jueves, 8 de mayo de 2014

Desde la butaca

Isabel viendo llover en Coroico

La iniciática experiencia personal de la autora con la “magia” de García Márquez.



Lupe Cajías

Es difícil que un narrador o un periodista de los años 70 no recuerde una relación íntima con Gabriel García Márquez; algo que no sucede con las nuevas generaciones, pues la mayoría de mis alumnos en la universidad no han leído sus obras.
En cambio, para nosotros fue una estela. Mi hermano Francisco, inquieto adolescente ya inclinado por la poesía y las letras, fue el primero en traer textos de Julio Cortázar, Mario Vargas Llosa y García Márquez a la casa, cuando sus nombres no eran conocidos en la academia. Recuerdo el asombro de mi padre al leerlos y cómo esas primorosas ediciones pasaron de mano en mano aquel inicio de 1969.
Mis 13 años se llenaron de la Maga, del Boa y de Amaranta Úrsula con todos los excesos que asustaban a la Madre Teresa en el colegio alemán. Mi padre, siempre tan respetuoso del libre pensamiento, me regaló un ejemplar rústico de Isabel viendo llover en Macondo y adquirió para todos sus hijos alguna de las novelas de los escritores, muy poco después del torrente del boom.
Llevé ese librito al viaje familiar al Hotel Prefectural en Coroico y, como era de esperar, la lluvia tropical me acompañó durante las horas de lectura, desde un mediodía hasta el anochecer. El aguacero no se detenía y ahí aprendí la palabra “escampar” que no usábamos los andinos y supe de diluvios que eran improbables en el páramo.
Un lustro más tarde, el azar me llevó a Bogotá y en la primera cena pituca que tuve pregunté por García Márquez y recibí comentarios indiferentes y narices respingadas. “Es un lobo” fue el juicio que tuve que traducir. La capital aún no asimilaba a ese costeño de guayabera colorinchi que marcaba su narrativa.
Me resultó absolutamente incomprensible. Era curioso porque también otros grandes narradores colombianos fueron incomprendidos y también me habían llenado de estremecimiento en mis primeras lecturas, José Asunción Silva, el suicida, estigmatizado por su amor incestuoso por su hermana; y Vargas Vila, prohibido por su prosa erótica.
Muchos años después lo conocí personalmente en Cartagena, unas pocas palabras, en una noche que fue inolvidable porque ahí también cantaron Carlos Vives, Pablo Milanés y Joaquín Sabina, quien igualmente incrédulo río y comentó: “sólo falta el rey y Fidel” y en verdad también estaban en el Hotel el Rey de España Juan Carlos, su esposa Sofía y Fidel Castro, Presidente de Cuba.

Cada tres o cuatro años releo Cien años de soledad y su famoso inicio es parte imprescindible de mis clases sobre periodismo literario y crónica. Ninguno como él marcará a toda una generación de latinoamericanos.

jueves, 1 de mayo de 2014

La "opera prima" de Antonio Vera

En busca de X, o jugando un sudoku en La Paz

Una invitación a leer Tampoco es sudoku, la primera novela de Antonio Vera que se presentó hace pocos días.



Martín Zelaya Sánchez

“Uní pantalones con camisas sobre el piso y a través de una sucesión de atuendos sin cuerpo tuve la sensación de ver cómo los últimos años se vaciaban de contenido”, dice el protagonista de Tampoco es Sudoku.
Si de describir esta novela se trata, se puede decir, claro, que es una trama de búsqueda –como enfatiza el autor Antonio Vera-, pero por eso también es una historia de extravíos, y de reconstrucciones.
Y pese a todo esto, y al hecho de que hay un misterio por resolver y más de un personaje detrás de respuestas ante una muerte, Vera no la califica de novela policial.
“El género policial -señala- cuando funciona, es difícil y exigente en términos de construcción narrativa. No creo que deba ser clasificada así. La novela cuenta la historia de una búsqueda, pero al contrario de lo que ocurre en el relato policial, aquí el interés por el objeto de la búsqueda parece diluirse conforme esta avanza. Es como un objetivo que se aleja cada vez más y que se convierte en un pretexto para generar otras historias”.
En esta línea el escritor Christian Vera –colega y “primer” lector de Antonio- sostiene: “desde el primer párrafo de Tampoco es sudoku se desata una exploración por la ciudad. Se parte del monumento blanco de Colón en pleno prado paceño y a partir de allí se viaja a la zona norte, a la zona sur… Se visitan tugurios, barrios míticos, barrios jailones y también otros pueblos. En ese afán el narrador conocerá una diversidad de personajes muy ricos, contradictorios y excesivos. Desde el izquierdista de ONG que vive en una casa de diseño minimalista hasta una travesti que se convertirá en un amigo fundamental para emprender la búsqueda de X”.
Antes de entablar breve diálogo con Vera y Vera -autor y lector, Antonio Vera (A.V.), Christian Vera (C.V.)- sobre trama y subtrama, lo visible y lo entrelineal en Tampoco es Sudoku, vale detenerse en los pormenores, en cómo se editó, imprimió y distribuyó la novela, cuyos 300 ejemplares de la primera tirada salieron de Perra Gráfica Taller, con una hermosa tapa diseñada por Arbelo.
Cuenta Antonio: “Cuando ya estaba por terminarla, escuché una entrevista en la que Mario Bellatin contó cómo publicó su primera novela, Mujeres de sal: imprimió invitaciones, prevendió gran parte de la edición, publicó notas de prensa y finalmente la entregó. Es decir, invirtió el circuito (hoy se hace esto también por internet)”.
“Se me ocurrió que algo así podía funcionar. Luego me enteré que Jesús Urzagasti hacía algo similar. El añadido de este proceso es que con Perra Gráfica Taller decidimos hacer una tapa en serigrafía, un trabajo de altísima calidad gráfica, de impresión a mano que dio como resultado un libro (como objeto) con mucha personalidad. Pero además, un libro que a diferencia de muchos otros, no nació como pérdida sino con todos los costos cubiertos y con alguito de ganancia”.
Ahora sí, iniciemos la charla con este joven autor peruano-boliviano, egresado de la Carrera de Literatura de la UMSA y profesor de literatura con ya vasta experiencia.

- Arrancas la obra con un periodista peruano en La Paz, justo en la época en que Bolivia clasifica al mundial. Tú llegaste a Bolivia precisamente en 1993, desde tu Lima natal. Si bien en todo escrito de ficción es casi inevitable que entre algo autobiográfico, ¿cuán a imagen y semejanza del autor, o al menos de sus experiencias y vivencias está construido el personaje central?
- (A.V.) En la novela, el juego autobiográfico funciona únicamente como un disparador de la anécdota. Es decir, más allá de que un peruano llega a La Paz, creyendo que viene por un fin de semana y se termina quedando mucho más tiempo de lo previsto (rasgo que, por lo demás, no es muy distintivo), no hay en las múltiples historias que se despliegan en el texto marcas explícitamente autobiográficas. Hay sí una proyección digamos subjetiva que se entreteje en el tono narrativo y en algunas de las claves que estructuran la trama, pero ello se mantiene como una corriente subterránea, como un sentido que no necesita ser explicitado.

- Se critica mucho a la literatura de los apologistas incondicionales de La Paz (de la de Saenz), y hay quienes se alejan adrede y a toda costa de esto, y quienes dicen que ninguno de los extremos es buenos. Pero ¿cuánto invita esta ciudad -su topografía, su idiosincrasia, su enigmática noche, el Illimani...- a hacerla sino “personaje”, al menos parte importante de una obra literaria?
- (A.V.) Por un lado, me resulta difícil alejarme de la ciudad (en general) como escenario de la ficción, de la aventura. Por otro lado, creo que La Paz es un surtidor inagotable de imágenes, historias, personajes, íconos… no en el sentido de postales o estereotipos, sino como el incesante e interpelador entrecruce de deseos que ocurre en sus calles día a día.
La ciudad me atrae como escenario porque creo que toda ciudad con personalidad abre una herida deseante en el que la transita, una herida que te obliga a buscar, a husmear, a sumergirte en la experiencia, por más oscura y sórdida que ésta sea.

En este punto es importante lo que señala Christian, amigo, colega profesor y privilegiado lector tempranero de Antonio:

- ¿Cómo afecta en la narrativa de Tampoco es Sudoku la mirada -interna y externa a la vez- de Bolivia y los bolivianos, partiendo de que el autor es un limeño que vive más de dos décadas en la Hoyada?
- (C.V.) La novela se narra desde una tensión productiva entre lo peruano y boliviano. Una tensión que funciona como los vasos comunicantes que fluyen sin problema de un ámbito al otro. Me animaría a decir que Tampoco es sudoku trae lo mejor de la narrativa peruana con una mezcla de cierta mirada poética de lo paceño.
Hay ciertos ecos con la narrativa de American Visa de Juan de Recacoechea, pero la novela de Vera es otra cosa. Yo diría una apuesta por el extravío. Algo parecido a lo que pasa con el alcohol: mientras más bebidos y extraviados estamos es cuando tal vez más nos podemos hallar, aunque solo encontremos las hilachas irreconocibles de uno mismo.

Y sí, evidentemente está presente American Visa de Recacoechea y quizás más Pasado por sal, obra con la que recientemente Cé Mendizábal ganó el Premio Nacional de Novela… pero esto solo por el “viaje” intenso, frenético por la La Paz bohemia, noctámbula, enmarañada… por la La Paz cotidiana.
Pero lejos de las dos obras referidas que tienen otras estrategias y ambiciones, la de Vera destaca por su impecable precisión: economía de lenguaje, recursos y estilo perfectamente aplicados. “Es un libro narrativo y mi apuesta es atrapar al lector”, señaló el autor. Y vaya si lo logró: 92 páginas para dos a tres horas bien leídas.
Bien lo dice Christian: “Creo que una de las principales virtudes de la novela de Antonio Vera es que antes que nada se preocupa de contar una historia muy ágil y envolvente compuesta a su vez de muchas historias”.
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 Christian Vera:  “A perderse en un laberinto absorbente”


- Puedes hacer un resumen de la historia de Tampoco es sudoku
- El lector tiene que estar preparado para leer las peripecias de un periodista que llega a La Paz desde Lima a cubrir la mítica clasificación de Bolivia al Mundial de fútbol del 94. En ese viaje conocerá a un personaje llamado X quien, se podría decir, provoca un extravío en el periodista peruano.
Tiempo después este volverá al país a realizar una cobertura noticiosa junto con su fotógrafo y es allí que decidirá buscar a X. Y ese es el pretexto del relato. Buscar a X para nunca encontrarlo. Y a su vez extraviarse en La Paz tal vez para nunca más salir de la ciudad, como si tratará de un laberinto absorbente.

- ¿Hay algún recurso, alguna recurrencia o hilo conductor, más allá de los personajes, la trama central  y los escenarios que hablan por sí mismos?
- Un elemento fundamental a lo largo del relato es el alcohol. El alcohol es la gasolina del periodista. Sin él, no podría desplazarse, tampoco podría afrontar todo aquello que va viviendo. La novela de Antonio Vera está tan bien escrita que uno siente la resaca, el chaki del periodista. Y desde esa ambigüedad que ofrece el alcohol uno se pregunta por los hechos que surgen en el relato; tan etéreos y evaporables como el alcohol.
Y por otro lado,  esta es una historia narrativa compuesta por una diversidad de historias. En ese sentido, Tampoco es sudoku es una ambiciosa novela que en su brevedad juega con traer al relato ciertos conflictos históricos que de algún modo configuraron el final de la década de los 90 y sobre todo la década del 2000.
Es decir, forman parte de la trama el conflicto de febrero y octubre negro del 2003, el conflicto con ciertas logias del país, la complejidad del mundo minero, entre muchos otros. Confirmando esa idea que toda novela intenta ser una maquinaria productora de dudas, de preguntas sobre aquello que supuestamente nos constituye.
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Tampoco es Sudoku

(Fragmento)

Desperté en una habitación fría e iluminada. Estaba casi desnudo, tapado por un edredón rosado y varias frazadas que despedían un fuerte olor corporal. No había nadie más. Me levanté con mucha dificultad. Me dolía todo el cuerpo. Me acerqué a una ventana pequeña, con marcos de madera. Desde ahí se podía ver la ciudad desde la altura: los lejanos edificios del centro y los barrios del sur desparramándose irregularmente por los cerros. Como un líquido o un musgo. Y al fondo la montaña de tres picos, enorme. Parecía que en las últimas horas hubiera avanzado hacia la ciudad algunos kilómetros. Por las múltiples rendijas se colaba el viento helado que soplaba con fuerza y hacía temblar ocasionalmente los vidrios. Al pie de la ventana había una mesita redonda cubierta con un colorido mantel de plástico y dos sillas pintadas de azul. Un pequeño frasco de café a punto de terminarse, migas de pan, un paquete de margarina, un cuchillo con manchas de grasa, una taza sucia y un azucarero turquesa de melanina. Me senté. La silla se estremeció. Se movía como si todos sus clavos estuviesen a punto de saltar. Un movimiento brusco de la cabeza me devolvió a través del dolor el recuerdo del bulto en mi frente. Estaba cubierto por un pedazo de tela y una masa húmeda de hojas apelmazadas. Saqué una, despedía un profundo olor químico. Me dirigí hacia una puerta de madera con listones de ventilación en la parte inferior. Era un baño muy pequeño, pero impecable y muy ordenado. Bajo el espejo, sobre una improvisada repisa de madera había artefactos de limpieza y todo tipo de envases con maquillaje. Olía a vapor de agua, a jabón y a champú de fresa. La cortina plástica de flores estaba cubierta de gotitas de agua. Me saqué el parche de la frente y me metí a la ducha.


El último mestizo

De antros y lánguidas muchachas


De García Márquez a Víctor Hugo Viscarra. Un manifiesto, una reafirmación por si las dudas y para que quede todo claro.


Manuel Vargas

Estoy perdido. Ya no quiero escribir para los niños porque me salen muchas malas palabras. Y entonces vienen los padres y los profesores de literatura y me quieren crucificar.
¿Qué significa la palabra educación? Sólo a García Márquez se le perdona que haya escrito al final de una de sus novelas la palabra mierda… Ah, ahora ya sé de lo que voy a escribir. Me volveré un criticón.
 “Padre y maestro mágico/ liróforo celeste…”. Con estos dos versos de Rubén Darío (dedicados a Paul Verlaine) nos sorprendía mi profesor de literatura española, allá por los años 70, cuando el boom de la novela latinoamericana estaba en su auge.
De entrada, estos versos no eran tan sencillos. Pero el tiempo y las aguas pasan sin misericordia. El “maestro mágico” ya no es Paul Verlaine, sino Gabriel García Márquez, nuestro padre, el nuevo “liróforo celeste”. Porque ahora resulta que todos (¡hasta los escritores bolivianos!) habían sido realistas mágicos y amigos de confianza de un tal Gabo, el cual es conocido tanto en serio como en sirio, según las no menos mágicas palabras del finado orate Neftalí Morón de los Robles.
¿No era que ya habíamos superado esta corriente a través de McHondo y con el realismo sucio y otras lindezas literarias goteadas del Imperio, como le gusta decir a don Juan Evo Morales Ayma, desplazado guía espiritual de la humanidad?
No señor. El Gabo es dios mismo, de Tokio a Aracataca, de Estocolmo a Huasacañada. O sea que, politicastros, santones nativos, guías de la humanidad, estrellas del pop y del balompié, ¡a abstenerse se dijo! En vano desde el Vaticano nombran nuevos santos con el uso y abuso de los medios del demonio. Mañana, santos y santones desaparecerán de nuestra memoria como las nubes batidas por el viento, y sólo quedará el Gabo.
¿Quién dijo humildad? Pues, entonces no escriban, no se pinten, no respondan a los cuestionarios, no hagan bulla mediática, desaparezcan del mapa. Y dejen morir en paz a los muertos.
Cuántos aprendices de brujos estarán verdes de envidia. El cuento loco que nunca escribió Gabriel García Márquez se está volviendo exageradamente real. Ay, de lo que es capaz la muerte. ¿Y qué se hizo de mi novelita intimista y policial, de ficción científica y neoandina y neo universal y light? Chau, París, adiós Madrid y Londres. Ahora todos somos mágicos y hasta la provincia no es mala palabra.
Yo mismo en un periódico cruceño, conté cómo, recién llegado del poblao, me topé con las palabras de este gran señor que ahora está en todas las pantallas y dije no, esto es peor que el surazo, su estilo es demasiado pegajoso y me puede hacer añicos.
¿Cuántas veces leí Cien años de soledad sin aburrirme? ¿Cómo me reí junto a la Cándida Eréndira y su abuela desalmada? Y no tuve refugio ni en Julio Cortázar ni en Jaime Sáenz porque me parecían demasiado inteligentes o fríos, y fue una gran suerte que encontré un mejor antídoto: me puso en mi sitio un viejito llamado simplemente Azorín, y me despertó de mis pesadillas un tal Franz Kafka. En otras palabras, me tuve que abrazar a un palo bien plantado en la tierra para que el surazo de Macondo no me revuelque y anule para siempre.
Pero todo pasa, y mañana será otro día. El mundo es más prosaico y en el lugar menos pensado de la ciudad y hasta las caminos, puedo observar a jovencitas muy leídas y a muchachos de la nueva era, leyendo… ¡libros fotocopiados de Víctor Hugo Viscarra! (El mismísimo Jaime Sáenz no ha llegado ni llegará nunca a esos niveles en su propia ciudad de La Paz).
Tenemos best sellers nativos, y esto también es moda, señores. Y la tendremos para rato. Motivos y razones están más allá de mi entendimiento.
Y cómo son las cosas. A un doctor de tierra adentro se le ha ocurrido decir, en más de un medio impreso, que Viscarra no existe. Que quien “se los escribió” sus libros es un casi desconocido Manuel Vargas, su callado editor. Pero yo no le respondí al tiro para que no crezca el escándalo (o el nombre de ese asiduo lector de páginas amarillas venido a comentarista).
Todo esto es muy contradictorio, seguramente como todo texto abogadil. Dicen, por un lado, que Viscarra es un mal escritor, y un impostor. ¿Y si es que yo “corregí” sus libros, por eso llegó a ciertos niveles de aceptación del público? ¿Pero como es al mismo tiempo malo, en realidad soy yo el mal escritor? Ya me estoy poniendo susceptible.
Lo que sí puedo decir, es que hoy por hoy me declaro un escritor real y maravilloso y por lo tanto no me especializo en antros. (Para los turistas: Viscarra se decía antropólogo porque muy bien se desenvolvía en los antros de La Paz y de Cochabamba).
Y siempre dije (y esto ya va en serio y no en sirio) que si Viscarra tiene un valor que nadie le puede discutir, es que sus libros son auténticos (aunque seguro que, tras las críticas ya señaladas, esto les parecerá chistoso). Auténticos porque, a diferencia de muchos de sus colegas, él escribía de lo que sabía y de lo que vivió, y no “sacaba” los temas de sus bolsillos o de sus elevadas lecturas.
¿Pero quién puede creer esto sino solamente sus lánguidas fans adolescentes venidas de Chile o de Sopocachi, y los flacos y nuevos lectores de los oscuros y fríos pasillos urbanos?
No niego que con Viscarra yo hice el trabajo de editor, hasta creo que me pasé de delicado, pues nunca me metí en su estilo y en sus cosas más allá de lo permitido. Y no sólo fui yo, sino otros lectores contratados por editorial Correveidile, quienes me colaboraron en este cometido. Los libros no salen como las hamburguesas, señores (y con esto no aludo a nadie).
Finalmente, y para mi descargo, puedo decir que también hice labor de editor (dentro o fuera de mi cuasi finada editorial) con otros autores, pero ellos no llegaron a la fama como el Víctor Hugo. Lo que quiere decir que no es por mi prolijo trabajo, sino por los pocos o muchos méritos de los mismos autores, el que lleguen a ser relativamente conocidos y respetados.
Punto aparte. Nunca más hablaré del asunto. Nunca más me quejaré de los libros piratas (es que somos muy pobres), de los males de la educación infantil-policial (que anda buscando las malas palabras para castigarnos) y nunca más editaré esos libros tan verdaderos. Porque el tiempo es oro para nosotros los achachis.

Con esto, distinguidos lectores virtuales, ya puedo volverme a mi escuela mágica y contemplativa. No me interesa el realismo mítico, como el que un escritor no pueda beber y escribir bien a un tiempo. Tampoco el realismo sucio ni el crítico. Ni me devanaré los sesos buscando el por qué los bolivianos no tenemos un Premio Nobel. Hay que escribir, hay que gozar leyendo. Pronto nos llegará el gran premio de la muerte.

Lector al sol

La marrana negra de la literatura

Reseña de un libro de Carlos Velásquez (una especie de Palahniuk o Houellebecq mexicano) o recategorización de cierta literatura.


Sebastián Antezana

Hasta hace algunos años lo que puede denominarse como literatura de escándalo seguía siendo un producto considerado menor. Algunos de sus exponentes, Chuck Palahniuk, por nombrar uno, eran leídos con cierta mirada irónica, casi siempre paternalista, una mirada que los alejaba de un centro literario pretendidamente elevado y excluyente.
Eso, claro, hace algunos años. Hoy esos escritores -podríamos nombrar alguno más, de varios considerados políticamente incorrectos, como el francés Michel Houellebecq, tildado de misógino, retrógrada e intolerante religioso- son abiertamente reconocidos, festejados y premiados con algunos de los galardones más importantes de la literatura occidental -Houellebecq, por ejemplo, ha ganado premios tan importantes como el Goncourt por la novela El mapa y el territorio.
Esto dice algo sobre las ramificaciones de nuestras percepciones estéticas, sobre el estado de la cultura. ¿Somos receptivos ante cualquier producto que lleve estampada la marca del trabajo artístico? ¿Somos consumidores culturales abiertos? ¿O será que por naturaleza tendemos a ver con buena cara los extremos, la vocación por traspasar siempre la próxima frontera?
Lo cierto es que ese tipo de literatura, aquella que hace del escándalo su medio, de la provocación su meta y de la lectura casi una prueba de resistencia para el lector, cada día gana más adeptos y más practicantes. Como se imaginará, por supuesto, dentro de esta categoría hay escritores y obras con mayor y menor grado de sofisticación, de compromiso intelectual y de calibre estético.
La marrana negra de la literatura rosa (2010), el tercer libro de cuentos del mexicano Carlos Velásquez (Coahuila, 1978), autor de la no menos interesante La Biblia vaquera (2011,) es un buen ejemplo de ello.
En cinco cuentos hace alarde de una de las imaginaciones más desbocadas y llamativas de la actual literatura en castellano, que tiende a hacer del espacio individual, de la privacidad y de la intimidad, instancias generadoras de la degradación de las grandes masas y el espacio público.
Alejado de la solemnidad con la que se ha tratado continuamente la esfera privada en este principio de siglo, La marrana negra… encara las particularidades del habitante de esta postmodernidad con una escritura que sorprende e incluso descoloca, y que para hacerlo se vale de un humor absolutamente brutal, que se entremete en los resquicios de nuestro tiempo para retratar mundos desquiciados, escenarios que son el resultado del choque de diversas subculturas, personajes que habitan inframundos que mueven a la risa y al espanto.

No pierda a su pareja por culpa de la grasa, el relato que inaugura el libro, es la historia de un hombre gordo cuya mujer -tentándolo con sexo y aplanándolo a insultos- lo somete a una dieta de cocaína para que baje de peso. Después, en una escena en que se mezclan ingenuidad y sadismo, la esposa, embarazada y colmada de cocaína a su vez, acuchilla a la madre ciega del gordo para heredar una cuantiosa herencia.
En El alien agropecuario, un adolescente con un avanzado síndrome de Down se convierte en la estrella de una banda punk, Los ornitorrincos blancos de la cultura gris. Tras algunos meses de giras y relativo éxito, la banda se descompone, entre escándalos publicitarios, traiciones y sexo utilizado como arma entre sus miembros.
En El club de las vestidas embarazadas, Damián, un clasemediero mexicano, infértil y cansado de la minucia cotidiana, se une a un club secretamente homosexual en el cual los miembros se reparten los roles de madres y bebés. Allí, infantilizado y empañalado, se caga a placer ante la mirada y el beneplácito de otro compañero de club, quien lo limpia, lo cambia y termina enamorado de él. Eso no es todo. En un movimiento paródico, mitad homenaje y mitad burla, que Velásquez hace a El club de la pelea, de Palahniuk, Damián emigra de club en club -Alcohólicos Anónimos, Sociedad de Manipuladores de Cerámica, Club de Enfermos Terminales, Club de Hombres Golpeados, etc.- para escapar de su mujer, quien lo atosiga continuamente con el deseo de inseminarse artificialmente.
Finalmente, en La marrana negra de la literatura rosa, cuento que finaliza y da título al libro de Velásquez, una cerdita completamente negra y con aires de diva -hot, bitchy e inventiva- le dicta en sueños a su dueño, un homosexual cuarentón y reprimido, novelitas rosa y novelitas gay, que le conceden rápidamente un considerable éxito comercial.
Tales los personajes de estos cuentos que, a pesar del humor irreverente que envuelve la atmósfera entera del libro y su constante tono de sátira, no dejan de mostrase frontales a la hora de confrontar y resolver las tramas y los dramas de sus historias particulares.
En ese proceder, en esa dinámica algo salvaje en la que se inmiscuyen constantes anglicismos y recuerdos de la permisiva cultura pop que habitamos, las personalidades y los trayectos individuales parecen abandonar el centro del escenario y ceder el primer plano a un complejo aparato reproductor de violencia y machismo que se configura como un espacio sofisticado y digno de estudio.
No es éste, sin embargo, un libro que privilegia una mirada antropológica, no es un estudio sobre minorías sexuales en el norte de México, ni tampoco un aparato reproductor de las modas violentas de la actual sociedad del país del norte.
La literatura, el hecho de contar historias salvajes, desenfrenadas, provocadoras, escandalosas, es el motor puro y duro de un libro que, como se ha dicho: “está llamado a cambiar la recepción y la percepción de la literatura mexicana y sus aires de altísima cultura”.

Eso, por si alguien todavía necesita confirmar que la literatura culta ya no es el centro de la cultura dominante. O, como le dicta la marranita negra una noche a su dueño: “Big man, pig man, charade you are…/ What do you hope to find/ when you’re down in the pig mine?”.

Letra Sincrónica

Por los tiempos de Felisberto Hernández


A medio siglo de su muerte, lo esencial, lo imprescindible del narrador uruguayo.


Alan Castro Riveros

El escritor y pianista uruguayo Felisberto Hernández dijo que sólo sería reconocido 50 años después de su muerte. Sin embargo, esto no es tan así. Más de un par de generaciones de lectores (desde el boom) reconocemos su fantástico aliento en la naturalidad de nuestra imaginación.
De cualquier forma, para que su predicción no cayera en saco roto, este año 2014 se han preparado homenajes públicos a Felisberto, en memoria a los 50 años de su viaje desde Montevideo al más allá, un 13 de enero de 1964.

Montevideo
Desde que leí a Felisberto Hernández el nombre de Montevideo se ha vuelto enigmático. La obra del escritor uruguayo no sólo me ha hecho ver esa ciudad portuaria, sino que me ha partido su nombre en Monte y video -por inmediata relación con el trabajo de Felisberto detrás de una pantalla de cine mudo, tocando el piano en películas a las que debía adivinarles el ritmo. Por eso me gusta pensar que el banquito en el que se sentaba el joven pianista se llamaba Montevideo.
Los relatos de Felisberto están protagonizados siempre por el mismo personaje (a quien tranquilamente podríamos llamar Felisberto Hernández). Este personaje se enreda inocentemente en escandalosas aunque inocuas aventuras citadinas. Por eso no cuesta nada imaginarlo tocando el piano detrás de las películas de Buster Keaton al principio de los años 20.
De hecho, en 1922 Felisberto Hernández era un reconocido pianista de Montevideo y ya había realizado algunas composiciones, de las cuales se sabe que fueron interpretadas detrás de la gran pantalla. No sería raro que una composición de Felisberto casara perfectamente en una película de Keaton.

Dos novelas y un gancho
Aunque es difícil llamar novelas a los relatos extensos de Felisberto Hérnandez, los llamo así sin ánimo de ofender. Y, no contento con eso, afirmo que dos de ellas son novelas de formación: Por los tiempos de Clemente Colling (1942) y El caballo perdido (1943).
Ambas novelas, una tras otra, están en el centro de los dos períodos de silencio más extensos en la obra de Felisberto. Los demás libros se llevan uno o dos años entre ellos; y en un solo caso, cinco años. Sin embargo, la novela de 1942 fue publicada 11 años después de La envenenada, mientras que la de 1943 apareció siete años antes de Nadie encendía las lámparas. De tal manera, ambas novelas forman un gancho que une dos momentos de la escritura felisbertiana. Podríamos pensar que la novela del 42 cierra la primera época y que la del 43 abre la segunda, pero es al revés.
Por otro lado, mientras una de las novelas tiene como protagonista a un maestro de piano, la otra tiene a una maestra. Entre estos dos inolvidables mentores se enfila un pianista, pero, aún más importante, entre ellos fluye el aliento de un narrador crucial en nuestras letras.

El caballo perdido
En El caballo perdido (1943) conocemos la relación entre un niño de diez años y Celina, su maestra de piano. El recuerdo de Celina viene con un mundo: un señorial salón de piano.
El niño, a lo largo de sus visitas a la maestra, crea un universo oculto en ese mismo salón: allí levanta la pollera a los sillones, pasa la mano por la garganta de la mujer de mármol, mira pasmado el retrato desde donde una novia le sonríe y un novio lo amenaza. Ese mundo, de objetos animados y secretos, de repente, se vuelve ajeno a Celina y cómplice del niño.
Sin embargo, poco después del recuerdo de un golpe que Celina le da al pupilo, el narrador detiene bruscamente sus memorias de infancia. Él lo explica así: “Tengo que hacer un gran esfuerzo para poder vivir en este tiempo de ahora, para poder vivir hacia adelante. Sin querer había empezado a vivir hacia atrás...”.
En mitad de la novela, y a partir de ese quiebre con la memoria, el narrador detalla las dificultades que tiene para producir recuerdos de la época de Celina. Poco a poco, todas las memorias, arrancadas apenas de un embrollo, comienzan a parecerle ajenas. Hasta que una noche, dice él, se produjo un acontecimiento extraño y sin precedentes en mi persona. Se trata de una enfermedad que tenía la condición de transformarlo en otra persona durante unas horas, en alguien que él llama socio. Tal socio está presente hasta el final de la novela y termina siendo un mundo con el que se ha hecho las paces. El pasado se hace sensible a medida que el recuerdo se hace ajeno.
El título de la novela hace eco de esta fugaz propiedad de los recuerdos. En toda la novela sólo hay una mención al caballo perdido: en su regreso a casa, junto a su abuela, el niño ve pasar a un caballo perdido.
En la extravagancia de ver un caballo perdido atisbamos la importancia de lo insignificante. Recordar, para el narrador, es asombrarse de los recuerdos. Y tal el talante que tiñe la primera época de la escritura de Felisberto: una mirada que se apodera del presente sólo en cuanto ha hecho conscientemente ajeno su azaroso pasado.

Por los tiempos de Clemente Colling
Por los tiempos de Clemente Colling (1942) es una novela protagonizada por un maestro de piano ciego, indigente y sucio -totalmente distinto a la señorial Celina. La ceguera del maestro, combinada con su extraña genialidad, marcan la visión del protagonista de la historia, un joven de 20 años que admira al maestro con tal devoción que él mismo desea ser ciego.
Esta ceguera, apenas insinuada en Por los tiempos de Clemente Colling, se desplegará completamente en los cuentos de Nadie encendía las lámparas (1950) -un título sugerente a la luz de la ceguera.
Por ejemplo, en El acomodador, un acomodador de cine adquiere luz propia en los ojos y entra de noche en casas desconocidas. En Menos Julia el protagonista se encuentra con un amigo de infancia y, al visitar su casa, descubre que su pasatiempo favorito es entrar en un túnel y adivinar rostros y objetos que palpa en la oscuridad. En El comedor oscuro un pianista toca tangos de moda hasta que cae la noche y la mujer que lo ha contratado se pierde en la penumbra.
En estos cuentos publicados justo a mitad del siglo XX tenemos la sensación de que la ceguera potencia cualquiera de los cinco sentidos –ya sea el oído en El comedor oscuro, el tacto en Menos Julia o la misma visión en El acomodador.

La sensación del presente se potencia al sumergir el mundo visible en lo oscuro. A partir de Por los tiempos de Clemente Colling el presente pide ser desconocido para ser percibido con mayor intensidad. El personaje –que podríamos llamar Felisberto Hernández– camina desde entonces en la ciudad, y allí escruta las ruinas de su propia memoria, en casas desconocidas donde se ilumina algo más remoto que la infancia.

Sombras nada más

Gabo, poeta y cronista del paraíso


Reproduciendo partes de un texto de José Luis Díaz-Granados, el autor enfatiza en la poco conocida faceta poética de Gabriel García Márquez.



Gabriel Chávez Casazola

Borges decía que tan solo son cuatro las historias que se narran incesantemente: el asedio, el viaje, la busca, el sacrificio. Lo que varía son los ropajes de esas historias, sus vestiduras. No todos los escritores son capaces de contar algo, lo de siempre de un modo nuevo.
García Márquez fue uno de esos escritores. No sólo reinventó, sino que transfiguró la narrativa escrita en español. La repletó de mariposas amarillas, bellezas que vuelan entre sábanas y señores muy viejos con unas alas enormes, y al hacerlo le dio un sabor, un color, una textura (y un olor) muy americanos.
De hecho, su literatura se explica y es posible en tanto está impregnada de la pasión del trópico y del Caribe, del imaginario de estas tierras todavía jóvenes, felices e indocumentadas, pero también caóticas y crueles como un Edén a medio hacerse, donde muchos seres y cosas deben señalarse con el dedo pues aún no tienen nombre. O no lo tenían: él se los dio.
Suele decirse que Gabriel García Márquez creó todo un mundo en su obra, un cosmos llamado Macondo. Podría por ello ser considerado un autor-demiurgo, pero creo que, ante todo, como el periodista que era, fue un observador agudo, un buen cronista del paraíso, un reportero de lo real maravilloso.
No creó un mundo: lo transmutó en palabras. Porque en esta fabulosa América, aquí, donde nos ha sido dado vivir, sucede todo lo que sucede en Macondo. Solo es cuestión de darse cuenta y vivir para contarlo.
Decía que el Gabo fue ante todo periodista. Pero tampoco. Primero que nada fue poeta. Eso se nota, paradójicamente, en su prosa. Pero no me refiero a la poesía que alienta en su narrativa, sino a su poesía en sentido estricto.
Casi nadie lo ha recordado o puesto de relieve en estos días de homenajes tras su muerte (aunque aquí, en Letra Siete, publiqué dos poemas suyos en el Mirabiliario de la semana anterior). Pero en general casi nadie lo recordaba o mencionaba tampoco antes, con él en vida.
Y digo “casi” nadie, porque el exquisito poeta colombiano José Luis Díaz-Granados, cercano amigo de García Márquez y su familia (precisamente esta pasada semana acompañó al hermano de GGM al funeral-homenaje en Ciudad de México), escribió hace algún tiempo un interesante texto sobre esa faceta tan poco divulgada.
El artículo, titulado “La poesía de Gabriel García Márquez” es extenso y detallado, y ahora puede ser leído en el muy visitado portal Círculo de Poesía. Queriendo animarlos a esa lectura, antes que ofrecer una síntesis prefiero simplemente provocar su curiosidad con dos o tres extractos de su contenido.
El primero es prácticamente una anécdota colegial: “En 1940, cuando el futuro autor de Cien años de soledad acababa de cumplir sus 13 años y cursaba el primer año de secundaria en el colegio San José de Barranquilla, regentado por los padres jesuitas, dio a conocer unas tímidas muestras de su enorme capacidad para versificar, cuando le improvisaba a cada uno de sus condiscípulos lo mismo que a sus profesores, cuartetas festivas y versos satíricos, sin que hubiera en alguno de ellos ningún asomo de gracia lírica. ‘El padre Luis Posada -recuerda Gabo en sus memorias-, capturó uno, lo leyó con ceño adusto y me soltó la reprimenda de rigor, pero se lo guardó en el bolsillo. El padre Arturo Mejía me citó entonces en su oficina para proponerme que las sátiras decomisadas se publicaran en la revista Juventud, órgano oficial de los alumnos del colegio. Mi reacción inmediata fue un retortijón de sorpresa, vergüenza y felicidad, que resolví con un rechazo nada convincente: -Son bobadas mías. El padre Mejía tomó nota de la respuesta y publicó los versos con ese título -Bobadas mías- y con la firma de Gabito, en el número siguiente de la revista…”.
Pero luego refiere Díaz-Granados que “Gabo no cabía de la dicha a sus 17 años pensando en que sería un poeta y nada más que un poeta”; que “al ingresar a la Universidad Nacional, Gabo continuó escribiendo secreta y públicamente poesía”; y que “parecía querer contarnos un cuento en cada poema o versificación. Reiteraba, sin saberlo, que cada buen poema no era otra cosa que el teatro de una acción. Y así, hasta que por propia confesión, se sintió cegado por el rayo de sol de La metamorfosis de Kafka, en un insólito camino hacia el Damasco narrativo”.  
Mas, sin embargo, “con esa sorda y peligrosa terquedad de quien no es nadie pero quiere serlo todo, Gabo continuó escribiendo poemas y sonetos de medidas perfectas y publicándolos en las páginas de sus buenos amigos, unas veces con el seudónimo de Javier Garcés y otras con su nombre verdadero”.
Fue en su temprana juventud o tardía adolescencia que en el periódico La Razón de su país, en la sección “Poetas Universitarios”, apareció firmado por él un poema con el antetítulo de “Elegía a la Marisela”, según recuerda José Luis Díaz-Granados. Quiero invitarlos a leer un fragmento de este sorprendente (por su pureza, por su inocencia) poema titulado Geografía celeste:
No ha muerto. Ha iniciado / un viaje atardecido. / De azul en azul claro / -de cielo en cielo- ha ido / por la senda del sueño / con su arcángel de lino. / A las tres de la tarde / hallará a San Isidro / con sus dos bueyes mansos / arando en cielo límpido / para sembrar luceros / y estrellas en racimos. / -Señor, ¿cuál es la senda / para ir al Paraíso? / -Sube por la Vía Láctea, / ruta de leche y lirio, / la menor de las Osas / te enseñará el camino. / Cuando sean las cuatro / la Virgen con el Niño / saldrán a ver los astros / que en su infancia de siglos / juegan la Rueda-Rueda / en un bosque de trinos. / Y a las seis de la tarde / el ángel de servicio / saldrá a colgar la luna / de un clavo vespertino. / Será tarde. Si acaso / no te han guardado sitio / dile a Gabriel Arcángel / que te preste su nido / que está en el más frondoso / árbol del Paraíso.


Staccato

A un año, Georges


Semblanza y evocación del cantautor Georges Moustaki, uno de los grandes de la chanson francesa.


Pablo Mendieta Paz

En este mes de mayo se recuerda un año de la partida de Georges Moustaki, uno de los mayores virtuosos de la chanson francesa. De raíces griegas, nació en Alejandría el 3 de mayo de 1934.
Yussef Mustacchi (su verdadero nombre), fue un músico de facetas singulares. Ya desde muy pequeño tocaba  indistintamente el acordeón, el piano, y principalmente la guitarra, instrumento con el que concibió la mayor parte de su legado musical (300 canciones).
Fue, asimismo, un cantautor políglota que podía divulgar sus creaciones sin esfuerzo en ocho idiomas. Ya como artista plenamente formado, cultivó una personalidad polifacética cuyas múltiples aptitudes se habrían de armonizar para ser cantante y escritor, poeta y compositor.
Pese a haber nacido en una familia judía asentada en Corfú -una de las islas jónicas-, creció en un entorno multicultural en el que respiró atmósferas tan diversas como la italiana, la árabe, la francesa, y por supuesto la griega y la judía. No obstante, inclinó su rumbo artístico hacia puntos determinados que lo llenaban de entusiasmo: la literatura y canción francesas. 
Fue por ello que en 1951, poco antes de cumplir 17 años, se instaló en París y ejerció diversos trabajos que lo vincularían con la música y con los músicos parisinos, especialmente con uno, el gran Georges Brassens, quien lo introduciría en las noches de vida intelectual y cultural en el barrio de Saint-Germain-des-Prés, prominente lugar de encuentro de filósofos, escritores, actores y músicos; y donde el pensamiento existencialista cohabitaba con el jazz en las llamadas caves (cuevas), especialmente en Le Tabou, un local por donde pasearon su arte Boris Vian, Charlie Parker y Miles Davis.
En 1958, ya plenamente empapado de la identidad francesa, el joven alejandrino conoció a Édith Piaf con quien tuvo un apasionado romance que lo llevó a escribir la letra de una de las más célebres canciones interpretadas por la cantante, con música de Marguerite Monnot: Milord.
Aunque él prefería hablar de ella como una maestra que había hecho conocer e inmortalizado este tema por su exaltada lírica, no pocos han calificado a éste como un verdadero himno de amor.
Superada esa etapa, el joven Mustacchi (que muy poco tiempo después cambiaría su apellido por Moustaki) se involucró decididamente en la bohemia, y estrechó relación con los prodigiosos músicos de entonces: Montand, Trenet, Salvador, Ferrat, Gainsbourg, Brel y tantos más. Escuchaba. Aprendía. Creaba.
Sin embargo, con la insegura idea de poseer una voz de volumen limitado, “el artista de la voz suave” no halló mejor recurso que escribir canciones para otros, en especial para Serge Reggiani, Bárbara, Yves Montand o Juliette Gréco, otros exquisitos de la chanson.
Les entregó títulos memorables: Ma liberté, Sarah, Ma solitude, Votre fille a vingt ans, Il est trop tard, que pronto se convertirían en grandes éxitos grabados en millones de memorias; y que él, luego de superar la inseguridad que lo atormentaba, interpretaría con voz diferente, algo azucarada, íntima y expresiva, y definitivamente magnética que lo encumbraría a los sitios más privilegiados del canto.
Luego de la gigantesca revuelta universitaria de 1968 en París, Moustaki se convirtió simultáneamente en heredero de ese movimiento y en un precursor de la música originada en sus raíces y del renovado mundo que lo atrapó.
De barba y cabellera largas, opuesto a la violencia, y adepto a la libertad sexual, ese año escribió el mayor éxito de su carrera, Le Métèque (El extranjero), título que le dio celebridad universal, sobre todo en Hispanoamérica, cuya versión en castellano interpretada por él mismo le significó la fama que tanto había anhelado
En el mismo disco de El extranjero, otro título daba una clara idea del talento de Moustaki: Gaspard, ejemplar puesta en música de un poema de Paul Verlaine.
Al cabo de cierto tiempo, y por un año completo, programó colosales conciertos de jazz en la ciudad de Caen, donde actuaron afamados artistas del género. Ahí estuvieron, entre otros, Michel Portal, Aldo Romano, Martial Solal, y el incomparable músico argentino, el “Gato” Barbieri, saxofonista y destacado jazzista, quien, influenciado por John Colthrane, Pharaoh Sanders y Carlos Santana, dejó gratamente impresionado a Moustaki por su música de tono desgarrado, notas largas y volumen elevado; al punto que escribió para el rosarino una canción que predicaba la gigantez de la libertad.
Colmado de éxitos, encadenó a lo largo de los 70 discos y conciertos. Viajaba constantemente a Brasil y adaptó éxitos como Aguas de Março de Tom Jobim. Luego de recorrer sus tres historias, sus tres espacios geográficos, Francia, el Mediterráneo y Brasil, daría vida a otros álbumes como Sans la nommer (Sin nombrarla), una oda a la revolución permanente.
Esta oda fue creada en el Festival de la Isla de Wight, lugar donde tuvo grato encuentro con otra figura de talla mundial, Leonard Cohen. A Sans la nommer le siguió, en 1974, Les amis de Georges (Los amigos de Georges), un homenaje de Moustaki a Georges Brassens, mentor y amigo de quien adoptaría el nombre…  Las últimas producciones del bardo griego fueron Vagabond (2005), en ritmo de Bossa Nova, y Solitaire (2008).
Georges murió el 23 de mayo de 2013 en Niza. Su cuerpo fue inhumado en el cementerio del Père-Lachaise según la tradición judía, en el sepulcro familiar, donde está acompañado de un lado por Alain Bashung, roquero y actor francés-cabileño y del otro, por Édith Piaf.
En los funerales, la anciana musa de Saint-Germain des Prés, Juliette Gréco, dijo de él: “Georges Moustaki fue un hombre exquisito, elevado, un hombre elegante que tenía una dulzura infinita, y luego el talento”… Un talento que lo acompañaría por todo el mundo: de Río al Olimpia de París; de Caen al Japón; de Québec a Argelia.

El hombre de blanco y la voz sugestiva dejó un legado imperecedero, como si hubiera entonado desde siempre Le temps de vivre (Tiempo de vivir) o Il y avait un jardín (Había un jardín): “Yo declaro el estado de bienestar permanente y el derecho de cada uno a todos los privilegios. Yo digo que el sufrimiento es una cosa sacrílega, más aún si para todos hay rosas y pan blanco”.