jueves, 13 de marzo de 2014

Desde la butaca

Milena y la honestidad del intelectual


Semblanza y evocación de Milena Jesenská, valiente mujer intelectual cuyo legado aún permanece a la sombra de Kafka.



Lupe Cajías / Periodista e historiadora


Entre la noche del 14 de marzo y el amanecer del 15, un fin de semana como el que se aproxima, pero de 1939, Milena Jesenská contempló aterrada desde su ventana la aproximación belicosa del ejército alemán hacia las siete calles que, en forma de estrella, marcan el centro de Praga.
Al clarear el día fue a la redacción del Prítomnost y junto con otros denunció la presencia nazi y las señales del horror que se avecinaba ante la indiferencia del resto de Europa, que no tardaría en caer en el mismo vendaval.

Cartas a Milena
Milena es conocida como el amor imposible de su famoso compatriota Franz Kafka. El autor de Metamorfosis le dedicó decenas de misivas y varios párrafos de su prosa. La historia de sus relaciones fue contada por Max Brod, entre otros, como parte de la compleja biografía de aquel amigo que nunca aceptó el derecho a ser amado.
Cuando Kafka murió en 1924, Milena publicó un necrológico para ese “hombre sabio, asustado por la vida”. “Era tímido, miedoso, dulce y bueno pero los libros que escribió fueron crueles y dolorosos. Veía el mundo repleto de invisibles demonios que combaten y aniquilan al ser humano, indefenso”.
Él escribió sobre ella, entre otras frases muy hermosas: “Milena, la que sabe por experiencia, perennemente, en su propio cuerpo, que sólo es posible salvar a los demás mediante la propia existencia y no de otra forma…”.
Milena y Franz compartieron el dolor por la tortuosa figura paterna en sus vidas. La Carta al padre y La condena fueron conocidas por la muchacha que había sido encerrada en un manicomio por su padre para evitar su casamiento con el judío Ernst Polak, como en París hizo años antes la familia Claudel contra Camile, la amante de Augusto Rodin.
Jan Jesenská la quiso obligar a estudiar medicina sin tomar en cuenta la sensibilidad de ella ante las vísceras y su natural inclinación por las letras y la bohemia.
Milena nació en 1896 en una familia de la antigua burguesía, cultivada. La madre, artista aficionada, murió joven y dejó un vació siempre añorado por la pequeña. El padre ocupó toda la atmósfera y la relación con sus hijos fue tensa, especialmente con la mayor.
La falta de apoyo en su embarazo culminó en un atroz sobreparto que la volvió durante años dependiente de la morfina. Sin embargo, casi cincuentona, Milena entregó a su hija Honza a su padre para protegerla de la persecución nazi y fue él quien recibió su cuerpo salvado de la fosa común.
La sombra inmensa de Kakfa nubló muchas décadas la personalidad de Milena, activista de los inquietos círculos de escritores y filósofos checos y alemanes. Apenas se conocía su muerte en el campo de concentración de Ravensbrück (donde, dicho sea de paso, estuvo la famosa judía comunista Olga Benario, esposa del líder revolucionario brasileño Luis Carlos Prestes, refugiado en Bolivia en 1927).

Militancia y desilusión
Su amiga y confidente, la revolucionaria alemana Margarete Buber-Neumann, se encargó en los años 70 de mostrar al mundo la verdadera dimensión humana de Milena, presa junto a ella como parte de las detenidas políticas.
Ambas habían pertenecido al Partido Comunista y habían salido espantadas ante el modelo estalinista. El marido de Margarete, como otros que se animaron a criticar las purgas soviéticas, fue fusilado y desaparecido.
La melancolía fue uno de los primeros motivos para volcar sus sensaciones en la escritura y Margarete rescató páginas donde Milena describe su vida juvenil, reflejo del movimiento cultural de la Europa central de la época, las novedades como la Bauhaus, los debates filosóficos y, sobre todo, la ilusión por un nuevo mundo cuando triunfó la Revolución de Octubre.

Periodista libertaria
Milena vivió varios años en Alemania y en Austria donde la intensidad de cada momento en esos años formaba parte de la historia de la humanidad. Fue una reportera no dedicada a las páginas sociales sino a la cobertura de los asuntos políticos.
La valentía de su pluma le provocó largas disputas con los comunistas cuando conoció de cerca la persecución a los opositores, a los judíos, a los artistas. Cárcel, manicomio, suicidio fueron crecientes saldos de ese totalitarismo. Margarete y Milena eran espíritus libres que no callaron ante los asesinatos de los librepensantes.
Milena, aun cuando era perseguida por los nazis, comentó que lo peor para Checoslovaquia sería ser “salvada” por los rusos. La historia le dio la razón en 1945, en 1956 y en cinco décadas más.
En el otro frente, combatió con igual firmeza a la Gestapo; después de la ocupación de los Sudetes que precipitaría la Segunda Guerra Mundial denunció sus acciones hasta que fue aislada en un campo de concentración.
Margarete cuenta su calidad humana aun en esas condiciones subhumanas, desde  mantener la mínima limpieza y coquetería femenina para evitar el colapso interno, hasta el apoyo a las más débiles.
Ambas enfrentaron en la propia prisión el deterioro de otras prisioneras, incluyendo la prostitución lésbica, hasta las cofradías fanáticas de las testigos de Jehová y de las comunistas más preocupadas por el dogma que por el otro.
Sin ser judía, denunció desde 1933 el creciente hostigamiento contra ese pueblo contando historias estremecedoras de la muerte civil que se alentaba, contra el pedíatra del barrio, por ser judío; contra los hijos del tendero en el colegio; contra la amiga de la infancia que se dejaba de saludar por ser hebrea. Después vino el holocausto contra ellos y contra los gitanos, además del exterminio de homosexuales, mendigos, políticos.
¿Qué diría hoy Milena, tan humanista, si supiera de las acciones del Estado judío contra familias palestinas, sobre Sabra y Chatila, sobre el nuevo muro para asfixiar Gaza?

Parecería que todos los perseguidos de ayer, en el poder se convierten en peores verdugos y se ensañan contra otros, olvidados de su propia desgracia. Sólo un puñado de pensantes les recuerda el amor fraterno y la dignidad de todo ser humano.

miércoles, 12 de marzo de 2014

Canción de Jorge Drexler para Bolivia (audio)

Jorge Drexler quiso difundir antes que nada, y sólo para Bolivia, el audio y la letra de su tema "Bolivia" compuesto en agradecimiento a este país. Èl y su agente nos autorizaron en exclusiva para esta difusión.

BOLIVIA

(Jorge Drexler)

Para mi padre, Günther Drexler, y mis abuelos Georg y Ruth

Europa, 1939.
Todos decían que no en las cancillerías
(Años de guerra caliente
varios años antes de la guerra fría).

Todos decían que no,
cuando dijo que sí Bolivia.

Berlín era un nido de ratas.
El paladín de la bravata, gritaba,
llenaba estadios
de un árido erial de desvarío ario,
un árido erial de desvarío ario.

Las puertas se iban cerrando.
El tiempo colgaba de un pelo.
Y aquel niño en los brazos de mis abuelos.

Y el pánico era evidente.
Y todo lo presagiaba:
El miedo ganaba cauce,
abría fauces, vociferaba.
Y entonces llegó del frío,
en pleno glaciar hiriente,
una insólita vertiente de agua tibia:

Todos decían que no,
cuando dijo que sí Bolivia.

Y el péndulo viene y va
y vuelve a venir e irse
y tras alejarse vuelve
y tras volver, se distancia
y cambia la itinerancia
y los barcos van y vienen,
y quienes hoy todo tienen
mañana por todo imploran
y la noria no demora
en invertir los destinos,
en refrescar la memoria.

Y los caminos de ida
en caminos de regreso
se transforman, porque eso:
una puerta giratoria
no más que eso, es la historia.





Voz, guitarras eléctrica y española, programaciones, synth base, Jorge Drexler
Participação especial do artista Caetano Veloso
Berimbao y caja, Sebastian Merlín
Guacharacas, Pedro Ojeda y Mario Galeano 




)

jueves, 6 de marzo de 2014

Vadik Barrón: dos libros, un disco, un doble retorno




Fotografía: Carlos Fiengo

Se considera ante todo un cantautor (un “songwriter”), y lo evidente es que su principal herramienta es la palabra, pues este mes publicará su cuarto y su quinto libro.









Martín Zelaya Sánchez

“Un elefante se columpiaba sobre la tela de una araña cuando vio pasar sobre su cabeza un objeto volador no identificado. ‘Es una gran fortuna que yo no sea un drogadicto, si no, nadie me creería cuando lo cuente’, pensó para sí y continuó balanceándose irreflexivamente, mientras los escritores de canciones para niños tomaban nota”. Este es Elefante, uno de los textos breves del libro Minoría absoluta de Vadik Barrón.
“Dónde termina el amor, / donde empieza el sufrimiento,/ tengo un problema doctor, / digo siempre la verdad / pero parece que miento…”, canta en Hotel Pacheco tema de su álbum Efectos personales que está en plena etapa de grabación y será presentado este mes en La Paz.
Este songwriter orureño está convencido de que “es lo que hace”, y así las cosas, valga decir antes que nada, que es una persona con un descollante humor; pero no sólo humor entendido como la capacidad de sonreírle a la vida o reírse ante todo de sí mismo y de lo que le pasa, sino sobre todo porque hay pocos como él para interpretar la cotidianidad con tanto tino y pertinencia. Es lo que queda al escuchar sus canciones y leer sus textos. Ojalá todos estuviésemos siempre de ese humor.
Es conocido sobre todo como cantautor –tiene ya seis discos a cuestas en casi dos décadas de trayectoria-, pero también es un poeta de prometedora perspectiva: editó muy joven Cuaderno Rojo, luego el artesanal iPoem, y ganó una mención del Premio Nacional de Poesía “Yolanda Bedregal” con Rocanrol y canciones del futuro. Y ahora está cerca de estrenarse en la narrativa.
“Lastimosamente en Bolivia todavía no hay la infraestructura y las industrias culturales que permitan a los artistas vivir de lo que hacen, y eso termina desalentando y agotando”, cuenta en esta entrevista. Y de ahí se entiende la decisión que tomó hace un par de años de irse a vivir a Alemania.
Pese a esta realidad, el autor nunca dudó de su regreso, aunque el definitivo queda aún muy adelante. Pero qué mejor que este primer retorno para presentar dos libros: Minoría absoluta y Espejos sonoros (Editorial 3.600) y un disco: Efectos personales.
De todo esto y alguito más habla Vadik en el inicio de este mes de ajetreada agenda, pues culminará con otro retorno -tampoco definitivo- a aquél puerto temporal teutón.
“No sé cuánto tiempo más estaré fuera de Bolivia, pero me gustaría volver y aportar para que nuestro y arte y cultura sean más fuertes, inclusivos e independientes”, advierte.

- ¿Eres un cantautor que también escribe prosa y poemas… o prefieres no hacer esta distinción, y decir, digamos, que simplemente escribes… haces arte? ¿Qué puedes reflexionar al respecto?
- Al final a uno le define lo que hace, ¿no? En ese sentido me gusta la palabra en idioma inglés que más o menos corresponde a cantautor, songwriter: escritor de canciones. Creo que de eso se trata mi trabajo, de escribir. Lo primero que empecé a escribir de una manera espontánea y catártica fue poesía, y continúa siendo un lenguaje que me apasiona por su libertad, por las posibilidades que ofrece.
Lo de escribir prosa es algo más reciente e intermitente y en el caso del libro que ahora publicaré, Minoría absoluta, son textos en un primer momento dispersos que fui acopiando y dando forma.
Los textos para ser cantados tienen otra ascendencia, se ajustan a una melodía, a una métrica, a un acento, a una estructura musical, a un sonido. Pero a veces la sonoridad de las palabras también sugiere música, independientemente de su función o significado y ese es un recurso que te permite crear canciones.
Para mí, la canción es un organismo, un ser vivo, una unidad donde conviven ambos mundos. Y la idea de “pieza musical” explotada, pero jamás agotada, en la música popular, es fascinante porque puedes comenzar de cero. Son dos o tres minutos en los que creas un mundo, una atmósfera, reflexionas, cuentas una historia, lloras, ríes, jodes o lo que sea y luego a otra cosa. No me voy a cansar nunca de buscarlas en el aire.
Mi tiempo colectivo y público tiene más que ver con la música, con ensayar, grabar y tocar en vivo. Pero el de entrecasa suele tener más que ver con la escritura solitaria de poemas, de canciones, de prosas, de artículos, según.

- Describe brevemente tu libro de prosa, y a partir de ello cuéntanos ¿qué buscas con estos textos, qué te motivó a crearlos, de qué autores, libros hallas influencias?
- Es un libro de prosas en general breves y heterogéneas, que tiene como punto de partida la escritura espontánea y lúdica. Se puede rastrear su ascendencia en mis lecturas de las minificciones de Henri Michaux y André Gide, de los Divertimentos de Eliseo Diego, de las Historias de Famas y Cronopios de Cortázar, o del Bestiario de Juan José Arreola, o de las crónicas de Alejandro Dolina; del absurdo y la patafísica.
Algunos textos son cuentos breves y otros llanamente ejercicios de humor espontáneo, varios de ellos rescatados de mi blog.
Yo admiro mucho el humor, la literatura fragmentaria, la capacidad de trastocar la funcionalidad o intención, esto es la seriedad o solemnidad, que supuestamente debería tener todo escrito, en favor de construcciones a veces incompletas o sorpresivas, pero sugerentes, divertidas, lúdicas, y por qué no, chistosas.

- Y ahora describe tu poemario y  a partir de ello, ¿cómo conceptúas la poesía en cuanto a estilo (rima, ritmo, métrica)?, y ¿cómo diferencias (si lo haces) tus poemas de tus canciones?
- Creo que mi poesía ha atravesado algunos procesos pero, como en mi música, estos no anulan etapas anteriores sino que van incorporando diferentes formas de lenguaje y combinándolas.
En el caso de los Espejos sonoros, que es un libro que comencé hace varios años y lo terminé en Berlín, me propuse abordar la experiencia del sonido, no sólo de la música, sino también de la palabra, del ritmo, siempre introduciendo un componente lúdico. Creo que el proceso de escritura es fascinante y el eventual rigor editorial no debe amenguar la diversión, por lo menos para quien escribe.
El libro tiene tres partes: la primera, la más extensa, es de verso libre y con un lenguaje coloquial, directo, urbano; ausculta la experiencia personal con el sonido, pero también con las imágenes de un mundo que genera ruido, distancia (que es una forma del silencio) y música organizada.
De alguna manera intuyo que los espejos no sólo te devuelven una imagen sino que también, sobre todo en este tiempo, producen sonido, voces, música.
La segunda parte son dos conjuntos de haikus, uno ya fue publicado como contenido interactivo en el disco Minimalia de 2008 y el otro fue escrito en Berlín en 2013.
Me interesa el haiku porque es una poesía del espacio, del aire, del silencio, del intersticio, y al mismo tiempo con reglas precisas en su elaboración, pero estos no son haikus del todo ortodoxos, sino que tratan temas urbanos, admiten neologismos y licencias formales.
La tercera parte del libro tiene escritos de verso métrico, sobre todo décimas, que tocan temas de mi infancia, de Oruro, del fútbol, de un imaginario en todo caso nostálgico, que es parte de la idea del espejo como reflejo, pero también como reflexión, como compendio de uno mismo.
Por supuesto, reunir todos esos poemas en un libro no fue algo premeditado sino que lo fui descubriendo en el camino, hasta que di por terminado el libro y luego se dio la posibilidad de publicarlo.

- Y claro, describe ahora tu próximo CD Efectos personales
- Me ha tocado viajar mucho los últimos años. Y las ciudades, las fronteras, los paisajes, la traslación misma provocan canciones. Efectos personales tendrá 12 canciones de mi autoría escritas en distintas ciudades en los últimos tres años.
Hay alguna escrita en Berlín, otra en Madrid, otra en Porto Seguro o Río de Janeiro en Brasil, y otras acá en La Paz, en El Alto, en Sucre; y además las canciones evocan lugares, hablan de viajes, del paso del tiempo, del equipaje: lo que llevas contigo adonde vayas, no sólo los objetos, sino la experiencia, los afectos, las música, las postales, las propias ciudades comprimidas dentro de una maleta.
En los varios viajes y giras de los últimos años, la misma estadía en Europa, me di cuenta que lo único que realmente es mío y llevo conmigo siempre son mis canciones, ellas son mis efectos personales.
Musicalmente el disco sigue la onda ecléctica de mis álbumes previos, con elementos del rock, del pop, de la música tradicional boliviana y latinoamericana y esta vez va a tener un toque jazz. Voy a lanzarlo en marzo, antes de volver a Alemania.

- Al respecto, resulta ineludible preguntarte sobre tu temporada en Europa. Cuéntanos brevemente sobre tu actividad artística allá, y cómo puedes relacionar-comparar ese panorama con las posibilidades que se dan en nuestro medio.
- La estadía en Alemania ha sido muy intensa y de mucho aprendizaje. Ha sido un reto confrontar mi música, mis canciones escritas en español, con el público europeo, especialmente alemán que ha respondido muy bien.
Berlín es una ciudad fascinante, con muchísima vida cultural y artística, como consumidor de cultura a veces te sientes abrumado por todo lo que hay pero como productor te estimula y te impulsa a buscar tu lugar.
Poco a poco fui ingresando en el circuito de cantautores, que en Berlín es muy internacional e itinerante, y tiene un alto nivel, y en el de la música latinoamericana, que va desde la salsa hasta la canción política.
A partir de julio de 2012 prácticamente di conciertos todas las semanas y en las dos giras que hice por España, tocaba casi todos los días. Es una manera muy especial de conocer lugares porque tienes otra perspectiva, compartes con artistas locales, ves la ciudad detrás del turismo.
He tocado en varias ciudades de España, en Dinamarca, Suecia, Suiza y varias ciudades alemanas. Este año, a mi vuelta, el plan es tocar también en Portugal, Francia y Holanda, cosa que ya estoy gestionando.
En Bolivia creo que vienen pasando cosas muy interesantes. Yo estoy convencido de que producimos arte de excelencia y que lo que nos falta es creérnoslo. Lastimosamente todavía no hay la infraestructura y las industrias culturales que permitan a los artistas vivir de lo que hacen y eso termina desalentando y agotando a las propuestas nuevas, que muchas veces no ven futuro y tiene que decidir entre vivir de otra cosa y hacer arte como hobby o condicionar su obra al público.
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 Hoja de vida

Vida. Vadik Barrón nació en Moscú, Rusia, en 1976. Se trasladó a Oruro donde se inició en el arte formando parte de varios colectivos artísticos. En 1999 se radica en La Paz. Como músico integró la banda de rock Aisha, con la que registró el single (Pueblo del Viento (2000) y posteriormente fundó Camaleón, con quienes grabó Camaleon (2003), Origami (2005) y Veneno (2008).

Trayectoria. En 2007 lanza su carrera musical solista con el álbum Astronauta, en 2008 editó Minimalia, en 2009 Los diarios y en 2012 estrenó el álbum Ovni. Todos los discos abarcan distintos estilos musicales dentro de la música popular contemporánea, tales como el pop, el rock, el jazz, la canción de autor y el folklore -boliviano y latinoamericano. Ha publicado los libros de poemas Cuaderno Rojo (2002), iPoem (2008) y Rocanrol y canciones del futuro.

Experiencia. Desde 2012 reside en Berlín, Alemania, donde se presenta en vivo en teatros, festivales, cafés y otros espacios culturales. Recientemente ha tocado en Suecia, Dinamarca, Suiza y España. En 2012 lanzó los CD compilatorios Inventario 2007-2012 y Frag men ta do.

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Poemas para reconstruir la ciudad

Claudia Pardo

El poemario Espejos sonoros evoca una serie de imágenes vinculadas a la ciudad, al entorno de un yo que percibe el mundo desde la asociación de lo que ve con lo que oye, dotándole de sentido al espacio desde una percepción complejizada y particular.
Esa percepción que complejiza se relaciona con la palabra, ya que ésta construye momentos fugaces, fragmentarios, ambiguos, los mismos que de alguna manera se vinculan con el ritmo de la ciudad.
Lo problemático es que ese ritmo se conecta al mismo tiempo con la música, una música que igual se plantea desde la fragmentación. Así se establece la relación de los epígrafes con los poemas, por ejemplo.
De tal modo que, un elemento que se destaca en el estilo de Vadik es la construcción del ritmo del poema, que funciona bajo un código y un imaginario del post modernismo, de la urbe.
Considero que la particularidad de Espejos Sonoros reside precisamente en la búsqueda que establece: el recorrido y la reconstrucción de la ciudad como un espacio abigarrado, donde confluyen imágenes sonoras, imágenes textuales, imágenes aparentes.
Finalmente, creo que estamos frente a un autor que se articula con una preocupación generacional que tiene que ver con la comprensión de un espacio complejo que es la ciudad, pero que utiliza recursos y estrategias muy particulares.
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El sello propio del Vadik

Willy Camacho

Canciones, poesía y ahora prosa. En todos hay algo común, el lenguaje y el particular tratamiento de los temas, con bastante picante, por llamarlo de alguna manera; sería la llajua “vadikiana”, porque desde el primer texto de Minoría absoluta que leí ya reconocí la voz del poeta y el cantautor.
Es que él tiene, o comienza a tener, un sello propio en su forma de expresión como artista, que combina la reflexión y el humor con dosis exactas de modo que ni te puedes tomar muy en serio lo que dice, ni te lo puedes tomar en joda.
Así, a veces parece criticar algunos defectos de la postmodernidad, como la falta de comunicación, pero a vuelta de página también reconoce las ventajas de los avances tecnológicos. Es, como el mismo Vadik declara, un afán de despojar de pretensiones a sus textos, y así, me parece, ceder más posibilidades de sentido, de coautoría, al lector.  Para muestra, un par de ejemplos:


[redondez]

Nos agrada decir que la Tierra es un globo, que formamos círculos de poder, que ambicionamos las altas esferas. Nos vemos las caras en mesas redondas y con frecuencia redondeamos costos y estadísticas. Los periodistas deportivos relatan que alguien domina el esférico; bebemos balones de cerveza y algunas chicas no nos tiran pelota. Comemos bollos y encomendamos nuestra fortuna a los livianos bolillos de la Lotería Nacional. Admiramos las redondeces femeninas pero, ante el riesgo que supone un pugilato con el novio, nos hacemos bola. Todo eso, chicos, no es más que para distraernos del hecho de que la sociedad ha sido diseñada en forma de embudo y ahí sí que los sinónimos escasean.


[el oso yogi]

El oso se encarama a lo alto del abeto, combatido por maledicentes abejas. El oso no fija la mirada rotunda en el panal que se suspende en el aire, sino en el hueco blanco y luminoso que adivina más arriba. En un punto del trayecto, las abejas detienen su ascenso y dibujan su zumbido de lápiz colectivo en dirección a tierra, mientras el oso, ciego y concentrado, continúa subiendo con el embeleso de un alucinado sin reparar en que el tronco se estrecha hasta terminar en una rama débil y retorcida que no soporta por mucho tiempo el peso de su figura enorme. El oso es devorado por la luz. Los católicos lo llaman ascensión, los místicos, transcendencia, y la Justicia, suicidio. Luego de unos meses, los insectos habrán terminado de nutrirse con los restos del generoso cuerpo y el oso trazará su sonrisa incorpórea en el cielo estrellado que abraza todos los bosques de todos los mundos donde moramos en la más bisoña ignorancia.


El último mestizo

Secretos del vino


Muy a tono con la época de chaqui carnavalero, Manuel Vargas traza una ruta de vino-palabras-vino.



Manuel Vargas / Escritor

Que otros hablen de la chicha y los coktelitos, yo hablaré del vino. En estos días de ch’aki generalizado, tengo más de un motivo. Ocurre que un pariente de Santa Cruz, que cultiva uva en sus valles me envió para estas fiestas unas cuantas botellas de tinto, nada menos que con el nombre de “El último de los Vargas”.
Vaya, pues, este homenaje a la buena vida (que no viene gratis, muy bien lo saben los ebrios), y que el carnaval sea servido.
A un amigo que ahora ya casi no toma siempre se le venía a la mente, cuando estaba entre copas, en lugar de “salud”, decir: In vino veritas. Y no es así nomás la cosa. El vino nos puede llevar por el camino del misterio o al mundo oculto que todos los seres humanos a veces no queremos ver. Por el vino conocemos otras facetas de nuestro ser, o, quién sabe, al otro que habita en nosotros.
Según la Biblia Noé fue el primer vinatero al cultivar una vid, fabricar con sus frutos el vino, y luego emborracharse. Ebrio y dormido lo vieron sus hijos. Se pegó un susto y sintió vergüenza de sí mismo, tal vez por haber entrevisto el lado oscuro, el subconsciente, como ahora se dice, del hombre.
Quien no ha probado las delicias del vino, y después la resaca, tiene un conocimiento limitado de sí mismo. El conocimiento no viene gratis, si no a costa de la euforia, el dolor y la angustia.
“Si los amantes del vino y del amor van al infierno..., vacío debe estar el paraíso”, dice Omar Khayyam, poeta, sibarita y matemático, autor de Los Rubaiyyats (1075).
Cien años después, Rumi, otro poeta árabe, autor de otros Rubaiyyats, nos habla de “otro vino”, símbolo del amor y la sabiduría, “este vino que no ha visto nunca la tierra ni el agua”, “este vino que la religión del Amor no prohíbe”. “Nuestra ebriedad no proviene del vino rojo, el vino con el que me embriago es invisible”.
Para los cabalistas, el vino era un símbolo del secreto que yace sepultado en la memoria. “Cuando el vino entra, el secreto sale”, dicen. ¿No nos recuerda esto al in vino veritas de los romanos, o al susto que se dio Noé al entrever lo desconocido?
No podríamos dejar pasar una aventura de don Quijote, que le hace decir a un ventero castellano: “Que me maten si don Quijote o don diablo no ha dado alguna cuchillada en alguno de los cueros de vino tinto que a su cabecera estaban llenos y el vino derramado debe de ser lo que le parece sangre a este buen hombre…”.
Como bien sabemos, no es locura ni confusión lo que tiene don Quijote. El vino es sangre, los cueros de tinto son los mismos enemigos de Noé y los monstruos que nos asechan para hacernos dudar de la luz y la razón.
Una vez más, la “otra” verdad aparece relacionada con el vino. Como buen caballero andante, don Quijote no bebía, pero sí Sancho, su escudero, o su complemento, sabía lo que era catar: hasta ahora lo podemos ver, caballero en su jumento y feliz de la vida, bajo los soles de la fantasía, volcando al gaznate la bota de vino.
Acude en mi ayuda, oh dios de los lagares. Así comienza Virgilio, invocando a Baco, para hablarnos en sus Geórgicas, del cultivo de la vid. Este libro es un poético tratado, en uno de cuyos capítulos se refiere al tema que aquí nos ocupa.
Luego vendrían otros escritores romanos, entre ellos Marco Terencio Varrón, que en su libro De las cosas del campo, nos da muchos consejos agrícolas que los buenos bebedores no deberían ignorar.
No existe otro producto de la naturaleza, como el vino, en el que se afirme tan escrupulosamente, que a través de él (color, aroma, cuerpo, sabor) sentimos y vemos el paisaje de la naturaleza en su plenitud: una cierta cualidad de la tierra, ni dura ni blanda, ni muy seca ni muy húmeda, humus, piedra y arena; un único sol que surca tal cielo y tales nubes; un tipo de aire, el sonido de los saltos de agua, y una exacta elevación o altura.
Luego los brazos de los campesinos y los pechos de las campesinas, las coplas, las cestas, la sombra y la madera. ¡Y en el vino bebemos todo eso! Pero para llegar a esta revelación, se requiere un aprendizaje, saber catar, que es mucho más que ser un simple ebrio.
Dicen que fue Paracelso el primero en llamar alcohol al “espíritu del vino”, ese sutilísimo vapor exhalado por ciertas bebidas que llena de alegría y exalta el espíritu de quien las bebe, en Mesopotamia o en China, en La Rioja o en Tarija. De ahí el nombre de “espirituosas”, aplicado a las bebidas alcohólicas.
Se bebe “para honrar el buen vino”, dice Friedrich Ruckert, también “para que haya fiesta, y para calmar la sed, y para evitar la sed nuevamente”. Y una mujer pápago, en el desierto de América del Norte, aconseja: “la gente debe emborracharse como lo hacen las plantas en la lluvia y debe cantar de felicidad”.
Si la bebida es peligrosa, ciertas personas que se las dan de sanas y rectas pueden ser aún más peligrosas, como dice Charles W. Ferguson, a propósito de los dictadores: “...estamos hoy en poder de una camarilla de hombres esencialmente presumidos, desastrosamente rectos, enconadamente conscientes de su tremenda rectitud, y por ende tan peligrosos que el mundo en general estaría mucho mejor si pudiera impulsarlos a emborracharse bien...”.
“Ningún hombre podría ser un dictador peligroso si le quedara el efecto matinal de una borrachera. Quedaría destruida su sensación de ser un Dios todopoderoso. Se consideraría basto y humillado en presencia de sus súbditos. Se habría convertido en uno más de la masa -uno de los más bajos de todos- y la experiencia habría surtido efecto sobre su inaguantable engreimiento”.
El vino es un camino para entender el sueño y la callada música de las palabras. De esto nos habla, con palabras desnudas como una cepa en otoño, el ya poco recordado poeta Roberto Echazú:
“Lo que hago en Tarija es simplemente tomar vino y escribir poesía. De repente, tomo más vino. Y eso me gusta mucho, porque yo elaboro mi poesía en base al vino. Eso me cuesta mucho, porque cada versito que yo escribo es muy cortito, pero cada verso me cuesta por lo menos cincuenta botellas de vino. Y después unas cien cajas de clonazepam para entrar en órbita, porque no puedo dormir…”.
“Pero así son las cosas, porque el hombre que no entrega nada por lo que quiere, no es un hombre. Yo dejo de ser hombre cuando dejo de tomar vino y tomar poesía, pero siempre estoy corrigiendo todas las macanas que uno escribe cuando está con vino. Y eso es sumamente difícil. Mi último poemario es muy cortito; como dicen los críticos, la próxima voz de mi persona sería el silencio. Pero creo que el verdadero silencio es la muerte”.

Por lo que constatamos, volviendo a Noé y a don Quijote, a Omar Khayyam y a los místicos, que tomar vino no es así nomás, se nos va la vida en ello. ¡Si no lo sabrá don Robertito!

Ojo de Vid


A la caza de lugares comunes


En el baño, en las salas de espera; en la mejor novela o con la revista religiosa… El autor desafía a recolectar esas muletillas tan difíciles de evitar, que afean cualquier texto.




Ramón Rocha Monroy (El Ojo de Vidrio) / Escritor

Un libro imperdible, aunque a mí se me perdió, es Exégesis de lugares comunes, de León Bloy; pero debo a la conjunción de la biblioteca complutense y el amor de mi hija Raquelita la copia que rescaté del libro de Bloy aunque esté en francés. De modo que alguito podré hablar de él.
El filósofo católico parte de una hipótesis: si decir lugares comunes fuera delito, un silencio minucioso se abatiría sobre el planeta. Bloy pone el oído crítico en la burguesía del siglo XIX, esa middle class portadora del sentido común, construido con fragmentos de las grandes filosofías a tal punto que uno no sabe cuándo está repitiendo una enormidad que a Aristóteles o a Santo Tomás le costaron buenos desvelos.
Es un verdadero diccionario de lugares comunes tan rico en sugestiones como el famoso Diccionario del diablo, de Ambrose Bierce.
Un lugar común es como la parte más trajinada de una alfombra, como el sendero que abre el paso de la gente en una pradera; en un texto, el lugar común es identificable por el uso excesivo que hacen diversos redactores de ciertas frases, giros, muletillas. El oficio de escritor es también el de cazador de lugares comunes. Hay que acabar con ellos.
La caza de lugares comunes es un deporte literario muy divertido. Uno aprende a valorar los libros de autoayuda, las pildoritas de filosofía barata de Paulo Coelho, los volúmenes de metafísica en cuatro lecciones, los manuales de marketing, los que se postulan como puertas al éxito, pero también las columnas de prensa diarias, los ensayos, los memoriales de abogados, los discursos cívicos, las novelas, los libros de poesía, los cuentos… Y, muy en particular, las improvisaciones de los animadores de televisión y de los locutores de radio.
Puede decirse que el lugar común es pato de toda laguna y suele frecuentar los inicios de párrafos con fórmulas hace tiempo desprovistas de sentido tales como: ahora bien, ello no obstante, a mayor abundamiento, por consiguiente, en verdad, sin duda alguna, no hallo palabras para decir…
Una subespecie muy apreciada por los cazadores de este nuevo género son los adverbios: evidentemente, definitivamente… León Bloy apunta un sello de identidad de los lugares comunes: la tendencia a decir absolutos, tal el caso de “definitivamente”, en una existencia en la cual uno duda si la muerte, con ser la muerte, sea definitiva.
(Esta es una anécdota de mi finado amigo Armando Antezana Palacios, el Gordo Ja Ja, que al recibir la noticia de la muerte de alguien preguntaba: “¿Ha muerto? ¿Así, definitivamente?” Uno podía contestarle: “Sí, porque no ha dado más señales de vida”, y él retrucaba: “así nomás es. Últimamente se está muriendo gente que antes no se moría”). ¡Grandes lugares comunes dichos con humor! Y gran sorpresa la mía al leer una respuesta seria y profunda de Borges cuando le preguntan sobre cómo se imagina el más allá de la muerte y señala su aspiración postrera: “Yo quisiera morir, pero definitivamente”.
La caza de lugares comunes puede volver amena la espera del dentista, de la consulta médica, de la cola para obtener visa a Europa, del tiempo que falta para el inicio de un espectáculo. Y para ello basta cualquier texto, desde un boletín de una secta religiosa hasta la novela de moda.
Identificar lugares comunes ayuda a ser más exigente y más creativo en la expresión no sólo literaria sino cotidiana, callejera. Ayuda a buscar “la palabra precisa y la sonrisa perfecta”, como quiere Silvio Rodríguez, en lugar del rutinario y consabido wow, qué de la piut, qué súper o la expresión gringa “fáquin”, que ha contaminado todos los guiones del cine de Hollywood.
Porque no hay película gringa que no contenga, en labios masculinos y femeninos de todas las edades expresiones como: “invítame un fáquin cigarro, fácyu (de ida) y facyú (de vuelta), nos vemos el fáquin viernes, bésame el fáquinass”; o en las películas y canciones mexicanas: “buena la pinche méndiga vieja, híjole qué padre, a toda madre, qué chido, pinche güey…”. Esta última expresión, güey, ¡la usan hasta las chicas hablando entre ellas!

Literatura vs. lugares comunes
Una de las diferencias más importantes entre el lenguaje común y la literatura es, precisamente, la renuncia a los lugares comunes y a los tópicos que transmiten una visión adocenada y simplista de las relaciones entre los seres humanos.
Tiene un valor pedagógico para el lector porque influye en su conciencia generándole una ética de libertad de pensamiento, que comienza por liberarse de los lugares comunes.
Cada idioma es una concepción del mundo, y cada expresión es un fragmento de esa concepción. Por eso se llama “sentido común”. Hay fragmentos de las filosofías más importantes en el habla cotidiana que impiden cambiar la concepción del mundo.
Un ama de casa que dice “ningún extremo es bueno”, no se da cuenta de la enormidad que está diciendo, pues repite la vieja concepción del “aurea mediocritas” de la filosofía grecorromana, y aun la de Confucio, de muchos siglos antes.
Cazar lugares comunes es, por tanto, contribuir al cambio de mentalidad de los lectores. Es recoger los usos de la calle para ponerlos en evidencia y desmontarlos ya sea descubriendo su origen o la fragilidad de su significado.
Las obras de Borges, Leopoldo Marechal, Julio Cortázar, Gabriel García Márquez son páginas impecables en principio porque han sido purgadas de lugares comunes a través de la ironía, el humor o simplemente el buen humor con que han sido escritas.
Los lugares comunes son históricos. Cada época estrena los suyos. Las ciencias sociales tienen la culpa de muchos. Un buen trabajo de tesis podría ser explorar en los medios de cada época la presencia de determinados conceptos como el de “desarrollo”, “marco de referencia”, “coherencia”…
Los lugares comunes son históricos y a veces envejecen al punto de volver a tornarse novedosos. Es el caso del Diccionario de lugares comunes de Gustave Flaubert, que ahora tienen un valor anecdótico.

James Joyce, en su Ulises, se inspiró en Flaubert para hacer un largo recuento de lugares comunes en la lengua inglesa. Pero quizá la obra más interesante y más actual sea Exégesis de lugares comunes de León Bloy, un libro imperdible. 

Staccato



Réquiem Brevis


Una apología del silencio, o cómo el autor concibió, procesó, creó y se desprendió de una obra musical.





Pablo Mendieta Paz / músico

Hubo tiempos, a veces esporádicos, a veces prolongados, en que la audición en discos de vinilo y luego en discos compactos de los grandiosos Réquiems de Mozart, Berlioz, Verdi, Fauré, atrapaba mis horas de quietud nocturna, a fin de estudiar su arte y profundizar pura y musicalmente en las técnicas de composición que empleaban.
Al escuchar una y otra vez tales creaciones, no sólo experimentaba sensaciones de placer estético, sino que se despertó en mí la tendencia a vislumbrar la vida con plenitud, como si ésta fuera más viva, más intensa (contrariamente al sentido propio de todo réquiem).
Absorbido por esas emociones de suprema fascinación, me aventuré a concluir con que el arte resultaba ser la más fértil de entre todas las fuerzas del espíritu, y que la música en particular -como sostenía Berlioz- podía expresar absolutamente todo: ideas, sentimientos, formas y colores.
Llegado a ese punto de percepciones estéticas, de evolución musical, y hasta de elucubraciones filosóficas, cabía preguntarse lo esencial, lo que representaba todo aquello que había satisfecho mis oídos y que había sido poderosa fuente de reflexión: ¿qué es un réquiem?
Teóricamente, no resultó tarea ardua llegar a una definición precisa ya que los textos coincidían, por poco, en lo mismo: un réquiem (del latín réquies, “descansar”) es una misa de difuntos de la religión católica (también de la Iglesia Anglicana y de la Ortodoxa), o una misa por los muertos cantada el Día de los Difuntos y en los funerales y misas de aniversario.
Se llamaba así porque comenzaba con las palabras del Introito: “Requiem aeternam dona eis, Domine” (“Concédeles el descanso eterno, Señor”). Con el paso del tiempo, esa forma de interpretación fue perdiéndose para dar paso a los réquiems de concierto.
La noción que expresaba el concepto, la de la muerte (descanso eterno), me encaminó, en todo su misterio, a algo consustancial a ella: el silencio.
Siempre, musicalmente hablando -aunque esto pudiera sonar contradictorio-, me interesó el silencio. Más aún cuando en mis lecturas y audiciones hallé la existencia de música que no hacía ruido, como A One Minute Silence, del álbum Classical Graffiti (2002), de la banda The Planets; un tema en que durante todo un minuto se “escucha” el más absoluto silencio.
O registros discográficos de Maurice Lemaître, Yves Klein y Robert Wyatt en que el punto común es el perfecto silencio. O de emociones fuertes descubiertas en una grabación que sigue por dos minutos seguidos los latidos del corazón del bebé de John Lennon y de Yoko Ono, como un modo sugerentemente musical de expresar aquello que las palabras evitan decir: el dolor y la ausencia que siguen al aborto involuntario. 
Como estas experiencias de música en “silencio”, y otras más, capturaron irresistiblemente mi interés comencé a bosquejar pasajes de un réquiem que, aunque sonoro -pensado para coro mixto, órgano, cuarteto de cuerdas y solistas soprano y barítono-, necesariamente debía apelar a música que me auxiliara a entender con mayor claridad de fondo lo silente, y que a su vez conciliara su naturaleza con el expresivo fundamento de un réquiem; esto es, la manifestación de un silencio solemne, eterno.
La idea no era fácil, como tampoco era misión sencilla dar forma a una obra de estas características. Si los anteriores ejemplos de “música” en silencio eran naturalmente válidos, no gozaban del mayor sustento de inspiración que urgía hallar: la partitura.
Fue entonces que recalé en 4´33”, del compositor estadounidense John Cage, obra de música aleatoria (música conceptuada como librada al azar) de cuatro minutos y medio de silencio con diversos cambios de posición del pianista para indicar los movimientos de la composición.
Aunque esta música produjo en su momento tremenda conmoción y rechazo, la definición que de ella formuló Cage atenuó la censura: “El silencio es todo aquello hacia lo cual no prestamos atención, a lo que se sitúa por debajo del umbral de la atención. Y prestar atención en él es lo que lo hace audible; por tanto, es la escucha la que produce la dimensión sonora del silencio”.
Y así el silencio -bien entendido- cobró vida musical, si bien ya existía un antecedente: La marcha fúnebre compuesta para los funerales de un hombre sordo, de Alphonse Allais (1897), cuyos nueve compases en blanco posiblemente inspiraron tentadoramente a Cage a crear estrictamente la música del silencio.
Y afirmo esto porque acerca de la emergente música aleatoria (azar) se revela toda una referencia: en el siglo XVIII Mozart ideó un tratado para componer valses echando dos dados, con ritmo prefijado, y los resultados de los dados, mirando unas tablas, daban la sucesión de notas.
La creación de la música del silencio atrapó como tentáculos mi inquietud creadora. Tomando como base la secuencia de los números del Réquiem de Fauré (Introito, Ofertorio, Sanctus, Pie Jesu, Agnus Dei, Libérame e In Paradisum), y con todo el conjunto de músicos (40 artistas) que interpretaron mi Réquiem Brevis, me expresé a través de una música tonal que tuviera como sello imaginativo, y de sensaciones, un encantamiento mágico desde donde fluyeran variaciones de melodías, color, armonía, ritmo (hay en el Ofertorio 25 cambios de ritmo o compás), que buscaban sensibilizar y transportar al oyente a momentos de éxtasis.
Tal encantamiento mágico fue a la búsqueda, en fin, de la superposición del silencio al sonido, como una poesía en susurro consagrada a la filosofía de un réquiem; como si el cerebro de cada oyente fuera sorprendido en un estado de agradable tensión de silencio y sonoridad recogida.
La obra concluyó gradualmente en el más absoluto silencio. Cuando aquel 6 de noviembre de 2013 (día del estreno), como compositor y director de la obra me di vuelta hacia el público que colmaba la Iglesia de la Exaltación de Obrajes, y advertí lágrimas.
Recuerdo que una destacada personalidad de nuestro medio, adulto mayor, me abrazó por intensos minutos, a lágrima viva y en silencio, manifestando todo lo que a su ya avanzada edad había sentido y le urgía insinuar calladamente.

Días después, un afamado crítico de arte acuñó la siguiente frase: “Al escuchar el Réquiem, nos sentimos transportados hacia el umbral de un ‘llanto espiritual’, dada la profundidad temática…”. Sin duda un comentario que encierra un significado especial. Misión cumplida.

Artículo

Ulises sólo es un tipo que quiere volver a casa          


El Premio Nobel Derek Walcott cree que hay más misticismo en una selva que en una catedral, porque selva o bosque no son un monumento a la vanidad.




Ricard Bellveser / Escritor (España)

El Premio Nobel de Literatura Derek Walcott estuvo en uno de los teatros romanos más antiguos y mejor conservados del mundo, el de Mérida, para asistir, no sólo como autor sino también como director, al estreno de la primera obra suya de teatro traducida al español.
No debutó en un teatro, sino en lo que todos consideramos como un santuario, por más que a él las piedras no le impresionen, por más que tengan dos mil años, “son los europeos los que veneran las ruinas y están pensando siempre en el tiempo, y así nunca haremos nada”, dicen que dijo.
Sí, claro, el pasado de Europa está en sus piedras, en sus catedrales, en sus murallas, en sus castillos, en sus palacios, en sus versos…; en todos ellos hay o hubo señores, nobles, poetas y dioses, y por sus pasillos discurre su memoria conjunta.
Walcott, que aparte de un magnífico escritor es un tipo brillante y muy simpático, vuelve los ojos hacia Hispanoamérica y descubre que allí también le sobreviven sus catedrales, aunque son vegetales: las de la naturaleza desbordada en bosques verdes, granates, marrones, negros y rojos, y un escenario apropiado para una nueva Odisea, la contemporánea, que hace cientos de años que ya no sucede en Grecia.
Explican los físicos y los cuánticos que la piedra es memoria. ¿Qué es el cuarzo, sino piedra?, dicen. ¿Qué es el litio, sino memoria? Las piedras hacen funcionar calculadoras, relojes, ordenadores, brújulas, grabadoras y un día las oiremos hablar, lo que en sí mismo ya es una amenaza bíblica.
Eso sucederá cuando descubramos cómo, cuándo y sobre todo con qué tipo de receptor, escucharemos lo que se dicen las piedras de la catedral metropolitana de Nuestra Señora de La Paz, la de Cochabamba o Nôtre Dame, intercambiándose cuchicheos.
Walcott, poeta que cuando en 1992 le dieron el Nobel, no tenía ninguna obra traducida al español, representa un nuevo paganismo que procede del corazón de las Antillas, de un territorio recién descubierto, de densos bosques y frutos acuosos, una tierra donde aúllan los sentidos y un mar que en unas partes susurra misterios y en otras ronca como aquel borracho de Cela que se dormía en la arena y le prestaba su ronquido a las olas.
Él no ve diferencias entre mares pues el Caribe estaba ahí, dice, al igual que estaba el mar Egeo, y las islas caribeñas se repartían por la humedad del mismo modo que lo hacen las griegas. ¿Qué cambia de uno al otro?, según él que hasta hace quinientos años no habíamos mirado hacia allí; según yo, millones de libros escritos...
A cuestas con su paganismo, Walcott considera, en una afirmación que nos aturde, que hay más misticismo en un bosque que en una catedral, que pueden encontrarse más elementos sagrados en un paisaje que en el fresco aire del interior de un templo, pues el primero es el lugar de los mitos y el templo no deja de ser una obra producto de la vanidad humana.
Probablemente tenga razón, pues lo sagrado es lo que está dedicado a Dios y al culto divino, y lo que es digno de veneración y respeto por su destino o su uso, y no hay duda de que selvas y ríos mantienen una relación inmediata con la divinidad y en ellos, de existir alguna, sólo cabría la vanidad divina que únicamente Lord Byron se atrevería a justificar.
Columnas vegetales, pilares arbóreos, basílicas de hojas y palmas, capillas de troncos… como allá en el Ñancahuazú, y en medio el ser humano improbable, buscando.
Son los europeos los que veneran las ruinas”, ¿sólo los europeos?, no sé, pero quizá por ello la primera obra de teatro que Walcott ha estrenado en español, ha sido Una odisea antillana, la historia de un Ulises caribeño que representa al inmigrante, guiado por un poeta homérico, Billy Blue, un negro ciego que canta blues acompañado de una banda de músicos del Caribe, porque esta “Odisea” es al final de todo, un musical en el que se cruzan cinco lenguas.
La historia de Ulises es la historia de un hombre cualquiera que pretende volver a casa, aunque regresar sea demasiado complicado, hasta el punto de que es un deseo imposible que necesita más de veinte años para cumplirse.
Walcott renunció a la posibilidad de dejar la cátedra de Literatura de la Universidad de Boston y aspirar a la de Poesía de Oxford, tras una campaña de desprestigio a la que le sometieron algunas antiguas alumnas.

Se jubiló, volvió a casa y allí se ha refugiado. “Yo vivo solo al borde del agua / sin esposa ni hijos”. No hace demasiado que la editorial Vaso Roto (México-España) publicó una amplia antología de su poesía, con el inquietante titulo de Pleno verano. Inquietante porque no deja de ser curioso que esas dos palabras le abracen precisamente a él, una persona que nunca ha pretendido que el verano fuese el paraíso.