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martes, 28 de febrero de 2017

Parhelio

[La invención de Hilda Mundy]



El origen de Hilda Mundy, o cómo Laura Villanueva pudo haber dado con el nombre que la inmortalizó.


Rodolfo Ortiz 

Cómo no hubiera deseado proponer el nombre “Hilda Mundy” como punto de partida del devenir post-operatorio de la Guerra del Chaco. Pasolini a propósito de su teoría de lo cinematográfico hablaba sobre la posibilidad de apropiación objetual de los nombres. Bien podríamos imaginar tal apropiación en lo histórico a partir de las inequívocas palabras de Nietzsche: “Todo lo que es profundo ama la máscara” o mejor de estas otras que llegan de un manuscrito inédito de Pessoa: “Toda a gente é a caricatura de’uma única pessôa que não existe”. Un nombre ruidoso en Londres y un nombre en Oruro, por tanto, no tendrían la misma capacidad de “concreción objetual”, aunque sí el unísono de lo conjetural. Como diría Hilda Mundy (no la actriz londinense, sino aquella de la infantería periodística de Oruro), la desnudez proviene de lo terrible en la vestidura de un cuerpo. Lo dijo en 1935, evocando a Goya a la manera de un “cocktail periodístico” ofrecido al director de La Mañana (que en ese entonces curiosamente eran dos, los hermanos Doria Medina): “…le invito cubriéndome respetuosamente, sencillamente… cubriéndome tras mi modesto seudónimo porque considero que la maja vestida de Goya fue mil veces más exquisita que aquella otra…”.

Voy a referirme en estas líneas a la invención del nombre Hilda Mundy, o mejor, al derrotero de un “seudónimo” que un día visitó a Laura Villanueva Rocabado y la vistió hasta su muerte. Un nombre que encubre quizás algo profundo, quizás algo que no existe, pero que hasta el momento sabemos se imprimió por primera vez el 23 de julio de 1934.

Habría que precisar que el opúsculo póstumo que se titula Impresiones de la Guerra del Chaco se comenzó a escribir el 18 de junio de 1932 y se publicó en Cosas de fondo el año 1989 con la autoría de Hilda Mundy. No se conocen los originales de este primer libro deslumbrante, por lo que no sabemos si estos papeles estaban firmados con ese nombre. La familia Bedregal me comentó que un conjunto de fotocopias que se sacaron del archivo de Laura Villanueva (robado en 1985 de la calle Goitia) se entregaron a Julieta Montaño y que fue este conjunto de papeles la fuente directa que luego utilizó Silvia Mercedes Ávila para la edición de Cosas de fondo. Los vericuetos del dossier del CDMAZ-CIDEM son otra historia, pero sí sabemos, y tal el punto de partida que me ocupa, que la primera aparición impresa de ese “seudónimo” se dio en el Órgano del Centro Patriótico de Retaguardia de Oruro en 1934.

Pero indaguemos un poco más acerca de este bello nombre. Hilda Madeline Mundy (1893-1953) fue una actriz de Marylebone (Londres) que protagonizó junto a su esposo Billy Caryll escenas desopilantes de melodramas amorosos en radio-teatros, escenarios y películas de cine. La carrera de esta comediante y el contexto en el cual desplegó sus pericias verbales resultan por demás relevantes si convenimos en que Hilda Mundy, la incendiaria y también performer orureña, tenía los ojos y los oídos bastante solícitos al mundo sajón, y por lo mismo, no es de extrañar que el variety theater o el music-hall, que Marinetti en 1913 ya celebraba como la verdadera maravilla futurista, iría a capturar su espíritu, pues allí aunaban “la caricatura en todas sus formas”, “la impalpable y deliciosa ironía”, “las ligeras revelaciones del cinismo”, “los juegos de palabras”, “el absurdo que empuja el alma hasta el borde de la locura” o, más todavía, el desbordante crisol de elementos donde no estaba ausente el cruce de género entre las mujeres, si recalamos, por ejemplo, en el suceso memorable de 1932 en el London Palladium cuando Hilda Mundy personificó a Vesta Tilley (Matilda Alice Powles), la controversial imitadora de hombres.
Pienso que no está lejos la posibilidad de que Hilda Mundy (beneficiaria de su propio carnaval de Oruro) haya conocido este suceso y otros tan característicos de la cultura popular británica de la época. Sin ir muy lejos, en una columna de “Brandy Cocktail” alegaba en contra de su género y del otro a propósito de un Remitido publicado en La Patria: “Creo que de hoy en adelante firmaré Hildo Mundo, así podré con garantía tachar con más acritud esta clase de sucesos”.

La primera aparición en escena que la bibliografía registra de la pareja Mundy-Caryll se dio el 30 de noviembre de 1931. El productor George Black montó un show llamado “Crazy Week” en el London Palladium, en el cual juntó a los famosos comediantes de los 20, Jimmy Nervo y Teddy Knox, a Charlie Naughton y Jimmy Gold, y a los esposos Hilda Mundy y Billy Caryll. Con un éxito que se prolongó alrededor de ocho meses, en 1932 el “Crazy Week” se transformó en “Crazy Month”, cuya popularidad es posible reconocer en la escena final del filme The 39 steps (1935) de Alfred Hitchcock. Esta faena de double acts perduró hasta la irrupción de la guerra, sin embargo, el “teatro de variedades” o “teatro inglés”, según apuntará Hilda Mundy, si bien maniobraba para desenmascarar, al mismo tiempo lo hacía para mantener a la gente distraída frente a los desastres de la guerra, estratagema este último que entiendo también sucedía en el Palais Concert y el Teatro Imperio de Oruro durante las contiendas bélicas y políticas del Chaco. Lo cierto es que comenzó la producción masiva de películas y en 1937 el grupo de comediantes se establece con el nombre “Crazy Gang”, con la excepción de la pareja Mundy-Caryll que decide abandonar este elenco por razones poco esclarecidas. Los “Crazy Gang” se harán famosos y sus comedias perdurarán hasta 1962.

Si bien Calling All Ma’s (1937) fue la primera película donde Hilda Mundy fue protagonista en una historia donde un esposo intimidado intenta escapar de su esposa dominante, años antes Mundy y Caryll ya habían representado en la radio una serie de escenas cómicas, muy características por su lenguaje cotidiano y popular, en las cuales una pareja de esposos se debatía en peleas interminables y desopilantes. La serie de estos humorous sketches se llamó Domestic Bliss y fue grabada en discos de vinil de 78 rpm en los sellos Broadcast Twelve y The King of Records, en 1932 y 1934 respectivamente.


Los datos anteriores podrían ser significativos si pretendiéramos vislumbrar alguna hipótesis acerca de cómo el nombre de Hilda Mundy se inventó en Hilda Mundy. Si Laura Villanueva se concibe como Hilda Mundy en 1934, la filmografía de la época no nos sirve de mucho. Podría ser poco cuestionable que el mundo del music hall le llegó a través de ciertas lecturas de Marinetti, que sabemos ejercía con fervor, pero titubeamos al colegir que descubrió a la actriz londinense por boca de su padre Emilio Villanueva, quien estuvo en París en 1929 y 1934. Quizás fueron unos discos que llegaron en la maleta o, por qué no, durante la opacidad prematura de una tarde en la que se le dio por encender la radio (concedamos que allí había una radio con ese ojo mágico de espectro esmeralda que sintonizaba con el mundo)… y de pronto la voz, esa voz reveladora que reafirmaba que el teatro de variedades en cualquiera de sus formas era la escuela ideal de la sinceridad.

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