jueves, 11 de septiembre de 2014

Libros

Anudando palabras

Reseña de Quipus, el más reciente libro del autor beniano Homero Carvalho.


Elvira Espejo

¿Quién desató los nudos de Homero? Fue alguien que, con mucho cuidado y paciencia, le contó algo de los chinus también. Como resultado, Homero comenzó a anudar los chinus en su memoria, para contarlos hoy en este texto que el lector(a) tiene en sus manos como un quipu blanco de ideas anudadas, palabras anudadas y axayus atrapados, todo en este memorial de un quipu blanco escrito.
Al mismo tiempo, Homero, nos habla de otros tipos de quipus muy distintos: cómo en un quipu negro se dilatan las tenebrosidades del pasado con sus historias mucho más oscuras.
Nos lleva a imaginar el intenso color del sufrimiento y la fuerza de nuestros antepasados, quienes manejaban historias anudadas en sus hilos de distintos colores: el rojo para los guerreros, para ch’allar con la sangre; el amarillo para la riqueza; el blanco para los ritos sagrados, y otros nudos distintos, desde el amanecer y el atardecer…
Nos deja entender cómo, desde el nudo de los quipus, nace el ser humano, y desde allí, de la persona a la comunidad, de la comunidad a un pueblo y de ese pueblo a una nación.
En todo ello, el quipucamayoc, que cuenta los nudos en su poder, transfiere la información de una persona a otra persona, de una comunidad a un pueblo. Maneja la fuerza y el sentimiento; en sus nudos tiene el poder de unir a todos los pensamientos. Por tanto, procede así, de la imagen a un nudo, de un nudo a un ayllu, y de ahí a todo su entorno.
Este es un trabajo que retrocede al pasado, que va desde la comodidad de la ciudad actual a sus barrios, y de sus barrios a sus familias, donde los nudos por fin se desatan, con recuerdos del pasado y en esta memoria, Homero nos lo cuenta con mucha paciencia.
Nos habla de los nudos de aquel momento, cuando Homero habló con Filomeno Thola Sisa, quien narra con mucho detalle de los chinus o nudos de los quipus. Luego Homero tomó estos nudos de hilo para convertirlos en los nudos de la poesía, algo no visto antes en Bolivia, algo único en nuestros tiempos.
Nos ayuda a unir el pasado con el presente y el futuro. Con estos sueños anudados te hace retroceder al pasado, y del nudo de las tierras remotas, nos hace pasar a los humanos y de los humanos, a aquellos anudados a la tierra por el espacio y el tiempo.
La cuerda no te suelta, ya sea de lo lejos a lo más cercano, de la memoria a los recuerdos, donde nadie puede olvidar las palabras de los nudos… de los nudos a la imagen, de la imagen al aliento. De los colores te hacen recordar a las fiestas, con sus cantos y bailes, donde la voz del viento te trae noticias de la llegada y la partida que anuncia siempre el ichhu.
Te hace reanudar los alientos del campo, las wak´as sagradas que no desatan sus nudos para que los sueños siempre nos cuenten. Te hace tocar dentro de tus pensamientos y sentimientos estas experiencias anudadas para siempre. Vuelves a hablar en las fiestas y el baile. Los hilos sueltos de la vida empiezan a anudarse. Ves los miles de colores que se festejan en el altiplano, esperando el nuevo anudado de los dioses andinos, con los alientos que nos pasan don Filomeno y Homero.
Homero anuda las palabras, con unas teclas frente a una pantalla, nudos y nudos en un papel.


jueves, 4 de septiembre de 2014

Sombras nada más

Gunnar Mendoza, el guardián de los libros: memoria íntima


Una evocación personal que pinta de cuerpo entero al gran custodio de la memoria histórica y cultural boliviana, en el centenario de su nacimiento.


Gabriel Chávez Casazola

La primera imagen de Gunnar Mendoza que se me viene a la mente -como seguramente les sucede a todos quienes le conocieron en los años 70 u 80- es la de un hombre de edad madura, de frente amplia y surcada por pronunciadas arrugas, cabello escaso pero ligeramente amelenado, un bigote todavía oscuro y una por entonces inusual chompa de lana con motivos andinos, a veces café y otras gris.
Con corbata lo vi solo un par de veces, en actos en que le daban un Honoris Causa o algo así, y con jeans creo no haberlo visto nunca -después de todo había nacido el año 1914 y uno no escapa a las señales de su generación-, aunque pienso que le hubieran sentado bien.
Sin embargo, la descripción de esta primera imagen “oficial” de don Gunnar -cuyo centenario natal se celebra esta semana, el 3 de septiembre- estaría incompleta sin una “composición de lugar”, pues Mendoza estaba siempre, y parecía haber estado desde siempre, sentado en el mismo lugar: una tenuemente iluminada esquina de la Sala Moreno del antiguo edificio del Archivo y Biblioteca Nacionales de Bolivia, al que por entonces todos en Sucre se referían simplemente como “la Biblioteca”.
Ese edificio estaba -y todavía está, aunque con el interior transformado para ser una biblioteca pública- ubicado en la primera cuadra de la calle España, partiendo desde la Plaza principal de la Ciudad Blanca, en la llamada “Calle de los Bancos”, donde funcionaba, en realidad, el banco más importante del país: el que custodiaba su memoria. 
Mi tío Gunnar era el guardián de esa memoria -eso me lo habían enseñado desde niño- y cuando uno entraba (al menos yo) a la Sala Moreno para visitarlo, lo hacía con cierta reverencia, como ingresando a un templo (cuando a los templos se entraba con reverencia).
A esa atmósfera contribuían, sin duda, los altos volúmenes encuadernados en cuero que ocupaban toda la extensión de las paredes en altos anaqueles; un olor inconfundible y que bien podría ahora definir como el olor del pasado; pero, sobre todo, el pesado silencio que se respiraba en todo el edificio y en especial en ese largo salón que ocupaba casi toda la parte frontal del segundo piso, con varias ventanas a la calle por donde asomaba el sol entre los cortinados.
Y digo “casi toda la parte frontal” porque al lado de la esquina occidental, en la que había instalado Mendoza su escritorio, había, tras una puerta que nunca estaba abierta, un pequeño despacho originalmente destinado al Director, pero que éste no ocupaba. 
Alguna vez, tendría yo unos diez años, me atreví a preguntarle por qué no usaba esa oficina (en la que, varios años más tarde, René Arze me prestaría un libro de Javier Marías), y me respondió acompañando sus palabras con una mirada penetrante, no severa sino más bien socarrona, como el mismo tono de su voz ese momento: -“Es que tengo que vigilar a todas estas” (refiriéndose a las funcionarias que estaban siempre con la cabeza baja, metida entre papeles o voluminosos registros que llenaban con una caligrafía menuda, clara y presurosa). Y luego añadió: -“Este es el panóptico”. 
En mi cabeza, asocié de inmediato el término a una cárcel (ya había escuchado hablar del panóptico de La Paz, en Sucre no se llamaba así al penal de San Roque), y sentí algo de piedad por esas eficientes bibliotecarias y archivistas que, de tanto en tanto, se acercaban con todo sigilo al escritorio de mi tío, que a menudo las fulminaba con una mirada terrible, sin necesidad de decir palabra alguna.
Sólo mucho tiempo después descubrí el sentido original de la palabra “panóptico”, creo que en un libro de Foucault comprado en Buenos Aires, y entonces entendí que don Gunnar había querido decir que la esquina en la cual trabajaba le permitía tener un control visual completo del personal del salón, pero -ahora que lo pienso- también de las personas que buscaban libros o documentos en los ficheros de afuera (pues el escritorio del director se ubicaba frente a la amplia puerta de ingreso y al rellano); de los funcionarios -allí sí algunos varones- que trabajaban en la sala de enfrente, tras unos cristales; y, en general, de toda alma que entrara al segundo piso (ya que abajo solo había un salón de actos y profundos depósitos).
Desde luego, algo del otro sentido de “panóptico” había también en la férrea disciplina que imprimía Mendoza a su personal, y ese rigor era, en buena medida, el que garantizaba el perfecto funcionamiento de esa atípica, atipiquísima institución, que gracias a su director, devenido vitalicio por méritos propios, no estaba contagiada de los vicios y perezas de las demás entidades públicas. Por el contrario, y pese a las graves limitaciones económicas con que funcionó durante largos años, suplidas a menudo con aportes “a fondo perdido” del bolsillo de ese director, el Archivo y Biblioteca Nacionales de Bolivia llegaron a convertirse -tesón de Mendoza mediante- en un paradigma continental de este tipo de “bóvedas de la memoria”.
Don Gunnar era, pues, además de historiador, investigador, archivero -como le gustaba definirse- y bibliotecario, un maestro en el sentido clásico del término, de esos maestros antiguos que algunos afortunados hemos tenido todavía en la escuela o en la universidad, a los que se respeta, admira y teme al mismo tiempo.
Y era un maestro no solo para el personal del ABNB, sino especialmente para los investigadores que allí acudían -con quienes tomaba el té y era harto más benévolo, aunque sin dejar de ser riguroso-, y también lo fue para todos los que formábamos parte de la familia Mendoza, algunos ya con el apellido estigmático perdido entre mujeres.
Cuando digo: “todos los que formábamos parte de la familia Mendoza”, podría dar la impresión de que éramos muchos. Pero no: al menos a finales de los 70 éramos muy pocos, pues este singular linaje de intelectuales, artistas y bohemios chuquisaqueños parecía estar en peligro de extinción, ya que en lugar de extender sus ramas de generación en generación, el gran árbol se había ido reduciendo, dada la resistencia de varios tíos, tías y antepasados a reproducirse (o su mucha calma en hacerlo, o alguna fatalidad que lo había impedido), al punto que en ese momento era yo el único niño de la familia, casi un cabo de raza, un Aureliano leyendo el destino clausurado de su estirpe en los viejos libros de la Biblioteca Nacional, donde me fue revelada La divina comedia en la versión de Bartolomé Mitre ilustrada por Doré, y donde también descubrí el desnudo femenino en las portadas de Semana de Última Hora.
Afortunadamente, esa clase de curvas redentoras me hicieron desistir, a los 17, de la idea de ser célibe, que me rondaba en la primera adolescencia, y a los 28, de la idea de no ser padre, casi natural con tan malos ejemplos alrededor, y así mi rama se extendió en el tiempo con tres hojas, como en aquellos años de que hablo sucedió con las ramas de algunos tíos que finalmente se reprodujeron y le dieron nietas, primero, y luego un nieto, a Gunnar Mendoza y a su discreta esposa Flora, que pasaba los días vendiendo artesanías tras una gigante máscara orureña de diablo, cuando todavía las artesanías y la identidad no estaban de moda.
A don Gunnar me gustaba visitarlo algunas tardes a la salida del colegio, para tomar el té y conversar largamente con ese hombre cuya memoria era, en cierto modo, una pieza esencial de la memoria del país.
Otras tardes, cuando alguien cumplía años en casa -mi abuela Tula, su hermana; mi madre, Gabriela, o mi tía Matilde Casazola, sus sobrinas; o el niño que era el que esto escribe- él llegaba a las 6 en punto a la penúltima cuadra de la calle Bolívar (antes llamada, esa cuadra, calle del Buen Retiro), al mismo solar y a los mismos jardines donde había crecido al lado de sus padres, Jaime Mendoza y Matilde Loza, y lo hacía trayendo siempre una sonrisa, la chompa andina, el maletín negro y un billete enrollado en papel de regalo para el cumpleañero.
Y cuando tocaba celebrar después de algún recital de Matilde -siempre retornada con la maleta  y la guitarra llenas del olor del viaje-, o festejar el Carnaval con la Academia de la Mala Lengua (esa camada de gente brillante y divertida que alumbraba el Sucre de ayer, ya perdido e imposible), don Gunnar le entraba a los singanis, templaba la guitarra y la tocaba como ya no se hace, como un viejo trovador o milonguero de principios de su siglo, y hasta bailaba el tango con un estilo envidiable, todavía mejor que el del coronel ciego que interpretó Pacino.
Cuando mi tío murió en 1994 (dicen que desde la ventana del hospital, que por cierto lleva el nombre de su padre, se veía un tarco florido), un amigo vino a traerme la noticia hasta mi reducto de jovencísimo poeta que había exilado el televisor y el teléfono para poder buscar en paz las revelaciones del sexo y desafiar la realidad de lo real con métodos acordes a ese objetivo.
Acaso fue por estar viviendo esa etapa beatnik  que la noticia tuvo para mí una densidad que otras muertes no alcanzaron. O, simplemente, fue porque descubrí que había querido mucho a ese hombre que, como Borges escribe de Alonso Quijano, tal vez nunca salió de su biblioteca (es verdad que Mendoza era muy poco apto para la vida práctica), y que eligió, cual un destino manifiesto, ser el celador de los papeles, el guardián de los libros.
Todavía cuando evoco a don Gunnar, como ahora, me pongo un poco triste, y releo precisamente ese poema de Borges, El guardián de los libros, en especial sus líneas finales, que me transportan, no sé por qué, al antiguo salón (o panóptico) del viejo edificio de la calle España y me dejan pensar que estoy conversando con su más ilustre y silencioso fantasma:

Mi nombre es Hsiang. Soy el que custodia los libros, / que acaso son los últimos, / porque nada sabemos del Imperio / y del Hijo del Cielo. / Ahí están en los altos anaqueles, / cercanos y lejanos a un tiempo, / secretos y visibles como los astros. / Ahí están los jardines, los templos.

In memoriam



Jechu, entre los que viven renacidos

Memoria y homenaje a Jesús Durán, y de paso una canción inédita cuya letra compartió hace algunos meses vía correo electrónico.



Martín Zelaya Sánchez

“Hola Martín, archivo Descalza del jardín. Demo: (cel. grabación). Voz: Gaby Durán, guitarra: Jechu. Un abrazote”

Así se comunicaba con sus amigos -escueta, pero fluidamente- Jesús Durán, en sus últimos años. Por correo electrónico, o mediante notas escritas en pequeñas libretitas que cargaba allá donde fuera… generalmente, el Etnocafé, el Caza Duende, o donde hubiera conciertos de cantautores locales, a quienes apoyaba desinteresadamente y de quienes era ineludible referente e influencia.
El 27 de febrero de 2013 Jechu compartía así el audio de esta bella canción1 -una de sus últimas composiciones, seguramente- en la voz de su hija Gabriela, y un par de semanas después, el 8 de marzo, en otro email, agregaba un archivo adjunto con la letra:

Descalza en el jardín, revisión completada”, escribió luego de, como se ve, decidirse a cambiar las palabras ‘en el’ por ‘del’ en el título”.

ESCUCHA EL AUDIO AQUÍ

Descalza en el jardín
(slow rock / soul)                        
Letra y Música: Jesús J. Durán B.

Un jardín, una flor cruz,       
descalza lees jeroglíficos,            
en los quipus danzó tu alma          
en los libros está tu origen. 
          
En el cañón de rojas tierras,  
en la ciudad de Alasitas,           
en las queñuas de papel,       
en los ciclos de tu cuerpo.
           
(Estribillo)
Sin aurora ni horizonte,
clandestina con coraje,  
sol verso, luna canción,                   
amor desde tus entrañas.             

Descalza lees jeroglíficos,            
mientras las letras circulan,   
en ovillos infinitos,                
en universos de ovillos.         

Quiero una luna oscura,        
la Galaxia en un elipse,         
al-azahar piel mojada,     
aferrada a la tierra.                

(Estribillo)
En la noche sin horizonte,     
en la noche sin aurora,         
una noche clandestina,       
una noche insaciable.      

Sin aurora ni horizonte,
clandestina con coraje,
sol verso,  luna canción,
amor desde tus entrañas.


Jesús Durán, Jechu, es indudablemente uno de los mayores referentes de la canción popular boliviana de las últimas décadas. Su obra -aunque no prolífica, cabal, íntegra- puede equipararse al trabajo de autores como Nilo Soruco y Luis Rico, por el compromiso con la historia, el presente y el futuro del país; y con la creatividad de Matilde Casazola o David Portillo, por el valor poético y estético.
Es preciso destacar, por encima del resto, su creación monumental, Explicación de mi país, una cantata compuesta en los años 80 a la cabeza del Taller Arawi.
Nadie como él para reflejar y sintetizar en unos cuantos versos la esencia y el sentimiento de los bolivianos comprometidos con su país, aunque a partir de gestas históricas y con clara visión ideológica, sin caer en lugares comunes y chauvinismos.
Cómo no cantar a voz en cuello Jallalla: “Serán cuatro los que lleguen / de la noche oscura / bordados de lluvia / sus ponchos de puna”.
De Jumbate: “Aquí florecen como / rojos claveles / sueños de Manuel Ascencio / pintados en las paredes”.
Warmis: “Por la realista metralla / hombres casi no quedaron / las mujeres levantaron / la bandera libertaria / las mujeres levantaron / luz libertaria”.
Y Siglo XX: “Y la luz se hace al tiempo / que remontan los mineros / los oscuros socavones / de la conciencia del pueblo”.
Cómo no creer -como Jechu jamás dudó- en la dignificación, la justicia final y la reivindicación.
Cómo no creer –hasta los que no creemos en nada- que Jesús Durán es de los que viven renacidos, de los cuatro y miles que “llegarán” de la noche oscura, para gritar jallalla y cantar para siempre, con el Tío, una eterna cueca proletaria.


1 El audio, grabado precariamente en celular, como él mismo lo explicó, puede escucharse en el blog letrasietebolivia.blogspot.com

Imágenes paganas

El canon oculto


Un investigador cruceño presentó un trabajo descomunal que, entre otras cosas, reveló que en el siglo XIX en Bolivia se escribieron 56 novelas, y no sólo 25, como se creía.



Antonio Vera 

En las Jornadas de Literatura Boliviana (tres mesas que reunieron a escritores y críticos para hablar sobre dilemas de la literatura contemporánea y, entre otros temas, sobre sus vínculos con la tradición), realizadas en el marco de la última Feria del Libro de La Paz, el investigador comarapeño Juan Pablo Soto (filólogo por la Universidad Gabriel René Moreno) presentó el resumen de una majestuosa obra inédita de tres tomos titulada Ficcionalización de Bolivia. La novela en prosa del siglo XIX, 1847-1896 que ha gestado meticulosamente desde 2007 con la colaboración de Máximo Pacheco y que, sin lugar a dudas, es la investigación más meticulosa que se ha realizado sobre la literatura boliviana escrita en los primeros y turbulentos años de la historia nacional.
Para desarrollar su investigación, Juan Pablo Soto indagó en todos los archivos de Bolivia, en una búsqueda que abarcó más de un millón de publicaciones periódicas, entre periódicos, revistas y folletos, lo que le permitió establecer que las novelas escritas en el siglo XIX no eran 25, como se creía hasta ahora, sino 56.
Ese formidable hallazgo para nuestra historia literaria, de 31 títulos nuevos (y 25 autores nuevos respecto a los 19 que se conocía) da cuenta además de una las principales formas de difusión de las novelas decimonónicas: la entrega por fascículos en publicaciones periódicas, característica que, unida a una secular desidia investigativa, dejó a ese corpus al borde del olvido.
El resultado de esta investigación ha sido plasmado en tres volúmenes que, en total, bordean las 2.700 páginas. Los primeros dos tomos de Ficcionalización de Bolivia consisten en la reedición de todo el corpus novelístico del XIX, es decir las novelas consagradas y conocidas, como Juan de la Rosa, y también los 31 trabajos inéditos entre los que se cuentan títulos como Bujalance, de Carlos Dalmívar; Alcides y Góngora, de Gelafio Gonzáles; La venganza de la mano izquierda, de Sebastián Dalence; La hija del ahorcado, de Edmundo Subterra; El castillo misterioso, de Mariano Velarde; La señora del pelícano, de Eduardo Subieta, entre otros. Las novelas se complementan con más de tres mil notas a pie de página que brindan información contextual.
El tercer tomo de la investigación es un estudio que apunta a caracterizar la novelística boliviana del XIX (temas, características formales, etc.) y, sobre todo, a reconstruir el sistema literario en el que se escriben, se publican y se leen estas novelas: medios y ciudades de publicación, comentaristas, manuales de preceptiva. Es decir, Soto no solo ha hallado un valioso corpus oculto, sino que apuesta por labrar la arqueología de esos años de formación de nuestra historia literaria.
Cuenta Juan Pablo Soto que aún no hay una institución o editorial que se anime a publicar los voluminosos tres tomos de su investigación. Y que, de no recibir una oferta seria, va a publicarlos de forma independiente para lograr que sus hallazgos se difundan.
Hoy en día vivimos una saludable e inusitada fiebre editorial. En un esfuerzo editorial sin precedentes, el Ministerio de Culturas ha publicado una valiosa biblioteca que contiene 15 novelas consideradas fundamentales para la literatura boliviana.
Bajo la dirección de un grupo de investigadores y editores, también dicho Ministerio ha reeditado interesantísimos títulos en la Biblioteca Plurinacional. Y, como sabemos, desde la Vicepresidencia, se viene forjando un proyecto editorial denominado los “200 libros del Bicentenario”, para lo cual se ha iniciado una consulta pública con el fin de determinar qué títulos deberían formar parte de dicha biblioteca.

Al parecer, las condiciones están dadas para que, en una iniciativa semejante, se publique la investigación de Juan Pablo Soto. 

Ficción

Siempre fuimos familia

El autor nos cedió gentilmente este fragmento de la obra con la que acaba de ganar la primera versión del Premio Internacional de Novela Kipus.


Gonzalo Lema 

El fin de semana: (Capítulo Uno)

1.
-¡Carpe diem!
El viejo se estabilizó en la acera del templo y empezó a buscar a sus contertulios entre la mucha gente que llegaba a oír misa. Del baúl profundo del BMW salió el taburete de los sábados y rasgó -como era su costumbre- parte del tapiz. El viejo se sonrió al advertirlo. Su hijo se desesperó como si fuera el primer corte del clavo visible de una de las tres patas. Sin embargo, más de un flequillo indicaba lo contrario. De todas formas se preparó como un ganso de pelea para protestar.
-¡Memento mori! -previno el mendigo con un dedo en alto-. No vale la pena sufrir por las cosas materiales. Además, si quieres te compras un bólido del año, tenemos ahorros. Este ya está como pasado. La gente de tus círculos debe estar cuchicheando en tu contra.
Álvaro suspiró con dolor. Pasó la palma de su mano derecha por las heridas de tantos sábados. Más que martillar la cabeza del clavo le hubiera gustado prender fuego a ese trasto piojoso. Y a la ropa con la que su padre se disfrazaba para lograr “armonía absoluta” con sus colegas de limosna de verdad. Una pira de cinco metros capaz de llevarse los piojos, la madera, la tela y la locura misma…
Alguna gente que entraba al templo, o salía, se detuvo a observarlos. Estaban los esposos Carpio que manejaban con fluidez la breve historia de la sociedad cochabambina y no ubicaban desde el arranque a los señores constructores Martínez. Y los Tardío Arauco, que jamás perdían el tiempo mirando a gente que no había estudiado en el colegio de la plazoleta. Y los Arandia, que habían empezado su linaje en las serranías de un pueblo del sur pero que habían logrado su fin de emparentarse con los propietarios del Sol en la plaza Colón y el arranque del paseo El Prado. El resto era gente que llevaba su apuro y apenas saludaba moviendo una ceja escuálida. Tanto  desconocido en la acera era un logro de la democracia.
A papá Álvaro todo aquello lo tenía sin cuidado. Una vez firme sobre la acera sacudió su saco de pobretón pensando, una vez más, en su parecido con el mendigo de la pintura. Cuando se sintió presentable en su ropa de pordiosero reclamó su taburete y caminó hacia la enorme puerta de madera donde ya se reunían algunos pretendidos suyos. Allí depositó su carga y se sentó en el acto con muy buena cara. De inmediato se despidió de su hijo batiéndole una mano, apurándolo.
-¡No más tarde de las 12:30, así almorzamos 13 uur!
Luego se dedicó a quienes se sentaban y arrastraban en el frío piso de cemento a la espera de una moneda caída del cielo mismo de los feligreses.
-No somos pobres –les consoló- si tenemos Sol. Y este Sol sale cada día para todos nosotros.
También advirtió que todavía le giraba la cabeza por el alcohol de la víspera, como si medio litro se le hubiera quedado en la nuca.
Álvaro dejó de observarlo y cerró la quinta puerta. Se sacudió ambas manos de alguna probable astilla. La acera se había llenado de gente y casi parecía un tumulto. Los de la primera misa se confundían -en su trajín corto y menudo- con los de la segunda. También parecía un hormiguero afanoso buscando comida para el invierno. El olor de los cirios, del incienso y de las flores generaba un espíritu nuevo, renovado de esperanza entre todas las personas.
De uno de los tantos montones de gente una muchacha de piel blanca le sonrió. Él detuvo en seco sus pasos y se sacudió sorprendido de cuerpo entero. Afinó todo lo que pudo su vista y confirmó feliz que esa mano que volaba allí como una paloma de paz servía para llamar su atención.
Carraspeó. Se lanzó al ojo del remolino mismo de cabeza.
-¡Hola! –le dijo la muchacha. Álvaro no pudo ubicarla en su galería de amistades. Los padres y la otra gente del grupo también lo saludaron, cada uno a su manera.
-¿Es tu padre ése que anda por ahí? –le preguntó sin rodeos la señora de sombrero con encaje negro. Con una mano enguantada hizo un gesto en la misma dirección de su quijada. En el gesto dejó una estela de perfume de flores.
Álvaro se sonrió y se puso firme: -Sí, es mi padre. Los sábados viene a pedir limosna para no olvidarse de ser humilde en la vida. O sea.
-¿¡Con todo el dinero que tiene!? –opinó molestísimo el señor viejo con ambas manos cruzadas en la espalda. Y con las cejas fruncidas.
-Precisamente por eso –comentó Álvaro moviendo el cuello flaco y la cabeza pequeña, como si se tratara de un ganso de iglesia.
-¡Además lo traen en un BMW del año! ¡Qué ridículo todo! –insistió el señor desde las tripas y giró el cuerpo tres cuartos, en un semi mutis.
-98 –precisó Álvaro-. Ya tiene dos años. De hecho, pienso cambiarlo apenas empiece la próxima semana. Por anciano.
La muchacha y sus amigas se taparon la boca para ahogar sus risas.
-¿Es cierto que fuiste novio de Carolina de Mónaco? –le preguntó en un solo impulso una de ellas y de inmediato se coloreó del rostro.
-¡Bruta! –la recriminó otra muchacha.
Los viejos giraron el rostro para prestar atención a la respuesta.
-Así es –dijo Álvaro, más ganso que nunca. Del bolsillo superior de su chaqueta sacó más de una tarjeta personal y la repartió con facilidad en el grupo-. Estamos construyendo un rascacielos único: 20 pisos, 5 piscinas, 5 gimnasios, 5 áreas sociales… Si les interesa echarle una mirada estoy para servirlos.
-Ya tenemos casa –dijo la señora y comenzó su camino soberbio en pos de la puerta de ingreso del templo-. Gracias, de todas formas.
-Gracias –dijeron las muchachas casi a coro y se pusieron en marcha, divertidas, mirándolo con simpatía.
El viejo masculló algo que no quedó muy claro: -…la pichicata.
La muchacha del saludo le dio un beso en la mejilla. “Voy a llamarte uno de estos días”, le susurró. También le sonrió desde tres centímetros de distancia, cómplice. “Necesito pedirte un favor”.
Álvaro se alegró con esas palabras. Era un enganche, estaba seguro. La vio desaparecer por la puerta del templo justo cuando su padre se ponía de pie y vociferaba que había que bajar la filosofía a la tierra. Sócrates ya lo había hecho una vez con grandes resultados.
-¡A nadie ha de pesarle saber un poco más! ¡Quien evita saber apenas es más que un mono peludo! ¡Necesitamos una contabilidad mínima sobre esta vida! ¡3.000 años es todo lo que les pido!
Algunos feligreses se espantaron con sus gritos y retrocedieron en su camino. Los niños comenzaron a berrear asustados. En general, todos se pusieron a susurrar opiniones poco favorables sobre la presencia del viejo loco y chillón. ¡Habíase visto: en pleno ingreso al Hospicio! En sábado. Un loco borracho…
-No nos perjudiques con tus palabras -le dijo el mendigo de la rodilla anquilosada en un ángulo de 45 grados-. De esto vivimos. De la limosna de los sábados. Sin esta limosna no hay qué comer los restantes días.
-Si eres loco -le dijo la indígena en su lengua materna, luego volcó al castellano de la Colonia- hacerite a un lado y dejanos trabajar. Ese favor te voy a pedir, ¿ya?
-Hablemos en voz baja –dijo un tercer mendigo desde la sombra fría, trasminado de alcohol-. Para que los curas no piensen en echarnos.
Los restantes seis mendigos huyeron de su lado a la pared del frente y de inmediato volvieron a arrastrarse en el piso, y a estirar la mano, para las monedas caídas de los solidarios que entraban y de los pocos que salían todavía de la primera misa.

El viejo se acomodó mejor en su taburete y observó el cuadro. Como su hijo continuaba sobre la acera, le hizo señas de que se marchara pronto. Deseaba filosofar sin distracciones. La lucha recién comenzaba contra toda la mendicidad intelectual y espiritual en la Tierra. Contra la terrible y cruel indiferencia. El hombre no dejaba de ser un animal.

Lector al sol

Sobre narrativa boliviana contemporánea


Resumen de la ponencia que el autor preparó para las Jornadas Bolivianas de Literatura efectuadas en la pasada Feria del Libro de La Paz.



Sebastián Antezana

Si encontráramos una forma de leer en su complejidad la narrativa actual que se produce en el país, si pudiéramos idear un método que logre englobar ese haz de individualidades que son las ficciones de los escritores bolivianos contemporáneos y pudiéramos leerlas de forma conjunta, nos encontraríamos sin duda con un extraño aparato. Eso porque para responder la pregunta de cómo leer la actual narrativa nacional es necesario, primero, definir qué es la actual narrativa nacional o, por lo menos, por dónde se mueve.
Este gesto, cercano al del historiador y al del bibliotecario, encierra ya una trampa. Porque ¿hay, acaso, en nuestro horizonte crítico, más allá de dos o tres líneas de lectura más o menos establecidas, parámetros respecto a la concepción de narrativa boliviana? ¿Existe, en realidad, algo parecido a un horizonte crítico, conformado por formas particulares de acercarnos a nuestra producción escrita? ¿Podemos darle alguna forma, una figura más o menos delineada, alguna huella que nos permita un primer acercamiento, a la actualidad literaria nacional? ¿O nos queda simplemente la opción de leer un poco a ciegas, de movernos en un ambiente oscurecido, de orientarnos por el tacto? Confieso mi perplejidad al respecto.
Pienso, sin embargo, que la narrativa boliviana contemporánea vive un momento de diáspora. Si hay un gesto que define sus tendencias actuales, creo, es el de la dispersión. Tradicionalmente, se la ha leído como un movimiento lineal y ascendente: de las novelas realistas y naturalistas de principios de siglo, se pasa a lo que es una suerte de annus mirabilis, el periodo que va entre 1958 y 1959, cuando ven la luz Los deshabitados, de Marcelo Quiroga Santa Cruz, y Cerco de penumbras, de Oscar Cerruto.
Este punto es significativo porque representa un cambio, la generación de un espectro o, por lo menos, de una bifurcación. Estrictamente, no se trató del primer momento de verdadera complejidad y sofisticación de nuestra narrativa -podemos nombrar instancias y autores anteriores- pero sí del primer momento consagrado. ¿Por qué? Porque a partir de entonces surge una verdadera conciencia literaria nacional.
Posteriormente, si damos un nuevo salto a algún momento de la década del 70 encontramos tres autores que se han vuelto referentes ineludibles: Jaime Saenz, Julio de la Vega y Jesús Urzagasti. Y si continuamos dando saltos hasta la actualidad, podremos ver una elocuente diferencia respecto al pasado: no hay estilos ni nombres consagrados, claros representantes -voluntarios o involuntarios- de esta generación. Después del dúo Quiroga Santa Cruz y Cerruto llegó el trío de Saenz, De la Vega y Urzagasti. Y, después, ahora… algo parecido a la confusión.
En las narraciones contemporáneas no hay un estilo que predomine sobre los demás, no hay temáticas que se visiten de forma privilegiada, ni formatos que exhiban gran superioridad frente a otros. No hay escuelas ni movimientos ni búsquedas que se impongan. Hay, sí, múltiples escrituras que estilística y formalmente conforman un haz de diversas luces, un espectro. Y hay algo más. Pese a lo variado de la actualidad literaria boliviana, pese a su calidad, se evidencia cierta uniformización.
El autor contemporáneo, a través de la aplicación de ciertas estrategias literarias y extra literarias, se ha vuelto en buena medida una figura estandarizada. La actitud con la que encara los debates estéticos, los procesos históricos, las vicisitudes políticas y los mecanismos editoriales, es hoy resultado de un progresivo acostumbramiento a los sistemas de producción cultural –inevitablemente regidos por el capitalismo– y, por ello, es muchas veces similar.
Así, debido a que muchos son hoy los escritores parecidos entre sí, muchos son también los libros que parecen cortados por la misma tijera. Igualmente, muchas son las tramas similares, los personajes que remiten inmediatamente a otros, las estructuras y los lenguajes que no hacen sino replicar una misma frecuencia, los mismos tonos.
No quiero pintar un panorama totalmente negativo. No quiero decir que estas actitudes son las de todos los escritores –o las de todos los narradores bolivianos–, pero creo que sí pueden aplicarse a cierta parte. ¿Por qué? Diría, a riesgo de equivocarme, que la idea que hoy tenemos de autoría nace con la modernidad. La idea de autor como la conocemos nace en el momento en que se comienza a individualizar la historia de las ideas, cuando la sociedad descubre la capacidad de prestigio que tiene una firma. La idea de un autor, así, remite inmediatamente a la idea de autoría y, ésta, a la idea de apropiación, a una especie de patente de pensamiento. Y la institución de esta visión de la literatura, como producto de un solo autor desconectado de un sistema de relaciones, sirvió únicamente para achatarla e uniformizarla.
Pero toda regla, como sabemos, carga en sus espaldas una excepción, por lo que afortunadamente una literatura como la boliviana produjo antes y produce hoy autores capaces de rehuir la estandarización y de escribir una honesta historia de búsquedas. Y esos narradores son los que generan diásporas y fracturas.
Así, en la actualidad existen en Bolivia nombres como Adolfo Cárdenas, Edmundo Paz Soldán, Cé Mendizábal, Rodrigo Hasbún, Wilmer Urrelo, Alison Speeding, Giovanna Rivero, Juan Pablo Piñeiro, Ramón Rocha Monroy y varios más, pero creo que lo que no existe hoy es aquel narrador que cambie radicalmente la forma de percibir a la novela y al cuento como géneros.
Hay en el país varios escritores, y muy buenos, es cierto, hay novelistas y cuentistas que hoy escriben y que, de alguna manera, consiguen renovar parcialmente los géneros, pero creo que este nuevo siglo no nos ha dado, todavía, un libro boliviano que, verdaderamente, nos ofrezca la posibilidad de pensar de forma distinta, de forma generativa. La actualidad nacional hasta hora no nos ha ofrecido un objeto que, sin abandonar sus características esenciales, es decir, las de ser, ante todo, un complejo aparato ficcional que crea su propia realidad y nos dice algo sobre la nuestra, instituya además una nueva manera de decir nuestra historia colectiva y de mostrarnos algo verdaderamente nuevo sobre nosotros.
Así, como todo momento de diáspora, el que vive la narrativa boliviana es un momento de definiciones. ¿Cuáles son los nombres que de aquí a veinte o treinta años perdurarán y serán considerados como nuevos clásicos, representantes involuntarios de una época o una corriente o un estilo que dejó huella? ¿Qué autores y qué estéticas sobrevivirán en nuestro imaginario como instancias de privilegio?
Por lo pronto, el panorama se ve agitado y convulso. Los caminos transcurridos hoy son muchos: las relaciones de poder, las batallas cotidianas de la intimidad, la vuelta a ciertos clásicos latinoamericanos, la exploración de las ciudades como espacios productores de ficción y crisis, la migración, las encrucijadas de la literatura con la historia, la problemática de los subgéneros...

Es, en definitiva, un momento de riqueza, de variedad y talento, pero es un momento que no ha consagrado ningún nombre. Los próximos años, con perspectiva y crítica de por medio, seguramente lo harán. 

Staccato

Edvard Grieg, el apóstol de la música noruega

Semblanza de obra y vida de uno de los esenciales compositores clásicos noruegos.



Pablo Mendieta Paz

Un 4 de septiembre como hoy, hace algo más de cien años, moría uno de los compositores musicales esenciales de la humanidad: Edvard Grieg.
Proveniente de una familia de enorme tradición artística, Grieg se familiarizó desde su más tierna infancia con las obras de Mozart y de Chopin, cuya música influiría de tal manera en el joven nacido en Bergen -ciudad situada en la costa sudoeste de Noruega, en un valle formado por las conocidas “siete montañas”- que muy pronto se dieron a conocer en él sus dotes musicales.
Apercibidos de su afición, sus padres -los dos pertenecientes a familias de reconocida tradición artística- decidieron enviarlo al Conservatorio de Leipzig, donde permaneció cuatro años. Luego regresó a su patria, y más tarde viajaría a empaparse de la música danesa, y también de la italiana, de cuyas formas y estilos extraería formidables recursos para sus posteriores creaciones.
Si bien la experiencia que vivió como estudiante en Alemania fue altamente instructiva, las lecciones aprendidas no prevalecieron, sin embargo, en el lenguaje musical que habría de concebir.
A raíz de ello es que muy pronto el nacionalismo de Ole Bull, compositor también oriundo de Bergen, y creador de obras cuyas melodías se inspiraban en las canciones populares de Noruega, así como la visión de una nueva clase de música basada igualmente sobre melodías populares nativas que impuso otro eminente compositor, Rikard Nordraak, magnetizaron en extremo a Grieg quien inició una campaña muy propia y singular de búsqueda de los elementos que configuraban a la música folklórica noruega.
Y fue entonces que nació la suite número 1, Op. 46, llamada Peer Gynt, escrita a petición de su autor, Henrik Ibsen, considerado como el más importante dramaturgo noruego, pilar del teatro de avanzada, y padre del drama realista moderno, antecedente del teatro simbólico. Asociadas ambas fuerzas, la dramaturgia de Ibsen y la música de Grieg, y en medio de ellas la fragancia musical nativa, el fruto fue un Peer Gynt pleno de un cromático paisaje noruego, enlazado a un elocuente poema nacional crítico-mítico de Ibsen.
Con Peer Gynt, Edvard Grieg inició el sendero más profundo de la música nacida en Noruega. Si bien la obra fue acogida con gran entusiasmo por el público y la crítica, el compositor no se hallaba plenamente satisfecho, razón por la que más tarde introdujo cambios importantes en la orquestación. Estas modificaciones, en definitiva, lo complacieron a tal punto que antes de que fuera interpretada como obra teatral en su patria, o fuera de Escandinavia, tuvo el cuidado de hacer una edición para concierto.
Pero Grieg adolecía de una personalidad muy reservada y cambiante. Esto último determinaba que el espíritu de su música se transformara según sus estados de ánimo, pese a la búsqueda incesante de la esencia noruega, del ser noruego al que tanto tiempo se consagró.
Por esto es que si un día se hallaba en plenitud anímica por sus creaciones eminentemente nacionalistas, en otras ocasiones afirmaba que en sus obras se esforzaba en buscar una expresión más amplia y universal de su propia individualidad, una expresión influida por las tendencias de su época, es decir, por las tendencias cosmopolitas.
Prueba de ello es que si en La mañana -el primer número de Peer Gynt- las melodías que se escuchan son irrevocablemente noruegas, había dicho en una oportunidad refiriéndose a ese número y al futuro musical que vislumbraba: “¡Nada de empeñarse en el nacionalismo! Intentaré descartar ese concepto y escribir lo que brote del fondo de mi ser, sin importarme que el resultado sea noruego o chino”.
Pero esa idea, en cuanto a la suite Peer Gynt, o en cuanto a cualquier otra creación, se veía en él como absolutamente impracticable pues su música fue creada de acuerdo con una naturaleza intensamente nórdica.
Ni siquiera en la suite número 2, Op. 55, llamada también Peer Gynt, escrita tres años después, y en la que destaca La canción de Solveig, pudo Grieg sustraerse a un nacionalismo a ultranza, no obstante insistir en que el auditor hallara en el fondo de su música elementos externos a lo noruego.
Eso resultó, y resulta imposible para el oyente, así como fue para él mismo -como ya se dijo-, ya que es hasta incluso visible que en toda su música, y con toda su música, Grieg vivió un profundo y largo idilio con la identidad noruega.
Y precisamente por esas alteraciones de ánimo que a menudo experimentaba, se recogía nuevamente a su intimismo nacional, a la fecunda y mágica poesía de su música expuesta en cada compás, en cada nota, y subrayaba -quizás adelantándose a lo que Sibelius, o el rumano Enesco hicieron en su tiempo con la música de sus pueblos-: “al pintar en música las escenas noruegas, la vida del pueblo noruego, la historia noruega y los poemas populares noruegos, creo que soy capaz de conseguir algo”. 
Y entonces, así como lo hicieron Chopin y Schumann, Grieg, más que en la creación de obras de grandes dimensiones, halló su más expresivo lenguaje y transmitió toda una inmensa emoción estética en menudas composiciones de carácter e intimidad.
Sostenía que así como los grandes músicos, Bach y Beethoven, habían construido iglesias y templos en las más excelsas regiones, él, al igual que Ibsen, había querido levantar casas para el pueblo en las que podía sentirse en su hogar y ser feliz.
No existía para Edvard Grieg otra conciencia que no fuera noruega; una música que no fueran sus “siete montañas”, expresadas en movimientos siempre ondulantes de las cuerdas; una inigualable y afectuosa voz de lo íntimo, de lo suyo, de lo telúrico, de él mismo, del poeta musical arraigado en deliciosas melodías modeladas en los cantos y danzas populares de su Noruega matinal y de luces nacientes.