios estético-musicales subyugantes, pero también hacia confines remotos de mi ser interno; esto último merced a una cualidad que ha rebasado mi capacidad de asimilación racional.
Luego de tanto convivir con la música barroca, noté un día una mágica relación entre esa sonoridad fantástica y exultante y mis circunstanciales estados de ánimo, notablemente más serenos y distendidos luego de su audición.
Obsesionado por este singular hallazgo, recurrí a libros y autores a fin de encontrar una explicación científica. Di con una, entre muchas la más satisfactoria, que expongo brevemente: en la década de los 70, el psiquiatra búlgaro Georgi Lozanov descubrió que mientras sus alumnos escuchaban música barroca alcanzaban una mayor capacidad para almacenar y memorizar información en el aprendizaje de idiomas.
El científico encontró la explicación en el tempo de 60 a 70 golpes por minuto, “semejante al del corazón humano en reposo”. Ello condujo a que tanto Lozanov como muchos de sus colegas coincidieran en que, de manera general, la música -y la barroca particularmente- inducen a entrar en un estado de conciencia alterada, especialmente propicio para el aprendizaje.
A partir de tales experiencias, otros investigadores, dedicados específicamente al estudio de las ondas cerebrales, han llegado a la conclusión de que la música barroca estimula las ondas asociadas a la relajación alerta y a la sensación de calma, al extremo de que científicos como K. Haray y P. Weintaub recomiendan que para lograr un estado profundo de paz o serenidad es menester escuchar una determinada y cuidadosa selección de obras barrocas, sugiriendo en especial las siguientes: La Trucha en la mayor, de Schubert, para piano y cuerda; el Concierto para guitarra, en re mayor, de Vivaldi; el Concierto en re mayor para flauta, de Vivaldi; el Concierto Nº 21, para piano, de Mozart, y el Concierto para arpa, en si bemol, de Händel.
Como corolario de estas investigaciones, las diversas organizaciones que en definitiva le han concedido a la música barroca cualidades terapéuticas importantes vienen desarrollando programas de relajación, mediante cintas compactas, para oyentes interesados en apartarse y desconectarse del estrés de la vida moderna.
En ellas es posible escuchar obras tales como el Adagio, de Zipoli; el Canon, de Pachelbel, el Adagio, de Albinoni. Según Mihaly Csikszentmihalvi, profesor de psicología en la Universidad de Claremont “la música ayuda a estructurar la parte de la mente que la percibe y, por lo tanto, reduce el desorden que sentimos cuando una información caótica interfiere en nuestro objetivo. Escuchar música aleja toda sensación de aburrimiento y ansiedad y, si se hace en serio, puede conducirnos a un estado de captación”.
Ello supone, naturalmente, que al escucharla en forma dinámica, y no como fondo, llegue a afectar nuestro estado mental, produciendo diversas sensaciones; pero, fundamentalmente, placentera tranquilidad. A mi juicio (una opinión muy personal), quien mayormente ejerce esta sensación de bienestar es Vivaldi, a través de Las cuatro estaciones, cada una de ellas de inmensa fuerza expresiva y belleza musical.
¿Qué ocurre cuando la música nos conmueve, cuando afecta nuestros sentidos? Indudablemente que la mente despierta y toma conciencia de ella, pues interpreta el mensaje que proviene de sus sonidos. Si se escucha, por ejemplo, una música de ritmo vivo, dinámico y fuerte, “las terminales nerviosas de nuestro cuerpo sienten las vibraciones de esta música y comienzan a vibrar con mayor rapidez e intensidad, estimulando todo el sistema”.
Esto nos afecta de manera tan poderosa, que en una combinación mental y física sentimos profundamente el efecto de la música. Se ha producido entonces un fenómeno que induce a que nuestra sangre y nuestros nervios reaccionen hasta el estremecimiento; sin que, tal como describirían algunos investigadores, “veamos que salga nada del piano o del violín, y que pase por el aire hasta nosotros”. Lo que sucede es que se pone en funcionamiento una ley de características muy especiales: la ley de las vibraciones.
Estas vibraciones musicales recorren la atmósfera y llegan a nosotros impresionando nuestro sistema nervioso, originando de esta manera el gusto y las inclinaciones por los variados géneros de música.
Al respecto, y aun a riesgo de pecar de exceso, pienso, y siento, que las vibraciones musicales más profundas, penetrantes y estremecedoras que llegan hasta nosotros se trasmiten en Las cuatro estaciones a través de la Primavera, el Verano, el Otoño y el Invierno, cuya expresión, belleza y carácter descriptivo, disímiles en cada uno,  “constituyen un hito sin precedentes en la historia de la música”.
Si al escuchar cada concierto se presta oído total a la sublime orquestación, uno advierte que Vivaldi no solo que confería a su música la mayor pureza de sonido posible, sino que la dotaba de un sobrecogedor encantamiento mágico. Es notoria, por tanto, la asimilación de fenómenos tal vez perceptibles solo por él y que tocaban sus sentidos y su imaginación.

Algo así de enorme pujanza seductora, como una sucesión de secretos místicos, como una sonoridad poética proveniente de aquella asimilación de portento indescifrable que traza figuras, gestos particulares, y que transmite poderosamente, como una “prestidigitación” de arte, al oyente. Precisamente por todo eso es que se disfrutará plenamente de la audición de Las Cuatro estaciones mediante el esfuerzo que uno logre para encontrar, o aproximarse, a esos fenómenos a través de la visualización o creación propia de imágenes a las que, naturalmente, invita Vivaldi.

Reseña

Serena, de Sulma Montero

Texto que la autora leyó en la presentación de la novela de la escritora paceña, que se efectuó en días pasados en La Paz.



Adriana Lanza 

Serena es un libro rojo, intenso, con la huella de lo que fuimos. Es difícil escribir sobre Serena, un efecto hipnótico nos hace vulnerables a las cartas de amor.
Las vertientes de la literatura pueden ser de muchas maneras. Hablaré de dos. Existen los prolijos jardines donde desde épocas remotas se discute el papel del ser humano en la historia, la búsqueda por dar un sentido a la vida, sus grandes creaciones y fracasos, historias podadas por un hábil artífice. Un golpe en la estatua del centro, la triza para construir una nueva en su lugar, el ciber-hombre atravesado por una rajadura. La decadencia.
La otra vertiente que no cae desde arriba y es más bien manantial porque brota de la tierra o surge por entre las rocas, es aquella literatura impulsada por otro tipo de deseos.
Ya no es la intención el retratar una época, marcar un camino donde se asegure al yo y su estar en el mundo, otorgar un sentido a todo aquello que se va desgarrando para encontrar la salvación. Aunque paradójicamente todo esto se logra también en este tipo de escritura, sin haberlo previamente planeado.
Quiero decir que este manantial nace de nuestros cuerpos, fluye de todos los sentidos y produce una combinación hechizada y hechizante de palabras que logran expresar un instante, desde lugares ajenos a la lógica racional. Esta escritura logra registrar la sustancia acústica, aromática, visual, táctil y/ o gustativa del mundo.
Las palabras en Serena cautivan el momento y revelan aquella sustancia. Así como el término “canto” involucra palabra y sonido, si existiera otro vocablo para definir la combinación de palabra y aroma, entonces esa voz sería serena.
La cualidad incandescente y volátil de la obra de Sulma Montero permite que sea pronunciada la esencia del ser humano y su antiguo misterio.
El canto femenino ocurrido en la obra, no solo emana de la protagonista, sino también de Manuel, cuyo hálito es aprovechado en esta narración para crear el perfume subyacente en nuestros cuerpos, en nuestras flores.

Abrimos el libro y mana una historia de amor.

Libros

Ni Dios, ni patrón, ni marido


Un libro recupera las lúcidas y agudas lecciones que dictó en el año 1921 la revolucionaria feminista soviética Alexandra Kollontay.     



Nicolás G. Recoaro

¿Qué diría Alexandra Kollontay del Gobierno de Vladimir Putin? ¿Cómo tomaría las políticas represivas que lleva adelante el Estado ruso contra las minorías sexuales? ¿Qué diría de la persecución que sufrieron las integrantes del colectivo feminista-punk Pussy Riot?
¿Y qué pensaría de la realidad cotidiana de femicidios, violencia de género y abortos clandestinos que impera en buena parte del planeta? ¿Cómo tomaría la discriminación, la desigualdad salarial y tantas otras expresiones de la doble opresión que sufren las mujeres en pleno siglo XXI?
Quizá las respuestas a estas preguntas, y también a muchas más, puedan encontrase en Catorce conferencias en la Universidad Sverdlov de Leningrado, el libro que compila las magistrales lecciones dictadas en 1921 por la legendaria revolucionaria bolchevique, que ha sido recientemente publicado por la editorial argentina Cienflores.
Feminista avant la lettre, polemista filosa, niña bien de familia noble devenida en agitadora de barricada, compinche de Lenin y Rosa de Luxemburgo, promotora del “amor libre”, dirigente destacadísima y por demás crítica en los albores de la Revolución Bolchevique, autora de las obras de ficción El amor de las abejas proletarias y La bolchevique enamorada, primera embajadora de la historia e intelectual de alto vuelo.
Tranquilamente, la vida de Alexandra Kollontay podría haber inspirado varios capítulos de alguna novela firmada por Tolstoi o Máximo Gorki.
Los textos recuperados en Catorce conferencias… están inscriptos en el momento en que la joven revolución había logrado con muchas dificultades poner las bases para la igualdad entre hombres y mujeres, liberalizando las relaciones familiares y las sexuales.
En este marco, Kollontay impulsó campañas de difusión y debates públicos para dar a conocer el reconocimiento de estos derechos: “porque el proceso revolucionario ha hecho despertar a la mujer en Rusia del sueño de la ‘bella durmiente del bosque’ que ha durado siglos”.
Muy poco tiempo después, Kollontay enfrentó a los popes del Partido Comunista, porque minimizaban el hecho de que la liberación femenina contribuiría al triunfo de la revolución, del que no era sólo una secuela necesaria.
Kollontay proporcionó a la desinhibición sexual una dimensión política. Lamentablemente, su erotismo emancipatorio fue finalmente cercenado por la contraofensiva encabezada por las medidas familiar-conservadoras impulsadas por Stalin.
Quizá, como afirma la historiadora Graciela Tejero Coni en la introducción del libro: “La pérdida y retroceso en las conquistas de las mujeres en los países que hicieron su revolución, preanunciaron el proceso restaurador capitalista, y se constituyeron en su demoledor antecedente”.